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Pablo y María llegaron a Madrid al final de un verano sofocante.
Venían de París, pero antes habían estado en Brujas, Venecia, Roma y Barcelona, y terminarían ese viaje con cuatro días en mi casa.
Ni Pablo ni María conocían Europa, por lo que habían tratado de apiñar todo ese recorrido en tres semanas, el tiempo de vacaciones que habían logrado rasguñar a sus respectivos empleadores.
Cuando Pablo me contó su itinerario, me pareció espantoso.
No supe qué aconsejarle de ningún lugar, porque pasar tres días en un país me resultaba un completo despropósito.
Pero no quise desanimarlo, así que le recomendé algunos libros y guías de las que yo había oído, que Pablo compró y siguió tan al pie de la letra que su viaje más parecía la conquista de un premio al gran turista que un viaje de placer.
Desde que me había anunciado su visita, un mes atrás, yo había estado algunos días inquieto y otros exultante con su arribo.
A veces me parecía que había cometido un error al invitarlo a mi casa y me preguntaba cómo íbamos a habitar el mismo espacio.
O me preocupaba de qué temas iríamos a hablar durante el desayuno y si mi casa con un solo baño no les resultaría demasiado incómoda.
Me ponía ansioso la perspectiva de los tiempos muertos.
¿Tendría yo que diseñar temas para charlar o los propondrían ellos?
¿María tendría las mismas costumbres que nosotros o no dejaría que sucediera el silencio?
De considerar esas y más preguntas hipotéticas, un malestar me contaminaba por días, hasta que Annette se daba cuenta y me serenaba con sus palabras desprejuiciadas.
«Es Pablo, tu hermano», me decía. «Has vivido con él antes y no ha estado tan mal».
Y yo me ponía como un cordero manso a sus pies.
Después del último verano, me había convencido de que mi único lugar correcto en el mundo era uno donde estuviera mi mujer y por eso estaba alejado casi completamente del mundillo del arte de Madrid, trabajando en una serie dedicada, en exceso inspirada en Bacon,
a retratos de hombres que se perdían en una tiniebla cruda de sí mismos.
Trabajaba más concentrado que nunca. Me encerraba en el estudio a las diez de la noche y no salía hasta las cinco de la mañana del día siguiente; iba al baño, me duchaba con agua helada y entraba a la cama al lado del cuerpo siempre tibio de Annette.
Mi disciplina marcial me había expulsado de cualquier actividad social y eso me había sosegado y me había devuelto la confianza en mí mismo.
Por esos días, lo único que existía eran el estudio, las brochas, el olor a trementina y un ánimo desmedido por volver a pintar.
Annette, que había terminado su gira, parecía cómoda con el descanso y el refugio que proponía nuestra casa.
Algunas noches salía con sus amigos del teatro, o con periodistas, o con conocidos.
Y yo podía ver cómo ella se hacía de un nombre importante en la dramaturgia española, pero su éxito no me amenazaba.
Me sentía complacido de verla triunfar, me hacía feliz que su cara saliera en recortes de diarios y en elogiosas reseñas.
Lo genuino de mi alegría por ella me hacía sentirme a salvo de mí mismo.
Entonces Pablo llegó a la ciudad. Para ese momento, la actitud de Annette era tan complaciente con su visita que yo había llegado a pensar que ella se aburría de mí y que quería pasar tiempo con otras personas en nuestra casa.
Aunque esa idea a veces me torturaba, concluí que incluso si ese era el escenario, no estaba mal, teniendo en cuenta que los últimos meses yo me había convertido en un ermitaño.
Le dije a Pablo que iría a buscarlos a Atocha.
Me había pasado los datos del tren en el que llegarían.
La noche anterior no pude dormir nada. Terminé de trabajar a las cinco, me acosté al lado de Annette y vi el amanecer sin poder conciliar un minuto de sueño.
Tenía una excitación extraña en el cuerpo.
Una sensación parecida a la que sentía cuando papá nos anunciaba que iríamos de viaje y el día antes al trayecto tampoco lograba pegar el ojo de imaginar el destino, de tratar de conceptualizar de todas las formas posibles aquello que él llamaba «el mar».
A las diez de la mañana estaba afuera de la estación.
Me había puesto un trajecito de lino azul, con un blazer del mismo material de color beige.
Era mi ropa elegante de verano. Cuando las primeras personas salieron por la puerta del tren, las manos me empezaron a sudar.
Sentía la nuca húmeda y el cuerpo frío de una emoción diáfana.
A lo lejos, vi a mi hermano con sus maletas.
Tenía un bigote oscuro que lo hacía parecido a Tom Selleck y había comprado un ridículo sombrero de cuero.
Venía con una maleta grande que cargaba al hombro; en el otro brazo, un morral y una cantidad de sacos que le colgaban como si fuera un ekeko.
Lo vi caminar torpe, con los pies chuecos como los había tenido siempre, atento a María, que caminaba a su lado.
Cuando estuvo delante de mí, antes de que yo pudiera sacar a relucir los distintos saludos que había practicado en su ausencia, Pablo dejó caer su maleta y me abrazó, mientras me daba un beso en la mejilla.
