21
El sol del otoño se filtraba por entre las hojas oxidadas de las acacias japonesas y nos calentaba la cara.
Esa luz perfecta y elegante de la media estación se posaba con elegancia sobre Josué mientras caminábamos por todo Madrid y yo lo miraba pensando que era el hombre más bello que había visto; que su belleza encandilaba y que, como todo lo hermoso, no hacía ningún esfuerzo por ese estado de gracia.
Josué era mi Tadzio, y a su lado, acompañando su juventud prometedora, me sentía más viejo, más vulgar porque era un sujeto ordinario recorriendo las calles una y otra vez junto a un semidiós.
Nunca me había sentido como me sentía a su lado.
Admirándolo como se contempla una pieza de decoración y al mismo tiempo odiándolo día y noche, oscilando entre el amor y el éxtasis, y el desprecio y la angustia sin intermedios.
A veces sintiéndolo todo al mismo tiempo, sabiéndome agotado y avasallado por mis propias emociones, por mi propia falta, por mis ganas de estar con él y de ser él, que se mezclaban sin tregua durante aquel tiempo.
Josué tenía menos de veinticinco años entonces.
Era hijo de unos aristócratas españoles y su cara era refinada, con esas características que se perfeccionan a través de las generaciones.
La nariz respingada, los labios carnosos, el pelo rubio en bucles perfectos y los ojos de un tono azul frío y misterioso.
Aunque era alto, atlético y a todas luces una persona de belleza incuestionable, su ojo izquierdo bizqueaba, y aquello sumaba a su encanto más que desentonar.
Le daba a Josué la originalidad de la que habría carecido sin su defecto.
Lo hacía singular, como los arrepentimientos en los cuadros de los museos, a partir de cuyos errores podemos comprobar su valor.
Había llegado a la academia del maestro Ortiz al mismo tiempo que yo, porque creía que quería pintar y porque podía pagar lo que costaba, además de tener tres apellidos que hacían que la gente levantara las cejas y aceptara sin dudar cualquier oferta suya.
Sin embargo, Josué mencionaba poco su ascendencia e ignoraba casi todo de su linaje.
No quería ser un aristócrata ni un heredero.
Quería ser un maricón, como lo era, sin que nadie lo expulsara por ello.
Por eso, el trato que había hecho con su familia —supongo que un acuerdo tácito— consistía en que él no se presentaba a ningún evento familiar a cambio de nunca tener ni un solo aprieto económico.
Y como todas las cosas en su vida, Josué pareció aceptarlo sin esfuerzo, e incluso se mostraba indiferente ante el asunto.
Supongo que esa actitud displicente con todo lo que quería era lo que me resultaba tan fascinante como irritante de él.
Después de que fuera el único capaz de hacer un Velázquez, Josué salió del estudio del maestro Ortiz y prendió un cigarrillo como si su vida no se hubiera alterado en lo más mínimo por su logro.
No se quedó a recibir los aplausos, ni sobreactuó agradecimiento.
Sonrió, dijo «gracias», agarró su mochila y salió a hacer exactamente lo mismo que hacía todos los días: fumar un cigarrillo mirando hacia el cielo, sin expresar ninguna emoción.
Desde ese día nos hicimos cercanos. Yo tratando de descifrar su código interno, de robar algo que él tenía y de lo que yo carecía, y él tratando de hacer lo mismo que hacía todo el día, pero conmigo a su lado.
Durante nuestras primeras semanas de amistad fue difícil encontrar nuestro registro.
Qué digo nuestro, para mí fue difícil saber cómo actuar estando a su alrededor.
Y nunca dejó de serlo, pero esa dificultad con el tiempo se volvió el combustible de mi vida, de mi arte, de todo lo que hacía, y entender por qué él era mejor que yo era un fuego que ardía en mi interior, que me quemaba, pero me mantenía con vida.
Al principio, me resultaba llamativo que Josué no se mostrara interesado por mi vida.
Nunca me preguntaba nada que yo no tuviera la iniciativa de contar primero.
Además de eso, tampoco le interesaban mi obra ni mi premio.
Aunque yo no era un artista consagradísimo, mi nombre sonaba en algunos lugares de Madrid y ya empezaba a vender una que otra pieza.
Unos bodegones que había hecho por encargo me habían garantizado otro año de supervivencia.
Mi foto había salido en algunos diarios y todavía era «un artista prometedor», «un migrante con una mirada singular de su tierra».
Pero a él nada de eso le llamaba la atención, y menos lo hacía alardear sobre su obra.
Josué pintaba porque le resultaba sencillo y divertido.
Nada más que eso. Y, después de todo el tiempo que pasamos juntos, yo estuve seguro de que así como la pintura era lo que lo satisfacía con tal inmediatez, apenas encontrara otra cosa que se le diera con tal facilidad, cambiaría de oficio sin dudarlo.
La relación desinteresada que tenía con su enorme talento era para mí una daga permanente en el corazón.
Aprendí a hacerme su amigo y a habitar el mundo con esa espina clavada en el medio.
