La mensajera Prólogo
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La mensajera

La mensajera

Por Anna Stuart

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Prólogo

PRÓLOGO

VARSOVIA

Hana D ą browska entra tambaleándose en la panadería de la familia, donde la recibe una reconfortante mezcla de olores que la hace sentir en casa.

Aspira el aroma a mantequilla, azúcar y canela, y, aunque desearía que su dulzor borrara el dolor que atenaza su corazón, hoy nada puede hacerlo.

Zuzi y Orla, sus hermanas, la siguen al interior, y Hana las rodea con el brazo porque, ahora más que nunca, la familia debe permanecer unida.

—Aquí estamos a salvo —dice su madre, Magda, aunque le tiembla la voz.

Las lleva a la cocina, donde durante tanto tiempo la familia se ha reunido para comer, trabajar y jugar.

Su suegra, Babcia Kamilla, las sigue con los ojos extraordinariamente secos y la espalda erguida en una postura impecable, mientras guía al joven Jacob por delante de ella.

La familia se sienta alrededor de la mesa y contempla la silla vacía de la cabecera.

Su Papa, Kaczper, lleva dos meses encarcelado y, aunque se han acostumbrado a ver su sitio vacío, ahora que saben que ha muerto y jamás volverá a ocuparlo la pena por haberlo perdido es devastadora.

Orla, que con sus trece años es la hermana más pequeña, se sujeta la cabeza con las manos y se echa a llorar.

Al caer, sus lágrimas dejan manchas oscuras sobre la sempiterna capa de azúcar que cubre la gastada mesa de roble y, tras deslizar la silla para acercarse a su hermana, Jacob dibuja formas entre ellas.

Orla le pasa el brazo por el hombro y él le acaricia el pelo rubio.

El niño tiene solo ocho años y está confundido por todo lo ocurrido esa sombría mañana.

Ha empezado al amanecer, cuando alguien ha aporreado la puerta de madera de cerezo de su panadería.

«Andando —ha gruñido el soldado nazi—. Vais a ver a vuestro padre».

¡Cuánto se han emocionado al escuchar sus palabras!

Se han vestido deprisa y corriendo y lo han seguido hasta la cárcel en la que Kaczper D ą browski ha estado encerrado y aislado desde que, a principios de septiembre, los nazis ocuparon Varsovia.

Por el camino, han comentado entusiasmados los abrazos que le darían y lo mucho que tenían que contarle, entre otras cosas, que estaban haciendo todo lo posible para asegurarse de que regresaba a la panadería familiar, a casa.

Pero todo ha acabado siendo una artimaña cruel.

Kaczper no estaba esperándolos en una habitación, sino que han visto que lo sacaban a empujones a un balcón en el que había una hilera de sogas mientras a ellos lo llevaban a punta de pistola al patio de debajo.

—¿Por qué han tenido que matarlo? —dice Jacob entre sollozos, dando rienda suelta a su pena en el calor del hogar.

—Porque es un buen hombre —contesta Hana, la mayor de las hermanas, que tiene dieciocho años—. Y los nazis odian a los hombres buenos.

—No tanto como nosotros odiamos a los nazis —dice en tono apasionado Zuzi, una vehemente joven de diecisiete años, provocando una oleada de siseos para pedirle que se calle.

Las paredes tienen oídos.

Magda prepara té en un cazo grande, coloca las tazas sobre la mesa, como hace cada mañana, y saca una hogaza de pan de frutas, la especialidad de Kaczper.

Durante los dos últimos meses ha sido ella quien ha tomado las riendas de la panadería, elaborando con cariño las recetas de su marido hasta que él pudiera retomar su trabajo.

Algo que ya nunca hará. A Magda le tiemblan las manos y Hana se apresura a ayudarla.

Esta ha sido la peor mañana de sus vidas y todos están en ascuas, y, aunque Hana intenta concentrarse en cortar el pan, lo único que ve es el lúgubre patio de la cárcel.

«¡Kaczper!», ha gritado Magda en cuanto lo ha visto, y él ha mirado hacia abajo, sorprendido y con una tristeza infinita en los ojos.

«Mi amor —ha dicho en voz baja, como si acabaran de encontrarse una tarde de verano en un parque teñido por el color de las rosas, y no en el momento en que él estaba a punto de morir brutalmente a manos de los ocupantes de Varsovia—.

No sabes cuánto me alegro de verte. Y a ti también, hijo. Cuida mucho de tu madre».

