La mensajera Uno
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Uno

UNO

HANA

Hana pegó la cara a la ventana del tranvía, incapaz de creer lo que veían sus ojos.

Aunque sus hermanas y ella hacían todo lo posible por mantener una expresión serena mientras se dirigían a sus puestos del Armia Krajowa para su instrucción, no era fácil cuando en Varsovia reinaba un extraño ambiente de pánico.

Los soldados que marchaban por la avenida Jerusalén no se parecían en nada a los alemanes que Hana había visto con anterioridad.

Estos arrastraban sus embarradas botas militares y tenían clavados sus ojos entrenados en el pavimento de la ciudad por la que habían desfilado con arrogancia cinco años atrás.

Sus uniformes estaban rasgados e impregnados de un aire a derrota.

Hana tiró de Zuzi y Orla, y señaló con la cabeza la asombrosa escena que se desarrollaba al otro lado del cristal.

A Zuzi se le iluminó el rostro.

—Míralos, arrastrándose por el polvo como se merecen.

—¡Calla, Zuzi!

Nerviosa, Hana miró a su alrededor, consciente como siempre de su deber en tanto que hermana mayor de mantenerlas a salvo a las dos.

Se hallaban en el vagón para polacos, el único de los tres que componían el tranvía (los dos delanteros estaban designados como Nur Für Deutsche , «solo para alemanes»), pero nunca se sabía quién podía estar escuchando.

Aunque ningún polaco delataría a un compatriota, había soldados por todas partes.

—No te preocupes por los Deutsche —repuso Zuzi—. Están demasiado ocupados huyendo como para escucharnos. Mira.

De los dos vagones delanteros del tranvía, que se había detenido en la principal estación de tren de Varsovia en el corazón de Ś ródmie ś cie, el centro moderno de la ciudad, se apeó un enorme grupo de Volksdeutsche bien vestidos, cargados con maletas, bolsas y cajas de embalaje, que luego entró en tropel en la estación.

—¿Se marchan?

Hana pegó aún más la cara al cristal. El sol de pleno verano era abrasador, pero tenía que ver la escena con sus propios ojos.

Las familias alemanas que bajaban del tranvía se sumaban a muchas otras que llegaban a la estación en modernos coches a motor, a pie e incluso a caballo y en carruaje.

Era un éxodo que, sin lugar a dudas, solo podía compararse con el de los pobres judíos a los que habían obligado a desplazarse al gueto el año anterior.

—Qué pena que no haya cámaras de gas para esos malnacidos —masculló Zuzi.

—¡Cállate!

Hana tiró con apremio de la manga de su hermana, deseando que no fuera tan imprudente. Entendía sus sentimientos, por supuesto, pero era mejor expresarlos únicamente en el entorno seguro de la panadería de su madre.

—Se los ve muy tristes —comentó Orla mientras apoyaba las manos en la ventana, como si pudiera extenderlas y ayudarlos.

Hana siguió la mirada azul de su hermana menor y vio a una mujer que sostenía a un bebé y trataba de controlar a una niña pequeña mientras arrastraba una maleta gigante hacia la estación.

El bebé lloraba, la niña se resistía a caminar y la madre parecía aterrorizada.

Mientras miraban, sin embargo, un soldado fornido se agachó para ofrecerle chocolate a la niña y cogió la maleta, aligerando de inmediato la carga de la mujer rubia.

—¡Qué pena me dan! —exclamó Zuzi con sarcasmo.

Orla se revolvió en su asiento.

—Lo sé —dijo—. Lo siento. Pero es que es espantoso; también son seres humanos.

Su hermana tenía razón, y Hana se escurrió para darle un abrazo mientras el tranvía se ponía de nuevo en marcha y Orla la miraba.

Acababa de cumplir dieciocho años y era una joven preciosa, con los rasgos del color más claro de las tres.

El pelo de Zuzi era casi negro, como el de su padre, y el de Hana tenía un color parecido al de la paja sucia —avellana, en opinión de su querida madre—, pero Orla, igual que Magda, era rubia como un ángel y en sus ojos azules siempre había una sonrisa a punto de asomar…

o una lágrima, sobre todo si había niños de por medio.

—Parece que todo acabará pronto, mi pequeña Lania —le dijo Hana.

El apelativo cariñoso hizo sonreír a Orla, a quien su familia la llamaba así, «cierva», en recuerdo del ciervo del que se había hecho amiga durante los paseos de su infancia por los bosques que había al norte de Varsovia.

Ahora, esos bosques estaban llenos de hombres y mujeres del AK , la abreviatura del Armia Krajowa o Ejército Nacional, y «Lanía» era el alias de Orla en dicho ejército.

Eso no quería decir que fuese a luchar, gracias a Dios; solo a su manera, tal como les había enseñado su madre, porque la más joven y dulce de las hermanas D ą browska se estaba formando para ser enfermera.

Tal vez no tardaran en necesitar sus servicios.

