La memoria es un animal esquivo 19 #2
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19 #2

La luz de la ciudad se filtra por las ventanas e ilumina la habitación con un brillo plateado.

Pablo besa a su esposa, primero con ternura y después con deseo.

Quiere mirarla a los ojos. Quiere verla como si no la hubiera visto nunca.

Le quita la pijama con delicadeza, destiende la cama, arroja las mantas y las sábanas que neuróticamente los cubren desde hace años, como si no le importara más qué tan tensas están sobre el colchón.

Porque no le importa. Una vez desnuda, contempla su cuerpo ante la luz de la noche.

Sus tetas caídas; la piel suelta de su abdomen; la cicatriz de la cirugía de la vesícula y también la de la cesárea que le marcan el ombligo como si fuera una cremallera.

Ve su cuerpo blanquecino y está convencido, como nunca antes, de que es la mujer más bella que ha visto.

La desea exactamente igual que el primer día, cuando tenían veinte años y cogían en el cuarto de la pensión en la que ella vivía.

La desea como cuando volvieron a tener sexo después de ese breve tiempo separados en el que Pablo fue amante de una colega cuyo cuerpo jamás le excitó como lo hace el de su esposa.

Tiene una erección firme, rígida, juvenil.

Siente que la verga le va a explotar en el cuerpo.

María la toca. Se arrodilla en la cama desordenada y se la chupa con urgencia, con ganas de comérsela toda, como si pudiera devorarla y conservarla en su interior.

Son dos cuerpos huérfanos en la penumbra.

No vienen de ningún lugar, no van hacia ningún destino.

Desciende entre las piernas de su esposa y siente la humedad.

Es su saliva, pero también es ella. Su pelo se enreda entre las almohadas y se viene en su boca.

Su esposa acaba para él y vuelve a besarlo enloquecida.

Pablo se cerciora de recorrer cada centímetro de su cuerpo con su lengua.

La penetra y mientras lo hace la mira. Sonríen.

Disfrutan de la cursilería amorosa y erótica en la que están inmersos.

Se funden el uno en el otro y sienten que el mundo se ha detenido ahí, que no existe nada más que ellos dos y su desnudez y su deseo y su amor.

Llega a un orgasmo intenso después de no sabe cuánto tiempo; el placer lo hace temblar desde la punta de los dedos hasta la coronilla.

Se queda sin aire, tendido en la cama, todavía mareado y complacido con el cuerpo sin ropa de su esposa acostado a su lado.

María apoya la cabeza en su pecho y él siente lágrimas que le caen de los ojos con prudencia.

María no solloza ni se agita, solo lo abraza con la cara mojada mientras ambos miran las luces de la ciudad desde la ventana.

Esa noche Pablo está seguro de que este es el final y que no hay nada que temer.

Durante todo el día se ha sentido poseedor de una sabiduría que le había sido siempre vedada: la de quienes no tienen miedo a morir.

Y al hacerlo, se ha encontrado con una extraña paz.

Respira hondo y se queda dormido; se siente bendecido.

Pero el día llega. Apenas abre los ojos se mira las palmas de las manos.

Las últimas veinticuatro horas lo aplastan.

Ya no siente el júbilo de ayer; se siente triste, de una manera desconocida.

Percibe un desconsuelo fulminante que lo vence en la cama.

Y después, ese ánimo sombrío se va y le da paso a un terror que lo aflige y lo obliga a reducirse a una posición fetal.

Se abraza las piernas con los brazos y se cubre la cabeza como si sus extremidades fueran el caparazón de una tortuga.

Tiene taquicardia, le sudan las manos; es un hombre de sesenta y siete años totalmente aterrado.

Se cubre con la sábana, esperando que nadie lo vea, deseando que todos se vayan y que quienes vienen por él no lo perciban.

Pero debe hacerse valiente. Tiene que comunicarle a Lisa el diagnóstico, contenerla, hablar con María, ver a los médicos, ver a otros médicos, esperar más diagnósticos, más tomografías, quizás una cirugía de cerebro, tiempo de recuperación, más suerte para no perder facultades motoras,

para no perderse en medio de una craneotomía.

¿Qué queda de él si le operan la cabeza?

¿Qué tanto de él reposa en el cuerpo carnoso de su mente?

Todo eso debe pasar y todo eso lo agota.

La idea de tener esperanza le genera cansancio.

La sola idea de dedicar el resto de su vida a mantenerse en pie le empieza a resultar carente de sentido.

¿Dónde quedarán las cosas que le gustan de vivir?

¿Las va a poder hacer? ¿Deberá dedicar cada minuto de su existencia a seguir respirando?

¿Cómo va a encontrar placer, ternura, gusto en esa actividad?

Esas dudas lo confunden y cuando le cuenta a Lisa ella llora, se abraza a su madre y lloran las dos, pero después se calman y se prometen ser fuertes, estar juntas en esto, estar todos juntos en esto.

Le dan la mano, le dan fuerzas, prometen acompañarlo y entenderlo, prometen que darán esta batalla como un ejército articulado y vencerán.

Sin embargo, él es el único que va a morir.

En su casa, con los dos amores de su vida, a Pablo lo embarga una soledad que no había sentido nunca antes en la vida.

