La memoria es un animal esquivo 21 #2
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Traté de persuadirla preguntándole: «¿Estás segura? Mira que no es sino que me digas y me voy a acompañarte», pero respiraba con alivio cada vez que me respondía que era algo que tenía que hacer sola.

A la segunda persona a la que quise contarle lo del cuadro fue a papá.

Me asaltó sin esperarlo el deseo de llamarlo, de escuchar su voz mientras le decía que el presidente del país quería que mi cuadro estuviera expuesto en la Casa de Nariño.

Me lo podía imaginar sonriendo con sutileza, para que no se le vieran las muelas que le faltaban y tratando de recatar su orgullo.

No me imaginé ese intercambio como una llamada cuya intención subterránea era el reclamo, sino como un diálogo en el que genuinamente yo estaba contento de que mi talento se hubiera reconocido y él verdaderamente se alegraba por mí.

Como padre e hijo. No lo hice porque la nostalgia me lo impidió y porque, antes de estallar en llanto de pensar que extrañaba a mi padre, pensé que lo único que quería era correr a la casa de Josué y mostrarle mi logro.

Caminé las veinte cuadras que separaban mi piso del suyo, expectante.

Imaginé en ese trayecto todas sus reacciones.

En una se alegraba y lloraba. En otra se alegraba tanto que se me acercaba y me besaba hondamente, y en la última se alegraba y le daba rabia tener que confesarme que él siempre me había envidiado, porque yo era su amigo, su artista favorito, su ejemplo a seguir.

Llegué a su casa perfumado, arreglado, altivo; su piso olía a tabaco y marihuana.

Sobre la mesa ratona de vidrio de la sala todavía quedaban restos de polvo blanco.

Una fiesta había tenido lugar en esa casa y yo no había sido invitado.

Josué ya estaba en su estudio, pintando serio, con un cigarro que le colgaba de los labios y en calzones, para sobrellevar el calor.

Trabajaba con juicio, con un entusiasmo que nunca le había visto.

«Acércate», me dijo, y yo fui caminando hasta su caballete, al lado de su torso sudado, con sus piernas largas y musculosas, mientras se agachaba y empinaba como un resorte, embadurnando de negro un lienzo.

«Qué bueno que has venido, Zadi», me expresó, sin siquiera mirarme.

Preso absolutamente de la obra en la que trabajaba.

Mi mano se acercó a su hombro con cautela, temía que al tocar su piel ardiera la mía y antes de tocarlo, de interrumpirlo y decirle «necesito que me mires, Josué, porque estoy a punto de ser un tipo muy importante», deslizó sin darse vuelta que estaba trabajando en una exposición para París,

en la que estarían los más importantes de su generación.

«Incluso un tal Caballero, compatriota tuyo, creo», comentó al pasar.

Me contó que el maestro Ortiz había estado hablando con él para dar a conocer su obra y que muchas personas estaban fascinadas en París con algunos de sus trabajos y quería llegar con algunas cosas nuevas.

No sonrió, no alardeó, no me abrazó, no me dijo nada más que eso mientras siguió trabajando y yo sentí cómo me desmoronaba.

Mis piernas se hicieron de un material endeble y me costó mantenerme en pie.

La vista se me nubló. Atiné a decir «qué bueno, te felicito», para que mi reacción no resultara sospechosa.

Sin dirigirme la mirada, Josué me respondió que gracias.

Nada más que eso. Y yo veía su cuerpo pintar con magistralidad ese lienzo mientras trataba de recuperar el aire.

La cara se me enrojeció, primero de tristeza y después de rabia contra mí mismo.

«Pero ¿cómo puede ser que esto pasara sin que yo lo supiera?»

, me recriminé. «He estado casi cada minuto de mi vida pensando en Josué, cada día de mis últimos meses visitándolo, hablando con él, ¿cómo puede ser que esto se me escapara?»

. Y después de esas preguntas siguió una confusión lodosa sobre cuánto de mí lo deseaba a él y su compañía y cuánto de todo ese tiempo que habíamos pasado juntos había sido una forma de espionaje, de controlar y vigilar su éxito para que no pudiera sorprenderme y, sin embargo,

cómo había fracasado también en esa tarea.

Después decidí buscar un culpable, y el único nombre que saltó fue, sin duda, el del maestro Ortiz.

«Viejo impostor», pensé. «Hombre horrible, maestro inútil e impotente, triste maricón avejentado que solo puede agenciarse a su objeto de deseo a partir de prometerle éxito en otro país. Depravado maestro, manipulador, cruel, mediocre,

que le dijo a Josué que era genial y a los demás que no valíamos nada solo porque no quería acostarse con nosotros. Ruin maestro Ortiz y malditos sean todos los meses que pasé en su estudio soportando su violencia y su inoperancia».

Y después de esa ola de rabia, quedó un apacible mar calmo de tristeza.

Me fui de la casa de Josué abatido. Él ni siquiera se dio cuenta de que me había ido.

Caminé las veinte cuadras de vuelta arrastrando los pies, arrepintiéndome de mis propios pensamientos previos.

No sabía si el maestro Ortiz quería cogerse a Josué, pero no importaba.

Yo sabía que no era cierto que esa fuera su única motivación para impulsar su carrera.