—Míralos —siseó Zuzi, señalando a otro grupo de soldados tan desaliñado como el anterior—. Huyen de los rusos. El Ejército Rojo debe de estar cerca. Tenemos que sublevarnos y tomar la ciudad ahora que están hechos trizas.

—Lo haremos cuando sea el momento adecuado —dijo Hana, intentando calmar a su impulsiva hermana mediana.

—No hay un momento más adecuado que este —replicó Zuzi, con los ojos oscuros centelleantes.

Tenía su parte de razón. Hana trabajaba como enlace repartiendo mensajes entre las numerosas unidades del AK en Varsovia, un ejército clandestino formado por cuarenta mil hombres, y sabía que el deseo de atacar era cada vez más irreprimible.

El día anterior, el gobernador Fischer, el nazi que dirigía Varsovia, había dado la orden de que todos los hombres polacos se presentaran ante las autoridades para cumplir con sus «deberes de defensa», y Hana se había pasado el día trasladando las instrucciones del AK para ignorar el llamamiento.

Había sido una decisión arriesgada, porque a menudo los alemanes no dudaban en llevar a cabo represalias brutales, pero más arriesgada habría sido la posibilidad de que todos los hombres en edad de luchar acabaran detenidos.

Al final, los alemanes no habían emprendido acción alguna, lo cual sugería que, en efecto, estaban en las últimas.

Hana toqueteó la hogaza de pan que llevaba bajo el brazo, mientras se preguntaba cuáles serían las órdenes del día.

Llevar mensajes secretos era una tarea que se le daba bien porque podía echar mano de su mapa mental casi perfecto de la ciudad, pero era peligrosa, pues cualquier persona a la que atrapaban con instrucciones del AK acababa ejecutada por traición.

Hasta el momento, su estrategia de transportar las órdenes oficiales metidas en las hogazas de pan recién hornadas de su madre la había mantenido a salvo, pero a medida que aumentaba la inquietud de los alemanes, y la volatilidad del AK , el peligro era mayor.

La tensión tenía que estallar por alguna parte.

Todos los viajeros del tranvía observaban la desbandada de los Volksdeutsche y Hana notó que los ánimos se calentaban, como si los cables eléctricos del tranvía no solo discurrieran sobre las cabezas de los varsovianos, sino también a través de sus cuerpos.

Llevaban ya demasiado tiempo oprimidos por los alemanes, que los trataban como ciudadanos de segunda, les negaban la entrada a los mejores restaurantes, teatros y cines, y les prohibían formar parte del gobierno e incluso recibir educación.

Los Volksdeutsche eran los civiles nacidos en Alemania a los que habían trasladado a millares a la Varsovia ocupada y que se paseaban por la ciudad como si les perteneciera.

Los nazis habían arrebatado numerosos negocios a los polacos y habían entregado a estos advenedizos empresas familiares de siglos de antigüedad, sin ningún tipo de consideración ni compensación.

Peor aún, habían arrebatado casas y pisos a los judíos, y habían metido en sus preciados hogares a aquellos alemanes pirados mientras a ellos los arrojaban al gueto.

Era una salvajada, y los habitantes de Varsovia odiaban a los Volksdeutsche casi tanto como a los soldados nazis.

Las escuelas y universidades polacas habían sido clausuradas.

Además de su trabajo como enlace, Hana estudiaba la carrera de Arquitectura en clases clandestinas que daban valientes hombres y mujeres corriendo un gran riesgo, pues podían detenerlos en cualquier momento.

En el último año había presenciado cómo tres de sus profesores corrían la misma suerte que su querido padre, y no veía el momento de derrotar a los odiosos ocupantes para poder estudiar de nuevo sin esconderse y rescatar de los estragos de la guerra la ciudad a la que tanto amaba.

Estaba segura de que su padre se habría sentido orgulloso de verla cumplir con su misión, igual que de ver que se casaba con su querido Emil…

Hana se dio a sí misma un pequeño abrazo como hacía siempre que pensaba en su prometido, un piloto polaco que había tenido que huir de la Varsovia ocupada en 1939, hacía cinco largos años.

Sabía que había llegado sano y salvo a Gran Bretaña y que volaba con valentía con la RAF , pero no lo había visto desde entonces.

En aquella época tenía los hombros cuadrados, el cuerpo musculoso y una sonrisa picara que llenaba de júbilo el corazón de Hana cada vez que la veía, pero no tenía ni idea de qué aspecto tendría ahora.

¿Habría adelgazado tanto como ella debido a la guerra?

¿Se habrían encorvado sus hombros después de pasar tanto tiempo en un país extranjero?

¿Le habría robado el peligroso trabajo de piloto aquella maravillosa sonrisa?

¿Estaría siquiera vivo? Su última carta había llegado semanas atrás, pero el correo era impredecible y Hana se negaba a perder la esperanza.

No veía el momento de que llegara la liberación para reunirse con él, y sin embargo…

—Debemos tener cuidado —les susurró a sus hermanas—. Los rusos no son de fiar.

—Los rusos son nuestros amigos —contestó Orla con rotundidad—. Nuestros aliados.

Hana le sonrió con cariño.