La memoria es un animal esquivo 20
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No recuerdo casi nada del día en el que me anunciaron que había ganado el Reina Amalia; lo que sí recuerdo es el día después.

Me levanté a la mañana y abrí los ojos expectante.

La noche anterior habíamos celebrado hasta tarde con Annette; yo tenía muchísimos amigos entonces, y esa noche era un sujeto sociable y aclamado.

Habíamos hecho planes a futuro y todo se había resuelto de repente.

Fue liberador y excitante descartar la sospecha permanente sobre mi propio talento, acallar las voces que me indicaban que en realidad no servía para nada de lo que me había propuesto y que mis ambiciones eran ridículas, porque lo que realmente debía ser era un oficinista.

Durante aquellas horas tuve la sensación de que las cosas estaban en su lugar y por primera vez tuve la certeza de que era un genio.

Yo siempre lo había sentido, pero el mundo lo confirmaba.

Entonces abrí los ojos convencido de que esa certeza seguiría allí.

Pero apenas me levanté de la cama, constaté con angustia que la convicción me había abandonado.

Yo seguía siendo el ganador del galardón y ello me iba a garantizar una suma de dinero que jamás había visto.

Iba a poder comprarnos un piso y de esa manera retribuir a Annette todo lo que había hecho por mí.

Iba a ser reconocido por colegas y pares que no tenían idea de mi existencia y seguramente en Colombia iba a salir mi foto en algún periódico.

Yo iba a ser el secreto orgullo de mi padre, que jamás admitiría que no había errado tanto con mudarme.

Yo iba a entrar a alguna academia de artes a pulirme con algún maestro a quien admirase e iba a hacer parte de una generación; reconocido, elogiado y odiado por mis pares, pero nunca indiferente.

Iba a ser un artista prometedor y no un foráneo con delirios de grandeza.

Yo tendría que haber sentido todo aquello que me había acompañado la noche anterior, pero esa mañana ya no había nada de ello en mi habitación.

El premio seguía siendo mío, pero mientras el día pasaba me convencí no solo de que era un fraude, sino de que mi capacidad de engaño se había expandido y sofisticado a tal punto que yo había logrado engañar a los jurados, a los periódicos, a Annette y a papá.

Ya no solo no existía en mí esa euforia del éxito, sino que había sido aplastado por un temor nuevo: mi obra había sido solo un golpe de suerte, cuanto menos una mentira bien lograda y una artimaña de los españoles para congraciarse con el arte latinoamericano que nada tenía que ver con su calidad.

El triunfo del premio significaba, al mismo tiempo y de forma macabra, mi absoluto fracaso venidero.

Con lo que me dieron de reconocimiento pude comprar un pequeño departamento en Malasaña, cuando vivir del arte y tener una propiedad eran dos posibilidades para alguien de mi edad.

Pasaba los treinta, ya no era una joven promesa y sin embargo todavía podía trabajar duro para ser un artista más serio.

Después de Ellos o nosotros supe que yo no era un artista de esos que tienen chispazos adolescentes y crean obras memorables o son prodigios desde que nacen, sino que tendría que ser uno forjado con esfuerzo y disciplina, un obrero del arte.

No me sentía un genio, pero me había acomodado con serenidad en la certeza de la disciplina.

Compensaría mi falta de talento natural (que era la explicación para que me hubiera tomado tantos años ser distinguido) con una forma estricta de trabajar y después, siempre el después, cuando ya fuera alguien cuyo nombre hacía levantar cejas y generar reverencias,

entonces allí me permitiría la extravagancia de los otros artistas.

No sé por qué la distinción produjo en mí el efecto absolutamente contrario y me hizo más inseguro, más temeroso de mí mismo.

Me he dado muchas explicaciones a lo largo de los años, cuando todavía me importaba pensar en mí como Zadik, en mí como un artista y no como el viejo despojo que soy.

Quizás ahora, cuando ya tengo setenta y cuando mi cuerpo ha logrado esquivar la enfermedad y la decadencia gracias a la disciplina de mis ejercicios y al secreto terror que me da envejecer, quizás en este momento las razones que me digo sean las honestas.

Las únicas que valen la pena. Me dio terror cuando recibí el premio porque una vez se alcanza algo que se ha deseado tan profundamente, lo único que cabe es la apatía y la desolación.

Apenas ese esquivo insecto brillante y veloz que había atrapado entre mis manos fue parte de mi propiedad, sus colores y su brillo se perdieron por completo.

El prestigio no era tanto ni tal, no me hacía mejor artista y lo más cruel de todo era que nunca era suficiente.

Siempre había alguien más, mejor que yo, cuyo arte yo consideraba más honesto y cuya imagen podía usar para hacerme sentir más miserable y pequeño.

