La memoria es un animal esquivo 27
83%

27

Hay algo que tengo que hacer esta mañana que me encuentra otra vez aterrado.

Si antes las pesadillas eran ocasionales, durante los últimos veinte años se han vuelto más frecuentes.

Annette nunca logró convencerme de que fuera a terapia porque yo siempre he estado seguro de que esta congoja mía la tengo incrustada en la piel, de que esto no es mente sino cuerpo: es parte de mí y soy parte de ella.

La respiración agria de los curas en la noche, el dolor de los pies que pisan vidrio reventado, el miedo infantil, la desazón de que nadie fuera a creerme nunca, pedir por favor piedad, rezar varios avemarías, muchos padrenuestros, la textura del rosario sobre el dedo índice, el miedo a ser llamado,

la sensación de los pantalones cayéndome por las piernas y el sonido seco de la hebilla de mi cinturón chocando contra el suelo de la casa cural.

Contar hasta cien con los ojos apretados, sentir el sudor de las manos empuñadas, pensar que todo es oscuridad hasta que Dios diga que se hizo la luz y desear que el abismo se ilumine pronto.

Caminar con dolor, ir al baño con dolor, ponerse de rodillas sobre alambre de púas para que un dolor devore al otro.

Pensar si soy Isaac el hijo de Abraham y si Dios se ha olvidado de decirle a mi padre que no hace falta que me ofrezca en sacrificio.

Despertar otra vez. Constatar que estoy aquí, que hace calor, que he envejecido, que no he mojado la cama, pero nunca preguntarme si es un sueño o una pesadilla o un recuerdo o mi imaginación.

Nunca hacerme esa pregunta porque qué sentido tendría responderla; es parte de mí y yo soy parte de ella.

Salgo del abismo de mi cuerpo hacia la luz de la calle, que me devora con un calor seco.

Camino hasta que sé que no tiene sentido.

Entonces paro un taxi, preparo mi acento golpeado y doy una indicación.

Miro por la ventana los restos de mi infancia pasar rápido, las calles que eran y no son, la demolición de un pasado que ha dado lugar a un lugar que desconozco y por fin llego a un portón blanco, con una puerta abierta y una cruz gigante.

No hace falta ninguna otra indicación, yo conozco el camino así nunca lo haya recorrido.

Yo sé, como estoy seguro de pocas cosas, hacia dónde tienen que ir mis pies.

Entonces, entre el césped verde que cubre todo, acompañando a unos árboles que dan tregua del calor y que refrescan y sanan, estoy parado frente a la tumba de mi padre.

He soñado incontables veces con este lugar.

Lo he imaginado tanto que verlo en realidad solo suma detalles a lo que ya conozco.

Papá enterrado al lado de mamá, una lápida que me sé de memoria porque veníamos el domingo a traerle flores, después de la misa del cura, con tía Chela de la mano, que nos decía a mí y a mis hermanos que le diéramos besitos para que le llegaran al cielo.

Y yo tiraba besitos que sonaran tan fuerte que el viento no se los llevara y que pudieran ascender a donde mi mamá nos miraba, deseando siempre que bajara por nosotros.

No que se levantara de la tierra, porque esto es solo un estuche, como decía la tía.

Porque mamá está entre las nubes donde no se la comen los gusanos, ni las lombrices, ni la humedad del paso del tiempo.

«Mamá está allá arriba», señalaba la tía Chela y volvía la lápida obsoleta; pero si lanzábamos nuestros besitos desde donde descansaba su cuerpo, entonces llegarían más rápido.

Porque el teléfono de Dios se contesta los domingos después de misa desde el cementerio.

La lápida está limpia y cuidada. El cemento está más nuevo que el de la lápida de mamá y aun así está viejo.

Ha llovido, ha hecho sol, ha pasado la vida y papá y mamá están acá, juntos donde ya no puedo verlos.

Y quiero tirar besitos al cielo, pero la vergüenza no me deja.

Porque no sabría mirar a mi papá ahora y me consuela que no pueda verme, que no pueda mirarme como diciendo «qué desilusión, mijo, tanto talento para nada, tantos dones para que usted sea un solo sufrimiento, tanta sensibilidad para que nunca pudiera estar al lado de sus hermanos.

Tanto de todo y usted pura tierra arrasada».

No siento miedo acá. No me tiemblan las piernas, no siento el vértigo que me daba cuando venía a ver a mamá.

No siento nada más que tristeza. Y quiero explicarle a una lápida qué ha sido del tiempo, pero yo ya sé, como sabe mi cuerpo, que nadie va a decirme nada que me quite la culpa, que es mi castigo, que es la piedra que arrastro a cada paso en la tierra de los vivos.

Nunca supe qué lápida habían elegido para la tumba de papá. Me alegra ver que se parece a la de mamá, solo porque me alivian las coincidencias estéticas, que su muerte sea bella y que eso también yo me lo haya perdido.

Intento decir algo. Un diálogo cualquiera:

—Quihubo, papá. Cómo está. Tanto tiempo.

Pero mis palabras no sirven acá. Un viento mece las hojas de un ceibo que me da sombra.

