La mensajera Uno #2
4%

Uno #2

—Los rusos no son nuestros aliados, sino los aliados de nuestros aliados —la corrigió—. Stalin no mantiene relaciones diplomáticas con Polonia, y quiere incorporarla a su imperio, algo que los rusos siempre han deseado.

—Y por eso tenemos que sublevarnos y tomar Varsovia nosotros —insistió Zuzi, apartándose con impaciencia el pelo moreno de la cara—. Venga, sed sinceras, ¿no queréis echarlos de aquí a patadas?

—A patadas, no sé —señaló Orla.

Zuzi meneó la cabeza.

—Pues deberías.

—Sí, Ż elazo.

La respuesta dibujó una sonrisa en el rostro de Hana.

Ż elazo, «hierro» en polaco, era el seudónimo que Zuzi había elegido en el AK al unirse a la Resistencia en 1939, pocos días después de la ejecución de su padre.

La hermana mediana de las D ą browska luchaba a la manera tradicional como miembro de la Minerki, una unidad de zapadoras compuesta únicamente por mujeres y especializada en explosivos.

Sus compañeras y ella habían hecho descarrilar numerosos trenes alemanes y volado muchas fábricas en los dos últimos años, un trabajo acorde con la personalidad exaltada de la joven.

Zuzi había escogido el nombre en clave de Ż elazo porque decía que su corazón era de hierro y seguiría siéndolo hasta que derrotaran a los nazis.

A Hana la entristecía que, a sus veintidós años, su hermana continuara empecinada en conservar su soltería, aunque en tiempos de guerra tal vez no se equivocara al preferir las minas a los hombres.

—Vamos —dijo Zuzi—, esta es nuestra parada.

Hana se apeó de un salto del tranvía con sus hermanas y miró instintivamente hacia el cielo azul.

Si los Aliados se habían enterado de que los alemanes se hallaban en una situación precaria, tal vez enviaran sus aviones.

Quizá los pilotos polacos regresarían al país para ayudar a liberar Polonia, tal como habían prometido.

«Ojalá no tuviera que dejarte», le había dicho Emil el día que se habían separado, abrazándola con tanta fuerza que ella lo había sentido en todo su cuerpo…, y había querido más.

«Si te quedas, te matarán».

Ambos sabían que era así, y que la boda que tenían planeada se transformaría en un entierro en un abrir y cerrar de ojos.

Los pilotos polacos tenían una reputación tan impresionante que era demasiado peligroso dejarlos con vida y, en efecto, en cuanto escaparon habían demostrado su valía en la batalla de Inglaterra.

La noticia había llegado a Varsovia a través de los altavoces que los nazis habían instalado en las calles, por los que se proclamaban historias enlatadas sobre la osadía y audacia de la Luftwaffe, pero los transistores clandestinos habían recogido un relato muy distinto, en el que los Spitfire y los Hurricane desafiaban a los Messerschmitt y evitaban la invasión nazi del preciado estrecho que separaba Gran Bretaña del resto de Europa.

Hana había pasado meses con el alma en vilo, aterrorizada ante la perspectiva de recibir la noticia de la muerte de Emil, pero lo que al final había llegado era una preciosa carta suya, en la que la informaba con modestia de «un pequeño éxito» y le hablaba de la violeta que había pintado en la parte inferior del fuselaje de su avión en homenaje a ella.

Fiolet era el apodo que Emil le había puesto en el embriagador verano de 1939; según él, los pétalos de las pequeñas flores tenían forma de corazón y Hana era la dueña del suyo.

Pero luego había llegado la invasión de los alemanes, con los rusos pisándoles los talones, y todo había cambiado.

En recuerdo de Emil, Hana había adoptado el nombre en clave de Fiolet, y sus cartas habían seguido llegando, con partes tachadas por el bolígrafo negro del censor, pero, aun así, llenas de amor.

Hasta que, el año anterior, había recibido la noticia de que tras la invasión aliada de Italia iban a destinar a Emil a Brindisi.

«No tardaremos en llegar, amor mío —había escrito él—.

No apartes la mirada del cielo y, cuando veas mi violeta, sabrás que estoy cerca».

¿Podría llegar pronto ese momento? Era casi demasiado maravilloso para que fuera verdad.

