29 #2
Que me había enterado hace poco y que no había sabido qué hacer con tanto, con tanta vida, con tanto dolor, con tanto desvelo y con tanta tristeza.
Que estaba perdido y que ahora mi hermanito moriría sin encontrarme y que era yo esa herida abierta, pusilánime y llorosa que rogaba por un poco de amor.
Annette me miró confundida. Me detuvo en mi llanto y en mi ruego para preguntarme de nuevo por Pablo, como si ella hubiera oído mal.
Entonces yo le dije mirándola desde el suelo, como quien reza ante una virgen, que el diagnóstico era terminal, que era un glioblastoma grado cuatro, que yo había googleado y que todo era demasiado fatal, que Dios era cruel conmigo y que se llevaría ahora a mi hermano.
En su mirada pude reconocer otra vez su dulzura, su paciencia y su amor, y me tranquilicé.
Se sentó en el piso conmigo, todavía impresionada por la noticia.
Y durante un tiempo todo su odio hacia mí desapareció.
Ambos nos fuimos a la cama abrazados, temiendo por que nuestras vidas también fueran a acabar.
Pero antes de cerrar los ojos le agradecí a Pablo por que otra vez me había salvado.
Cuando me desperté, Annette ya estaba en la sala.
Tomaba café y leía concentrada. Me dio los buenos días y me senté del otro lado de la mesa.
Me tomé el café. Fui al cuarto a cambiarme para irme al taller.
Annette me observaba con la misma concentración con la que antes leía.
Me miraba con el desconcierto con el que suele leer las noticias matutinas.
Ya estaba por salir, yendo a despedirme de ella, y me agarró del brazo con fuerza.
«¿A dónde vas?», me preguntó. Y yo le respondí que al taller, que iba a trabajar en una obra hermosa que estaba haciendo sobre mi hermano.
Le conté incluso que eran distintos cuerpos suyos, hasta terminar en el final de la araucaria.
«¿Te acuerdas de ese árbol que hay en el patio de mi casa?»
. Se lo conté como le he hablado de todas mis obras, haciendo un enorme esfuerzo por encontrar las palabras que las describieran y con la promesa de que se la mostraría pronto.
Pero en lugar de emoción, volvió otra vez el gesto de desprecio.
«¿Te vas a pintar? ¿Tu hermano se está muriendo y te vas a pintar?»
. Su pregunta fue ofensiva y vulgar. Quise regresársela: ¿qué más esperaba ella que hiciera?
, y de repente me pareció estar hablando con una extraña que no me conocía en absoluto y que esperaba de mí cosas que yo no era y que jamás había sido.
Pero Annette no se conmovió por mi silencio ni pareció perturbarse por mi gesto de enojo.
En cambio, respondió a mis preguntas como si las hubiera escuchado.
«No solo me tomas por tonta diciéndome lo de Pablo justo cuando me entero de lo que hiciste», me dijo sin levantar la voz, pero con el cuerpo temblando.
«Además de eso, no te conmueves por lo que te necesita el único que has querido de tu familia y pones por encima de eso ir a pintar una desgracia en lugar de ser parte de ella y ensuciarte las manos de verdad, con el dolor de que alguien se muera».
Y su réplica continuó acusándome de ingrato.
«Porque esta vez es diferente», argumentó.
«Porque Pablo no es tu papá abandonador ni tu tía lejana. Pablo es tu hermano que ha estado para ti y tú respondes con el desprecio que has sentido por todos como si todos fueran lo mismo. Porque al final sí eras cruel», concluyó.
«Solo que antes tu crueldad estaba matizada por la de los otros, pero no por eso era menor».
Yo la miré triste. Desilusionado por su falta de comprensión ante mi miedo y mi pena.
Me sentí profundamente solo como no me he sentido jamás, como me siento ahora, investido con una soledad que es la única que puedo habitar.
Salí por la puerta de nuestra casa, justo después de decirle que ya no era nuestra sino suya y que ya no éramos nosotros sino yo, y que mi hermano era mío y no de ella y que estaba muriendo y ese dolor no lo íbamos a compartir.
Ni eso ni ningún otro. Ni ahora ni nunca más.
Pasé los días siguientes en silencio. Pinté día y noche, porque no era yo merecedor del sueño.
El sueño también me había abandonado y, cuando lo hizo, me encomendé a Dios rezando en los momentos en los que no pintaba.
«Dios mío», dije. «Por qué me has abandonado. He soportado tanto por ti y me has dejado tan solo».
A veces miraba pasajes en el viejo ordenador que hay en mi estudio.
Trataba de imaginar mi llegada, mi compañía y a mi hermano, pero no podía ver nada.
Mi mente era oscuridad; ya no tenía ni el consuelo de mi imaginación, en la que siempre había podido ser un mejor hombre.
