La memoria es un animal esquivo 28 #2
88%

28 #2

Yo me sentía un poco borracho, bastante humillado, pero más o menos digno por la atención de Lucas, que no se había despegado de mi lado, escuchando mis anécdotas y oyéndome despotricar sobre cada persona que se pavoneaba al frente mío.

Iluminados por la precaria luz de un barsucho que se había convertido de la nada en un lugar bailable, ninguno de nosotros tenía más edad.

Durante un rato me sentí joven de nuevo: con Lucas, a quien le parecía gracioso y genial, rodeado de personas que admiraba y odiaba por igual, pero en un espacio en el que nuestros cuerpos avejentados no perdían valor.

Éramos maestros y aprendices, sí, pero también éramos artistas, y la extravagancia de ignorar nuestra vejez estaba absolutamente justificada por lo que hacíamos con nuestras vidas.

Lucas no fue más un niñato y yo no tuve casi setenta años.

Sin embargo, después de las dos de la mañana, la verdad, como siempre, se hizo presente de manera inevitable.

Me dolían la cabeza y las rodillas, y estaba rendido.

Necesitaba ir a dormir. Lucas insistió que me quedara.

«Tómate una raya conmigo», me dijo. Y yo temí por mi corazón.

Pero dije que sí, no quería verme aburrido y triste.

No quería parecerme a lo que soy. Así que fuimos al baño y juntos, muy pegados el uno al otro, armamos dos temblorosas líneas sobre una superficie de aluminio.

Lucas aspiró primero y el corazón se me aceleró por la certeza de que no podría negarme, así estuviera paralizado de miedo y avergonzado por mi propia ridiculez.

Bajé la cabeza, aspiré hondo y la oscuridad se cernió sobre el bar.

Salimos de ahí a bailar, pero yo no quería bailar.

No podía bailar. Me sentía arisco, observado, juzgado, más ridículo ahora que antes.

Ya no era el gran maestro Zadik, ya no era nada y todos lo sabían en ese bar.

Los músculos de la mandíbula se me endurecieron hasta volverse de acero.

Mi boca de metal bombeaba sangre que sabía a hierro y que sentía como petróleo.

Di vueltas, no supe qué música sonaba, no conocía las voces que me perforaban los oídos, tuve miedo de que me estallaran los tímpanos y desangrarme en la pista sin que nadie me ayudara, sin que nadie me viera.

«Soy un mueble viejo hecho de una madera vieja», me dije.

«Soy un trozo de roble con arreglos ornamentales. Soy un vestigio arqueológico que pertenece a un triste museo para que todos contemplen la barbaridad del pasado. Soy eso y soy más eso que nunca», repetí hasta que mis manos también se endurecieron.

Salí del bar espantado. El aire fresco de la calle me despabiló: «Necesito caminar», me dije.

No frecuentaba eventos así, no aspiraba coca desde hace más de una década, no salía de mi casa casi nunca y entendía por qué.

Necesitaba caminar un largo rato. Entonces Lucas salió también detrás mío.

No me dijo maestro, sino solo Zadik. «¿Te sientes bien?»

, me preguntó. «Siéntate un poco». Y nos sentamos los dos en el cordón de la vereda.

Lucas me consintió la espalda y me pidió perdón.

«Perdóname, no debí ofrecerte. Estás teniendo un mal viaje, Zadi».

No me dijo Zadik, sino Zadi. Como me dijeron quienes me han amado.

Respiré a su lado mientras su mano hacía círculos tiernos en mi espalda.

«Qué tipo sobrevalorado es Paco», me dijo.

«Nunca termino de entender qué le han visto por tantos años», me repitió.

El aire volvió a mí y una tristeza honda como un pozo me hundió allí mismo en el cemento.

Un padecimiento sin igual, un dolor no en el pecho sino más adentro donde no hay órganos, donde no hay nada más que silencio y oscuridad y esa oscuridad se expandió como una burbuja que me apretaba todo el interior.

Metí la cabeza entre las piernas, pero pude respirar, pero me sentí bien, pero pude caminar; solo no pude sacudirme la angustia que me aquejaba.

Miré la cara brillante de Lucas: su juventud, su gracia, su admiración, su belleza prudente que requería tiempo para descubrirla y eso me pareció increíblemente conmovedor.

Estuve fascinado por sus rasgos asimétricos, por el tamaño burdo de su nariz y su pelo ralo.

«Yo te veo, Lucas», susurré. «Yo he descubierto la hermosura que guardas en ti y es más intensa que la de cualquiera de estos hombres todos iguales con sus cuerpos de gimnasio y sus rasgos operados», dije para mí mismo.

«Yo te veo, mi Lucas, y eres de lo más esplendoroso. Te he descubierto y me siento bendecido por estar al frente tuyo y saberlo. Tu belleza brutal es ahora nuestro secreto», pensé convencido de mi descubrimiento.

Me acerqué a su cara, respiré hondo, más hondo y me acerqué más hasta que apoyé mis labios sobre los suyos.

Pero Lucas me separó con delicadeza. «Maestro», me dijo.

«Creo que está un poco confundido. Mejor le pido un taxi para que vaya a su casa». El mundo se me derrumbó encima.

Lucas paró un taxi y me subió como si yo no pudiera hacerlo solo.

Y no podía. Soy un viejo, estaba drogado en mal viaje y ni el joven más feo de esta ciudad, de este país, de este mundo me encontraba digno de su beso.

Me fui a mi casa mascando ira, con ganas de escupirle la cara, o de rompérsela, para probar si así se le acomodaba.

Llegué a mi cama rogando porque Annette estuviera, pero estaba de viaje, de gira, no sé.

«Ya ni nos contamos a dónde vamos. Soy un mueble», me dije.

«Un adorno. Un ornamento. ¿Por qué ella le contaría a un escaparate a dónde va?»

. Me tomé un whisky doble para contrarrestar la raya y, como estaba cabreado, le sumé medio clonazepam.

Quise dormirme de inmediato y que esa noche pasara para levantarme humano y no trasto.

Pero el sol nunca salió. Se hizo de día, pero todo era oscuridad.

Me fui al taller enmudecido, avergonzado y con la convicción de cerrarlo, si no para siempre, por un par de años.

«No necesito la plata», me dije. «No necesito trabajar. Puedo dedicarme a dormir y a esperar a Annette de donde sea que vuelve cada tanto».

Entré y me dediqué a limpiar, con la firme intención de abandonar ese lugar por un buen tiempo, pero en medio de esa zozobra Lucas tocó a la puerta.

Me saludó con afecto. Volvió a tratarme de tú y yo pensé que todo sería olvidado.

O mejor, que aquella oscura noche no había sucedido y que había sido uno de esos sueños míos que me atormentan.

Entonces Lucas, antes de disponerse a trabajar, se sentó en uno de los bancos y me dijo que quería que supiera que todo estaba bien.

Que le parecía razonable que yo me hubiera confundido por su interés, pero que él genuinamente estaba fascinado con mi obra y quería conocerme en ese marco.

Me dijo que me tenía mucho aprecio y una gran admiración, pero como maestro.

Y terminó diciendo que a él no lo ponían los «hombres mayores», que entendía que fuera un gusto y que por supuesto no veía nada malo en ello, pero que a él lo calentaba la «gente de su edad».

«Espero que sepas entender y que todo esto quede en el pasado», concluyó con la intención de tranquilizarme.