19 #4
La mejoría es tanta que incluso hablan de otra cosa, como en un desayuno totalmente cotidiano; en algún momento, María y Lisa dejan de mirarlo, se olvidan de él, y por esos instantes Pablo siente el alivio de ser irrelevante de nuevo y cuánta libertad le daba eso.
Las mira hablar satisfecho. Las escucha discutir sobre personajes de la universidad en la que ambas trabajan, María como docente y Lisa como investigadora de otra facultad.
Oye sus voces a lo lejos. La voz de su hija adulta se mezcla con su vocecita ronca de niña cuando lo acompañaba a mirar pájaros en el bosque.
Arrastra con el tenedor unos pedazos de huevo arriba de un pan, que es su desayuno favorito.
La luz de la mañana entra por la ventana de la sala y baña todo de calidez.
Pablo percibe la perfección de esta situación, la felicidad total que le trae este desayuno.
Piensa que no cambiaría este momento por ningún otro, que no está aterrado o temeroso del futuro, que no hay futuro mientras esto exista y las voces de su mujer y su hija lo acompañen.
Entonces tiene una certeza: el tiempo es ahora.
Cuando terminan de comer y toman más café, los tres deseando que la tarde nunca llegue, Pablo aprovecha su inesperada lucidez y les dice a María y a Lisa que no se va a operar.
Que no quiere esperar en la incertidumbre de su deterioro, que no quiere que pasen los días para todos mientras él se pierde del mundo, que quiere poder decidir cuándo y cómo, y que quiere que sea en el bosque, ellos tres, en el hogar en el que han sabido ser felices.
La atmósfera alegre que sobrevolaba la mesa se estalla como un vidrio cuyas esquirlas vuelan por toda la habitación.
María llora, Lisa la consuela; le gritan, se enojan, lo perdonan, vuelven a indignarse, le dicen que está mal de la cabeza, que ha dejado de entender, que igual ya no puede decidir, vuelven a disculparse.
Todo sucede en una escena que él percibe sin sonido, solo puede escuchar palpitar su corazón, el rugido del viento de la tarde que mece las hojas y antecede la tormenta.
Y allí advierte que no es ruido, sino un idioma que cada vez le es más fácil desentrañar; mientras pierde la capacidad del habla, gana una aptitud en comprender y descifrar otras formas de comunicarse y aquello lo asombra, pero ya no puede traducirlo a su esposa y a su hija.
Es algo que va aprendiendo solo.
Se trasladan a la casa del bosque. Sacan la cama del cuarto de Pablo a la sala, porque ya no puede subir las escaleras.
Él solo pide que lo dejen cerca de la ventana; quiere ver el rocío de las mañanas sobre el pasto verde.
Ya no hay médicos, ni esperanzas, ni estadísticas, ni expectativas.
Hay psicólogos y psiquiatras que lo entrevistan, y hay preguntas, una infinidad de incertezas que vuelan sin encontrar una respuesta.
Es legal que él acceda al procedimiento en Colombia.
Pablo lo sabe, pues muchos años atrás leyó la entrevista al médico encargado de realizar la mayoría de las eutanasias en el país.
El periódico lo llamaba Doctor Muerte, y el médico no refutó nunca su apodo en exceso amarillista.
En aquella conversación aseguraba que la muerte, en los casos en los que él la asistía, era una liberación para los pacientes.
Su verdadero milagro. Pablo había leído la entrevista sin poder imaginarse que diez años después recurriría a ese recuerdo porque él también querría ser merecedor del portento.
En su estado, cumple perfectamente con los criterios.
Es un enfermo terminal, todavía en uso de sus facultades mentales, que ha decidido sin coerción ni presión de terceros poner fin a su vida mediante una eutanasia, o muerte asistida.
Eso dicen todos los reportes que completan los profesionales.
Ninguno trata de persuadirlo de lo contrario, nadie procura convencerlo de que luche, de que espere la muerte de manera «natural», de que siga los designios de Dios.
Para todo el equipo legal y médico, la muerte ya lo ha alcanzado.
