La memoria es un animal esquivo 30 #2
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—En cambio, usted, hermano mío, al que «nunca supimos entender», al que «siempre maltratamos», nacido en este lugar del que le da vergüenza ser y del que no tiene oportunidad para despotricar, usted con esa excusa nos dejó totalmente solos, a mí y a su hermanito Pablo del que tanto le gusta hablar.

Usted ni siquiera fue capaz de venir a la muerte de su papá, y me gustaría decirle que eso le dolió, pero no voy a darle el gusto porque por suerte para esa altura ya nadie esperaba nada suyo.

—Es que no podía.

—Ah, ¿y yo sí? Pablo y yo le tuvimos que cambiar los pañales a su papá también.

¿Por qué usted no podía y nosotros sí? ¿Ah?

¿Porque usted es más sensible? No me crea marica, Juan Francisco.

Por qué no admite más bien que fue porque no se quiso perder su exposición en París y al menos tiene el honor de decir la verdad.

—Bueno, no es así, usted no entiende. —Eso es lo que digo, pero lo que realmente quiero decir es que no sé por qué se quedan los que se quedan y por qué donde unos sufren, otros florecen. No sé por qué yo nunca estoy del lado de los que se superan, y en cambio siempre estoy aquí.

—No. No me sirve su explicación.

—Por favor, déjeme terminar —le digo, pero él me interrumpe.

—Yo no soy feliz sabiendo que usted es miserable, ¿sabe?

A usted le encanta pensar eso, me lo ha dicho cada vez que ha tenido oportunidad, como cuando se fue antes del matrimonio de Pablo y me gritó todas esas cosas delante de toda la familia y de mi señora misma, y ni ahí sentí dicha por la humillación a la que nos sometía,

pero sobre todo a la que se sometía.

A mí su infelicidad no me trae nada bueno.

Me da pesar por usted, que siendo el que tenía todos esos talentos y al que mamá tanto quería, hubiera despilfarrado su vida de esa manera.

Todo lleno de odio y mezquindad. Siempre viendo para acá, a ver de qué más nos puede culpar.

Quiero preguntarle a qué se refiere con lo del matrimonio de Pablo, porque así no es como yo recuerdo ese evento.

Quiero que los dos reconstruyamos esa noche horrible en la que me expuso delante de todos.

Quiero imponer mi recuerdo sobre el suyo, porque el mío es el único cierto.

Quiero detener ese invento que está elaborando con que fue gracias a papá que me reconocieron en el Gobierno y que pidieron mi obra, porque es pura crueldad y pura mentira suya para debilitarme, para que yo deje mi fortaleza y me rebaje a su nivel, pero antes de hacerlo, un miedo me paraliza.

Deseo que esta conversación termine ahora, que acabe acá mismo e irme muy lejos de esta casa.

No creo que esté siendo justo conmigo, pienso, pero no se lo digo, porque la idea de que me describa más cosas que no sucedieron de ese modo es peor que soportar la calumnia.

No tengo las fuerzas para volver a narrarle mi vida de manera correcta, no tengo la energía para convencerlo de que tengo la verdad de los hechos y que él está lleno de artimañas con las que trata de convencerme de que no soy bueno.

Pero yo soy un hombre bueno, Luciano, y como muestra de eso elijo el silencio.

—¿No va a decir nada más? Me parece perfecto, Juan Francisco.

Yo no necesito esta charla con usted. Yo sé muy bien qué pasó, cómo fueron las cosas y yo puse el cuerpo para estar en la muerte de mi papá y de mi hermano, y cargo con la tristeza de su ausencia, pero al menos con el honor de haber estado.

Yo no necesito que usted me diga que lo entienda, porque tratar de entenderlo es lo que he hecho toda la vida y porque perdió el sentido hace como veinte años.

Usted es como es. ¿No es lo que quería? ¿No es por lo que luchó toda la vida?

Si tan poco le importamos, ¿por qué tiene que venir acá?

¿Por qué necesita que yo le pida perdón o qué?

Si total no existimos para usted, como nos dijo una y mil veces en todas esas cartas que mandaba, justo antes de necesitar algo y volver a aparecer.

—Quiero hablar de Pablo —digo con último aliento.

—No. Usted no tiene derecho a hablar de Pablo, o al menos no conmigo.

Yo ya hablé de Pablo, mijo. Yo hablé de Pablo con Pablo, con María, con Lisa, con todos los primos, con todos los amigos.

Yo hablé de él cuando decidió irse y cuando, de hecho, se fue.

Yo hablé de él en el entierro, con las palabras que leí y después en los almuerzos que hemos hecho desde entonces.

