La memoria es un animal esquivo 30
96%

30

Lo que más me sorprende de estar frente a mi hermano es lo que menos espero: su calvicie.

La fragilidad de su pelo. Me pierdo entre los parches vacíos sobre su cuero cabelludo y me impresiona eso más que cualquier otra cosa.

Más que él, más que lo enorme que está, más que sus ojos caídos y sus párpados avejentados, más que su panza astronómica y la ridícula camisa que insiste en ponerse con sus botones templados, más que todo eso me asombra que por fin se esté quedando calvo y dudar, ante ese hecho,

de que verdaderamente seamos hermanos.

Lo veo entrar con su figura a contraluz.

Para mí que por esa puerta lo que atravesó fue un espíritu grande y ominoso.

Es por la tarde. Hace calor. Estoy en una de las sillas que cuidadosamente ha dispuesto mi sobrina en el patio de la casa, donde corre un viento frágil.

Apenas un hilo de aire que nos quita el sopor.

No lo suficiente para sentirnos frescos, pero lo necesario para estar vivos.

Entra y sus pasos suenan. Luciano y esa manera intempestiva de habitar el mundo.

Entra y Lisa se levanta de la tercera silla que su investidura de árbitro le ha concedido y nos dice que nos va a dar nuestro espacio.

Entonces se va. No del patio sino de la casa.

No de la casa sino que temo que se haya ido de la ciudad, del país, que nunca haya existido y que yo esté acá delante de Luciano por un artilugio mental que la ha inventado a ella, esta realidad, todo este calor.

La silla de plástico cruje cuando él se sienta.

—Quihubo, mijo —me dice.

No le respondo. Escucho que resopla. No puedo decir nada ante ese saludo, porque lo primero que quiero escuchar saliendo de su boca, quizá lo único, es un honesto y sentido perdón.

Quiero que mi hermano mayor me pida disculpas y que se retuerza de pena y se deshaga en explicaciones.

Quiero que diga que no sabían lo que hacían, que eran otros tiempos, que ha cargado este peso de ser un hermano horrible y un hombre peor para mí toda la vida; que eso no lo deja dormir algunas noches y que mi padre, en su lecho de muerte, antes de dar la última exhalación,

le dijo que se arrepentía de su horrible desempeño como papá.

Y ahí, cuando escuche esas palabras y me sienta entendido, comprendido, justificado por esta tierra árida y abrazado por ella, no expulsado ni un paria; sino un buen hijo que vuelve a casa, entonces yo podré responderle que está todo bien, mijo.

El pasado es el pasado. Y podré abrazarlo, rodear con mis brazos el cuerpo de mi hermano que esquivo con éxito desde hace casi medio siglo.

Agudizo los oídos para escuchar todo esto de su boca, pero las palabras que pronuncia su voz gruesa son otras, que salen de su cuerpo y se clavan directamente en mi pecho como pequeñas esquirlas de una granada que acaba de explotar.

—¿Tanto le costaba ir a mi casa que tenemos que sentarnos en unas sillas plásticas en medio del calor?

¿No se da cuenta de lo peligroso que está todo?

¿En dónde ha estado metido que no sabe nada del mundo en el que vive?

¿De todo lo que está por pasar, Juan Francisco?

—Ese nombre con su voz es el fin de una tregua que nunca existió—.

¿Qué es lo que necesita que hablemos para vender la casa?

Lisita me dijo que usted me tenía que decir algo antes de firmar, pero por favor que sea rápido, así terminamos con esto, mijo.

Siento ira. La espalda me tiembla, las manos me sudan y las palabras se me amontonan en la boca, pero lo único que sale de mis labios es un hilo de voz ininteligible.

—¿Qué dice, papito? Hábleme más duro que no lo escucho, mijo —me dice Luciano.

No se acerca sino que cruza los brazos con cara de fastidio y yo que le digo que está equivocado, que le pedí a Lisa que lo llamara para que habláramos y así darle la oportunidad de pedirme perdón, porque ahora soy un hombre más compasivo,

porque la muerte de Pablo me ha hecho un ser blando y crítico, porque es el fin de mi vida y estoy aquí.

¿No reconocen mi esfuerzo al venir? Porque yo creo que debo dejar el rencor atrás y aceptar sus disculpas.

No sé cuánto de eso logra abandonar mi cuerpo ni cuánto se entiende o cuánto realmente llega a escuchar Luciano.

Sé que quiero taclearlo como a los once años, cuando me dijo que yo había matado a mi mamá y de la frustración corrí hacia su cuerpo hasta que voló por los aires y se fracturó el brazo al caer.

Acá, en este mismo patio. Paso saliva que se siente como un puñado de arena que raspa mi garganta.

Un vértigo me embarga, la imagen de Luciano se mueve de foco durante un instante y el corazón me palpita como caballos galopando en mi pecho.

Mi hermano está en la silla, impaciente, un halo de luz atraviesa su cuerpo por la mitad.

En su entrecejo se marcan grietas profundas de su ceño fruncido.

Sus ojos iracundos, no inexpresivos como siempre, tampoco con esa expresión vacía que solía tener cuando me decía «es que usted es muy sensible y como es tan sensible no podemos entenderlo», o a veces cuando remataba con «yo no hablo en marica».

