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Los días siguientes pasaron en una bruma.
No comenté con Annette ninguna novedad porque no decirlo lo haría menos real para mí.
Me encerré en mi estudio de nuevo. Decidí que no iba a clausurarlo porque ese era el único lugar del mundo donde podría hacer algo con esa pena y con esa angustia.
Traté de hacer una serie de retratos de Pablo y pinté muchas veces su cara.
Primero cuando era un niño con sus gafas gigantes y después cuando ya era un adulto.
Me sorprendió recordar con precisión apenas dos o tres versiones suyas.
Uno o dos rasgos de su carita de niño, con sus sutilezas y sus detalles, y sus piernas chuecas, con las rodillas que se juntan y los pies que se apartan al caminar, pero no mucho más.
Tenía la certeza de recordarlo con precisión, pero apenas lo intentaba, lo que podía pintar eran detalles más abstractos que la sensación de mi recuerdo.
En el último retrato, de la cabeza de Pablo crecía una araucaria gigante que había germinado en su cerebro y que finalmente se apoderaba de su cuerpo dejando solo un árbol.
Me concentré tanto en la obra que logré dejar de entrar a internet, pero antes de alejarme del teléfono, consumí con voracidad todo lo que decían sobre mí.
«Pervertido», me llamaban. «Abusador». Después pasaban a criticar abiertamente mi arte, a llamarme un farsante y un idiota.
Leía comentarios en mi contra como una droga que me duró días y que hizo que el tiempo perdiera sentido.
Incluso Paco se había expedido en alguna de las publicaciones, calificando el hecho de inaceptable y negándome públicamente una amistad que ni siquiera teníamos en privado.
Los minutos se medían en nuevos comentarios debajo de publicaciones que me humillaban, de dibujos modificados sobre mi cara, de críticas a mi aspecto, de insultos una y otra vez llamándome viejo, anciano, decrépito y ruin.
Y todo se iba contaminando como una gangrena que se pudría con el paso de los días.
Mi página llena de comentarios, mis fotos en Twitter y Facebook.
Una fuente de odio que no conocía por lugares que nunca había transitado, pero por los que también transcurría el mundo.
Sentí que estaba en un ostracismo irreversible, aunque nadie me hubiera hablado directamente.
Aunque todavía ningún colega me hubiera escrito ni Annette pareciera haberse enterado.
Al principio contemplé escribirles a todos para chequear si todavía me apreciaban, si todavía me consideraban alguien y no me habían amputado de sus vidas como un órgano malsano.
Pero no lo hice porque me arrinconó el terror y lo único que pude fue dar el primer paso: alejarme yo y encerrarme a hacer lo único que había aprendido a lo largo de los años; pintar, producir obra,
traducir todo en un algo irrefutable que borrara mi mala fama e hiciera que todos me quisieran y me admiraran de nuevo.
Intuí que si lograba hacer una obra valiosa, polémica y poderosa que fuera amada y elogiada con la misma fuerza con que la criticaban, entonces todo esto quedaría en el pasado.
Mi castigo virtual no duraría por siempre y sin duda no soportaría el surgimiento de un nuevo trabajo que pudiera opacarlo.
Una madrugada volví a casa sucio y cansado de trabajar.
Había vuelto a pintar de noche y me había sentido seguro de nuevo en la penumbra de la ciudad.
Annette estaba despierta. No solo no dormía, sino que estaba sentada en la sala de nuestra casa leyendo.
Al cruzar la puerta la imagen me resultó sospechosa y en exceso estereotipada.
Supe que se había enterado y, por la rigidez en su cuerpo, lo que sabía era lo de Lucas.
«Me han dicho lo que ha pasado», me dijo.
Su expresión ya no era dulce, ni paciente, ni comprensiva.
Estaba a todas luces desilusionada, pero en medio de su desengaño quería escucharme.
«Quiero saber de tu boca qué ha sucedido. Quiero que me cuentes los hechos. Quiero que me digas por qué».
Yo empecé a contarle que creía que me había confundido, que sentirme tan observado, tan genuinamente admirado me había hecho sentir vivo.
Que eso no significaba que no la amara, que ella era el amor de mi vida, de mi existencia completa, pero que me había dejado tentar por la atención y la celebración de un cuerpo joven.
Le dije que ella no llegaba a imaginarse la tortura que era para mí la vejez, la obsolescencia, la falta de obra, la angustia de vender cada vez menos y de no haber logrado las retrospectivas que me habría gustado tener.
Incluso le dije lo del mueble, que yo era madera pesada, caoba, roble en un mundo que cada vez hacía más cosas de plástico.
Me excusé una y mil veces por el engaño, por haber deseado a alguien diferente, y además a un hombre.
Le dije que nunca me había pasado y que nunca volvería a pasar porque todo esto solo había hecho que mi amor por ella se expandiera rodeándome todo, cubriéndome todo, dándome la certeza de que ella era mi país, mi patria, mi hogar.
Hice un discurso sentido con la verdad de mis sentimientos hacia mi mujer y el profundo agradecimiento que sentía hacia su figura.
Le dije que ella y el arte eran mi única forma de fe.