Y todos pueden ver con una lástima difusa, imposible de expresar sin recatos, de la mala suerte que este hombre es sujeto.
Le conceden la deferencia irrestricta a su decisión como la mejor ofrenda de respeto.
Van a visitarlo dos abogados amigos, con quienes pide unas horas de privacidad en las que da indicaciones que procura lo más precisas posible para cuando él ya no esté.
Pablo se siente aliviado de poder arreglar la burocracia de su ausencia, de ahorrar todo lo que pueda de esa enorme carga que le quedará a los que vivan.
Al enterarse de la voluntad de Pablo, Luciano va a visitarlo espantado.
«Piense en el tío Pacho», le dice. «Piense en qué dirían mamá y papá, Pablo. Si Dios no se lo quiere llevar todavía no podemos apresurar la decisión. Eso es un pecado, hermano».
Le ruega. Discute con María y con Lisa, que ahora son custodias de la decisión de Pablo.
Vuelve a la cama en la que está Pablo e intenta persuadirlo.
Camina como un jaguar enjaulado por la sala de la pequeña cabaña de campo que se ha transformado en el lecho de su hermano.
Una habitación rodeada por ventanales que miran a la naturaleza y que permiten que los árboles, ciruelos y feijoas, que las enredaderas de uchuva y el extraño palo de uva camarona sean testigos.
Pero Pablo no se inmuta y mira a su hermano con ternura.
Eleva un poco la mano derecha y la posa en la mejilla gigante de Luciano, que se acerca a su cara.
Pablo le da un beso dulce y su mirada se pierde por la puerta vidriera.
Luciano sale vencido de la sala. Es la única vez que su sobrina y su cuñada lo ven llorar.
Las dos mujeres lo consuelan, pero no lloran con él.
Luciano vuelve al cuarto y besa la frente de Pablo como cuando era un niño escuálido.
Quiere despedirlo como si fuera un padre que no es, y cuando se percata de la carencia que lo habita, se da vuelta y se va caminando por la carretera empedrada hasta perderse en el horizonte.
Cuando llega el día, Pablo pide que desayunen los tres en la cama, bañados por el sol mañanero que entibia el frío de la pradera.
Lisa y María le dan un pan con huevo que traga con dificultad, mientras ellas comen con él.
Toman el café cargado que les gusta y durante esa mañana, en esa habitación, hay una atmósfera de calma que Pablo creía imposible, que solo había percibido el día del diagnóstico y que se le escurrió durante las tres semanas que siguieron, hasta encontrarla otra vez aquí,
con su esposa y su hija en su último desayuno.
Las mira con fascinación diáfana. Ya no siente angustia, ni temor, ni el horror de perderse lo que quede.
Siente nostalgia, pero es una nostalgia feliz.
Sabe que ellas estarán bien. Eso se lo han dicho las figuras de su padre y su madre, que cada vez se hacen más frecuentes en la sala.
No son los cuerpos de Guillermo y Elena, sino su presencia, algo que él sabe que está ahí aunque no pueda verlo, como en un sueño.
Y se aferra a esa certeza sin esfuerzo. Las dos lloran, pero no con terror, sino con una resignación afable.
La lealtad y brillantez de María, el espíritu luminoso de Lisa.
«Qué milagro», piensa. «Qué dicha toda esta vida. Toda esta gracia. Todo este amor».
Agudiza el oído y puede diferenciar entre el aleteo de las tinguas y el de los copetones.
Y ve, a lo lejos, a través de la ventana, a un barbudito paramuno.
Se siente conmovido por la hermosura simple de esa ave, por su majestuosidad desprevenida, volando entre los árboles de su casa.
«Cuánta belleza», piensa. «Cuánta brutal e infinita belleza».
Y esa idea invade su mente en una tibieza blanquecina.
Cierra los ojos mientras el canto de los pájaros se hace más nítido en su mente, y a cada instante que pasa percibe mejor su lenguaje.
Hasta que es capaz de entenderlos del todo, de cantar como ellos. De ser un pájaro más.
Tercera parte