Estaba ahí, solo, pidiéndole a Dios que viniera, enfermo de presente, encallado, atorado en el aquí sin posibilidad de moverme ni en el sueño ni en los dulces confines de mi mente.
Y un día, cuando ya estaba oscuro afuera, el teléfono sonó con el número de María.
«Hola, Juan Francisco», me dijo su voz serena.
«Pablo quiere hablar contigo». Quise colgar, quise salir corriendo, quise esconderme bajo un caballete y tapar mi cuerpo con los lienzos, enrollarme y prenderme fuego y arder como una ofrenda por mi cobardía.
Pero no colgué, me mantuve en pie, estoico, convencido de que este era el único instante de honor que me pedía la vida y que era mi última oportunidad para probar que era un hombre bueno.
«Quihubo, papito», me dijo la voz de Pablo, y yo le entendí claramente.
Su voz estaba viva y era eterna. El corazón me palpitó tan fuerte que sentí que se me salía por la boca.
Los brazos me temblaron, le pregunté que cómo estaba, pero no hubo ninguna respuesta.
Porque yo no necesitaba la respuesta ni él necesitaba la pregunta.
Entonces me entregué al amor. «Pablo, mijo», dije con toda la dulzura de la que fue capaz mi cuerpo.
«Pablo, hermanito lindo». Mi temblor cesó, mi corazón se calmó y el estudio se iluminó de una luz cálida y tibia.
«Pablo, mi amor. No tenga miedo, mijo. No tema de nada. El amor lo rodea y lo acompaña, no va a haber oscuridad nunca más. En el mundo que le espera nunca es de noche. No tema, mijo. Cierre los ojos conmigo, que estoy acá con usted. Le sostengo la mano y se la acaricio.
Somos unos niños y salimos de La Solitaria, vamos juntos en la camioneta y papá nos invita a una gaseosa. Podemos probar el sabor dulce de la Coca-Cola, la compartimos, usted toma de más y yo me río, pero me la da para que la disfrutemos juntos. Pero no vamos a la casa. Estamos yendo hacia la playa.
Papá no nos ha dicho, es una sorpresa. Y cuando llegamos, metemos los pies en la arena y es tibia y suave y sentimos como si camináramos en una nube. Nos adentramos los dos, yo lo tengo de la mano.
Papá camina más adelante que nosotros y no sentimos miedo del agua ni de las olas que se ven a lo lejos, porque cuando el agua toca nuestros pies, el calor nos alivia y nos conforta. Vemos a papá meterse al mar, y allá a lo lejos, nos saluda mamá, que nos espera.
Tiene el vestido verde mojado de agua salada y sonríe. Yo lo llevo de la mano hasta que el agua toca su cintura y le doy un beso en la mejilla y le digo que lo amo, porque lo amo. No hay nada que temer. No hay noche. No hay oscuridad. Lo veo irse en el agua tibia y miro su espalda contento,
porque allá a lo lejos están mamá y papá, que lo esperan con un abrazo eterno. Pablo, mi amor, no tenga miedo. Que lo amo. Usted ha sido el mejor hermano del mundo. Perdóneme por no haber estado, pero estoy aquí a su lado, viéndolo abrazar por fin a mamá».
Pude sentir la mano caliente de Pablo. Y después de ese instante de brillo, todo fue oscuridad.
—Perdóneme, Lisa. No quiero llorar, pero no puedo evitarlo. Perdóneme por no haber estado para su papá, para mi hermano. Me habría gustado, pero tantas cosas en la vida me habrían gustado y tan poca vida he tenido para poder hacerlas. Perdóneme por hacerlo sufrir.
—Tío —me dice—, mi papá no sufrió por usted.
Mi papá estaba pensando en que se iba a morir y eso era mucho más de lo que cualquiera de nosotros pueda imaginar.
Ese pensamiento ocupó su mente los últimos días de una manera tan esencial que nada más existió.
Mi papá se fue con la tranquilidad total de haber elegido cómo, aunque no pudo elegir cuándo.
Y esa elección le trajo una gran serenidad.
Durante su enfermedad nunca me habló con tristeza o decepción de usted.
—Sé que Lisa me lo dice para consolarme, pero me duele—.
Es más —continúa—, casi no lo mencionó.
No puedo saber exactamente qué estaba pensando, pero mi papá lo conocía bien.
Mi papá sabía quién era su hermano, siempre lo supo y en los últimos años se cercioró de dudar menos sobre su posibilidad de cambiarlo.
Así que no se preocupe. Y gracias por ese diálogo.
Siempre quisimos saber qué le había dicho del otro lado del teléfono.
Apenas termina de hablar, una contractura me endurece los músculos de la espalda. Estoy duro como un pedazo de madera. Caoba o roble.