No solo era patético el enorme deseo que yo tenía de ser un gran artista, un deseo que se me escurría por los ojos y me hacía babear, sino que también era evidente que mi deseo era mayor que mis dotes para hacerlo y que esa relación inherentemente cruel me dolía todo el tiempo.
Josué entendía la imagen, la belleza. No necesitaba hablar sobre ella, ni teorizar, ni leer al respecto, ni saber todo sobre la técnica y los modos; él podía comprender lo bello y diferenciarlo sin ningún esfuerzo de lo común.
Podía transmitir emociones a través de la pintura; podía hacer lo que quisiera.
Su destreza no tenía limitaciones: un día podía ser renacentista y al otro día comprometerse con el cubismo sin dificultad.
Sin embargo, en ambos casos uno sabría, al ver un cuadro suyo, que lo había pintado él.
Así como Velázquez, Josué encontraba redundante firmar sus obras.
Su segunda cualidad inimitable era su capacidad para pintar la ausencia. Las figuras de sus pinturas podían transmitir terror, angustia, soledad, desasosiego, tristeza y desolación, y él no solo se valía de las expresiones en sus miradas para logarlo.
Cuando abría los ojos, lo primero que aparecía en mi mente era la cara de Josué, su visión estrábica, sus caninos salidos que lo hacían similar a un vampiro.
Muchas veces esa imagen era luminosa y cálida y me daban unas ganas de ir a verlo y abrazarlo y decirle «mi Tadzio» y que él me dijera «Zadi, hombre, vámonos para allá», e ir a caminar.
Otros días, aparecía rodeada de una materia verde viscosa, de una negrura absoluta.
Lo veía alto, como en un altar, mientras todo a su alrededor se prendía fuego.
Aquellos días me paraba de la cama y podía sentir cómo una gastritis me quemaba por dentro.
Iba directo a mi estudio y empezaba a pintar todas las versiones posibles de Josué.
Sus ojos desviados, sus dientes torcidos, su torso desnudo como el de un Dios griego.
No importaba lo que hiciera, él sería siempre mejor que yo e incluso si moría su obra opacaría la mía.
De manera que, con esa conclusión, iba de nuevo a su casa, como todos los días, pero en estos casos llegaba rendido, vencido antes de empezar y caía directo a sus pies, arrastrándome por su amplio y luminoso piso y besando apenas su paso, mientras él ni notaba mi congoja.
Cada tanto, cuando llegaba a su casa, de su cama salían furtivos amantes.
Muchachitos hermosos y livianos, a quienes yo miraba con envidia y quienes me devolvían el gesto con lástima.
Pero no me importaba: todos éramos devotos de la misma infecta y triste religión y ninguno de nosotros podía obtener del todo el amor de nuestro dios.
Ellos tenían sexo con él y trataban de poseerlo de ese modo; yo era su amigo, su «Zadi», y conmigo creábamos y caminábamos y esa era mi manera de tenerlo solo para mí.
Josué, a veces, cuando me servía un café en la tarde, apenas llegaba yo a su casa y alguno de su séquito se había ido, se sentaba a mi lado y apoyaba su cabeza en mi pecho.
Yo podía oler la fragancia intoxicante de su pelo y sentía también el rastro del humor de los otros con los que había estado.
Ahí él me tocaba el brazo y me decía: «Yo me siento seguro cuando estás acá», y yo me sentía importante, valioso, visto.
Me sentía persona cuando él me notaba, pero ese éxtasis duraba unos instantes para darle paso a la humillación.
Se sentía seguro, pensaba yo, porque soy un tipo ridículo que lo persigue todo el tiempo.
No tengo nada que hacer aquí y sin embargo no puedo irme a ninguna parte.
Una mañana de verano en la que el calor me había asfixiado toda la noche, llegó a mi casa una carta oficial del gobierno de mi país.
La carta, membretada en un papel elegante y formal, diferente al barato que había usado toda la vida en la correspondencia con mi familia, que era casi transparente,
me decía que el Gobierno de Colombia me felicitaba por haber ganado el Reina Amalia y que les encantaría contar con la obra para exponerla en la Casa de Nariño, en el salón de artistas contemporáneos que estaban montando.
La gestión estaba a cargo del Ministerio de Cultura, aunque había sido idea del mismísimo presidente.
Si bien era un proyecto que iba a tomar un tiempo, querían contar con mi respuesta lo más pronto posible para iniciar las gestiones de traslado de Ellos o nosotros.
La noticia me tomó por sorpresa. Yo nunca había expuesto en Colombia y esta oferta era ciertamente distinta a lo que me había imaginado que iba a ser mi debut en mi propia tierra.
Pero no por eso era peor. No era la prestigiosa invitación a una retrospectiva del Museo Nacional, pero era algo.
«Algo importante», me dije. «Algo grande».
Primero pensé en Annette y las ganas que tenía de contarle, no solo para compartir con ella el éxito, sino porque siempre quería agradecerle por lo que había hecho por mí.
En ese momento ella estaba en casa de sus padres en Rascafría, porque su papá estaba a punto de morir y tenía que hacerse cargo de los asuntos de la sucesión.
Cuando se fue, me alivió que me librara de la tarea de acompañarla.