La memoria es un animal esquivo 28
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Cuando recibí la noticia de la enfermedad de Pablo yo supe de inmediato que iba a morir.

No me lo dijo un sueño ni lo percibí en un pájaro.

Lo supe porque tenía sentido que él muriera ahí y que yo quedara vivo para soportar el mundo en su ausencia.

Tuvo sentido como nunca lo tiene la muerte.

Fue justo para mí entonces que Pablo fuera el primero en irse porque había sido el único de nosotros que había logrado ser feliz, que había conocido el amor, la gracia y la dicha, que había querido con tanta intensidad, y el único que verdaderamente había podido ver la belleza del mundo.

Por esos días yo me estaba separando de Annette.

Aunque no me estaba separando en realidad.

Ella me estaba dejando. Todo había empezado algunos meses atrás, cuando yo había aceptado con resignación que lo único a lo que podía dedicarme por el resto de mis días era a tener un taller para impartir mi conocimiento.

Ya la gente me decía maestro y mi obra se discutía en algunos lugares, algunas personas (siempre menos de las que me habría gustado) repetían mi nombre con grandilocuencia y yo figuraba entre artistas «destacados» de la época.

No encabezaba las listas, por supuesto. No era el protagonista de ningún boom, de ninguna generación, de ningún movimiento, pero estaba.

Mi nombre salía, si no al lado, abajo de otros nombres, y yo tenía, si no mucho, algo para mostrar.

Además, todavía creía que tenía tiempo, pero de un día para otro supe que ya estaba viejo; lo supo mi cuerpo y yo me anoticié de ello.

Entonces no hubo más futuro y acepté la idea de que ya no iba a ser un gran artista.

Algunos estudiantes de universidades colombianas me llamaban a consultarme sobre mis mensajes políticos, acerca de mi trabajo sobre el cuerpo de los hombres y mi uso del color, y yo me negaba a la mayoría de esas entrevistas consciente de que entre menos hablara,

más grande sería la idea de mi trabajo y más extendido se haría mi propio mito.

Me encanta dar entrevistas, pero es un placer con el que debo ser cauto.

Como todos los placeres del mundo, debo resguardarme de su tentación para apreciarlos, para que crezca su dicha en mi boca cada vez que puedo hablar sin limitaciones y con interés sobre mí.

De manera que eso le dije a todos sobre abrir mi taller y tener aprendices.

Aunque la verdad, una que nunca confesé, es que hacía quince años que no podía apoyar un pincel en un lienzo porque carecía de todo el sentido para mí.

Me había vuelto ciego. Un día me levanté y supe que ya nunca podría volver a pintar y, aunque un médico incrédulo me dijo que no había razones fisiológicas para ello, que todo estaba «perfectamente bien», yo supe que no lo estaba, que ese era un final.

Hasta Annette volvió a deslizar que asistiera a alguna terapia psicológica, pero me negué rotundamente.

Le dije que mi tiempo había terminado y que esto era apenas una señal para hacer lo único que podía hacer un hombre que ya no creaba nada nuevo: enseñar a otros a hacerlo.

Dispuse mi estudio para dar clases. No quería que fueran tontas clases de pintura para principiantes, sino un lugar al que se llegara como yo llegué con el maestro Ortiz.

Quería ser testigo del talento ajeno. Cultivarlo, hacerlo crecer como una planta que da deliciosos frutos y después morder alguno para que siempre me mantuvieran vivo y fresco.

Me dije que la única forma de mantenerse joven era rodearse de juventud y vitalidad, no verlas como una amenaza sino como un vehículo de perpetua comprensión del mundo.

Sería un maestro actual, jovial, lúdico y constructivo, y no un viejo que decía que lo único bueno que se hizo en el mundo ya había muerto hace mucho tiempo.

Al principio mi taller no obtuvo los aspirantes que yo deseaba.

Nadie fue, de hecho. De manera que abrí una página de Facebook, me volví ágil en entender cómo hacer mi propia página web y escribí una biografía más que halagadora en Wikipedia.

Me ofrecí en círculos de artistas jóvenes y les comuniqué a mis colegas que iba a enseñar como forma de retribuirle a los demás todo lo que sabía.

Diseñé un discurso conmovedor, en el que hablaba de la importancia de circular el conocimiento y de las formas colectivas del arte, la palabra y la pintura como la única manera de vencer la pulsión capitalista que contamina nuestro trabajo y saquea la belleza de la que somos capaces.

Con ese discurso tuve un discreto éxito y a mi taller llegaron cuatro personas jóvenes hambrientas de producir, discutir y tener un espacio para pintar, más que de aprender de mí.

Eran Edurne y tres hombres: Lucas, un chico cuyo nombre no recuerdo y otro que se hacía llamar Pi.

Todos tenían menos de treinta. Tanto Pi como el chico cuyo nombre no recuerdo eran un par de pretenciosos jovenzuelos que solo querían parecer artistas en lugar de serlo.

A Pi, de hecho, le interesaban de sobremanera el arte conceptual y el arte como negocio.

No quería aprender, ni pintar, ni observar nada, sino que había visto en mí una especie de posible trampolín a la escena artística de Madrid y en cuanto se dio cuenta de que mi prestigio no era tan grande ni yo era tan famoso, abandonó el taller.

