24
Hoy no voy a ir a la casa. Lo decido apenas abro los ojos, pero la ducha de agua fría que apenas logra apagar el tizón prendido que soy cuando me despierto confirma mi decisión.
No iré hoy y no sé si vaya mañana. Me siento en el borde de esta cama con las sábanas todavía húmedas del sudor.
La habitación es un cuadrado blanco que se asemeja a los dormitorios de un manicomio.
La ventana es ornamental: da a un pulmón del edificio del hotel y nunca se abre para que no se escape el frío del aire acondicionado.
«No iré más», me digo. Me duelen todavía los músculos del cuerpo, que se me contraen en las noches y en los días como si estuviera corriendo una maratón, aun cuando casi no me muevo.
Solo estar aquí, en completa quietud, es para mi cuerpo un trabajo arduo.
Y cuando estoy convencido de que aquí envejezco más rápido y de que mi presencia es obsoleta y pueril, una certeza me recuerda lo inevitable de mi destino más inmediato: la casa vendrá a mí. Lo quiera o no.
Entonces suena el teléfono de la habitación.
Atiendo con el pelo todavía goteando sobre mi camiseta de algodón.
El aparato está avejentado y del color blanco que supo tener queda un plástico amarillento, con la bocina atada con cinta transparente.
Lo cojo con asco y resignación. Me anuncian que Lisa está esperándome en la recepción y veo que ya son las diez, la hora a la que habíamos quedado para discutir los nuevos hallazgos sobre las escrituras de la casa.
«Ya termina», me digo mientras salgo del cuarto.
Pero sé que me miento, y me rindo ante mi propio y ridículo consuelo.
Lisa me está esperando en el comedor del hotel.
En el televisor del comedor veo que anuncian el posible cierre de la frontera si aumentan las tensiones.
Cuando quiero preguntar qué tensiones, llego a la mesa.
Lisa ya ha pedido un café y desayuna mojicones, ese pan duro ni tan salado ni tan dulce, como todas las cosas de aquí.
La abrazo con desgano, pero ella me responde con vitalidad.
—Tío, qué bueno que ya resolvimos lo de la escritura.
Ya casi terminamos y mejor, porque la cosa aquí se está alborotando.
Mi mamá no quiere que me quede aquí más tiempo.
Ah, que le manda saludos —me dice, y yo le sonrío con fastidio, sin intención de hacer preguntas que puedan ampliar la conversación.
Cuando termina de hundir un pedazo de mojicón en el café, ignorando mi mal genio con elegancia, se agacha y pone sobre la mesa una bolsa negra de tela.
El olor del paquete delata su antigüedad: huele a guardado, al aroma del fondo de los clósets, a lo que ha estado mucho tiempo lejos de la luz del sol, condenado a la humedad oscura de algún rincón infame.
—Lo prometido es deuda, tío. —Abre la bolsa y lentamente va saliendo un sinfín de papelitos frágiles y traslúcidos que reconozco al instante—.
Acá están las cartas suyas que tenía guardadas mi papá.
—Las palabras de Lisa son más eficaces para traerme al presente que la ducha helada—.
¿Se acuerda que le dije? —Y yo me acuerdo, pero elegí no creerle cuando me lo dijo, a pesar de que ella no tenía ningún motivo para mentirme.
Así es con todo. Toda la vida he hallado la manera de que la realidad se ajuste a mi perspectiva del mundo; no importa cuán inverosímil sea, la realidad siempre termina por acompañarme.
Pero Lisa no me da esa alternativa. Las cartas están sobre la mesa, y aun si yo no quisiera revisarlas, si yo eligiera siempre el recuerdo que tengo de lo que escribí en ellas, Lisa ya las ha revisado, Pablo las leyó en su momento.
Mi perspectiva es tan obsoleta como la ventana triste de mi habitación.
Antes de hablar de las cartas, antes de saber qué dije a lo largo de más de cuarenta años de correspondencia y de averiguar incluso qué sabe Lisa sobre eso, ella mete las manos y hurga en la bolsa, hasta ubicar un cuadrado de cartón.
Es una foto sepia, con los bordes cortados en diminutos triangulitos que forman un marco.
Contempla la foto; no es la primera vez que la ve y sin embargo vuelve a emocionarse.
Allí estamos en el cuadro: Pablo, de cinco años, con sus gafas gigantes parado a mi lado (yo tengo ocho años); luego una monja cubierta con los hábitos blancos y un rosario en el cuello, y al lado de la monja, el padre Francisco, parado más adelante en la foto, con una camisa de manga corta,
un pantalón de dril y el cinturón atado con firmeza en su cintura.
Al padre le sigue mamá, con su vestido verde menta, y a ella Luciano, que está en pantaloneta de baño, todavía escurriendo agua de la piscina del patio.
Al costado izquierdo de la imagen, y a punto de salir del cuadro, están tres indígenas motilones; no con taparrabos, como yo los recordaba, sino vestidos con camisetas y pantalonetas que les quedan grandes.
Uno de ellos sujeta un palo alto, que no es una lanza, como yo había dicho, sino apenas una estaca cuyo uso debía ser ornamental.