Y lloré, mientras se lo decía, lágrimas honestas de contrición, culpa y arrepentimiento.
Pero Annette no se conmovió por mi monólogo.
No corrió a abrazarme y consentirme el pelo mientras yo me declaraba vencido a sus pies.
En cambio, tomó la palabra con firmeza. «¿Tú crees que lo que a mí me molesta es que te hayas querido follar a un jovencito? ¿Que yo me siento engañada porque quieras follarte a un hombre? No me subestimes así, Zadik. No merezco eso», me dijo con la cara inflexible.
«No me sorprende ni me interesa lo que hayas querido hacer con él. No me espanta que quieras follarte a más gente. Hombres o mujeres, me da igual. Llevamos demasiado tiempo juntos como para tomarme cualquier cosa así de ti como una sorpresa. No seas patético».
Cuando dijo «patético» quise defenderme, pero no tuve cómo.
Entonces ella siguió: «Dime que no le dijiste todas esas cosas que dicen que le dijiste. Dime que después de que quisiste besarlo no lo insultaste y lo echaste de tu taller. Dime que eso es lo falso».
Y yo me limpié las lágrimas confundido. Me senté a la defensiva en el sillón de enfrente, no a su lado buscando consuelo, sino mirándola para que pudiera estar segura de que era una confrontación.
«¿Y qué con eso?», le pregunté. «Se lo dije porque es la verdad. ¿O es que yo no puedo decir lo que pienso de los aspirantes a artistas que me consideran maestro? ¿Es así como va a ser ahora? ¿Tan sensibles son todos que no les puedes decir un par de verdades en la cara?» .
Annette ahora no estaba expectante sino enfurecida.
Se paró del sofá y empezó a usar las manos porque las palabras no alcanzaban para su indignación.
«No se trata de eso», dijo levantando la voz.
«Es que insultaste y maltrataste a un niño después de que te rechazó. Es que fuiste violento y manipulador. ¿Que no lo ves?»
. Hizo esa pregunta tres veces cada vez más irritada.
Era la primera vez, en todos nuestros años de conocernos, que Annette me hablaba con impaciencia.
«Por supuesto que no puedo ver nada de eso de lo que se me acusa», le dije enfadado yo también.
«No entiendo por qué se dicen esas cosas de mí; que soy un monstruo, que soy un depravado y un acosador. Yo no acosé a nadie jamás en mi vida. Yo le dije a un niñito que era mal artista, cosas mucho peores me dijeron a mí en mi carrera. Muchas, muchísimas, infinitas. Y las conoces bien»,
le dije mirándola a los ojos, enardecido.
«Tú más que nadie sabes lo que me han dicho y lo que me han hecho, y yo no voy por la vida escribiendo que todos los artistas son mejores que yo y haciendo la ridiculez de una carta abierta porque alguien me dijo la verdad y yo lo entendí como maltrato. Es así el arte, es cruel,
es duro y no tiene corazón».
Entonces Annette, con su cuerpo lánguido y su pelo de plata, se puso en puntas, como si todavía bailara ballet.
Levantó el dedo y yo pensé que iba a explotar de la ira.
Movió la cabeza de un lado a otro, tomó aire y disparó.
«No puedo creer lo que estoy escuchando. ¿Que tú no te quejas del mundo? ¿En serio estás diciendo eso? ¿Tú? ¡Pero en qué clase de hombre miserable te has convertido! ¿O siempre has sido así y yo no he sabido verlo?
No te permito que uses la violencia que recibiste como una excusa para maltratar a otros. Te permito que la uses para crear arte, te permito que la uses para dar lástima, te permito que la uses para excusarte por no ir al entierro de tu padre,
pero no voy a permitirte que te escondas en el sufrimiento al que el mundo te obligó para hacerle lo mismo a otras personas. No voy a permitírtelo, Zadik. Porque eso te haría realmente un hombre malo. Eso te convertiría en un viejo que no aprendió nada de su propio dolor,
que no fue capaz ni de una mínima reflexión sobre su existencia y que solo se refugia en su pasado para ser cruel. Eso te convertiría en todo lo que dicen de ti».
Yo la miré perplejo, humillado y honestamente derrotado en mi ley.
No quería decir nada contra eso. No podía entender lo que decía, no podía entender sus razones ni las de Lucas, ni podía comprender qué verdad estaban viendo todos que yo francamente ignoraba, pero no quería ser un hombre malo.
No quería ser lo mismo que habían sido conmigo.
Y si sentía durante todos esos días que podía soportar el odio de los demás y que incluso podía nutrirme de las infinitas discusiones que se habían armado en torno a mi obra solo por leer mis iniciales en un mar de publicaciones, no podía soportar que Annette lo creyera.
Porque si ella creía en mi maldad, entonces era cierta.
De manera que rogué por su perdón, me arrodillé diciéndole que entendería y que me disculparía y que de verdad comprendía mi pecado, porque yo no era cruel, no era un bastardo,
era apenas un cuerpo demasiado lastimado que seguía abriéndose paso por el mundo como quien camina por un sendero de espinas.
Y cuando estuve en el piso, arrastrándome de nuevo por su amor, le dije que mi hermano Pablo estaba muriendo.