La mensajera Dos
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ZUZI

Zuzi bajó de un salto del tranvía y echó a andar tan deprisa como le permitían sus atléticas piernas por la carretera que llevaba al bosque de Kampinos.

Se sentía despejada, viva, llena de una energía que crepitaba.

Los soldados alemanes, antes arrogantes, retrocedían ahora a través de Varsovia, superados y doblegados por el avance del Ejército Rojo, y Zuzi no veía el momento de aplastarlos por completo.

—Te vengaremos, Tata —juró por lo bajo.

Vio la imagen de su padre plantado con orgullo en aquel desolador balcón de la prisión, con sus cuadrados hombros erguidos a pesar de las espeluznantes marcas de latigazos que los atravesaban y los ojos brillantes al mirar a su familia.

«Los grilletes no aguantarán mucho más», les había dicho, y no se equivocaba, aunque sabía Dios que se les había hecho largo.

Zuzi tenía diecisiete años cuando los nazis habían irrumpido en Varsovia; ahora, con veintidós, se había convertido en una habilidosa saboteadora.

Cuando iba a la escuela, su obsesión habían sido las asignaturas que no eran propias «de niñas», como Ciencias y Matemáticas, y gracias al AK había aprendido más cosas sobre química de las que le habían permitido estudiar en el colegio.

Estaba más que preparada para el ataque.

Zuzi recordó los grilletes que su abuela tenía colgados en la pared.

Babcia Kamilla les hablaba a menudo de su propio padre, encarcelado en Siberia y forzado a tender vías de ferrocarril en las llanuras nevadas, a muchos grados bajo cero y con las piernas, apenas cubiertas de ropa, sujetas a los camiones de suministros con las crueles esposas y cadenas que ahora colgaban de la pared de la casa de su abuela en Stare Miasto.

Esta les contaba como, día tras día, el hombre se había esforzado para debilitar un eslabón de la gran cadena y como, al final, en un momento en el que los guardias rusos estaban en la cabaña de un pastor entrando en calor, lo había roto con un golpe de martillo y había huido.

Durante meses, había recorrido los páramos siberianos viviendo de restos de animales y de la generosidad de las familias de campesinos, hasta que, de algún modo, había alcanzado la frontera polaca y había encontrado el camino de vuelta a Varsovia.

Era un relato de coraje extraordinario y Babcia Kamilla siempre lo contaba con envidia, como si deseara haber tenido la oportunidad de demostrar su valía de la misma manera.

A Zuzi no le cabía duda de que Kamilla habría tenido el mismo éxito que su legendario padre, y que además habría matado a los guardias con sus propias manos.

Su abuela había alentado con fervor las actividades de Zuzi con la Minerki y siempre se mostraba encantada al escuchar las historias sobre sus actividades de sabotaje.

Incluso había querido unirse al grupo, aludiendo a su experiencia durante la Gran Guerra fabricando filipinkas —granadas de fabricación casera que consistían en latas de comida rellenas de explosivos—, pero el AK tenía estrictas limitaciones de ingreso basadas en la edad y, con sesenta y ocho años, Kamilla las superaba con creces.

Zuzi siempre disfrutaba contándole a su abuela historias sobre la Minerki para que las viviera a través de sus palabras, y tal vez aquella sería la más importante de todas: la historia de su libertad.

Al llegar al linde del bosque, se introdujo entre los árboles por su punto de entrada designado y fue contando los robles para encontrar el camino que llevaba al lugar de entrenamiento actual.

Era muy agradable hallarse bajo los árboles, lejos del calor abrasador de la ciudad, y Zuzi aminoró el paso mientras escuchaba el susurro de las hojas.

Muchos grupos del AK entrenaban, y a menudo también vivían, allí, a la placentera sombre de los árboles del inmenso bosque de Kampinos.

—Contraseña.

Aunque la chica plantada en medio del sendero la conocía de sobra, siempre insistía en seguir el procedimiento a pies juntillas.

Con los ojos en blanco, Zuzi le dijo la palabra del día: ż onkile , «narcisos», y la otra la dejó pasar.

En el claro que había un poco más adelante, al que daban sombra unos rododendros llenos de colorido a pesar de la época del año, estaba la Minerki, un círculo de veinte expertas en explosivos cuya destreza había perfeccionado durante los dos últimos años su brillante líder, Tosia, con sus meticulosas enseñanzas.