Yo hablé de Pablo todas las veces que hizo falta y usted no tiene ese derecho.

Usted quiere venir acá y tiene el descaro de exigir que todos repitamos el duelo porque ahora usted se dignó a aparecer, y no es así.

No funcionan así ni la muerte, ni la familia, ni el dolor, ni el amor, ¿sabe?

Le toca cargar, además, con la tristeza de no haber podido tener todas esas conversaciones, porque no las merece.

Termina de hablar y no está ni enojado, ni alterado, ni exultante. No se quiere parar de la silla a zarandearme, no quiere acudir a la violencia.

—Ah, y otra cosa, ¿podemos terminar de una vez con esto?

¿Con esta tortura que nos está haciendo vivir a todos para vender esta casa de una hijueputa vez?

¿Será posible que por una vez en la vida piense en alguien más y tenga consideración de su sobrina Lisa, a quien se le murió el papá y además tiene que lidiar con usted y toda esta perorata a la que la somete para poder hablar de Pablo sin tener en cuenta que le está haciendo revivir el duelo una y

otra vez?

¿Puede tener esa consideración al menos con su sobrina? ¿Con la hija de su hermano favorito?

—¿Le duele que Pablo fuera mi hermano favorito? ¿Le duele que mi mamá me quisiera más a mí? —digo sin poder preverlo, sin poder calcularlo, sin poder evitarlo.

Luciano se ríe.

—No, Juan Francisco. No guardo ningún rencor sobre el hecho de que mi mamá, que murió hace más de sesenta años, lo hubiera querido más.

Tampoco me duele que usted fuera la adoración de Pablo.

Estoy viejo ya, quiero estar donde me toca, hacer lo que tengo que hacer y tratar de que el tiempo pase lo más lentamente posible para disfrutar de mis nietos y de mis hijos.

Usted sí tiene razón en algo y es que yo nunca pude entenderlo.

Yo nunca pude comprender que usted, que no solo era el favorito de mamá, sino el orgullo de papá por su brillantez, que era el más lindo, el más flaco, el más inteligente de todos nosotros, se convirtiera en esto que es ahora.

Nunca pude comprender por qué se aferraba de esa manera al pasado, por qué nunca pudo desprenderse del todo de ese niño que fue, de esos niños que fuimos.

Y siempre me pareció triste cómo se cogió de esas cuatro historias que recuerda siempre, de esos cuatro momentos de su vida que sucedieron acá y que se quedaron con el hombre que usted iba a ser.

Durante años soñamos con mi papá y con Pablo que se le iba a pasar, que quizá cuando creciera, que quizá cuando fuera envejeciendo, que incluso todo eso iba a calmarse cuando se casara con la española amable que era su mujer.

Y tuvimos breves momentos de eso, y nos ilusionamos, porque cuando usted era querido, cuando no nos odiaba, era encantador.

Entonces nos gustaba pensar que íbamos a poder pasar Navidades juntos, que nuestros hijos iban a ser amigos algún día y que a usted el temperamento se le iba a arreglar con los años, pero eso nunca pasó.

Fue todo lo contrario. Pasó el tiempo y usted masticaba más y más rencor, y ya ese sueño que teníamos todos de poder acompañarnos se fue desvaneciendo.

A veces me pregunto si yo hubiera sabido qué era tener tanto: tanto amor, tanto deseo, tanta belleza como la suya; de pronto habría hecho lo mismo.

No sé. Ya ninguno puede saberlo y ya no creo que importe.

Firme los papeles, vendamos la casa, permítase entonces tratar de olvidar todos esos años que tanto dice que lo lastimaron cuando esta casa ya no sea nuestra, y trate de vivir en paz el tiempo que le queda.

Que yo voy a hacer lo mismo, y créame que usted va a entrar en algunas de mis oraciones, pero solo para que Dios tenga piedad de toda su rabia y que esa ira lo deje vivir más o menos en paz.

—¿Ustedes creían eso de mí? —pregunto con un último hilo de voz.

Luciano se levanta de la silla y da dos pasos grandes hasta el asiento en el que yo estoy.

Su cuerpo es tan grande que trae la sombra al patio, que el día termina, que la noche llega arriba mío.

Me pongo de pie sin meditación alguna y mi hermano me da un abrazo fuerte que me retuerce y me hace doler las costillas.

Entonces escucho el sonido de su beso en mi mejilla.

No me palmea la espalda con fuerza, no se distancia veloz, solo me abraza conteniéndome con su gigantez, me pone una mano en la mejilla y me dice «chao, mijo», y sale caminando de la casa con su enormidad, con su cansancio, con su calvicie y su vacío.