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«Porque de verdad disfruto el tiempo contigo», sumó para consolarme.
Y yo me sentí más ridículo que la noche anterior, más humillado que en toda mi vida, aplastado por la tonta condescendencia con la que Lucas sentía que tenía que hablarme para rechazarme.
Como si fuera un niño que necesita que le expliquen con metáforas y con amor la cruel realidad de los hombres.
Así que lo eché de mi estudio. Le dije que iba a cerrarlo, que necesitaba volver a trabajar en lo mío y que no estaba para tener aprendices.
Pero antes de que se fuera, justo cuando caminaba hacia la puerta, aproveché para decirle lo que verdaderamente pensaba sobre él.
De forma muy pausada y sin levantar la voz, le dije que se retirara del arte de una vez.
Que él no tenía lo que se necesitaba para hacer arte, para traducir la belleza, ni siquiera para verla.
Que quizá podría ser un académico, porque para lo único que servía era para saquear el conocimiento de aquellos que sí sabíamos, o mejor aún: que podía ser un crítico,
una tarea reservada a los grotescos que nunca pueden ni pudieron ni podrán hacer nada mejor con sus vidas que tratar de chuparse sus vergas los unos a los otros mientras critican a los demás.
«Eres un mediocre, Lucas. Es mejor que lo sepas ahora que eres joven, antes de que el mundo te lo demuestre de formas más crueles en el futuro, cuando hayas apostado más a una carrera que debe morir siquiera antes de empezar. Te lo digo por tu bien».
Lo último se lo dije en un acento extrañamente similar al cucuteño, pero fue así como me salió de las entrañas. Lucas sonrió a media boca y se fue.
Los días pasaron y se llevaron un poco de la angustia.
Quise volver a trabajar en la obra que había empezado, pero me di cuenta de que sin testigos ya no tenía el mismo sentido.
Una mañana, cuando Annette ya había vuelto y yo desayunaba junto a ella leyendo las noticias, me llegó un mail de Lucas, con múltiples links a publicaciones que había hecho en varias redes sociales.
Había escrito una «larga carta abierta a la comunidad de artistas de Madrid», en la que decía que yo lo había abusado psicológicamente durante meses, mientras era mi aprendiz, y que había intentado abusar de él afuera de un bar, con múltiples testigos del hecho.
Afirmaba que yo lo había agarrado de la cara con fuerza, que había pasado mi lengua por sus labios y que con mi mano había manoteado sus partes íntimas mientras él se negaba de manera explícita.
Después de ese «traumático hecho», explicaba la carta, yo había hecho uso de mi autoridad y de mi poder para humillarlo y castigarlo porque él no se había entregado a mí como yo «lo había demandado».
La carta terminaba haciendo una reflexión sobre las situaciones de abuso en la «comunidad LGBTIQ+» y meditaba sobre la importancia de hablar de los abusos de poder también entre personas del mismo género.
Lo primero que hice fue alejar el teléfono lo más posible.
Lo segundo fue tantear con Annette si ella ya sabía algo.
Pero la normalidad volvió a habitar mi casa y pensé que eso que había sucedido en el universo de internet no tendría ninguna relevancia para mi vida, ni para mi nombre, ni para mi carrera, ni para mi reputación, ni para ninguna de esas cosas que me había esforzado tantos años por cultivar.
Me convencí de que era una pataleta de un niñato maleducado y que no tendría importancia.
Tomé aire y seguí con mi mañana como si aquello no hubiera sucedido.
Pero al rato sonó mi celular. Dejé que sonara una, dos, tres veces sin atender.
Estaba seguro de que tendría que ver con el asunto de Lucas y no tenía ninguna intención de darle entidad al asunto.
Unas horas después, mientras Annette preparaba sus clases de teatro y yo tenía el teléfono cerca, volvió a sonar.
Lo miré con temor, pero disimulé para no levantar sospechas.
Vi que era un número de Colombia y respiré con alivio.
Del otro lado de la línea me habló la voz de María.
Al escucharla, una alegría se detonó en mi interior.
Ni sé cuánto tiempo había pasado, pero pensé que tenía sentido que fuera ella, porque mi hermano siempre había aparecido cuando yo lo necesitaba, como si tuviera él un sentido que lo conectaba a mí y pudiera salvarme siempre que me sentía perdido.
«Quihubo, mija, tanto tiempo», le dije feliz.
Y ella me respondió sin preámbulos que Pablo estaba muy enfermo, que se acababa de enterar de ese tumor gigante en su cabeza, que nadie sabía hasta hoy, que ya era de noche allí y ella quería avisarme antes, que iban a hacer lo posible pero que el diagnóstico era bastante pesimista.
Hablaba suave, casi en secreto, como si estuviera escondida.
Calculé que allí debía ser la madrugada.
Que me quería avisar porque para Pablo era importante que yo lo supiera, que iban a luchar, que tenían fe, que toda la familia estaba a su lado.
Pero en ese diálogo yo supe que Pablo no iba a venir a buscarme.
Que iba a morir. Y que su muerte era algo importante, algo importante de verdad, no como esa oscura carta que circulaba por internet.
De manera que otra vez me di por salvado por mi hermano.