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Querido Pablo:
Sigue siendo invierno, pero cuando me fui de mi casa era un año menos.
Papá vivía y ustedes todavía tenían algún deseo de hablar conmigo.
No puedo cambiar quien soy. Quiero, me esfuerzo por eso, trato a pesar de todas las cosas, pero sigo siendo esto: este hermano loco que tienen, raro y llevado de su parecer, que nunca está, que siempre falta, de quien solo queda el recuerdo y el nombre con el que ya no quiere que lo llamen,
que mencionan solo para insultarlo.
No quiero darle pesar con esta carta, pero soy así.
Ya me conoce. Desafortunadamente le tocó esto y no el alegre hombre que a veces se ha encontrado, porque en mí siempre hay pena, calor y miedo.
Me he encontrado con las noticias que me mandó en la carta anterior.
Annette me dijo que me había llamado. Primero con dulzura y después con impaciencia.
Ella estuvo de acuerdo con ustedes, con que yo tenía que viajar a ver a mi papá.
Y si no quería verlo, al menos ayudar con todas las cosas de su enfermedad y, después, de su muerte.
Ustedes tienen razón. Annette y usted y supongo que también Luciano y la tía Chela.
Ustedes siempre han tenido razón sobre lo que debo hacer y, sin embargo, yo siempre he elegido lo que me resulta posible: que es tan poco.
Que es tanto menos de lo que pueden los demás.
La noticia de la muerte de papá me encontró en París.
En su última carta usted me exigió explicaciones, me rogó por razones para no haber estado y finalmente se rindió resignado ante su incomprensión.
Quiero que sepa que la leí y que he dejado pasar todo este tiempo para responderle porque no hago sino buscar una respuesta que parezca lógica para darle, o al menos una respuesta y ya.
Una palabra que junto a otra formen una oración, que exprese una excusa, después arrepentimiento y después contrición.
Pero no la tengo. No tengo forma de explicarle cómo me siento ni las razones suficientes para no haber viajado a verlos.
Sí puedo decirle que estaba en París, cumpliendo el sueño de mi exposición allí.
Me hicieron una invitación elegante que me hizo sentir valioso y visto, orgulloso de mí mismo y de mi trabajo y de mi arte, que es lo único que tengo, que es mi única forma de fe.
En París me alojaron en el hotel más elegante en el que me he quedado.
La cama tenía un colchón gordo y alto, con unas sábanas tirantes de algodón grueso que le habrían fascinado a mamá, de esas que nosotros no conocimos.
Los primeros días me pasearon por todas partes.
Me llevaron a cenas con artistas y representantes y galeristas y coleccionistas.
Pude conocer a mis colegas; a otro colombiano que es importantísimo acá, uno que es de Bogotá y que vende mucho.
Salíamos de las cenas a bailar y por unos minutos en ese tiempo yo me sentí fugazmente contento.
Logré ignorar los pedidos de Annette, que me transmitía sus noticias, y logré olvidarme por un rato de nuestra casa, de nuestra vida, de nuestra infancia y de papá.
Pero la cosa se empezó a poner rara. No puedo explicarle lo que sentí, porque no sabría cómo hacerlo con palabras y porque siempre que lo pienso lloro y supongo que mi llanto es un lenguaje que usted no ve en esta carta.
Una tristeza cubrió todas las cosas que brillaban y una soledad honda, como esa que yo siento siempre, pero más incontrolable, más violenta, que no me dejaba pensar.
Lo único que quería era irme de ahí y montarme en un avión directo a mi casa a estar con papá, con usted y con Luciano; quería abrazar a la tía Chela y ponerle una toalla con agua tibia en la frente a papá para que su dolor menguara y para que también pudiera cargarlo yo en mis hombros.
Darnos la mano, comer pasteles, hablar en las noches de lo que haríamos después como hermanos.
Me imaginaba esas conversaciones áridas que tendríamos.
Yo le daría a Luciano las armas de papá sin problema, la Winchester la entregaría sin dudarlo, pero me gustaría quedarme con su bastón.
Finalmente, me imaginaba yo, que la tensión iría amainando porque vendrían a visitarlo nuestros tíos y los amigos de la familia y todos nos veríamos más viejos pero acompañados, formando esa comunidad que consuela y cuida y a la que hemos llamado familia.
Me imaginé que en la última noche de papá cada uno entraría al cuarto a decirle algo privado y que cuando fuera mi turno, yo entraría tembloroso, pero apenas cruzara el canto de la puerta, todo lo que nosotros habíamos sufrido quedaría afuera de esa habitación.
Y solo seríamos yo y mi padre, y yo le diría al oído «todo está perdonado, papá» y él me miraría agradecido, con una expresión de alivio que daría el pie para su partida.
Entonces saldría yo del cuarto, nos abrazaríamos con Luciano y usted, y durante esas horas no cabría entre nosotros ni el rencor ni el reclamo, sino una dulce experiencia de sabernos más solos sobre esta tierra, pero hermanos al fin.
Yo exponía al otro día y, cuando construí esa imagen en mi mente, no me importó nada y quise salir al aeropuerto para ir y hacerlo.
Pero no pude. La distancia que existe entre lo que quiero y lo que hago es un vasto mar que yo tampoco entiendo, que me paraliza y me aterra, que me obliga a encerrarme lleno de temor y a pintar en mi mente paraísos donde soy mejor de lo que soy, donde soy capaz de lo que quiero.
Al otro día no salí de mi cuarto; tampoco los días siguientes.
Caminé por París con lo que queda de mí siempre: el miedo a ser testigo de la muerte.
Annette me avisó que papá había partido una tarde, aunque yo ya lo sabía.
Y después todo fue noche. Una larga noche que duró muchas semanas, hasta que reuní lo que me hacía falta para volver a mi casa, pedirle perdón a mi mujer y tratar de juntar el valor para leer su carta.
Finalmente la abrí y leí su desprecio y su ira, y lo comprendí, como siempre, sin que tuviera que darme una explicación porque sé que no la merezco.
No intento con esta carta que ustedes me perdonen.
Me imagino que habrán gritado mi nombre con rabia y eso es un castigo suficiente.
Quiero poder responder a su pregunta insistente de la última correspondencia: «¿Por qué es así? ¿Por qué no fue capaz de venir cuando lo necesitábamos? ¿Tanto quiere que no lo consideremos un hermano?»
, y la respuesta es que yo tampoco lo entiendo.
Trato, y no entiendo por qué no puedo estar de otra forma que a través de su desprecio.
P. D.: Le mandé toda la plata de la obra que vendí. No es poca, sé que nada es suficiente, pero espero que ayude en algo para resolver los trámites de papá. Lo demás se puede arreglar directamente con Annette, o como ustedes decidan.
Su hermano.