24 #2
En la caja fuerte estaba esta bolsa de cartas, junto con otras bolsas de otras cartas que se había mandado Pablo con una novia de su juventud que vivía en Medellín, además de alguna correspondencia que había tenido él con la familia:
notas de papá de cuando él había tenido que prestar el servicio militar y correspondencia que Luciano le mandaba cuando estaba en Bogotá.
A todo eso se sumaban facturas de transacciones irrelevantes que por algún azar Pablo había guardado allí y otra caja de fotos familiares.
Las dos se sintieron secretamente desilusionadas por su contenido.
Por un lado, se sintieron tranquilas de que la memoria de mi hermano quedara intacta: era un hombre transparente; pero por otro, habrían deseado encontrar algún enigma, el principio de un acertijo cuya resolución les trajera a Pablo en vida durante algún tiempo más.
Incluso, me confesó Lisa, le habría gustado que en la caja fuerte hubiera una carta dedicada a ella que él hubiera escrito apenas supo que estaba enfermo.
Una especie de instrucciones que le hubiera dejado sobre cómo seguir con la vida cuando él ya no estuviera.
La ilusión que Lisa se había hecho con esas posibles respuestas la llevó a cerrar la caja de nuevo y olvidarla por algunos días.
Tenía que seguir con el duelo, que era silencioso y completo: todas las palabras que su padre tenía para ella le habían sido dichas con él en vida, y cualquier mapa sobre su futuro tendría que desentrañarlo entre sus recuerdos;
cada vez que quisiera un consejo de su padre tendría que pensar en su voz y sus palabras, y acomodarlas al presente.
Sin embargo, los días fueron pasando y Lisa se convenció de que en esa correspondencia había algo muy importante.
De manera que volvió a la oficina y sacó todo lo que había en el interior de la caja.
Quería reconstruir la voz de la juventud de un hombre al que no había conocido y revivir así el mundo que su padre le contó, pero que ella no había podido ver.
Pero en todas las cartas que había, Pablo era el destinatario, no el remitente.
Después de una segunda frustración, Lisa consideró que las versiones de esas conversaciones eran igual de importantes.
Ella era ahora el eslabón perdido de una conversación incompleta, y la curiosidad por saber qué había motivado esas respuestas empezó a consumir sus días.
Primero empezó por toda la correspondencia que le había mandado Eugenia, la novia de Pablo que vivía en Medellín.
Así se enteró de un romance apasionado que tuvo su padre sus últimos años en Cúcuta y primeros años en Bogotá.
Era la sobrina de unos vecinos de la casa de papá que había pasado un diciembre en Cúcuta y se había enamorado perdidamente de Pablo.
Se habían prometido amor eterno y un matrimonio feliz cuando él fuera escritor.
Lisa reparó en ese detalle: Eugenia le hablaba a mi hermano de su sueño juvenil de escribir y de una carrera próspera que haría con novelitas de espías westerns que transcurrían entre la selva del Catatumbo y la Unión Soviética.
Por el lugar al que se dirigían las cartas, esa correspondencia íntima de mi hermano lo había acompañado hasta sus primeros años en la capital.
Lisa no estaba segura de que Pablo y Eugenia hubieran vuelto a encontrarse más que en ese caluroso diciembre en el que se habían conocido, pero ella le contaba de sus planes cuando terminara el bachillerato,
en los que iría a encontrarse con él a la ciudad y se dedicaría a ser secretaria y a cuidar de su hogar.
Las cartas de Eugenia eran efusivas y sensibles, hechas por una adolescente melosa pero segura de su amor.
Muchas las terminaba diciendo «te quiero te quiero te quiero», escrito tres veces, haciendo la figura de un corazón.
Sin embargo, la correspondencia de Eugenia terminaba de manera abrupta.
No había una carta de despedida, ni una de enojo o despecho.
Lisa imaginó que por la época en la que la correspondencia de Eugenia había desaparecido su padre había conocido a su madre, y esa respuesta la sosegó durante algunos días.
Pero la curiosidad no le daba tregua. La respuesta lógica explicaba la ausencia de más cartas, pero ella no conocía la última, que seguro la había enviado su padre, y ese desamor ajeno le trajo consuelo a mi sobrina sobre su propio duelo.
No podía olvidarse del asunto, porque en parte quería saber si su padre había sido un caballero y le había mandado a Eugenia una carta honesta, avisándole que se había enamorado de otra mujer y que la distancia les había jugado una mala pasada.
Durante ese tiempo, Lisa se imaginó esa correspondencia.
Pudo pensar en su papá, escribiendo y descartando un sinnúmero de papeles que pudieran explicarle a otra mujer que el amor es arbitrario y cruel y que siempre alguien gana y alguien pierde, y a Eugenia («mi adorada Eugenia», se imaginaba que le había escrito) le había tocado perder.
Obsesionada por el final de ese romance adolescente, Lisa decidió llamar a su tío Luciano y le preguntó por la tal Eugenia.
Luciano hizo memoria un rato largo; Lisa tuvo que especificar que era la sobrina de unos vecinos, y eso finalmente alumbró los recuerdos de su tío.
Al principio, Luciano se tomó el asunto con liviandad; le dijo a Lisa que la recordaba vagamente y, entre risas, comentó que quién lo viera a Pablo y era todo un picaflor.
Pero eso no satisfizo la curiosidad de Lisa, que le insistió con coordenadas y que incluso le pidió un número de teléfono, no sin antes preguntarle: «Tío, ¿Eugenia todavía vivirá?»
. Luciano le prometió que averiguaría y, claro, no lo hizo.
Pero Lisa no se rindió. Le insistió hasta que Luciano no tuvo más alternativa que averiguar el teléfono de Eugenia González mediante el primo, que era hijo del vecino de la casa de papá.
Le pasó el número, pero antes la hizo sentir en deuda por el trámite.
Lisa guardó el número en su teléfono. Quiso mandar un mensaje, pero se percató de que quizás era un teléfono de línea y que sería poco elegante esa forma de comunicarse.
Así que una mañana, ni muy tarde ni muy temprano, antes de salir a su trabajo académico en la facultad y cumplir con su labor de investigadora, se sentó en su departamento y marcó el número.
Del otro lado una voz amable atendió el teléfono.
Era, en efecto, un teléfono celular y del otro lado atendía, de hecho, la mismísima Eugenia González, que contestó con pronunciado acento paisa.
Lisa casi se desmaya de emoción, pero se mantuvo en pie.
La saludó con cordialidad y agradecimiento e hizo un larguísimo preámbulo antes de explicar que era la hija de Pablo, que su padre había muerto, que ella había encontrado las cartas y que muchas tenían su nombre.
Mientras hablaba, la curiosidad que sentía por el desenlace se transformó en una extraña forma de redención.