Quedaron el chico cuyo nombre no recuerdo, Edurne y Lucas.

Edurne era talentosa y aplicada; podía ver que tenía una amplia capacidad técnica y una perspectiva singular, pero por algún motivo su presencia me aburría.

Entonces quedaba Lucas, un tierno muchacho de veinticinco años cuya curiosidad iluminaba las sombras y refrescaba mis días.

Él quería saber de mí, quería escucharme, necesitaba que yo le dijera todo lo que sabía y también lo que no.

Mientras Edurne crecía, generaba obra, creaba con dedicación, Lucas se dedicaba a mirarme con tanta atención que me hacía sentir importante y hermoso.

Sus ganas de conocerme me hicieron sentir joven de nuevo, como si yo también tuviera veinticinco años y mi vida no se hubiera arruinado ya.

Era moderadamente talentoso, pero estaba confundido.

Quería pintar al óleo y en acuarela y también quería ser muchas cosas que no era.

Lo sabía todo de todos los artistas de la época.

Conocía nuestros hábitos, nuestras costumbres, dónde habíamos estado y también nuestros vínculos.

Tenía la habilidad envidiable de memorizar y de no sentirse amenazado por la grandeza de los demás.

Cuando los otros dos se iban, Lucas se quedaba.

Me decía que fuéramos por unas cañas y me entrevistaba largamente una y otra vez sobre lo que me gustaba y sobre mi vida.

A él le conté de papá, le conté de mamá, le conté de mis hermanos y de la ciudad de la que venía.

Se la describí de maneras tan ridículas y ficcionales que todas las creyó y por cada una de las versiones sintió fascinación.

No pasó mucho tiempo para que Lucas se volviera un escudero fiel.

Me acompañaba día y noche y después íbamos a cenar y a caminar, hasta que se hacía tarde y el día volvía a empezar igual.

Fue tanta mi dicha que volví a pintar en su compañía.

Un día invité a Lucas, a Edurne y al chico cuyo nombre no recuerdo a la inauguración de la muestra de mi colega Paco Galvéz, un artista madrileño un par de años mayor que yo que era mucho más famoso, prestigioso y prolífico y, bueno, europeo,

con quien yo tenía un ficticio buen vínculo desde hacía décadas.

¿En qué consistía nuestra amistad? Pues en lo que consisten la mayoría de amistades en un nido de víboras tan salvajes como lo son las del arte: yo lo envidiaba y lo despreciaba, no como a Josué, sino de una manera más adulta, pero decía públicamente que lo admiraba, y halagaba su obra,

e iba siempre a sus inauguraciones o retrospectivas, consciente de que, si lo criticaba, todo el mundo iba a asumir que lo hacía por envidia.

De cualquier manera, amigo es una palabra muy grande para mí, y no me da pudor confesar que, excepto Annette, no creo tener amigos hoy en día.

Tengo colegas, tengo enemigos. Algunas personas estuvieron cerca en mis éxitos y desaparecieron en mis fracasos; probablemente aparecerían de nuevo si volviera a triunfar o si muriera, como supongo pasará pronto.

Pero yo sé (y quizás ellos también) que la amistad no es eso.

La amistad es un vínculo indisoluble de afecto intenso (odio o amor, o a veces ambas) que se sostiene a lo largo del tiempo, y yo solo he sentido eso por Pablo y por mi exmujer.

Motivado por ser visto frente a mis pares en esta exposición, invité a mis dos jóvenes aprendices a que fueran conmigo.

Era, sin duda, la mejor alternativa. Yo llegaría con admiradores propios a un lugar donde todos iban a admirar a otro.

Aquello me haría ver generoso y seguro de mí mismo, como los artistas de verdad.

A Paco prácticamente no lo vi. Fui a saludarlo en un momento en que estaba rodeado de gente que lo adulaba, le di dos besos ingratos mientras él me decía con condescendencia «qué bueno verte, Zadik, tanto tiempo. Tenemos que ir a cenar», para perderse en otro saludo sin haber puesto la fecha.

Los otros artistas, los críticos, los coleccionistas y los compradores furtivos, todos fascinados con él, que no estaba de moda porque era viejo como yo, pero era prestigioso.

Además, la última década le había traído el reconocimiento en un nicho de gente más joven que nosotros dos.

Le hablaban con indulgencia, aplaudían, hacían reverencias.

Yo hice mala cara todo el tiempo que pude, como si el hecho de que nadie viniera a hablarme, de que nadie me saludara ni me preguntara por mi obra fuera de alguna forma deseado por mí.

Edurne, naturalmente, apenas entró al lugar se dejó ir entre su admiración y su curiosidad.

Mirando la obra, presentándose con sorna a las otras personas del mundo del arte que había y hablando con confianza en sí misma sobre la exposición, sobre su perspectiva y su futuro.

El único que se quedó a mi lado fue Lucas, que no se vio tentado a abandonarme a cambio de las luces y los flashes.

La noche avanzó, las luces fueron apagándose y todos —Paco, artistas jóvenes, artistas viejos, travestis, periodistas, actores, actrices, mirones, gente que solo va a beber gratis— terminamos yéndonos al bar vecino.