Tres
TRES
ORLA
Orla había ido al armario de la ropa blanca a buscar sábanas para las veinte camas nuevas que habían instalado en el sótano del hospital Juan de Dios, y estaba tardando lo máximo posible en seleccionar las adecuadas.
Sí, enseguida saldría, por supuesto, pero necesitaba estar sola un momento.
Aquella hilera de camas inocentes que esperaban con codicia a sus pacientes tenía algo que le producía vértigo, y no quería reconocerlo ante nadie.
Si las sábanas bancas le daban mareos, ¿cómo se las apañaría cuando estuvieran cubiertas de sangre y pus?
La hermana Maria insistía en describírselo con escabroso detalle para «prepararlas», pero Orla no quería que la prepararan. No quería nada de todo aquello.
Estaba segura de que su padre se sentiría decepcionado con ella, pero no podía evitar sentir más entusiasmo por la parte de la exhortación final de Kaczper a su familia acerca de vivir y amar, que con la de luchar.
Detestaba que los nazis gobernaran Varsovia tanto como el que más, pero no estaba segura de que contestar a sus armas cargadas de odio con otras cargadas con el mismo odio fuera a servir de algo.
Claro que ¿qué sabía ella? Había cumplido dieciocho años hacía pocas semanas y, aunque supuestamente era ya una adulta, todavía se sentía como la niña de trece años que se había aferrado a sus hermanas mayores mientras arrojaban por los aires a su moribundo padre, una sombra del hombre que había sido.
A Orla la maravillaba que Hana recorriera la ciudad con mensajes secretos, arriesgándose a que la descubrieran y la detuvieran en cualquier momento, o que Zuzi se dedicara a volar por los aires trenes y centros de mando enemigos con explosivos de fabricación casera.
Tras graduarse en los Scouts, ambas habían tenido muy claro qué papel querían asumir en el AK , mientras que Orla no tenía ni idea, salvo por el hecho de que deseaba estar lo más lejos posible de la batalla.
Trabajar de enfermera le había parecido la más humanitaria de las opciones.
El problema era que carecía del coraje y la convicción de sus hermanas.
Las admiraba por querer ejercer «profesiones reales» y por esforzarse por formar parte de campos en los que predominaban los hombres, pero lo único que deseaba Orla era un marido cariñoso, una casa bonita e hijos a los que amar.
Un sueño ridículo en aquel momento, cuando los jóvenes estaban o bien luchando en el extranjero o corriendo con armas y granadas de una base secreta del AK a otra.
—¿Lania? ¿Dónde estás, chiquilla?
Orla se sobresaltó al escuchar la voz de la hermana Maria y, tras agarrar rápidamente el montón de sábanas que le quedaba más cerca, salió dando un traspié.
—Aquí, hermana. Quería asegurarme de que eran del tamaño correcto.
La enfermera jefa la miró de arriba abajo.
—Todas son del mismo tamaño, chiquilla. Anda, ve a ponerlas en las camas y que las esquinas queden bien tensas. No queremos que nadie sangre tumbado sobre arrugas, ¿verdad?
—No, hermana. Claro que no, hermana.
Orla pasó a la carrera junto a ella y se puso a hacer las camas mientras se preguntaba qué hombre herido daría importancia a las arrugas, pero no quería poner a prueba la escasa paciencia de su jefa.
La tarea, por lo menos, le resultaba relajante, aunque al llegar a la última cama se distrajo con un olor muy desagradable que salía de la cocina del hospital improvisado, acompañado de una preocupante nube de humo negro.
Orla abandonó la sábana, atravesó la sala y, al abrir la puerta, se encontró a Alicja, una joven auxiliar, agitando un trapo para intentar apagar sin éxito una sartén en llamas.
La hija de nueve meses de Alicja, Daniella, estaba sentada en una trona mirando con los ojos muy abiertos los hermosos dibujos que creaba el fuego, y Orla se adelantó de un salto.
—¿Qué hay dentro? —preguntó.
—Aceite.
—Así no harás más que empeorarlo. Apártate.
Tras arrebatarle el trapo, Orla lo empapó en agua del cubo que había en una esquina y lo arrojó encima de la sartén humeante.
El aceite dejó escapar un siseo de protesta y las llamas lamieron la parte inferior del trapo.
Alicja agarró a su hija y Orla las protegió mientras las hacía salir de la cocina por si el fuego se propagaba, pero, desprovistas de combustible, las llamas se fueron reduciendo de mala gana hasta apagarse.
—¿Por qué has dejado que el aceite se calentara tanto? —preguntó Orla.
—Quería hacer kopytka con esta patata que ha sobrado.