No importaba qué posición adquiriera, quiénes me aplaudieran o quiénes compraran mis cuadros, lo único que hice a partir del premio y de mi vida adulta fue sentirme pusilánime e impostor al lado de los demás.

Fue esa triste pulsión de saberme inferior lo que durante esa época me motivó a mejorar, y fue gracias a esa necesidad que llegué a donde el maestro Ortiz,

un hombre de bigotes extravagantes que imitaban los de Dalí pero al mismo tiempo escupían su desprecio por la escena artística española de entonces.

El maestro, un hombre no tan viejo como le gustaba parecer, con una voz ronca por fumar y las cejas altas, como si se las hubieran cosido al final de la frente, me recibió con desgano.

El trasfondo de su escuela (a pesar de que él odiase que la llamaran de ese modo) era similar a los orígenes de la educación militar, donde corresponde quebrar la moral de los recién llegados para sacar lo mejor que tienen para dar.

A pesar de que eso creara un aparente mal clima, los discípulos no éramos adolescentes sino hombres jóvenes (donde yo ya no cabía), y nos tomábamos su rigidez con un humor que lo hacía no solo llevadero, sino placentero.

A pesar de su tono áspero y de su forma de despotricar sobre todos los colegas de su generación y de otras, argumentando cada vez que el único artista español había sido Velázquez y que los demás eran apenas una lamentable imitación, el maestro Ortiz no se tomaba a sí mismo tan en serio.

Su pose era una clara y explícita manera performática de su arte y eso era, para él, igual de importante que su obra.

Estaba tan convencido de que nada valioso se había hecho después del Siglo de Oro que se llamaba a sí mismo maestro y no artista.

A pesar de eso, el maestro creía que podría llegar a encontrar a un sucesor digno de su admiración y que quizás él podría ser quien lo entrenase.

O una explicación más sencilla es que necesitaba comer y por eso dictaba esas clases, tenía aprendices y discípulos y disfrutaba de que haber pasado por su estudio fuera una garantía de calidad para quienes lo lográbamos.

El estudio era un hangar luminoso, lleno de manchones de óleo y telas colgadas y expuestas en caballetes, con un olor a trementina que te mareaba y te daban ganas de pintar al instante.

Se decía que se había gastado toda la herencia de sus padres en ese lugar, aunque nunca pude preguntarle.

A mí no me ofendía que dijera cosas horribles de mi trabajo, porque siempre tenía peores cosas para decir de los demás.

Éramos tres aprendices pero yo ni había reparado en los otros dos, porque ver lo que hacían me hacía temblar todavía más de inseguridad y porque ir al estudio del maestro era para mí una forma de meditación, o quizás una especie de pena que me sentía gustoso de tener que pagar.

Levantarme todos los días a trabajar, despojado de mi nueva «fama», de mi nueva «reputación», para ir a ser reducido a un seguidor, a un alumno, sin tener que decidir sino solo imitar.

Esforzarme y trabajar fue una experiencia extrañamente liberadora.

Después de más de un año de rutina y trabajo duro en el que pintábamos una y otra vez lo mismo desde distintas técnicas y de que la pintura y el arte se volvieran para mí nada distinto a los libros de contabilidad de mi papá, escuché los primeros aplausos del maestro Ortiz.

Expusimos nuestras obras, como a cada fin de mes y, listos para recibir sus insultos con agradecimiento y reírnos de su creatividad para ofendernos, hubo un silencio en su enorme estudio y empezó a aplaudir.

«Bravo. Bravísimo», dijo. «Vamos, que por fin veo algo aquí, veo el espíritu de la pintura, veo el arte de verdad».

Por supuesto, Ortiz exageró todos los ademanes, pero sus ojos sí se humedecieron cuando dijo que era la primera vez en más de cincuenta años que un aprendiz había logrado capturar a Velázquez.

Cuando lo vi así, el reconocimiento me desató un hambre que no recordaba, como un tiburón ante una estela de sangre.

Sentí cómo mi interior se despertaba y se regocijaba, cómo brillaba una luz que lo cegaba todo, y cuando estuve listo para agachar la cabeza y agradecer con humildad para que no se me considerara soberbio,

cuando ensayé en mi mente la reverencia exagerada que iba a hacerle al maestro diciéndole «el mérito es todo tuyo, maestro», entonces el nombre que pronunció Ortiz no fue el mío, sino el de Josué, mi compañero aprendiz, mi colega, otro que no era yo y que era mejor.

Un muchacho joven, rubio, alto y bello que había pintado el mejor Velázquez desde Velázquez y que hasta yo podía verlo.

Y Josué, como aquellos que lo han tenido todo y no tienen que simular la modestia, se sonrojó y agachó la cabeza con honestidad.