La memoria es un animal esquivo 23
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«La burocracia y su lentitud tienen la estética del desgano».

Eso me repito una y otra vez mientras espero sentado en esta notaría cuya arquitectura colonial ha sido derrotada por modificaciones prácticas que le han robado la belleza para darle el aspecto del hastío.

Tres hileras de sillas de plástico rotas.

Un ventilador agotado por el calor conectado a una extensión que a su vez se conecta a otra extensión enchufada a la toma de una pared descascarada.

Unas paredes de un drywall amarillento que dividen unas tristes oficinas sin luz natural al fondo.

Lejos de las sillas y de las personas que esperamos, un mostrador separado por un vidrio avejentado, cuyas grietas alguien ha reparado torpemente con cinta de enmascarar.

Un portero se sienta en un banco incómodo al lado de la puerta, y tres mujeres atienden tras el vidrio resquebrajado.

Muchas veces son dos, o algunos días solo una.

El lugar está dispuesto para que seis personas asesoren al público, pero nunca están todas.

He venido acá la mayoría de días solo, algunos en compañía de Lisa, esperando alguna respuesta sobre las escrituras de la casa.

Hay días en los que existe más esperanza: están cerca de encontrarlas, pero están en otra oficina, de otro municipio, con otra notaría.

A veces, cuando la señorita que me atiende siempre no está, tengo que volver a empezar todo el proceso para encontrarme con otras respuestas.

O las escrituras no existen. O efectivamente fueron quemadas en otra notaría, o están en este mismo edificio, donde no se han digitalizado los archivos.

La respuesta depende de la persona que me atienda y su humor.

No me molesta esperar. Me he hecho parte de esta notaría como si yo también fuera un mobiliario abatido por la rutina.

Me gusta estar en este lugar donde nada pasa.

Ver a las personas que llegan con el hartazgo de tener que resolver un trámite, que imprimen su papelito verde con el número del turno, que miran sus celulares hasta que el portero les dice que deben guardarlos, y que esperan.

Soy un hombre grande que ha vivido toda la vida posible y esta experiencia tan cotidiana para cualquier mortal en una ciudad me resulta novedosa.

Nunca he tenido que ocuparme de trámites de esta clase porque siempre me he sentido incapaz de lograr estas proezas comunes, y siempre conseguí que alguien las hiciera por mí.

Si no era papá, entonces la tía Chela, y si no era ella, entonces se encargaron Annette y los asistentes que pude conseguir cuando tuve algo de fama.

Mi único talento ha sido delegar con relativo éxito todas las gestiones comunes.

Por eso creo que hago esto sin impaciencia.

Algo de mí siente en esta espera una especie de penitencia que tengo que pagar por mi propia inutilidad.

Hace algunos días que traigo pasteles para darle a quien esté tras el mostrador. Vi a una señora hacerlo y logró resolver su trámite. Además, me hace sentir bien, como si con ese gesto de amabilidad yo pudiera devolverle a este lugar la vida que la abulia le ha extraído casi por completo.

—Don Juan Francisco —me llama la señorita después de algo más de una hora. Me acerco al mostrador y ella me enseña unos papeles con una expresión de triunfo en su rostro.

—Dígame, Maribel —le digo.

—Pues le cuento que parece que encontramos las escrituras.

Estaban acá mismo. Por un error del sistema parecía que habían estado en una notaría de Pamplona donde se quemaron los papeles, y en otra búsqueda daba que estaban en Bochalema, pero yo me puse a cotejar con cuidado y las encontré en unos archivos que teníamos acá,

de los predios que habían sido comprados durante la década del veinte.

Maribel luce contenta. No sé si fueron los pastelitos, que le he preguntado el nombre, o que verdaderamente ha resuelto un enigma que parecía imposible y cuya respuesta era la más cercana, aunque no por eso la más simple.

Me alegra que este trámite le haya traído alegría a su día aplastado por la repetición.