Tosia hizo señas a Zuzi para que se uniera al círculo al mismo tiempo que llegaba otra chica. Habían ido por separado para evitar que las detectaran y la idea de poder luchar muy pronto sin necesidad de esconderse emocionaba a Zuzi. No era la única.

—Me han autorizado a informaros de que nos hallamos en estado de alerta —dijo Tosia entre vítores silenciosos—. El cuartel general está siguiendo los progresos de los rusos y decretará la hora W cuando crea que hay mayores posibilidades de éxito. Varsovia está a punto de ser liberada.

A todas las mujeres que componían el círculo les brillaron los ojos.

Los ocupantes les habían robado la libertad de su juventud, las habían sometido a un racionamiento brutal y las habían privado de su educación.

Lo único que habían logrado preservar era el escultismo, que los reglamentados nazis habían considerado un movimiento saludable, y eso había permitido al AK instruir a miles de jóvenes en los elementos básicos de las artes militares, bajo la guisa de campamentos y trabajos esporádicos.

Zuzi y sus hermanas habían pasado por los «rangos grises» —denominados así por el color del uniforme— y se habían integrado en la rama del AK adulto que cada una había elegido.

Los explosivos eran el ámbito perfecto para Zuzi, que consideraba un honor formar parte de la Minerki.

—Roma es libre desde hace semanas —dijo—, y he escuchado que los Aliados están cerca de París. ¡Imaginaos que pudiéramos echar a los nazis de nuestra capital antes de que los franceses liberen la suya!

—Sería estupendo —convino Tosia con solemnidad—, y también justo.

Nuestro gobierno jamás se humilló ante los nazis como lo hizo el malnacido colaboracionista de Pétain, sino que ha luchado desde el exilio.

Y Varsovia jamás capituló, ni siquiera cuando nos asesinaban a sangre fría.

En esta ciudad vivían un millón trescientas mil almas antes de la llegada de los nazis y, según me han dicho, solo quedamos novecientas mil.

Demasiadas vidas perdidas, ¡pero quedan más que suficientes para recuperar nuestra capital!

Las chicas volvieron a vitorear en susurros.

—¡Guerra! —siseó Nina, la más joven de todas, con los ojos centelleantes.

Tosia, sin embargo, levantó la mano en señal de advertencia.

—Guerra, sí, pero no tal como el mundo la conoce. Esta será una guerra de guerrillas, por calles angostas y en edificios complejos. —Paseó la mirada por el grupo y sonrió—. ¿Y qué hace falta para encargarse de los edificios complejos?

—¡Zapadoras! —exclamaron las chicas con alegría y al unísono.

—Zapadoras —confirmó Tosia—. Zapadoras expertas. En los próximos días ¡las mujeres de la Minerki demostraremos nuestra valía al AK !

Todas intercambiaron miradas de orgullo.

Eran una unidad compuesta únicamente por mujeres y, en opinión de Zuzi, eso las hacía mejores.

Gran parte de las arriesgadas misiones no habrían sido posibles de haberse encontrado entre ellas hombres «superiores», y la ausencia de arrogante compañía masculina le parecía un precio muy bajo a pagar, además de evitarle todas las monsergas románticas.

Orla se pasaba la vida leyendo novelas ridículas en las que las chicas caían rendidas a los pies de héroes de ojos oscuros, pero eso no era algo que interesara a Zuzi.

Por el momento, no tenía intención de caerse, y lo que sin duda no necesitaba era que un hombre decidiera qué camino debía tomar.

—Tendremos que ser valientes —les advirtió Tosia—. Ya me han informado de nuestro primer objetivo. —Las chicas tomaron aire al unísono y se echaron hacia delante—. Vamos a formar parte de la unidad que atacará la torre Prudential.

Zuzi no se creía lo que acababa de escuchar.

La torre Prudential, ubicada en Ś ródmie ś cie, el centro moderno de la ciudad, era el edificio más alto de Europa.

Hana siempre hablaba con orgullo de su diseño innovador, pero más importante aún era que se trataba de un bastión fundamental de los nazis en el corazón de Varsovia.

¡Y les habían confiado a ellas la misión de contribuir a tomarlo!

—Es un honor —reconoció Tosia—, pero muy merecido.