«Papito lindo», me dijo emocionado. Y yo no tuve ninguna duda de lo que debía responderle: «Mijo, qué rico tenerlos por aquí», le dije, con los ojos humedecidos, sorprendido yo también de no haber olvidado la forma de saludar a mi hermano.
Llegamos al apartamento veinte minutos después.
Pablo y María cruzaron la puerta al más extraño de sus destinos: mi casa.
Pablo miraba todo con los ojos estallados.
En la sala los recibió Annette. Los besó con el doble beso reglamentario, se confundieron y se rieron en esa impericia extranjera del pico número dos.
Annette y María estaban felices de haberse encontrado de nuevo, Annette y Pablo también.
Mi mujer los llevó a dar una vuelta por el piso, mientras Pablo hacía comentarios de la estructura del edificio, de las buenas fuentes de luz, de lo correcto de los acabados.
Miraban las pinturas de las paredes con exotismo y se cuidaban de no tocar nada, como si mi casa fuera una especie de museo o como lo que ellos imaginaban era el hogar de un artista.
Examinaron de cerca las esculturas que yo había hecho y había dejado en casa, se acercaron con respeto y prudencia a todas y cada una de las pinturas y, cuando por fin Annette los llevó al estudio, hicieron un gesto de reverencia.
Pablo me miró emocionado de una manera cursi; de repente pareció que él era el hermano mayor y yo un crío que no había desperdiciado su vida, sino que tenía una propia de la que alguien podía sentirse orgulloso.
Cuando me miró con ese gesto paternal, no pude evitar concebirlo como un embajador de papá y eso, en lugar de molestarme, me entusiasmó.
Annette y yo les mostramos el sofá de la sala, que habíamos dispuesto expresamente para la visita.
Cuando quise irme a mi cuarto para dejarlos acomodarse y descansar, Pablo siguió la conversación con una anécdota de papá.
De manera que me quedé toda la mañana con ellos, mientras María y Annette discutían cosas de los destinos que habían visitado, y ese sonido de voces continuo no me aturdió, sino que me adormiló en una calma como una meditación.
Fuimos a almorzar por plaza Mayor y después caminamos por La Latina.
Entramos a los mercados, tomamos cafés, comimos jamones y pinchos.
Al caer la tarde, fuimos a tomar unas cañas al bar donde Annette y yo nos habíamos conocido.
Todo era un largo diálogo que no terminaba nunca y que se iba comiendo las horas.
Volví a hablar con mi acento brusco y cada vez que tenía que dirigirme a los meseros, o a los taxistas, o a cualquier español, tenía que hacer un esfuerzo por volver a sesear y retomar el trato que acostumbraba.
Pablo, María y Annette se burlaron con ternura de mi bilingüismo, y Annette incluso dijo que era como estar con un esquizofrénico binacional.
Yo estallé en una carcajada alicorada por su descripción y vi que tanto Pablo como María esperaban a mi reacción para saber si podían reírse ellos también del comentario, pero apenas Annette rompió el hielo,
toda la prevención que podríamos haber tenido se diluyó y parecíamos una mesa de buenos amigos.
De buenos, viejos y conocidos amigos. Volvimos a casa pasadas las once.
María y Pablo se despidieron para ir a dormir y yo, en lugar de ir a trabajar, me fui a la cama con Annette.
Apoyé la cabeza en la almohada y la abracé, mientras hablábamos de lo bien que se veían Pablo y María.
Así conciliamos el sueño, como si la presencia de mi hermano y mi cuñada en la habitación contigua tuviera la extraña capacidad de hacer de mí una persona normal.
Al otro día fuimos todos a visitar el Prado.
Annette nunca había ido conmigo y decidió sumarse porque la promesa de mi guía le pareció un evento extraordinario.
«Vale, que conmigo nunca ha ido al museo. Soy la mujer de un artista que nunca ha sido guiada por las mejores obras», les dijo riendo.
Mientras caminábamos por los jardines, Annette les contó de mi obsesión por visitar el Prado hace algunos años.
Les dijo que yo solía pasar horas por entre los cuadros y que volvía a contarle sobre todo lo que había visto.
Pablo la miraba hipnotizado, como si le estuvieran hablando de otra persona que no fuera su hermano y como si ese mito fundacional que Annette compartía fuera una pieza que faltaba en el personaje que él había tratado de comprender.
Cuando subimos a la galería principal, María quedó extasiada ante los primeros Rubens.
Se acercaba y alejaba de cada cuadro con una observación perspicaz, y contrastaba con el mapa y con las fichas de cada pintura la información.
Ella conocía detalles de casi todos los artistas, se sabía de memoria la historia de los Borbones, sus filiaciones familiares, su problema en la mandíbula.
Recorrer el Prado con ella era como ir con una audioguía que ofrecía detalles históricos de cada obra.
Yo estaba gratamente sorprendido y Pablo la miraba admirado pero ajeno; conmovido por su sensibilidad, que dialogaba tan bien con la mía, y orgulloso del conocimiento de su esposa.
Yo me alegré de una manera tan primitiva de estar en ese lugar con mi familia que no supe cómo expresarles esa emoción porque nunca la había sentido.