Le pido que me deje ver los documentos. Le digo que debe haber un error, porque la casa, según yo tenía entendido, había sido construida mucho tiempo antes y el terreno, según papá, había sido heredado por su familia de generación en generación, desde la época de la campaña libertadora.

Sentado en su mecedora, papá solía contar que a nuestro apellido, arrastrado a la desgracia por mi abuelo jugador, lo precedían prestigiosos hilos genealógicos.

Decía, siempre zapateando con la pierna derecha, que nuestra casa se erguía sobre un territorio que el mismísimo Simón Bolívar le había otorgado a nuestro tataratataratatarabuelo, en forma de pago por un préstamo que había facilitado al libertador para pelear la batalla de Cúcuta,

gracias a la que se había dado inicio a la Campaña Admirable.

Después de mencionar esta última, a papá le empezaban a fallar los datos, y para no dejarse en evidencia, usaba una serie de hipérboles que concluían en que debido a ese pariente suyo, de alguna manera indirecta, el país entero había logrado la independencia.

Papá era el dueño de la historia, su narración era única e indisputable y, dado su hermetismo, nunca ninguno de nosotros tuvo la necesidad de chequearla.

Su anécdota, más o menos vinculada con hechos de la vida real, constituía nuestro linaje y también hacía parte de la línea de tiempo de la Independencia.

Era algo que decía siempre con orgullo; lo enaltecía ser parte de una tradición que lo superaba.

—Pues no, don Juan Francisco —me responde Maribel temerosa de quebrar con los hechos mi relato—. Acá dice que ese predio se lo compraron a otra familia durante los años veinte, pero la escritura no pertenece a ningún resguardo patrimonial ni está catalogada como un predio de importancia cultural.

Supongo que ante mi gesto de desilusión, Maribel añade:

—Menos mal, porque si no eso le toca verlo directamente con la alcaldía y esa casa nunca la podrían vender. Lo que sí es que le va a tocar esperar al notario para que la firme, porque si no las escrituras no le van a servir. Y no sabría decirle cuándo se desocupa.

Maribel vuelve a su desinterés y yo vuelvo a la hilera de sillas.

Miro las escrituras de papel avejentado; no tienen señas de ser documentos de relevancia histórica, y me pregunto si papá nos mintió toda la vida, o si su padre le mintió a él y él solo prolongó el engaño.

Me alegro de no haber tenido que confrontarlo por esto.

Conservo la esperanza de que él tampoco supiera, y me convenzo de que una mentira también es una herencia que se carga y se reproduce por años.

Me pregunto si mis hermanos sabrían que no teníamos que vivir a la altura de una historia que no existió y si sus vidas habrían sido más felices sin ese peso.

Pero yo también he sido cómplice de este engaño, porque lo he creído, porque lo he narrado, porque eso es ser parte de una descendencia.

De repente, una voz gruesa me llama desde una de las oficinas tras el drywall.

—Cuando me dijeron que era usted no pude creerlo —me dice un hombre al que apenas reconozco—. Juan Francisco, mijo, ¿cómo está? Tanto tiempo.

Mientras lo abrazo confundido, reconozco a Pancho Herreros, el hijo de Roberto, mi primer empleador.

—Lo siento mucho por la muerte de Pablito —me dice, y me pide que tome asiento.

En ese despacho oscuro, iluminado por una luz helada y con un aire acondicionado que hace que parezca invierno, me siento todavía sin entender.

Pancho me cuenta que volvió a Cúcuta hace como veinte años con su mujer.

Que no fue contador como su padre, sino abogado, y que en una triquiñuela en la que no ahonda, quedó a cargo de esta notaría.

Me muestra fotos de sus nietos: seis niñatos que juegan en una piscina rodeada por plantas foráneas.

A lo lejos se ve un jardín con el pasto verde brillante y al fondo una mansión blanca, limpia y estéril.

Esa es, por supuesto, su casa. En la que vive con su señora y a la que van los niños de visita.

La casa queda, por si faltara decirlo, en un conjunto cerrado por Villa del Rosario, a las afueras, «como todo lo que vale la pena de acá».