Aprieto los ojos para ver si es mi papá y si el ventarrón susurra un secreto.

Un «qué bueno verlo, mijo. Ha sido mucho tiempo. Qué grande está. Se parece a mí. Qué ridículo le queda el pelo largo a un hombre de su edad». Pero todo es silencio.

Me siento en el pasto frente a la tumba de mis padres.

Todo duele como astillas en los pies. Quizá no había venido a ver a papá evitando este dolor.

Quizá no había venido porque tenía terror de constatar que se había muerto, porque siempre guardé una esperanza de que eso fuera mentira y de encontrarlo en su mecedora, ya más viejo, tan viejo que no pudiera caminar y tuviera que usar un andador,

con tantos años que el pecho erguido se le hubiera deshinchado y él caminara con la vista baja, lento, pero con su perfil intacto, todavía inconfundible con su nariz recta y con esa forma de mirar por encima de un hombro que ya no está arriba de nadie.

Quizá evité viajar a verlo morir porque quería conservar la última imagen suya en la que me da un abrazo; mi mente no era capaz de imaginar su cuerpo enfermo, agonizante, su cuerpo que se iba.

Si un árbol cae en un bosque y nadie lo escucha, ¿ha caído?

Si un padre muere y su hijo no lo ve, ¿ha muerto?

No hay voz, pero hay palabras. «Todo se fue cuesta abajo después de que usted murió, papá.

Los años se hicieron largos y tediosos, todos pareciéndose los unos a los otros.

Hice lo que quise y, sin embargo, no hubo un solo día en el que no pensara en la ausencia y en la orfandad.

Sé que vendí obra que no me gustaba. Sé que muchos se convencieron de que yo era un artista de verdad y sé que, desde el momento de su muerte, yo pensé que eso que me habría hecho genuino, que me habría hecho singular, grande y talentoso, también había muerto con usted.

Sé que después de que usted murió no me importaron los reconocimientos, ni los aplausos, ni mi propio nombre.

Sé que aprendí a fingir que sí, que mi vida se convirtió en la imitación de una existencia más o menos feliz, y que mi mentira se convirtió en un engaño cada vez más grande.

No solo engañé a los que creyeron en mis cuadros, engañé a mi mujer, a mis amigos, a todos los que me conocieron.

Durante algunos momentos breves de esa vida, hasta yo me creí la ficción de mi bienestar.

Tuve meses buenos, en los que estaba convencido de que yo era capaz de una existencia liviana, de una vida que valiera la pena; una que si tantos envidiaban y elogiaban, entonces debía tener algo de verdad.

Pero pronto todo aquello se desintegraba frente a mis ojos sin que yo pudiera hacer nada para detenerlo, como si mi felicidad hubiera sido una estructura de un vapor que cada tanto volvía a disiparse en el aire frío de Madrid o de París o de Berlín. Ya nada volvía a importarme de nuevo.

»Y tuve ira. Y esa ira se convirtió en odio.

Y ese odio me devoró por dentro. ¿Por qué usted no fue capaz de salvarme, papá?

¿Por qué pasó tanto tiempo y nadie fue por mí?

¿Por qué cuando estaba solo, vencido, cuando ya no era un niño y estaba igual de indefenso, usted no se me apareció en ningún sueño?

¿Por qué no me habló en una iglesia? Porque yo fui a todas las iglesias de todos los países.

A escondidas de todos, en soledad, todavía con el cuerpo pequeño deseando estar frente a la cruz y que una palabra suya me consolara, que hubiera una redención, cualquier sensación de paz y de que usted estuviera ahí. Pero nunca estuvo.

»He venido hasta aquí creyendo que puedo perdonarlo.

Convencido de que tenía que despojarme de todo: mi vida, mi casa, mi mujer, el arte y cualquier otra forma de fe, despojado de mí mismo para estar al frente suyo y decirle, ahora liviano, que podemos descansar en paz.

Pero no puedo. No puedo perdonarlo porque todo lo que soy ha sido a pesar suyo y porque cuando se fue no me quedó ninguna razón para existir más que un hombre que camina muchos años a la deriva, en su propio desierto.

»Quiero enterrar las manos en el pasto. Quiero arrancar el césped verde de esta tumba por parches, primero con cautela y después con enardecimiento.

Arrancar cada maleza viva que ha crecido alrededor de su lápida hasta que quede solo la tierra seca llena de raíces.

Entonces enterrar mis brazos hasta el fondo y cavar con desesperación.

Que las uñas se me llenen de tierra y que los dedos se me lastimen y sangren.

Y pasar toda la mañana cavando con mis propias manos esta tierra.

Hasta que el calor me empape la camisa y tenga que quitármela, hasta que los pantalones me estorben y tenga que sacármelos también y ser un hombre desnudo que desentierra y arranca y cava.

No detenerme. No tomar agua, no comer, no existir sino para tocar el féretro donde está su cuerpo; abrirlo con los dedos y después usar la boca, y mascar madera y piedra hasta que se me rompan los dientes, como una fiera, y darle puños a la tapa hasta que se quiebre.

