La memoria es un animal esquivo 19 #3
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Brutalmente honesto: «Después de la cirugía es difícil saberlo. Aunque cada caso es distinto y en algunas oportunidades algunos pacientes han podido hacer una vida más o menos normal durante dos o tres años, el promedio de vida después de la cirugía es de doce meses.

Pueden ser unos buenos doce meses».

Luego añade: «Aunque también pueden no serlo. En fin, se verá, como le dije».

Pablo sale con María del consultorio y cuando ella va a empezar los trámites de internación, él la agarra del brazo.

Ya no puede hablar con fluidez, pero a media boca le pide que vayan a hablar al carro.

María no entiende nada. No quiere perder tiempo.

Ella confía en que él es uno de esos casos optimistas, «uno de los buenos», le dice.

Incluso se arriesga a decirle que, quién sabe, hasta ella o Lisa podrían morir antes que él.

Pero Pablo sabe que ese consuelo es falso, porque ahora él es poseedor de una verdad que ni ellas ni el neurólogo conocen, y esa verdad es la cercanía de la muerte.

Él la ha sentido durante estos días. De hecho, ha podido ver algunas sombras que aparecen por su ojo casi ciego y él entiende, muy en su interior, que no son efectos visuales de su hemisferio dañado; son espíritus, son gente del otro lado que viene a anunciarle que su tiempo se ha acabado.

Por supuesto, Pablo no puede decirle esto a su esposa porque pensaría que está loco o culparía al tumor, y no lo hace.

Conserva esa certeza en su interior como una experiencia irreproducible, superior a todo lenguaje.

Sin embargo, le pide a María que vayan a casa y que mañana decidan; no quiere dormir desde ya en la clínica.

Y cuando ella trata de contradecirlo, él balbucea que no es un niño, carajo, y que merece respeto.

Entonces su esposa maneja en silencio hasta su apartamento.

Su casa se llena de objetos estériles: cánulas, medicinas, toallitas húmedas, más medicinas, botellas de agua, bolsas de suero.

María deja de ir a la facultad para acompañarlo el tiempo que ella presume le va a tomar estar listo para la cirugía, pero Pablo solo puede pensar en los altos árboles de la sabana de Bogotá, en el viento helado de la mañana, en el vuelo rápido de los colibríes,

en el sonido que le fascina de los pájaros carpinteros.

Piensa en su casa del campo, su pequeña cabaña suburbana donde había soñado retirarse, y cada tanto ese paisaje se le confunde con el del Catatumbo y su casa se convierte en una choza de palos como La Solitaria y ya no sabe bien qué es recuerdo y qué es real ni dónde está su cuerpo.

Ha convencido a María de que le dé una semana para operarse.

Entonces su apartamento se llena de más medicamentos.

Dexametasona varias veces al día para desinflamar el cerebro.

Toda clase de antiácidos para que su estómago aguante.

Y rivotril para dormir, al que Pablo se resiste.

Jamás tomó antidepresivos. Jamás tomó drogas duras.

No llegó a experimentar ni con las sintéticas ni con el LSD, que supo estar de moda.

Su política con los fármacos se extendía también a los legales.

Casi nunca un ibuprofeno ni un paracetamol.

Nada para paliar el dolor porque Pablo es hijo de Guillermo, un largo linaje de hombres que se forjaron a partir de jamás evadir las penas soportables de la vida.

María es la encargada de llamar a toda la familia y avisar «la situación».

Su hermano Luciano viaja a Bogotá con Manuelita y van a visitarlo todas las tardes.

Luciano le habla de Cúcuta, le cuenta chismes de los vecinos, de los primos, de los tíos.

Pablo sonríe. Luciano le construye un mundo de cotidianidad que se opone a su estado.

No puede hablarle nunca de la enfermedad y siempre que llega a su casa le pregunta cómo está de manera retórica.

Antes de que Pablo pueda responder cualquier cosa, le palmea el brazo y le dice: «Bien, mijo, está muy bien. Y va a estar mejor. Ya va a ver».

La misión de su hermano mayor, a la que se aferra con particular eficiencia, es la de evitar el silencio.

Pero cada tanto, Luciano se distrae del hermetismo de su narración y se encuentra de frente con la mirada de su hermano: su cuerpo enfermo, reducido; la mitad izquierda desparramada sobre el sillón y la cara desfigurada.

Entonces siente una tristeza punzante que lo obliga a callarse por unos segundos y estar presente en esa realidad, la de la agonía de su hermano menor.

Una tarde, Luciano no puede ir a visitarlo y se quedan María y Pablo solos en el sofá.

Pablo no quiere ver ninguna película ni que María le ponga música.

Cada vez se le dificulta más hablar, pero logra consultarle por Juan Francisco.

María duda, divaga, hasta que le comunica que habló con él, que lo llamó a Madrid, pero que él no le dijo si vendría.

Pablo da un bramido difícil de entender.

Las palabras salen de su boca con dificultad, pero habla el idioma del enojo.

Le dice a María que lo llamen inmediatamente, sin cuidado de las excusas que ella da sobre el horario.

María marca desde su teléfono, la línea timbra una, dos, tres, cuatro veces hasta que alguien atiende del otro lado.

