26
Ocho sesenta ochenta y nueve siete tres es un número que me repito como un mantra.
Una secuencia numérica que está marcada en mi mente como una cicatriz.
No sé ni cuándo lo aprendí y a veces tengo la sensación de haber nacido sabiéndolo.
¿Se puede olvidar voluntariamente? ¿Se puede cambiar un recuerdo?
Una mañana hace mucho tiempo me levanté angustiado, turbado por un sueño en el que estaba seguro de haber escuchado la voz de mamá y un grito suyo me había despertado.
Caminé hasta la sala de mi casa, todavía en calzoncillos y marqué sin pensar.
Cuando el sonido de un número que no existía me sacudió, comprendí que estaba en mi casa, que era otro país y que tenía que incluir el indicativo de mi ciudad.
No me detuve ante esa conciencia. Marqué de nuevo resuelto, sin ninguna duda de que esa mañana llamar a ese teléfono era lo único que podía hacer para seguir viviendo.
«¿Aló?», contestaron del otro lado.
No me había preparado para este momento. Quise colgar, pero esa voz me mantuvo despierto, una voz que me resonó en el cuerpo.
«¿Aló?, ¿aló? ¡Ala, hablen más duro que no escucho!», me dijo la voz.
Entonces respondí rápido, para que mi voz calmara la angustia de una llamada lejana y muda.
«¿Tía Chela?», dije.
Solo se escucharon respiraciones y un murmullo lejano.
«Juan Francisco, mijo, ¿es usted?».
«Sí, tía. Soy yo».
Me temblaban las piernas y las manos. Quise colgar enseguida, cortar la llamada, volver a la vida, a la mañana, empezar mi día tranquilo sin tener que recordar.
Durante unos instantes me preparé para el reproche.
Estuve seguro de que la tía me gritaría, me diría mal hijo por no haber estado en la muerte de su hermano, me diría mal ser humano por no haberlos ayudado; me reclamaría una y mil veces la ausencia, los años, todo lo que había pasado.
Tuve la certeza de que mi tía haría justicia por mi padre muerto y aprovecharía para reclamarme por todo lo que lo hice sufrir en vida.
«Usted siempre haciéndolo renegar y él que trató de acercarse, pero como usted es “tan raro” y “tan delicado” y como nadie nunca ha sabido cómo hablarle, terminó alejando a su papá y no sabe la tristeza que le dio».
Incluso imaginé que mi tía me decía que yo lo había matado de pena moral, que alguna vez él le había dicho antes de morir: «Menos mal no vino porque yo ya no tengo un hijo, sino ese pintor maricón que no hace sino darme vergüenzas con mi familia».
Y cuando estuve listo para recibir todo eso y todo aquello, cuando no colgué de temor sino que me invadió la valentía de un verdadero hombre dispuesto a soportar la verdad y poner la otra mejilla, mi tía estalló de júbilo del otro lado de la línea: «¡Mijo! ¡Ay, por Dios bendito santísimo,
qué alegría escucharle la voz! ¡Esto es un milagro! No sabes lo que te he pensado, mijito lindo. ¿Cómo has estado por allá? ¿Cómo van todas las cosas de la pintura y esa novia tuya tan elegante cómo ha seguido? ¿Novia o esposa ya? Ay, nadie me dijo si se había casado. Bueno,
qué pena con ustedes si le dije novia y ya es tu señora, mijito, es que una acá vive siempre tan desconectada y siempre las noticias tuyas me llegan por pedacitos».
La dulzura de la voz de la tía Chela fue una sorpresa para la que no estaba preparado en ningún escenario.
Me enterneció cómo, por la sorpresa, me trataba de tú y usted al tiempo y podía escuchar su voz a lo lejos, diciéndome que cuánta alegría escucharme, que cuánta felicidad, que cuánta dicha tener noticias mías, que cuánto tiempo había pasado.
Le dije que Annette estaba conmigo todavía, que estábamos muy bien.
Que las cosas del arte iban, en efecto, bastante encaminadas.
Seguí hablando de mí, ante la curiosidad que sentía mi tía por las pequeñas cotidianidades de mi día a día.
Me interrogó sobre el clima, sobre las estaciones, me preguntó incluso por la situación política porque ella siempre veía las noticias de España.
Quiso hablar de Franco, porque siempre había querido hablar del tema pero nunca encontraba con quién, y con la noticia de su muerte, hacía más de una década, ella me había pensado porque le habría gustado saber cómo se vivía aquí el duelo.
Si la gente estaba feliz o si estaba triste, si las cosas habían seguido tranquilas o habían sido turbulentas.
Los minutos pasaron y la conversación con ella fue un diálogo tan banal que por un momento olvidé las razones que me habían llevado a llamarla.