Hemos demostrado una y otra vez ser la mejor unidad de zapadores del AK.

—Dejó que volvieran a vitorear en voz baja antes de levantar la mano para pedir silencio, y las chicas obedecieron de inmediato—.

Sin embargo, esta será nuestra prueba más importante.

La Prudential tiene muros gruesos, así que vamos a tener que echar mano de nuestros ardides más arteros para abrir una brecha. Y de todos nuestros pertrechos.

Se quedó callada y las chicas intercambiaron miradas de extrañeza.

Durante los últimos meses, los comandantes del AK habían anunciado que el levantamiento se llevaría a cabo en las carreteras, saboteando a la Wehrmacht mientras se batía en retirada ante los rusos.

Para ello, el AK había sacado en secreto armas y explosivos de la ciudad, donde se producían en temerarias fábricas clandestinas, y los había enterrado en el campo.

No obstante, el Ejército Rojo había avanzado con tal rapidez que no había sido necesario ayudarlo en su marcha, y por ello se había retomado la estrategia de un alzamiento urbano.

Si este se producía pronto, tenían que devolver esas armas a la ciudad.

—La misión de hoy es localizar un alijo de minas y granadas de alta calidad —explicó Tosia—, y trasladarlo de incógnito a nuestra ubicación designada, un apartamento del AK delante de la Prudential.

Es arriesgado, chicas, y vamos a necesitar todo vuestro ingenio y coraje.

No es un trabajo típico de zapadora y si alguien no quiere formar parte, que se vaya ahora, sin merma de vuestro valor como parte de esta unidad.

—Nadie se movió ni un centímetro y Tosia sonrió—. Gracias.

—Bueno, ¿dónde está la mercancía? —preguntó Zuzi con entusiasmo.

Tosia tenía una expresión turbada muy impropia de ella.

—No lo sabemos.

—¿Que no lo sabemos? —exclamó Nina.

—Todavía no lo sabemos —se corrigió Tosia—.

Ya estáis al tanto de que los protocolos del AK son muy estrictos y solo dos personas de cada pelotón conocen la ubicación de los alijos.

Este en concreto lo enterraron Sofía y Roza.

—Un suspiro recorrió el grupo y Tosia lo abordó—: Por desgracia, la semana pasada perdimos a Sofía…

—No la perdimos —dijo Zuzi—. La asesinaron.

La chica ni siquiera estaba cumpliendo una misión para la Minerki, simplemente había visto una liebre coja en el bosque y había osado cazarla y llevársela a casa para echarla a la cazuela y alimentar a su hambrienta familia.

Un oficial de la SS había decidido que quería la pieza y le había pegado un tiro, sin importarle que Sofía la tuviera entre sus brazos.

El resultado fue que la bala atravesó al animal y se hundió en el corazón de Sofía.

—La asesinaron —convino Tosia, asintiendo con la cabeza en dirección a Zuzi—. Y Roza está en una misión en Lublin y no ha podido comunicarle la ubicación a un segundo miembro del grupo.

Zuzi dejó escapar un gruñido. Entendía la necesidad de hermetismo: la Gestapo torturaba a todos los sospechosos de formar parte del AK y era mejor disponer de la mínima información posible para no revelarla bajo sus crueles torturas, pero eso generaba un problema práctico.

—¿Qué vamos a hacer? —preguntó.

—Esperar. Roza volverá en cualquier momento y, mientras tanto, nos irá bien practicar cómo derribar paredes. En pie, chicas.

A regañadientes, todas se levantaron.

—¿Qué falta hace practicar más? —refunfuñó una.

—Sobre todo sin explosivos de verdad —convino otra, mientras desplegaban las minas de madera y las mechas falsas.

—Tenemos muy pocas y no hay que malgastarlas —dijo Tosia con brusquedad—. Además, no queremos que los nazis nos descubran. Aun así, los lamentos prosiguieron, hasta el punto de que Zuzi se enfadó y puso los brazos en jarras.

—Hoy toca practicar, chicas, y mañana, ¡los nazis!

Las demás se pusieron a trabajar más deprisa y Tosia le dedicó una mirada agradecida, pero Zuzi no lo había dicho para serenar los ánimos. Lo había dicho de corazón. Aquellos animales habían arrojado a la muerte a su Tata y, en cuanto pudiera, iba a ir a por ellos.