Y que vuelen astillas por los aires y que el viento refresque mi cabeza hasta que yo pueda ver con mis ojos sus huesos.

Sus huesos blancos, relucientes, como si los animales rastreros no los hubieran tocado, como si los gusanos no se hubieran comido su carne sino que hubiera desaparecido simplemente; extinguiéndose en el aire que respiramos, deshaciéndose en la brisa.

Entonces yo abrazaría sus huesos, papá. Los sacaría del féretro y desnudo los acomodaría sobre el pasto verde que los hace brillar, y tocaría su cráneo con dulzura y acomodaría su cuerpo frente al mío y ahí mismo, solo ahí, podría escuchar su voz que me pide perdón.

Me pide perdón por ser tan mal padre, por haberme abandonado no una sino mil veces: por haberme dejado a merced de los curas que me vejaron y después por haberme mandado solo a la ciudad sin haberse preocupado y por haberme exiliado de mi país dejando claro que en el suyo yo solo podría ser lo que

usted quería que fuera y no los sueños grandes que yo tenía.

Sus huesos blancos me pedirían disculpas por no haberme entendido, por no haberme querido, por haberme envidiado porque mamá me quería tanto más que a usted y a mis hermanos, por haber deseado que yo muriera a ver si usted podía tenerla de vuelta, y ella, que no lo soportaba,

tuvo que morirse para poder existir fuera de esa casa malsana que usted con su rictus hizo asfixiante para ella.

Yo, al frente de un esqueleto que vibra y respira, tendría redención por ella y por mí.

Y sus huesos se levantarían de repente, pero no se pondrían de pie, sino que gatearían, y yo desnudo y temblando, cansado y sucio, miraría una estructura que me ruega disculpas.

Perdón, hijo mío, dice el viento. Y no me trata de usted sino de tú, y me dice “te amo, estoy orgulloso de ti y de tu obra. Estoy orgulloso de tu arte y de lo que has hecho con las ruinas que he dejado.

Estoy orgulloso de que vivas y respires así no haya podido ser a mi lado y estoy orgulloso por los breves instantes en los que fuiste feliz”.

Y después, esos huesos a los que sostiene el aire caerían de vuelta al pasto y yo los agarraría con ternura, consentiría cada uno como si hubiera piel y alma.

Un fémur, un cúbito y un radio y los depositaría de nuevo en el féretro.

Y me guardaría el cráneo para el final, y antes de meterlo de nuevo en el rectángulo de madera besaría la pieza fría y diría: “No te preocupes, papá. Que todo está perdonado. Que todo está saldado. Que hemos hecho lo que hemos podido. Que tú también has sufrido.

Que te mereces el descanso eterno al lado de mamá”».

Pero abro los ojos y el pasto está igual.

Me levanto del suelo y salgo caminando del cementerio.

No tengo ganas de volver al hotel ni de ir a la casa.

Quiero caminar por la ciudad como un hombre sin rumbo.

Como un forastero. Afuera del cementerio hay un acampe de una familia entera.

Son los otros. Hay muchos acampes así a lo largo y ancho de la ciudad.

Hombres, mujeres y niños han hecho de esta calle y de este país su casa.

Me pregunto cuántos de ellos hacen falta para ser también nosotros.

Cuánta gente se necesita para refundar una ciudad y un país.

Son muchos, muchísimos, y ocupan la calle mucho más que los que dicen que esto es propio.

La tierra es de quien la trabaja, ¿y el cemento?

, de quien lo habita. Soy casi invisible aquí.

No soy un turista, no soy un migrante, no soy un local.

Paso por los muros altos de los conjuntos y afuera están ellos de nuevo.

Con sus acampes, con sus hogares, con sus casas hechas a fuerza de una improvisación que ya lleva tanto tiempo que parece ser el nuevo orden de las cosas.

El único orden posible de las cosas que importan: la vida es de quien la vive, la ciudad es de quien la camina, el cemento es de quien le construye algo y se hace arriba.

Los carros y las motos contaminan el aire y lo hacen espeso.

La avenida Cero; la Guaimaral; la avenida Los Libertadores; el malecón, que está reformado y que da al río Pamplonita.

El agua, que es lo único que quita la sed que deja el concreto.

Acá donde veníamos con Pablo a tomar cerveza y a mirar el río irse y volver.

El agua, que es la única belleza que permanece.

Más acampes, más niños descalzos con los mocos pegados en la nariz y mujeres que los cargan con desgano, con tristeza en los ojos.

Es difícil dejar el país del que uno es, pero más difícil tiene que ser llegar a este.

Acá, donde nadie les prometió nada, donde todos quieren que se vayan y donde ellos están porque no hay otro lugar.

Un hombre joven se me acerca mientras camino.

—Chamo, ¿no tienes nada para darnos de comer? —me dice.

No me amenaza, no me persigue, no me obliga: me ruega.

En el suelo están su mujer y sus hijos, resignados a la vida que les toca culpa de nosotros, que tenemos la que elegimos.

Lo escucho pedirme para los pañales para la niña, y digo que no.

Que no tengo nada. Y mientras me alejo, el sonido de las monedas en mi bolsillo acompaña mis pasos.