—¿Estabas haciendo kopytka con aceite?
Orla contempló atónita las bolas de patata que había en el cuenco de Alicja.
—Claro —contestó esta, aunque con menos seguridad—. Quería que quedaran crujientes por fuera.
Orla puso los ojos en blanco.
—Por fuera sí, pero para eso se hacen a la plancha.
—Ah, ¿sí?
—¡Sí! Después de hervirlas. ¿No sabes cocinar?
Alicja estaba al borde de las lágrimas.
—No me ha dado tiempo a aprender. Daniel y yo fuimos a vivir con mis padres después de casarnos y yo empecé a aprender cómo llevar una casa, de verdad que lo hice, pero luego él…, él…
Orla le puso una mano en el hombro.
—¿Lo mataron?
Alicja dejó escapar un sollozo.
—A todos. Una bomba. Yo estaba embarazada de ocho meses y, después de dar a luz, tuve que dedicarme a cuidarla.
He vivido más que nada a base de pan y queso, así que soy una inútil en la cocina, pero cuando se empezó a hablar sobre el levantamiento decidí presentarme voluntaria.
Eso fue ayer. Me pusieron a cargo de la comida porque, como tengo una hija, pensaron que sabía cómo alimentar a una familia, y así debería ser, pero…
no tengo ni idea y no me atreví a decirlo.
Orla se sintió mal por haberle echado la bronca. La chica parecía más joven que ella y, a pesar de las penalidades que había vivido, allí estaba, con su bebé a cuestas y haciendo todo lo posible por ayudar.
—Ya aprenderás —le aseguró—. Solo necesitas un poco de práctica. Ven, te enseñaré cómo prepararlas de la manera más sencilla.
Al cabo de unos minutos, mientras Daniella se concentraba con alegría en un tarro de pasas, sacaron del fuego las mejores kopytka del padre de Orla, lo que el maestro pastelero llamaba « dumplings de campaña» porque se hacían con una salchicha larga que se cortaba fácilmente en trocitos pequeños que se hervían en cuestión de segundos.
No eran tan elegantes como los pierogi rellenos, pero Kaczper había enseñado a sus hijas a hacerlos porque eran mucho más rápidos de preparar y, sin lugar a dudas, eso era algo a tener en cuenta en los tiempos que venían.
Alicja, al menos, parecía más contenta, y fue a llevar la primera tanda a los trabajadores con una sonrisa de orgullo en el rostro.
—Es todo gracias a Lania —anunció mientras todo el mundo se reunía para disfrutar de las pequeñas delicias.
—Tonterías —se apresuró a decir Orla—. Soy solo una enfermera.
—Nadie es «solo» una enfermera —contestó un médico, mientras masticaba con afán una kopytka .
—No quería decir…
—Curar a la gente es una profesión muy noble.
—Claro, por supuesto. Es solo que… —Orla se interrumpió, sospechando que estaba a punto de decir algo ridículo, pero el joven médico de cara seria la miró tan fijamente que le pareció aún más ridículo no continuar—: Solo me pregunto si no sería más noble ejercer una profesión que evitara que las personas se hicieran daño unas a otras, en lugar de limpiar el desastre después.
El médico soltó una carcajada.
—Muy bien visto. ¿Te gustaría dedicarte a la política?
—Madre mía, ¡no! —Se preguntó si aquel joven la estaba malinterpretando a propósito—. No hay nada a lo que me gustaría dedicarme, pero ahora mismo esa no es una opción, ¿no?
—No —convino él en tono sombrío—. Antes tenemos que liberar nuestro país, liberar toda Europa.
—Ya, supongo que sí. Aunque… ¿seguro? Me refiero en concreto a aquí, en Varsovia.
—Por supuesto. Todo el mundo debe hacerlo en la medida de lo posible y cuando pueda. Normandía ya es libre, el sur de Italia ya es libre. Estamos rodeando a los nazis, aunque no lo bastante deprisa para mi gusto.
Su rostro serio se ruborizó y, al ver que empezaban a temblarle las manos, Orla se las cubrió con las suyas para calmarlo.
—¿Por algún motivo en concreto?
Él asintió.
—Uno muy concreto. Mi madre está en un campo de concentración.
Orla dejó escapar un jadeo.
—Lo siento mucho. ¿Por qué? Quiero decir… —Lo miró y vio a un joven indudablemente polaco—. Tu familia no es judía, ¿verdad?
—No —confirmó él con fiereza—, pero somos humanos.
La ferocidad de su tono hizo que Orla se encogiera.
—¿Qué quieres decir?
Él recuperó la compostura.
—Perdona, me pongo muy vehemente cuando hablo de esto.