Me dice que eso por allá está muy lindo, todo muy bien.

Me habla de mi papá y del suyo, de sus últimos años.

Me entero en esa charla de la muerte de Roberto Herreros, que sucedió muy cerca a la de mi papá.

Sé que hablo. Sé que doy charla y comento sobre los niños, y sé que me resulta natural escuchar sus anécdotas sobre el pasado y compartir las mías.

Pero siento que quien está hablando es una simulación mía y que yo estoy aterrado en un rincón de la oficina sin poder respirar.

Me pregunta por las escrituras. Se las acerco y las mira de reojo. Está casi listo para firmarlas. Es él el eslabón que falta para poder resolver todo este trámite. Me reclama no haberlo consultado antes. Me pide disculpas por toda la espera.

—Si yo hubiera sabido que usted estaba buscando las escrituras, lo resolvíamos en quince minutos. Si ustedes son como familia —me dice.

Justo antes de firmar hace una pausa y comenta que no sabía que queríamos vender la casa.

Entonces suelta el bolígrafo y se recuesta hacia atrás en la silla.

Me dice que se acuerda perfecto de la casa, de cuando iba con su papá a visitar al mío.

De cuando iba a jugar con Luciano y Pablo y conmigo más chiquitos.

Y se acuerda de que, hace unos años, Luciano fue a buscarlo por el tema de los otros.

—Esos hijueputas —me dice.

Entonces, hace algún tiempo, cuando los otros empezaron a entrar por ríos, cruzando la frontera a pie, con sus vidas cargadas en la espalda, esperando alguna especie de porvenir en el país al que alguna vez ellos le abrieron las puertas cuando éramos nosotros quienes íbamos enloquecidos a cargar

nuestros carros con gasolina y buscar nuestros futuros del otro lado del puente Simón Bolívar, en esa época, una familia se instaló en nuestra casa.

Pancho no los nombra, no los cuenta, ni siquiera los categoriza.

Dice «niñitos y todo», y yo no me atrevo a preguntar cuántos niños, ni cuántas mujeres, ni cuánto tiempo.

Entonces sigue el relato. La policía se iba a tardar demasiado tiempo en desalojarlos y él sabía, porque es alguien que conoce del Estado y sus trampas, que una solución más rápida era posible.

Ahí lo buscó Luciano y él se encargó de pagar una suma de dinero que tampoco especifica, pero a la que se refiere como «un platal», para mandar a unos hombres armados a sacar a los otros de nuestra casa «como las ratas que son».

Da una carcajada final que me aturde y mientras sigue hablando de «esa plaga» que ha invadido «nuestras calles» y que ha vuelto «nuestro país un nido de pobres», yo lo contemplo en silencio.

Quiero decirle que es un desgraciado y que en mi nombre no pudieron haber cometido semejante ilegalidad, semejante atropello, semejante inhumanidad.

Quiero decirle que él y todos ellos son la verdadera plaga: los dueños de las cosas, que creen que son una especie superior cuando son una escoria que no conoce ni el amor ni la solidaridad.

Quiero gritarle que yo no soy así, que nunca he sido así, que soy diferente y que por eso me fui y que toda esa mezquindad me resulta intolerable.

Quiero darle un puñetazo en la cara y que su nariz sangre sobre su bigote y, además, decirle que mi papá jamás habría hecho nada fuera de la ley y que él también le habría roto la cara si supiera lo que se hizo en nombre de su casa.

Pero no hago nada. No digo nada. Solo puedo reprobar con mi silencio y ni siquiera es un silencio hostil, sino uno condescendiente que Pancho Herrera no nota.

Firma las escrituras, se para de su silla para abrazarme y yo lo abrazo de vuelta.

Me dice que tengo que ir a su casa antes de irme de Cúcuta y yo asiento con la cabeza.

Agarro la carpeta con los papeles y salgo como quien soy realmente: un cobarde cuyas escandalosas y valientes revoluciones solo ocurren en su cabeza.