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Después me preguntó si alguna vez me había escrito o me había llamado; yo le conté que hace unos años había recibido una correspondencia suya, en la que me decía que el hermano de Manuelita se había mudado a Madrid y me preguntaba si podía hospedarlo un tiempo.
«No le respondí nada», le confesé a Pablo.
Pero no me enojé ni cuando me llegó la carta ni cuando le conté la historia a mi hermano.
«No esperaba menos de Luciano», le dije.
«Y él tampoco debía esperar menos de mí», concluí.
Envueltos en esa intimidad desprevenida a la que me había entregado con sumisión, Pablo me dijo: «Tiene que llamar a papá, Juan Francisco».
Yo quise responderle algo, cualquier cosa, pero solo me salió mirarlo desde el pasto con muda atención.
«Usted a veces es muy ingrato, mijo. Y papá no sabe cómo hablarle. Nadie lo quiere molestar. Desde la última vez que estuvo en la casa no sabe bien qué decirle, o si usted quiere hablar con él, pero lo extraña».
Cuando terminó de hablar, yo sentí como si pudiera elevarme sobre el suelo.
«¿No está bravo conmigo?», fue lo único que pude responderle, y en la pregunta se me quebró la voz, no solo de tristeza, sino también de temor.
«No, mijo, qué va a estar bravo. Papá quedó muy preocupado desde la última vez que fue. Le cuesta entenderlo, pero lo intenta. Se preocupa por usted. Vive pendiente de si salen noticias suyas en algún lado. Con lo del premio,
papá le pidió a la tía Chela que le guardara los periódicos en los que había salido. Usted lo conoce, no sabe bien qué decir, pero es su papá también y lo quiere a pesar de todas las cosas».
A la noche me despedí de ellos con un abrazo largo.
Durante varios días me acompañó la imagen de papá sentado en su mecedora, mientras estiraba con orgullo un periódico en el que aparecía mi nombre y su pecho se inflaba tanto que lo levantaba de su silla y el orgullo le nublaba la vista y le quebraba la voz.
Me lo imaginé mirando la nota cada tanto, guardándola en el cajón de sus cosas importantes, en su despacho.
Pude verlo mostrándole a mis tíos y a sus conocidos lo que había logrado su hijo, y las palabras «lo quiere a pesar de todas las cosas» resonaron en mí como un amuleto.
Me dije que lo llamaría. Me prometí que lo haría.
Que hablaríamos largo y tendido. Primero sería una conversación seria, en la que papá casi no diría nada y yo tampoco, pero podríamos vencer la tensión mientras yo lo llenaba con anécdotas de mi vida,
mientras le narraba una y otra vez lo que sería mandar la obra a la Casa de Nariño y todas las cosas en las que estaba trabajando.
Entonces papá me diría que no entendía nada de eso, pero que estaba orgulloso y después me preguntaría por Annette y halagaría su elegancia.
Me volvería a contar de su viaje a Europa y hablaríamos de mamá y de lo feliz que la habría hecho mi éxito.
No nos diríamos que nos extrañábamos, pero ambos estaríamos seguros de eso en nuestros largos silencios.
Me prometí que reuniría el valor para hacerlo, pero los días fueron pasando y me encerré a trabajar de nuevo.
Animado por la visita de Pablo, decidido a terminar mi serie de cuadros que ocupaba todo mi tiempo.
Trabajaba cómodo, con rigor; mi trazo era firme y decidido.
Y aunque a veces me levantaba creyéndome un artista brillante y otros días me encontraba sintiendo pena por mí mismo ante la pobreza de mi obra, no me detuve hasta que intuí que había algo que valía la pena entre esos tres lienzos.
Un tríptico oscuro y sombrío que me había devuelto las ganas de pintar hasta que el frío volvió a mi casa y las manos se me helaban mientras trabajaba en largas madrugadas.
Marcel, un galerista de París que estaba en Madrid, me había contactado por esos días; quiso ir a mi estudio a ver la obra en la que estaba trabajando y se mostró entusiasmado por verla terminada.
Me dijo que para el año siguiente le gustaría exponerla en su galería y esa promesa de futuro me mantuvo concentrado en ella.
Estaba muy cerca de conseguir lo que más había querido: exponer en París, como Josué, como todos los artistas a los que admiraba y a cuyo grupo no había logrado pertenecer.
Así que me volqué de lleno a terminarla, saboreando por anticipado el éxito que mi cuerpo extrañaba.
Ya era invierno cuando el teléfono de casa sonó sin tregua.
Era de día, recuerdo. Una tarde luminosa y helada.
Annette estaba ensayando y yo tuve que salir del estudio a contestar molesto, con las manos manchadas de óleo.
Atendí, y del otro lado escuché la voz de Pablo: «Juan Francisco», me dijo.
«Papá está muy enfermo». Una paloma manca se posó con estoicismo en el marco congelado de la ventana y yo la miré concentrado, mientras del otro lado de la línea Pablo me decía que estaba en Cúcuta, que era muy serio, que papá tenía un cáncer de colon,
que le había hecho metástasis al hígado y al estómago y que ya no había mucho por hacer.
Que había dejado de comer y que no sabían cómo seguir en mi ausencia.
Cuando me dijo «tiene que venir ya mismo», la paloma emprendió vuelo, dejando la figura de su aleteo en el vapor frío del aire.