Aferrado a la cadera de Magda y mordiéndose el labio inferior para no hacer pucheros, el pequeño Jacob ha asentido.

«Buen chico. Y mis niñas. —Kaczper ha sonreído a Hana, Zuzi y Orla, y enseguida se ha corregido—: Mis jóvenes y hermosas hijas».

Ellas se han encogido; no querían que la belleza se infiltrara en aquella mañana odiosa, aunque amaban a su padre por intentarlo.

Kaczper D ą browski, maestro panadero y orgulloso concejal del ayuntamiento, siempre intentaba ver la parte positiva de cualquier situación.

Si sus ligeros panes y pastas habían mejorado con el tiempo, se debía a sus optimistas planes para la ciudad que amaba; unos planes que estaban a punto de costarle la vida.

«Mamá. —La última sonrisa de Kaczper ha sido para Babcia Kamilla, que estaba junto a Magda con el cuerpo rígido—. No abandones la lucha».

«Nunca lo haré, hijo».

«Lo sé. Los grilletes que nos han puesto no aguantarán mucho más».

Kamilla ha asentido con decisión, reprimiendo las lágrimas y con un nudo en la garganta que era casi visible. Tras perder a su marido, Aleksander, en la batalla inicial contra los invasores, ahora tenía que ver como también le robaban a su hijo.

«Sed fuertes —le ha pedido Kaczper a su familia, mientras los soldados introducían con regodeo su cuello en la soga más cercana—.

No lloréis por mí. No quiero que lloréis, sino que viváis y améis…

y luchéis. ¿Lo haréis por mí? —Todos han asentido obedientemente, pero entonces la voz de Kaczper se ha quebrado y sus ojos marrones se han llenado de lágrimas—.

Lo siento —ha dicho—. Siento abandonaros. Lo siento muchísimo».

Orla ha sollozado, las lágrimas han rodado en silencio por las mejillas de Zuzi y Hana las ha rodeado a ambas con los brazos en actitud protectora.

«Te quiero, Kaczper», ha gritado Magda en tono desafiante.

«Te quiero», ha dicho Hana, y todos han repetido sus palabras.

Las han repetido mientras los guardias agarraban al antaño corpulento hombre y lo arrojaban por encima de la barandilla del balcón.

Las han repetido, en voz cada vez más alta, para acompañar el último aliento de Kaczper con tanto amor como fuera posible, hasta que, por suerte muy rápido, todo ha terminado y él ha muerto.

Ahora, en la acogedora cocina de la casa y el negocio que Magda y él fundaron al casarse, todos contemplan de nuevo su silla vacía. El asiento todavía conserva la huella de su robusto cuerpo, y los brazos están gastados y suaves por el roce de sus habilidosas manos de panadero.

—No se ha ido —dice Hana en tono desafiante, alargando la mano para acariciar la madera—. No se ha ido porque sigue aquí, en nuestros corazones.

Se da un golpe en el pecho y sus hermanas la imitan, Zuzi con una sonora palmada y Orla con una suave presión, como si tratara de conservar dentro del pecho su afligido corazón.

Jacob hace lo mismo, erguido como un soldadito, y de improviso, todos se echan a reír.

Sus risas llenan la panadería, igual que han hecho durante años, y todos se miran y, de manera instintiva, se cogen de la mano alrededor de la mesa.

Kamilla vacila, pero hoy hasta su circunspecta abuela necesita el consuelo del contacto humano y acaba uniéndose al círculo.

—Ya lo habéis oído —dice—. Lucharemos, viviremos y amaremos.

—Ha dicho que tenemos que vivir, amar y luchar —se atreve a corregirla Orla.

Kamilla sacude la cabeza.

—La lucha es lo primero. Mañana mismo nos uniremos a la resistencia clandestina, ¿de acuerdo?

Orla sigue sin parecer convencida y Magda le aprieta la mano con fuerza.

—La resistencia no solo se lleva a cabo con armas, tesoro. Podemos luchar a nuestra manera.

Las tres hermanas intercambian una mirada y luego miran a su madre y a su boquiabierto hermanito.

La ira centellea en los ojos de Zuzi, mientras que los de Orla están anegados por las lágrimas y los de Hana, ensombrecidos por la preocupación.

El dolor por la pérdida de su padre tiembla entre ellas, como un cordel que rodea sus corazones magullados y las une aún más que antes.

—Lucharemos a nuestra manera —convienen—. Y juntas. De esa forma, cuando por fin llegue el momento adecuado, nos alzaremos y la victoria será nuestra.