La memoria es un animal esquivo 21 #3
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Me asomo a la ventana, eres la chica de ayer / jugando con las flores en mi jardín.

Pude sentir el suave aliento mentolado de su boca, su voz siempre frágil y aguda cantando en mi oído.

Su mano tocándome el torso desnudo, mi mano tocando el suyo.

La luz de la mañana entra en la habitación.

Nuestros cuerpos se tocaron, y yo le canté en el cuello.

Tus cabellos dorados parecen el sol. Entonces Josué se sonrió con pudor y bajó la mirada, solo para encontrarse con la mía, ya no cantando sino apenas recitando: Mi cabeza da vueltas persiguiéndote.

Levantó sus ojos emocionado y me dio un beso hondo, y yo sentí su barba rubia con la mía y su saliva tibia con una emoción que me sacudía como electricidad.

Seguimos besándonos en estado de éxtasis y la música de fondo que ya no se distinguía y la gente a mi alrededor que se había desdibujado.

Entonces, en medio del beso, mordí su labio inferior como una fruta madura y lo mordí fuerte, apretando con mis dientes un pedacito de su cuerpo, y cuando quise soltarlo no pude, porque mis muelas se apretaron más todavía, perforando su piel,

hasta que el sabor de su sangre me sació y me alejé riendo.

Josué me miró confundido, se limpió la boca con el dorso de la mano y me sonrió de vuelta mientras volvía a perderse entre los cuerpos humeantes.

Un calor insoportable me despertó y me encontré en un sillón de la sala del piso de Josué durmiendo solo.

No sabía ni qué hora era, ni de qué día y todo lo que la noche anterior me resultaba fascinante ahora me parecía sórdido y triste.

Busqué mi camiseta entre los restos de la fiesta.

Me vestí confundido y aplastado por la resaca.

El mundo se obturó clausurando la luz y la cabeza me retumbaba con violencia.

Recorrí el piso de Josué constatando que no había nadie más.

Miré de reojo por entre la puerta de su habitación y lo vi tirado entre otros cuerpos que dormían con él en la cama.

Me sentí tonto e ingenuo por haberlo besado, por haberme sabido importante para él cuando no me creía merecedor de su cuarto y de su séquito.

Fui a vomitar al baño de visitas de su casa, que parecía arrasado por la guerra.

Cuando salí menos intoxicado del vodka solo habitaba en mí una pena indecible.

Entonces, estando a punto de huir y caminar las veinte cuadras a mi piso, mi cuerpo decidió ir obstinado y decidido al estudio de Josué.

Y allí estaban, imponentes y enormes, las obras para la muestra de París.

Aquello que yo le había visto empezar estaba casi listo para ser enviado.

Eran cuatro pinturas de más de dos metros de alto por dos metros de ancho que ocupaban todo el taller amplio y luminoso de su piso heredado.

El trabajo era majestuoso. Un autorretrato suyo en fondo negro, de una oscuridad tenebrosa, que decía mucho más de él de lo que jamás hubiera sido capaz de transmitir con palabras.

Su rostro estaba desdibujado por un trazo brusco pero preciso.

Tenía un ojo gigante que se asemejaba a un planeta y uno diminuto, extraviado en formas redondas de su cara.

Era él, y era bello y misterioso como lo era su cuerpo.

Los otros tres cuadros hacían parte de un tríptico de fondo rojo intenso en el que se distinguía una forma humana que se iba desdibujando en el segundo lienzo hasta convertirse en un torso animal en el tercero.

Un animal desollado. Con costillas filosas que sobresalían entre su carne abierta, sin piel, sin rostro, con violencia.

Contemplé la obra en la habitación compungido, con un temblor en las piernas.

«Cuánta virtud», pensé. Me alejé para mirarlos desde otra perspectiva y me perdí en los detalles del fondo, en la profundidad que tenían esos retratos y su singularidad.

Al lado mío había una botella de trementina con la que Josué limpiaba los pinceles.

De pronto tuve el bote destapado en mis manos y el olor penetrante de la trementina escaló por mi nariz nublándome la vista.

Con los ojos llorosos arrojé trementina sin mezclar sobre los lienzos.

Primero con miedo y después con fascinación, en un estado febril que me hacía reír entre el llanto.

La trementina cayó sobre los cuadros y me salpicó quemando mi piel, y yo sentí que era parte de la obra, que su obra era mejor ahora que solo yo la había visto.

Josué me miró desde el marco de la puerta y cuando me percaté de su presencia lo miré fijo, como un toro manso, atento a su reacción, tomando impulso para destruirlo a él también entre la pintura y el aguarrás.

Pero él no se acercó. Se sonrió con desdén y dijo: «Haré otros, Zadi».

Se dio vuelta y volvió a su cama con el mismo desinterés con el que era dueño de su don.

Volví a mi casa demolido. Dormí una semana entera, hasta que volvió Annette, ahora sin padre, a ser mi madre, y yo me aferré a sus pies con urgencia.

«Nunca te vuelvas a ir sin mí», le dije mientras ella me consentía la melena.

«Nunca vuelvas a dejarme», le rogué mientras olfateaba su cuerpo como un sabueso.

Ella lloraba su duelo en mi hombro y yo lloraba el mío en su vientre.

Y así estuvimos un tiempo, hasta que el teléfono sonó tanto que tuve que atenderlo.

«Mijo, por qué ustedes nunca contestan en esa casa», fue lo primero que dijo del otro lado de la línea la voz de mi hermano Pablo.

Me decía que iban a venir a Madrid con María, que quería que al menos nos tomáramos un café —consciente de que la última vez que nos habíamos visto había sido la muerte del cura y la fiesta de su matrimonio que yo me había perdido—.

A mí me dio tanta alegría escucharlo que le dije que vinieran a quedarse a nuestra casa.

«No es mucha molestia, ¿no? No lo quiero incomodar, Juan Francisco», me repitió.

Y yo le dije que aquí en mi casa no podría incomodarme.

Entonces cerró la conversación avisándome que me traería cortados de leche de cabra de la tía Chela, y yo estuve seguro de que estaba feliz de verme.

Esa certeza fue lo que bastó para sanarme.