También se ve la piscina, a la que solo nos metíamos con mamá, porque era a la única a la que le gustaba nadar, y que quedó en desuso después de su muerte, volviéndose un estanque vacío lleno de grietas y alimañas,
cuya única utilidad era advertirnos que anduviéramos con cuidado para no caer adentro.
La foto fue sacada al mediodía; lo indican las sombras de las caras sobre las que debía caer un sol canicular.
Pero aún sin reparar en ese detalle, yo ya sabía a qué hora la habían tomado porque recuerdo el momento exacto en el que la otra monja, a la que llamábamos Clarita, nos dijo «digan whisky» antes de obturar.
Y sin embargo nadie sonrió, solo Luciano.
Pablo tenía pánico por tener que estar al lado de los indios, y yo sentía tristeza por él y por mamá, que estaba ya cansada de nosotros.
La monja aparece inexpresiva; los indios, apesadumbrados, incómodos en la ropa ridícula que les prestaron y la pose domesticada junto a una piscina llena de cloro.
Miro la foto con detenimiento y su presencia me quita el hambre y la sed.
Ya no quiero café, ni mojicón, ni fruta, ni desayuno, ni agua.
Ya estoy aquí y ya sé que la casa me ha encontrado de vuelta.
Me cuesta leer mi propia caligrafía, mi letra desenvuelta y ensortijada, como ondas azules de una pluma que me dio tía Chela cuando me gradué del colegio y que recuerdo que dejaba lamparones de tinta sobre el papel.
Con Lisa miramos juntos una foto que le envié a Pablo del primer invierno con nieve que pasé en Madrid.
La foto la sacó Annette, y recuerdo la felicidad que me daba caminar en las calles heladas, como el signo más contundente de la distancia entre este mundo y el mío.
Atrás dice en lápiz: «Pablo, le mando una imagen de la nieve, que es blandita y fría, para que le muestre a papá».
Lisa sigue mostrándome la correspondencia con delicadeza. Aunque en la bolsa parece guardada de afán, ella ya organizó las cartas cronológicamente. Yo las miro con entusiasmo, pero sobre todo con temor.
—Mija, ¿su papá dónde tenía esto?
—Las encontramos con mi mamá en una caja fuerte de su oficina.
Por un minuto me siento halagado de que las hubiera guardado con tanto celo, agradecido con mi hermano de que hubiera tenido la delicadeza de mantener entre los dos nuestro diálogo epistolar a lo largo de los años y de que, además, las hubiera guardado en una caja fuerte.
Me imagino que seguro estarían en esta misma bolsa, al lado de papeles importantes, de escrituras y documentos que debían preservarse con el más absoluto cuidado.
Incluso de dólares, ¿por qué no? Nuestra correspondencia compartiendo estante con los ahorros de toda la vida de mi hermano y quizá también algunas alhajas de oro, o algún secreto indecible: otro pasaporte.
Las epístolas de toda una vida y los documentos que ratificaban que mi hermano no era quien decía ser y que no era tan bueno como todos creíamos.
Incluso llego a pensar que en la bolsa de tela negra hay documentos sobre una segunda familia y la idea me despierta fascinación por Pablo, pero Lisa derrumba esas fábulas de inmediato y sin que yo tenga que preguntárselo, lo que me hace dudar si todas las especulaciones las dije en voz alta.
—Es raro, tío Zadik —empieza a relatarme—.
Nos dimos cuenta de que mi papá tenía una caja fuerte en la oficina unas semanas después de su muerte.
La caja siempre había estado ahí y todos la habíamos visto, pero al haber estado durante tantos años en el mismo lugar nadie se había preguntado por su interior.
Cuando se dieron cuenta, tanto ella como María consideraron todas las alternativas que yo mismo imaginé unos minutos antes.
Incluso llegaron a pensar que quizás eran millonarias y que Pablo había dejado una cuantiosa herencia en efectivo y lingotes de oro a escondidas de toda la familia justo en ese lugar que todos habían visto.
Duraron un tiempo preguntándose quién podría saber la combinación.
María creía saberla, pero cuando intentó abrirla, se dio cuenta de que la combinación que había memorizado era incorrecta.
Por supuesto, Pablo, siendo precavido como era, le había dicho a ella en algún momento hace años la combinación de la caja, pero al no insistir demasiado, el número se confundió en la memoria de mi cuñada.
Finalmente, después de muchas semanas de duda, llamaron a una secretaria histórica de Pablo que justo se había jubilado algunos años antes.
Estelita, que había estado en el entierro de mi hermano, muy compungida por su muerte prematura y por la ausencia de «ese gran patrón», les dijo al teléfono que ella recordaba la combinación de la caja y se las dictó sin oponer ningún reparo.
Al otro día, Lisa y María fueron a la oficina de Pablo.
Se prepararon psicológicamente para lo que fueran a encontrar allí: la maravilla o la desgracia.
Marcaron los números que Estelita había dictado y la pesada puerta de hierro se abrió.
Las dos se dieron la mano y asomaron sus cabezas en el interior, pero no había lingotes de oro ni la evidencia de múltiples identidades, ni tampoco documentos sobre propiedades o cuentas en el extranjero.