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Al escuchar a Eugenia confundida del otro lado de la línea y justo después, afligida y triste por la muerte de ese joven amor, Lisa no tuvo más ganas de preguntarle quién había terminado qué, ni de indagar sobre los detalles de la correspondencia de su padre.
De hecho, lo único que hizo fue consolar a Eugenia, que todavía aturdida por la noticia de ese hombre del que no sabía nada hacía cuarenta años le hablaba con extrañeza y, cuando por fin pasaron a la parte en la que Eugenia le preguntaba por qué la llamaba,
a Lisa solo le salió decir que había encontrado las cartas y que eran tan bellas y tan íntimas y tan llenas de amor e historia que le pareció justo que Eugenia las tuviera.
De esa manera, Lisa terminó mandándole el paquete de su correspondencia a una dirección en Medellín y encontró algo mejor que la verdad: una forma de justicia.
El misterio que seguía, naturalmente, era el mío.
No hizo falta que Lisa me lo dijera, porque de toda la historia de Eugenia (a quien yo también recordaba), me quedaba claro que me había buscado, más que para resolver el asunto de la casa, para resolver el asunto de nosotros, de nuestras cartas, de su tío y su padre: de mi hermano y yo.
Lisa quería saber por qué me había ido, por qué no había estado en la muerte de su padre ni en la del mío y necesitaba una respuesta para completar un complejo rompecabezas que venía armando desde que Pablo había dejado el aire vacante de sus mitos para llenarlo con lo que fuera más parecido a la
verdad.
Más que delatado, me sentí enternecido, no por la curiosidad de mi sobrina sino por su duelo.
Ella todavía no sabía cuánto iba a dolerle el recuerdo de su padre ni cuánto tiempo iba a acompañarla la desazón del vacío de su voz.
Yo sí lo sé, porque el mío ha estado muerto por muchos más años, y es en este lugar en el que siento que me toca ser un adulto que la guía, no por las vicisitudes de una vida que desconoce,
sino por la resignación que irá encontrando al constatar una y otra vez que su padre no está más en estas preguntas.
Paso mi mano por encima de las cartas y le acaricio la cara con ternura. Es otra vez la niña de cachetes rosados que vi por primera vez en esa foto subexpuesta, y es una criatura triste que me amansa con su genuina tristeza. Delante de ella no soy más una fiera incomprendida.
—¿Qué quiere saber, mija? —le respondo con honestidad.
Yo ya sé la respuesta, y estoy dispuesto a decírsela una y otra vez, aunque sé que ella ya la ha leído a lo largo de tantos años de correspondencia.
Pero Lisa no quiere interrogarme. Me muestra con emoción un recibo de pago que tiene mi puño y letra y me dice que ella no sabía que su papá me había comprado obra.
La espalda se me pone rígida de un momento a otro.
—Yo tampoco me acordaba —le contesto con sorpresa.
Y ahí está una de las muchas cartas en las que le cuento a Pablo que no tengo plata.
«Tengo frío y tristeza, Pablo. Nada es como yo esperaba que fuera. No soy nadie acá. Nunca voy a ser nadie».
Escribí con excesivo dramatismo, pero reconozco el desasosiego de los primeros años en Madrid y entiendo en el presente la frustración de no ser reconocido.
«Ya sé que me dijo que las cosas toman tiempo, pero no logro vender ni un solo cuadro y todavía nadie confía en que lo que hago sea bueno. ¿Será bueno, Pablo? ¿Seré un artista valioso alguna vez? ¿Papá tenía razón y estoy desperdiciando mi vida? ¿Qué vida me queda si no es esta que quiero?»
. La carta sigue y, leída por mi sobrina, mi voz se vuelve más íntima que si fuera leída por mí.
«Quiero estar a la altura de lo que les prometí que sería. A veces sueño con mamá, ¿sabe? Y en los sueños ella me acompaña y me dice que persiga lo único que creo que puedo hacer. Pinto todos los días y todas las noches, pero no sé a dónde voy, no sé cuál es el rumbo de todo esto. En fin.
Espero que esta carta no lo perturbe demasiado. Sé que usted está con las cosas de la universidad y que su vida va muy bien. No se olvide de las cosas que usted también quiere, no deje que Cúcuta le robe los deseos que tiene en su interior.
Dígale a mi papá que pronto le voy a responder la carta que me mandó, aunque yo esperaba que me mandara algo de plata, también entiendo que no pueda. Con cariño. Su hermano».
La voz de Lisa se apaga y con ella la mía.
Entonces, me muestra el recibo que le hice con mi firma y una segunda misiva, que entona con orgullo.
«No sé cómo agradecerle por haberme comprado Mujer que mira hacia el cielo. Todavía no tengo un mejor nombre para esa obra, pero le prometo que cuando valga algo o si yo logro hacer algo con esto de pintar, se la voy a comprar de vuelta por el doble de lo que pagó por ella. Por el triple.
Por todo lo que pueda. Gracias, Pablo. Con que a usted le guste lo que hago y haya decidido pagar por eso, no solo me salva el mes entero de comer algo distinto a arroz, sino que me hace sentir como un artista que vende; como un artista de verdad. Con cariño y agradecimiento, Su hermano».
Un retorcijón me dobla. Me esfuerzo por mantenerme sentado y disimular el mareo. Empiezo a bostezar, un bostezo detrás de otro; pero no es sueño, es la única forma que encuentro de que me entre aire al cuerpo.