Josué era bueno, era un artista supremo y yo también podía darme cuenta de eso y esa verdad; el genuino merecimiento de su superioridad me hacía doler las tripas y me extirpaba el deseo.

Yo no era de esos a los que la envidia los motiva a hacer mejores cosas.

Yo era la peor clase de envidioso: el que no intenta ganar y solo siente pena por sí mismo.

Me quedé en cama durante los tres días posteriores, dando vueltas en las sábanas sucias, paralizado por mi miedo a intentar algo que no fuera tan bueno como un desecho de Josué, recriminándome por no poder ser como él.

Aterrado por saber que el mundo se daría cuenta de cuán talentoso era ese muchacho y este pequeño instante de éxito que yo había alcanzado se me iba a desvanecer de las manos ante su imponente presencia pública.

Entonces el mundo iba a concluir lo que yo ya sabía: Zadik era un artista menor.

Pero todavía tenía tiempo, me dije. A veces, durante esas horas de rumiar entre la vigilia y el sueño, vencido por la impotencia y la angustia, asustado de mi capacidad para imaginar el daño sobre otros, me entregaba a un padrenuestro que me devolvía la capacidad de respirar.

Cada vez que decía «amén», me sentía a salvo.

Me levanté de la cama liviano. Durante unos minutos la resignación ante mi mediocridad se sintió dulce.

Después, esa mancha de petróleo que me habitaba tiñó toda el agua de mi cuerpo de nuevo.

Ahora la culpa no era de Josué, ni mía, sino de mi padre y mi familia rudimentaria y bruta que, por supuesto, había limitado mis posibilidades.

Yo no era heredero de nada más que un árido parche de tierra triste, mientras Josué jamás había tenido que preocuparse por nada de su supervivencia.

Mientras yo estaba desempolvando libros de contabilidad, Josué estaba vagando por ciudades antiguas y museos prestigiosos.

Mientras yo cosía los zapatos para ir a clases dadas por curas malvados y siniestros, Josué debía estar con una institutriz que lo educaba en el buen gusto.

Yo había tenido que abrirme paso entre la orfandad, mis hermanos y lo hosco de mi padre, donde pensar siquiera en la palabra belleza ya era motivo de burla y castigo.

Hombres para los que solo existió el dolor y la opacidad, hombres que encontraban en la fealdad una virtud y se enorgullecían por ello.

«Por supuesto que yo jamás habría podido ser Josué», me repetí, «¿qué más se habría podido esperar de mí y del pantano del que salí?» .

Volví a la casa de Josué unas semanas después, entregado a ser nada más que un lacayo, un seguidor entusiasta de su obra y parte de la estela brillante que iba dejando a su paso.

Llegué de noche y en su enorme piso había una fiesta oscura en la que se adivinaban torsos que bailaban entre el sudor y el humo.

Inmediatamente me sentí ridículo, con mi jean y mi camiseta, inapropiado en mi atuendo común, incorrecto en mi falta de costumbre y en la falta de noche de mi cuerpo.

Yo era un sujeto del crepúsculo, pero usaba la noche para trabajar en soledad.

Salía poco, bailaba menos y ese piso burbujeante de cuerpos desprejuiciados me intimidó tanto que me sentí como un niño.

Pero no me fui. Sonaba Everything Counts y los cuerpos se movían espasmódicos con esa música que había inundado todo.

Eran en su mayoría hombres, pero también había mujeres, travestis, y toda una extensión de sujetos atraídos por el refugio lúdico del baile y por el talento que ya empezaba a rumorearse de Josué.

Yo había visto cómo su piso se había vuelto un lugar donde sucedían cosas, donde valía la pena estar.

El punto de ebullición de una estética que se concentraba en esa sala y que estaba por estallar.

Un ánimo que me costaba comprender, porque en el fondo siempre fui un campesino conservador.

Me acerqué a Josué, que estaba rodeado de un séquito de cuerpos que reían y bailaban con él.

Estiró su brazo y me dio la mano, jalándome hacia su cuerpo tibio por el calor y la humedad.

«Te extrañé, Zadi», me dijo al oído, y yo me supe importante, imprescindible entre los hombres que lo rodeaban y reían para él.

Me agarré de una botella de vodka y me moví entre la gente sonriendo, charlando de grupo en grupo y de boca en boca, consciente de cómo me iba mezclando entre la multitud y cómo me extraviaba entre ellos, con la certeza de que Josué me había extrañado y de que yo era trascendental.

Entrada la noche me quité mi camiseta vieja sin vergüenza de mi torso peludo, de mi panza, de mi falta de forma, de mi aspecto ordinario.

Me acerqué a una mesa y pasé por mi nariz la primera línea de coca que tomé en mi vida; me dio una lucidez tan brillante que me asusté de mí mismo, pero me sentí vital, invencible, como una avispa que sobrevolaba la enorme habitación.

Tomé más vodka, más whisky, más coca y todo se volvió espeso, pero me supe etéreo.

Las últimas semanas habían pasado y ya no era un fracaso, era un héroe, un artista, un tipo importante y por eso estaba ahí.

El bajo de La chica de ayer empezó a sonar y una euforia se encendió.

Bailé con los brazos y los pies, con la cabeza, sintiendo mis músculos tensarse y expandirse mientras cantaba a coro con Josué.