No puede comunicarlo porque sabe que nadie entendería, que nadie sabe lo que siente, que nadie comprende las dimensiones de lo que tiene que asimilar, pero ahí, en esa sala, un poco aterrado y expectante, Pablo por fin entiende que nadie, ni su mujer, ni su hija, ni sus hermanos, ni sus amigos,

ni todas las personas a las que ha amado en el pasado van a poder acompañarlo en este momento, porque va a morir solo, por más que todos estén ahí para darle la mano y prenderle la luz, por más que le digan que el amor lo cuida y lo rodea, que el amor lo guía y lo ilumina.

Pablo se da cuenta de que nada de eso es cierto y de que la muerte es una sola soledad.

Los siguientes días son un calvario. Tiene que ir y volver de la clínica todo el tiempo, someterse a más exámenes, como temía, y ya no puede hacerlo solo.

Ya no puede hacer nada solo porque el deterioro lo ha pulverizado.

Desde que el neurólogo le informó el diagnóstico, su cuerpo parece haberse dado por enterado también y ya no tiene movilidad en el costado izquierdo; el ojo se le ha caído, se ve monstruoso y se siente pesado, como si estuviera hecho de plomo y no de carne y hueso.

Su esposa lo tiene que ayudar a ir al baño; cuando ella no está, debe hacerlo su hija, y ve todo sin profundidad, tuerto de su ojo izquierdo, sin comprender las dimensiones del mundo que habita.

Todos le hablan con condescendencia, despacio, como si de un día para otro se hubiera convertido en un niño al que tienen que limpiarle el culo y deletrearle las palabras.

Ahora, además de nervioso, desconsolado, resignado y triste, se siente iracundo.

Está impaciente, todo le irrita. Odia que el portero de su edificio lo mire con lástima cuando entra, odia que su hija lo vea mear, odia que su esposa le limpie las babas de la boca.

Se odia, odia esta situación, odia a cada médico al que visitan, odia la esperanza a la que está obligado, de repente sujeto a la probabilidad, preso de un optimismo que detesta porque es improbable y peor todavía, lo que más odia es que las personas, al conocer la información real,

se aferren al «milagro».

Se siente parte de una injusticia cruel.

Alguien ha cometido un error y él ha pagado todas las consecuencias.

Se arrepiente por no haber sido más malo en el pasado, por haber sido siempre tan temeroso y cuidadoso de todos los demás.

Quisiera volver el tiempo y alterar su buen comportamiento, su rictus de hombre correcto, su pago cumplido de los impuestos, su decisión de estar siempre del lado de la legalidad.

Se pregunta frustrado por qué no fue un contador de narcos en los ochenta: todo el mundo lo era.

La mayoría de sus compañeros que se dejaron tentar por contar billetes de la coca murieron o terminaron presos, es cierto, o murieron después de ir presos.

Pero ¿qué más da?, se pregunta, si ahora él también está muriendo y de una manera tan cruel que hace que un tiro en la cabeza parezca un gesto de benevolencia.

Le cuentan el procedimiento quirúrgico al que será sometido.

Muchas horas, craneotomía. El tumor se aloja en el hemisferio derecho, aprende.

Recuerda que hace muchos años en una cena alguien habló sobre los hemisferios del cerebro y sus funciones.

El derecho es el de los artistas: creatividad, emociones, sueños.

Desarrolla una hipótesis sobre por qué ignoró tanto tiempo su enfermedad y culpa a su profesión.

Si tan solo no hubiera sido un contador rígido como su padre, si lo hubieran dejado ser un escritor vivaz y osado, un artista como su hermano Juanfra, con quien siempre se entendió mejor, entonces quizás habría podido advertir que una fruta gigante crecía en su cabeza.

Pero no, no usa ese hemisferio porque se dedica a contar números y hacer balances y pagar impuestos y por eso, teme, habrían podido trepanarle la mitad de la cabeza y ni se habría dado cuenta.

Se reconoce a sí mismo que su teoría es por demás simplista, pero se frustra otra vez ante la vida que pudo haber sido y no fue.

El médico le dice que ha corrido con suerte, pues van a operarlo completamente dormido.

Si hubiera sido el otro hemisferio, le dice, lo habrían tenido que intervenir despierto.

«Una buena», comenta el doctor. Después continúa: «La recuperación es muy delicada y una vez recuperado, bueno, se verá».

Deja esa última frase inconclusa, y María le toma la mano a Pablo y dice: «Perfecto, doctor. Empecemos todo para que lo puedan operar».

El doctor añade que lo mejor es que lo internen de una vez, pues su estado es muy riesgoso.

Su cerebro está inflamado y, a pesar de los corticoides que le dan todo el día, sería mejor tenerlo controlado.

Pablo no repara en la última indicación, sino que se devuelve en la conversación y le pregunta al doctor que cómo así que «se verá», que qué quiere decir eso.

El neurólogo tiene que hacer una tarea que detesta y que le resulta penosa; es posible deducir que es un hombre que también usa más el hemisferio izquierdo del cerebro.

Pero ante la insistencia de Pablo, toma la palabra y le dice que va a ser honesto.