Hana se sacudió las ensoñaciones y se dio la vuelta para despedirse de sus hermanas con un abrazo, antes de que cada una se fuera por separado a su entrenamiento secreto del AK : Zuzi al bosque de Kampinos, al norte de la ciudad; Orla a su hospital en el linde de Stare Miasto, el centro medieval de la ciudad; y Hana al centro neurálgico de los oficiales de enlace, allí mismo en Ś ródmie ś cie.

—Los rusos van a venir —susurró Zuzi mientras las tres se fundían en un abrazo—. En las últimas semanas han recorrido setecientos kilómetros; ¿por qué iban a detenerse antes de entrar en Varsovia? Vamos a ser libres, chicas; ¡por fin vamos a ser libres!

—¿Tú crees?

—No lo creo, lo sé. Tata debe de estar mirando desde el cielo con alborozo.

A Hana se le encogió el corazón al oír hablar de su amado padre e instintivamente miró hacia la cárcel de Pawiak, que se alzaba siniestra y amenazante calle abajo.

Si se fijaba bien, vería los cadáveres que colgaban allí noche y día, igual que había hecho el de Kaczper en su momento, pero en lugar de eso apartó con resolución la mirada de las formas colgadas que proyectaban su trágica sombra sobre Varsovia y le dio un beso a Zuzi.

—Ten cuidado.

—Lo que tendré es los ojos bien abiertos —la corrigió Zuzi—. Hasta el anochecer.

—Hasta el anochecer —respondió Orla, y se marchó a coger otro tranvía que la llevaría al hospital Juan de Dios.

Hana se quedó mirando a sus hermanas mientras estas se alejaban y sus palabras resonaban en sus oídos.

«Hasta el anochecer» era una expresión que su familia siempre utilizaba para recordarse que no importaban los retos a los que tuvieran que enfrentarse ese día, porque todos volverían a estar juntos antes de que terminara.

Desde la ocupación, la decían en un tono cada vez más decidido y esperanzado, ya que la sencilla alegría de reunirse al final del día alrededor de la mesa se había vuelto más incierta.

Hana no pudo evitar preocuparse, pero ¿qué le iba a hacer?

—Hasta el anochecer —les gritó.

Tras colocarse la hogaza de pan hueca bajo el brazo, recorrió una serie de callejones hasta llegar al centro de reunión de los enlaces, oculto sobre un pequeño salón de belleza expresamente descuidado para mantener alejados a los Volksdeutsche.

En el piso de arriba encontró a sus compañeras, otras chicas que también ejercían de enlace, en un estado de excitación desatada.

—¿Qué pasa? —preguntó Hana, mirándolas con expresión inquisitiva.

—¡Todo! —le contestó una compañera, a la vez que le tendía un papelito—. Lee el mensaje de hoy.

Hanna bajó la vista y allí, escritas en grandes letras negras y firmadas por el comandante Bór en persona, estaban las palabras que, sin duda, toda Varsovia había estado esperando.

Del comandante Bór a todos los operativos del AK de la zona de Varsovia: Este es un comunicado para anunciar el estado de alerta. Todas las tropas y auxiliares deben preparase para la acción. La hora W está cerca.

La W era la inicial de wyst ą pienie , el «inicio de las hostilidades».

¡Por fin! Hana pensó en Zuzi y en lo que se alegraría al enterarse; en Orla, que se preocuparía por lo que pudiera implicar; en Babcia Kamilla, que llamaría a gritos a la revolución; y en su madre, Magda, esperándolas cada anochecer en la panadería.

De pronto, la posibilidad de que todas lograran volver se había reducido de manera drástica, pero ¿qué se le iba a hacer?

Si los nazis estaban debilitados, el AK debía atacar.

Tata les había pedido que no abandonaran la lucha y Hana estaba decidida a cumplir con su deber, por él y por todas las personas atrapadas en aquella ciudad brutalmente ocupada.

Si los rusos estaban en camino, ellos debían sublevarse, tomar Varsovia y darles la bienvenida en calidad de aliados.

La batalla no debería prolongarse más de unos pocos días y valdría la pena si con eso recuperaban por fin la libertad.

La libertad para casarse con Emil.

Hana cogió con entusiasmo diez órdenes con el sello oficial para repartirlas entre los jefes de pelotón del AK que tenía asignados y que se escondían por toda la ciudad, y las deslizó dentro de su hogaza de pan.

Aunque le temblaban las manos, pensó en su padre y en la promesa que había hecho su familia de vengar su muerte, y eso la calmó.

Había llegado el momento de distribuir la noticia por toda Varsovia; el momento de atacar por fin.