Es Juan Francisco. María saluda y, rápidamente, motivada por los movimientos de Pablo, le pone el teléfono en la oreja.

Se ve que está urgido de hablar, pero algo del otro lado lo detiene.

Escucha atentamente la voz de su hermano.

María no sabe qué le dice Juan Francisco y, si no fuera porque puede adivinar el sonido de su voz a lo lejos, habría pensado que la llamada se cortó.

El gesto de Pablo cambia, la rigidez desaparece y una expresión de compasión se apodera de lo que queda de su cara.

Asiente con la cabeza, sus ojos se humedecen, el cuerpo entumecido se afloja.

María no lo interrumpe, aunque le encantaría saber qué le está diciendo su cuñado, qué clase de monólogo puede estar entablando que ha relajado así a su marido, que lo ha devuelto a una existencia previa a esta letanía,

a un grado de placidez hipnótico en el que no hay más sufrimiento ni lo aqueja la premura de la partida.

Después de varios minutos el murmullo que María puede percibir del celular se calla.

Pablo vuelve en sí, conmovido y enternecido, y dice con sorprendente claridad: «Yo también lo amo mucho, mijo».

Ambos se quedan en silencio unos instantes, escuchando sus respiraciones.

No le devuelve el celular a María, sino que dobla un poco el cuello para que no se caiga, para no perderse de las inhalaciones y exhalaciones que puede escuchar del otro lado.

Aquel estado de comunicación sin idioma dura unos eternos minutos, hasta que el teléfono se resbala de la oreja de Pablo y llega al piso.

Cuando María lo levanta, la llamada ha terminado.

Lisa va a acompañar a su padre cada minuto libre que tiene.

La familia ha dispuesto nuevos horarios para estar cerca de él la mayor cantidad de tiempo.

Pablo se siente conmovido por su entrega, pero también avergonzado.

Su actividad favorita se convierte en mirar por la ventana que da a la calle.

Empieza observando los cerros orientales, que se imponen verdes a lo lejos, custodiando la ciudad.

Contempla las ventanas, los postes de luz, la arquitectura de ladrillo.

Escucha los diálogos de la gente, que alcanzan a colarse por la ventana.

Un hombre que grita desde sus entrañas que vende aguacate, algunas risas sueltas.

Observa la calle y los escasos transeúntes.

Se pregunta cómo puede ser que él hace menos de un mes fuera uno de ellos, caminando liviano por la avenida y ahora aquello parece una proeza imposible para su cuerpo.

Nunca halla la respuesta. Cuando no mira la ventana se queda viendo fijamente a un punto en la pared; su corazón se acelera.

Lo percibe bombeando sangre por todo el cuerpo; incluso por el costado izquierdo, que ya le es ajeno.

Advierte una emoción cauta, pero no quita los ojos del punto fijo de la pared.

Su hija lo observa con atención. Ella quiere preguntarle qué le pasa, pero no tendría sentido.

Y no lo tiene. Él mira fijamente la idea de la muerte y trata de acercarla.

Cree que, si la contempla intensamente, sin moverse, se le va a hacer menos extraña y quizá si la conoce puede dejar de temerle tanto.

Cada vez le cuesta más distinguir entre el sueño y la vigilia, entre el calor y el frío, entre esta casa y la de Cúcuta.

Entre el recuerdo del patio de su infancia, de la risa de sus hermanos, de la lejana textura de las manos de su madre y el presente con Lisa y María y en su dulzura y su angustia se cuelan imágenes que inventa.

Piensa una y otra vez en samuráis que se mezclan con los muebles de su sala.

En guerreros japoneses milenarios que hunden sus catanas en su abdomen.

Cada vez que ve a su hija o a su esposa llorar, cada vez que las escucha encerradas en el baño ahogando las lágrimas con toallas, se siente pusilánime y triste.

Quisiera decir tantas cosas, quisiera ser el hombre que era y abrazarlas y cuidarlas y responder por ellas y decirles que todo va a estar bien, pero ya no puede moverse.

Lo que dice no se le entiende, y está atrapado en el laberinto que es el interior de su cuerpo marchito.

Una mañana lo sorprende con lucidez. Le dan la primera dosis de la dexametasona y, quizá por un efecto de acumulación o por un artilugio de su salud, adquiere movilidad en el costado izquierdo y la cara se le endereza un poco.

No ve por ese ojo con nitidez, pero vuelven algunas sombras y relieves.

Lisa y María se emocionan. Quizás es un milagro, quizá sí hay un Dios que las escuchó y revisó la injusticia que estaba por cometer.

Los primeros minutos, Pablo también se entusiasma.

Puede pararse del sillón sin ayuda e incluso puede ir solo al baño.

Se mira al espejo sin que nadie lo esté custodiando, se toca la cara recientemente asimétrica, su piel rugosa.

Observa a su lado la silla plástica que ahora está en la ducha para cuando lo ayudan a bañarse y todo aquello: los medicamentos, las cánulas, las gasas, la bacinica para orinar; todo le parece la utilería de una obra de teatro a la que nadie le preguntó si quería venir.

Sale del baño y María y Lisa lo esperan para desayunar.

La súbita mejora les ha traído no felicidad, sino directamente euforia.

Se sientan a comer y por primera vez en días no lo tratan con condescendencia lastimera.