La memoria es un animal esquivo 22 #2
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Salimos de allí después de tres horas de recorrido, hambrientos pero dispuestos a seguir caminando, a seguir viendo.

Y la ciudad me pareció más hermosa que nunca.

Todo brillaba, todo era nuevo, todo parecía ser parte de un escenario en el que mi hermano podía sentirse tranquilo por mi destino y yo podía sentirme por fin feliz de compartirlo.

Al día siguiente, Pablo y María decidieron ir juntos a visitar a una prima de María que también vivía en Madrid.

Se fueron después del desayuno y la casa quedó sumida en su acostumbrado silencio espectral.

El sol entraba por las ventanas de la misma manera en la que lo hacía todos los días, y los autos y las voces sueltas de los transeúntes ambientaban la sala con idéntica cotidianidad.

Esa mañana me sentí extrañamente solo. El café me supo amargo y me entristeció la premura de que mi vida era esa y no la ficción turística y amorosa en la que me había zambullido por la visita de mi hermano.

No estaba seguro de querer volver a la soledad de mi obra, de mis cuadros, de mis calles, de mí mismo.

No estaba seguro de haber elegido bien, porque mi vida no tenía el sonido de las carcajadas estridentes de Pablo a mi alrededor y porque todo estaba a una distancia imposible de mi cuerpo.

A un país de distancia. Porque yo siempre era extranjero, aun cuando había pasado tanto tiempo.

Quise ponerme a trabajar, pero había demasiada luz y mi estudio de día se hizo enorme y vacío.

Fui al cuarto, donde Annette estaba leyendo al lado de la ventana.

Me senté en el piso y apoyé mi cabeza en sus piernas, para que me consintiera mientras trabajaba.

Mientras ella seguía con la mirada en el libro y sus dedos enredados en mi pelo, le dije por primera y única vez que tuviéramos un hijo.

Annette cerró el libro y me levantó la cara dulcemente con su mano. «¿Qué estás diciendo, mon amour?». «Eso, que quisiera que tengamos un hijo», le respondí, mirándola desde el suelo como quien mira a una deidad.

«¿Por qué quieres tener un hijo ahora?», me respondió calma. «¿Y por qué no?», contesté yo.

Entonces Annette apoyó el libro en la silla y se sentó en el suelo junto a mí.

«Yo no quiero ser madre, Zadi. Lo sabes. Lo has sabido siempre. Eso no ha cambiado. No cambió porque mi padre hubiera muerto y no va a cambiar ahora que nos ha visitado tu hermano».

Cuando mencionó a Pablo me sentí extrañamente delatado, como si ella hubiera develado un secreto que ni yo sabía que tenía entre manos.

Pero Annette me acarició la cara y me besó la nariz y después los labios.

Cuando Pablo y María volvieron, me costó mucho recobrar la liviandad de las últimas horas.

El tono de voz de Pablo me resultó demasiado alto, encontré las opiniones curiosas de María sobre todos los temas molestas y soberbias, y cuando respondí con desdén a la anécdota de su prima en Madrid,

diciéndole que todos los colombianos en España quedábamos siempre como unos campesinos por culpa de extranjeros como ella, Pablo me miró consciente de que el pequeño y dulce hechizo en el que nos habíamos embarcado los días previos había desaparecido.

Annette me excusó diciendo que había tenido un día difícil de trabajo, y sugirió que una ducha me haría bien.

No tuve otra alternativa que meterme bajo el chorro de agua helada un rato largo.

En el baño deseé que nunca hubieran venido a visitarme, odié haberme sentido feliz con ellos; me sentí estafado ante ese sentimiento horrendo de paz y sosiego, y decidí que lo que estaba haciendo era lo único razonable: arruinarlo yo antes de que pudieran arruinarlo ellos.

A la salida de la ducha me esperaba Annette en la habitación.

«Te estás portando como un crío, Zadik. Es de mala educación lo que estás haciendo con tu hermano, y no voy a permitirlo en mi casa».

Me sorprendió verla tan molesta por un enojo que la excedía, pero no respondí nada.

Ella, que podía saber exactamente lo que estaba pensando, esgrimió un argumento más que convincente: «No quiero estar incómoda con tu hermano y tu cuñada en nuestra propia casa. Se irán mañana, pero no quiero pasar doce horas de sufrimiento en mi hogar. Hazlo por mí si te faltan razones».

Con eso dio la discusión por terminada y salió por la puerta de la habitación.

Annette había usado la única razón a la que no podía negarme y era ella misma.

No estaba seguro de si lo había hecho porque sabía que no tenía otra alternativa, o porque genuinamente esa era su preocupación.

De cualquier manera, cuando dejé mi cuarto yo parecía un hombre nuevo.

Amable y dispuesto, amoroso y condescendiente, y así nos fuimos a cenar a un restaurante del barrio, por insistencia de Pablo.

Cuando la cena estaba por terminar y yo no había probado bocado, Pablo interrumpió la sobremesa haciendo sonar su tenedor contra una copa de vino.

Se levantó de su silla en un acto solemne y le hizo una seña al mesero, que trajo un pastel sin velitas, pero con una elaborada decoración.

Visiblemente incómodo por tomar la palabra, mi hermano nos dijo, mientras lo mirábamos extrañados, que levantáramos la copa por mí.

Por su hermano Juan Francisco o «Zadik, como le dicen acá».

Que brindáramos por que mi obra iba a ir a la Casa de Nariño y que eso era motivo de orgullo para toda la familia, para nuestro apellido y para nuestro legado.

Cuando dijo «¡salud!» yo todavía estaba atónito, conmovido por la honestidad de su gesto, por lo simple de su homenaje y por la buena intención que había tenido todo el tiempo conmigo.

Me sentí avergonzado por mi actitud de unas horas antes, ridículo en mi incapacidad de disfrutar de la felicidad sin complejidades que me ofrecía Pablo y cruel en mi suposición de que él, al ser de mi familia, siempre tenía un puñal escondido en una mano, cuando el que daba el primer zarpazo era yo.

No me salió nada más que agradecerle de verdad.

«Gracias, papito», le dije mientras nos abrazábamos, y otra vez los ojos se me humedecieron, agradecido, sobre todas las cosas, por que Pablo hubiera podido perdonarme una vez más.

Antes de su despedida nos fuimos a caminar al Retiro.

María y Annette se quedaron comprando libros y nosotros aprovechamos para sentarnos al lado del lago.

El sol brillaba sobre el agua, una brisa suave mecía las hojas de los cedros.

Pablo y yo sentados en el pasto, como si la vida no hubiera pasado.

Él contándome de María, de la plácida estabilidad en la que transcurría su vida, y yo arrancando pedazos de pasto que le lanzaba, mientras escuchaba su voz con atención, sosegado ante su presencia.

Pablo me contó que Luciano seguía con Manuelita, que ya iban por el segundo hijo, y que me mandaba saludos.

Se quejó de su brusquedad, de la frialdad genérica con la que siempre le hablaba.

Yo sumé lo molestas que eran sus obsesivas conversaciones sobre la plata, la avaricia de todo lo que le salía por la boca, incapaz de hablar de cualquier cosa sin referirse a su costo primero.

Ambos nos reímos, y Pablo dijo al final que no quedaba otra que quererlo.

«Es nuestro hermano», me recordó, como si yo lo hubiera olvidado.