En el diálogo, parecíamos viejos conocidos que se ponían al día, más que una tía y un sobrino que debían lamentar la muerte de un hermano y un padre en común.
Al principio me extrañó, pero después me sentí tan cómodo con que nuestra relación hubiera quedado pausada y de poder retomarla que sentí un alivio inenarrable en mi interior.
Embarcados en una conversación sobre jardinería, me enteré por los detalles del jazmín japonés del patio que la tía se había quedado a vivir en la casa de papá.
Que allí seguía haciendo sus cosas en el barrio, tratando de mantener la casa en orden y cuidando a los hijos de Luciano cada tanto.
Me dijo, como si yo ya lo supiera, que habían decidido que era lo mejor que ella se quedara ahí, porque al final esa era su casa y porque no tendría ningún otro lugar a donde ir después de tantos años de haber vivido ahí acompañando a mi papá.
«Tía Chela», le dije cortando la conversación sobre los pasteles de garbanzo, «siento mucho no haber podido ir al entierro de papá».
La conversación se detuvo y del otro lado escuché un suspiro hondo.
«Ay, mijo. Fue tan triste la muerte de mi Guillermito. Fue tan repentino todo. Él venía sintiéndose peor y lo de la cadera lo tenía jodido desde hacía tiempo. Bueno, pues tú sabes, los achaques de la edad, pero yo pensé que le iba a quedar tanto más tiempo,
pero tú vieras que al final ya parecía un bebé, como si al estar cerca de la muerte se hubiera acercado a como uno nace. Acostado en posición fetal, chiquitico. Y usted sabe cómo era él de alto y de serio y de grande, y así reducido, pero tranquilo, mijo. La verdad es que estaba tan tranquilo,
tan en paz. El único consuelo que nos queda es que se fue a encontrar con tu mamá. Ay, Elenita, mijo. No hubo un solo día de la vida de mi hermanito en el que no la extrañara y eso con ayuda de mi Dios va uno a ver y se les hizo el milagro de juntarse otra vez».
Sentí que perdía el piso de la tristeza.
Mi papá en posición fetal. El pecho erguido de mi padre, con su caminar firme y su mentón siempre elevado por sobre el hombro, su figura de orgullo reducida a un cuerpo que espera la muerte.
Las lágrimas me salieron de los ojos como un río bravo.
La nariz se me congestionó y empecé a tratar de disimular el llanto.
Confundido por lo que me decía mi tía, y adolorido de saber cómo habían sido los últimos días de papá, comencé a entender que ella no reparaba en ningún rencor, sino que tan dolida como una hermana que ha perdido a su compañero de toda su vida, solo quería hablar de él con alguien,
con cualquier persona, sin importar quién fuera o qué hubiera hecho su interlocutor.
Nada era para mi tía más importante que su pena.
Le pedí perdón entre las lágrimas y los mocos, me disculpé por todos los años y también por estos, me disculpé a través de ella con papá, como si mi tía fuera una médium que podía transmitirle todo lo que yo sentía y no había sido capaz de decirle a él.
Que no haber ido a verlo era lo más idiota que había hecho, y también lo más cobarde y que ahora no había cómo repararlo y que yo tenía que vivir sabiendo todo esto y con la angustia de no haberme podido despedir y que lamentaba, sobre todas las cosas,
haberlo hecho sufrir incluso en el momento de su muerte, al no haber estado.
Entonces la tía Chela interrumpió mi congoja:
«Mijo, tu papito se fue tranquilo. Nadie se va enojado. Nadie se lleva rabias al otro lado porque mi Dios no nos deja irnos con nada, ni siquiera con eso. Mi Guillermito fue un hombre bueno y los quiso como pudo,
pero los quiso mucho a todos y por eso mi Dios lo dejó encontrarse otra vez con Elenita. Ya tus hermanos tienen sus formas y tú las tuyas, pero los hermanos son lo más importante, mijo, finalmente son lo único que uno tiene. Te lo digo yo, que acabo de perder a mi Guillermito».
Entonces se escucharon sus sollozos del otro lado del teléfono y lloramos los dos; ella por su pena, yo por mi culpa.
Después de un llanto largo e intenso, colgué el teléfono sintiéndome más liviano.
Una luz que me había sido esquiva volvió a iluminar mi casa y mis días y pensé que siempre podría volver a mi tía, que había sido como mi madre y que siempre me querría sin importar ni el tamaño de mi crueldad ni las dimensiones de mi falta,
solo me pedía a cambio escucharla con paciencia hablar de la memoria de mi padre y de todas sus plantas.
Esa fue la última vez que hablamos. La tía Chela moriría unos años después, y yo tampoco viajé para estar con ella.