A los judíos de mi ciudad natal, Ł od ź , los metieron en un gueto, igual que a los de aquí, y vivían en unas condiciones tan penosas que mi madre, mi padre, mis hermanos y yo tratamos de ayudarlos, pasándoles clandestinamente provisiones y… y consejos.
—¿Consejos?
—Mi madre era… es comadrona, y ayudaba a una joven enfermera llamada Ester, quien, por cierto, se parecía a ti, que asistía a las madres que daban a luz en el gueto.
La pillaron, junto a mis hermanos pequeños, y los mandaron a todos a los campos.
Ella está en uno que se llama Auschwitz; no sé de qué tipo es, pero su nombre aparece cada vez más a menudo en los informes clandestinos, así que me temo lo peor.
Aunque lo último que supe de ella es que todavía estaba viva, las condiciones de vida en esos agujeros infernales son terribles.
Dicen que… —Tragó saliva—, que están quemando personas allí, igual que creemos que quemaron a los judíos de Varsovia en Treblinka.
Orla se quedó sin aliento. Por si la separación mediante un muro de una parte de Varsovia para crear un gueto judío en 1939 no hubiera sido suficiente, luego los nazis habían empezado a enviar a esa pobre gente a Treblinka, supuestamente para trabajar al aire libre en condiciones más salubres y disfrutar de alojamientos más espaciosos.
Varios miembros del AK habían rastreado los trenes nazis a comienzos de 1943 y habían informado de que miles de judíos eran enviados al campo a través de un ramal, pero nadie volvía jamás.
Tampoco llegaba comida, y esos sucintos datos, sumados al nauseabundo olor a carne y cenizas que salía de la zona, apuntaba a una única conclusión: los nazis estaban exterminando a los judíos.
Era algo que habría resultado imposible de creer, pero después de presenciar durante cuatro años la crueldad y la brutalidad con las que sus ocupantes trataban a todo el que no fuera uno de ellos, pocos polacos habían dudado de ello.
El AK se había mantenido en contacto con el ZOB , un valeroso movimiento de resistencia formado entre los muros del gueto, y en abril de ese año, cuando fue evidente que los nazis estaban a punto de enviar a sus últimos habitantes a Treblinka, el ZOB se había sublevado.
Su rebelión contra los tanques y armas alemanes había sido trágicamente inútil, y Orla se había quedado espeluznada con los continuos disparos y gritos de dolor que se escucharon desde detrás del muro durante el largo mes posterior al alzamiento.
«Al menos han muerto de la manera que han elegido, y no arañando las paredes de una cámara de gas», había observado Babcia Kamilla con rotundidad, pero a Orla no le había parecido una mejora sustancial.
Y la pobre madre de aquel hombre se hallaba ahora en uno de esos odiosos campos.
—Así que, sí —concluyó él—, tenemos que librarnos de los nazis para que pueda sacar a mi madre de ahí.
—Lo entiendo —dijo Orla, horrorizada—. Tu pobre madre. Solo intentaba ayudar.
—¿A limpiar el desastre? —preguntó él.
—No era mi intención ofenderte —se apresuró a responder ella—. Estoy segura de que tu madre es una enfermera extraordinaria; mucho mejor que yo.
—No te preocupes. —Él alargó la mano—. Bronis ł aw Kaminski, a tu servicio. Aquí me llaman doctor Bronis ł aw, aunque en realidad solo había hecho tres años de la carrera cuando mi padre y yo tuvimos que huir de la Gestapo, así que estoy improvisando tanto como tú.
Le guiñó el ojo, lo cual le hizo parecer mucho más humano, y Orla se rio.
—Orla D ą browska —se presentó, y de inmediato se cubrió la boca con la mano—. Quiero decir Lania. Es mi nombre en clave, pero siempre se me olvida usarlo.
—A mí también —dijo Bronis ł aw—. El mío es Ł ukasz, el patrono de los médicos. ¿Te parece muy arrogante?
—Me parece que demuestra seguridad en ti mismo —lo corrigió Orla.
Él sonrió y le tendió la mano.
—Está bien, Lania, ¿qué me dices si, como buenos compañeros en prácticas, nos echamos una mano?
—Genial.
Orla cogió la mano de Bronis ł aw y se la estrechó con firmeza, pensando que el inhóspito hospital secreto parecía de pronto un lugar mucho más soportable.
Los polacos iban a sublevarse igual que lo hacían todo: juntos.
Por mucho que los nazis desfilaran marchando a pasos de oca perfectamente sincronizados, sus corazones no latían al unísono como los de los varsovianos, y Orla rezó para que, en los días siguientes, eso marcara la diferencia.