Pero hoy con sus ojos cansados, con sus cejas canosas y crespas, con las arrugas que le surcan la piel, mi hermano tiene en la cara una expresión de rabia que me da goce producirle.

Su odio me alimenta. Me reconforta molestarlo; detonar su desprecio es mi primera victoria de la tarde. Y él, en el silencio, debe percibir que algo de la situación me alienta, porque toma aire, endereza la espalda y sobreactúa solemnidad para decir:

—Juan Francisco, no le permito que hable de mi hermano Pablo, al que usted ni siquiera tuvo la valentía de ir a ver cuando se estaba muriendo.

Pero estoy preparado para esto, he ensayado esta respuesta y me he dicho este diálogo cientos de veces a mí mismo para tranquilizarme de la pena de no haber estado con Pablo. Tomo aire, me acerco al borde y me lanzo:

—Usted no entiende lo que tuve que pasar yo, Luciano. Usted no sabe lo que me duele ni las batallas que he tenido que librar por culpa de todos ustedes. Pero Pablo por suerte lo sabía, mijo. —Y apenas termino de hablar noto cómo la sangre que bombea mi corazón me inflama el cuello.

Luciano no se lamenta, siente ira, sí, pero lo que he dicho le da risa, revolea los ojos en un gesto que me resulta adolescente, como si él no tuviera ahora setenta y cinco años y yo setenta, y como si todavía estuviéramos acá jugando, aprendiendo a odiarnos bajo este sol tremendo.

—Mijo, ¿usted todavía sigue con eso de que no lo entendimos?

¿De que nadie lo entiende? Oiga, ¿no se cansa de su propio discurso?

¿No se aburre de usted? —La grieta en su entrecejo se profundiza tanto que parece que sus cejas se van a ir por ahí.

—De verdad se lo pregunto, Juan Francisco.

¿Después de todos estos años nos va a seguir diciendo lo mismo, como si fuera una novedad?

—Y hace un silencio, como esperando que yo le responda.

Su pregunta, que antes me pareció retórica, ahora me resulta genuina, y no estoy seguro de tener un respuesta nueva.

—Es que ustedes no saben lo que yo tuve que pasar —le digo—.

Todo lo que me pasó en el seminario, todo lo que me hicieron, y esa soledad, esa incomprensión, y que nunca me apoyaran en esta casa cuando a todos los apoyó papá, y que nunca, desde que murió mamá, alguien me hubiera querido sin querer cambiarme.

Usted no puede entender eso —remato, convencido de mi victoria.

—¿Que yo no entiendo? —levanta la voz gruesa y los pájaros de la araucaria salen volando—.

¿Que yo no entiendo me dice? Y es que usted cree que eso tan horrible solo le pasó a usted, ¿cierto?

¿Que usted es el único niño en el mundo al que esas cosas le pasaron en el seminario?

Usted lo que es, es un egoísta y lo ha sido toda la vida.

Solo alguien con ese egoísmo podría pensar que en el lugar en el que estuvimos encerrados los dos fue lastimado usted solo.

Pero, claro, como yo no vivo quejándome, como yo no he hecho de eso un motivo para odiar a los otros y para humillarlos y para lamentarme del mundo, entonces seguro no debió pasarme nada en la vida.

Porque así piensa usted, porque así ha pensado siempre, con esa egolatría ridícula de creerse mejor que todos, elevado; usted, al que no se le puede hablar; usted, el que siente de más, al que le molestan los ruidos,

al que le molesta la luz y no sé qué otra cantidad de ridiculeces se ha dicho a lo largo de los años para diferenciarse.

Pero lo que sí no puedo permitir es que se siente acá, mirándome a la cara, y que me diga que usted fue el único y que yo no entiendo, cuando no solo yo también estuve ahí sino también pasé por lo mismo.

Hay que ser huevón en esta vida, hay que ser testarudo —resopla y suspira—.

Hay que ser usted para pensar que fue el único. Dios mío, lo que hay que escuchar.

Se serena durante unos instantes para recuperar el aire.

—Ah y otra cosa, ¿que no lo apoyamos? Si mi papá se desvivió toda la vida para mandarle plata a Bogotá y después a Madrid porque a usted le dio por que se tenía que ir.

Como cuando usted le rogó por un trabajo en Bogotá para que pudiera ahorrar que dejó tirado sin ninguna explicación, avergonzando a mi papá.

¿O es que de eso no se acuerda? Siempre lo apoyaron en esta casa con eso de pintar.

Usted quiso ser artista y mi papá le pidió que fuera el mejor de los artistas.

Usted se quiso ir y mi papá lo apoyó con plata y con su abrazo y le pidió que fuera feliz y que triunfara allá.

Usted se sentía inseguro y mi papá movió los contactos que le habían quedado al padre Francisco con el Gobierno para que lo reconocieran pidiéndole la obra esa que se ganó el premio.

Ah, claro, es que en eso no le gusta pensar, pero mi papá se sentó acá mismo a redactar una carta recomendando su obra que no le gustaba, que no la entendía y en la que además se burlaba de nosotros, solo para que usted pudiera decir que era un artista de verdad reconocido.

Usted dice que no lo apoyaron, pero papá empeñó lo más sagrado que tenía, que era su palabra, para que usted pudiera sentirse valorado.

«Eso es mentira, Luciano. Eso no es verdad», digo, pero no digo. Pienso, pero de mi boca no sale más voz.