La memoria es un animal esquivo 19
48%

19

A sus sesenta y siete años Pablo cree que está listo para jubilarse.

Nunca ha querido ser un héroe. Está conforme con ser un buen hombre; uno correcto, un tipo amigo de sus amigos, hermano de sus hermanos, padre digno, esposo leal.

Quiere dejar el estudio contable, dedicarse a la vida en la montaña, pasar más tiempo allí que en la ciudad.

Quizá viajar. Ir una o dos veces por año al mar.

Quiere dedicarse a su hija y a María, a caminar con su perro por el bosque, a escuchar con atención el crepitar de los árboles en la tarde, a mirar desde una hamaca los pájaros beber agua del estanque.

Quiere escribir por fin a sus anchas, sin otra responsabilidad que perseguir su antiguo sueño.

Quiere que la muerte lo encuentre cuando su cuerpo no pueda abandonar la cama, cuando su hija sea ya grande.

Eso es lo que ha imaginado para el futuro hasta que empieza a perder visión del ojo izquierdo.

Al principio nadie se preocupa demasiado, pero él se siente levemente turbado.

Está durmiendo menos, inquieto, a la defensiva, atento en exceso a sí mismo, una costumbre que ha esquivado siempre para no pecar de vanidad.

Decide ir al oftalmólogo y allí, apenas con la revisión superficial, el médico hace un gesto circunspecto.

«Algo no anda bien», le dice, «pero no debe ser nada grave». Lo manda a un neurólogo, para chequear.

Le hacen una tomografía computada. La máquina lo aterra hasta el límite.

Tiene el impulso de salir corriendo en bata.

No puede soportar estar encerrado en ese cilindro ruidoso.

Le da taquicardia, le sudan las manos, recuerda el baño en el que lo encerraban sus hermanos, recuerda el miedo que tiene a la oscuridad, recuerda su pánico a morir, recuerda a su padre y a su madre y les pide por favor que lo acompañen, que le den la mano como si fuera un niño,

que no lo abandonen ahí.

El médico que lee sus exámenes se sorprende al verlo.

Es un neurólogo profesional, de antaño, educado para inspeccionar cerebros y ocultar sus emociones.

Para el médico es atípico ver su vigor. Antes de hablar del resultado, inspecciona su cuerpo.

Le pregunta varias veces si se siente bien, si no ha sentido algo raro, si sus funciones no se han visto dramáticamente alteradas.

Pablo responde con la verdad: que no. Que su rutina se mantiene exactamente idéntica: deporte, trabajo, amor, recreación, contemplación.

Que el chequeo anual de la próstata le dio mejor que siempre y que sigue tomando religiosamente el lisinopril para la tensión.

El médico lo examina con sospecha. Todavía no dice nada.

Un profesional como él tiene que estar seguro, y la presencia de este paciente le resulta un oxímoron, como si fuera directamente contradictorio que alguien que se ve así pueda tener el cerebro en ese estado.

Finalmente, le pregunta si quiere llamar a alguien, un familiar.

Una esposa, unos hijos, alguien que lo pueda acompañar «en este momento».

Pablo no sabe cuál es «el momento», pero lo intuye.

Fue solo al examen porque no quería molestar a María ni a Lisa.

Entonces sale del consultorio y marca un número extranjero.

Nadie responde. Le sale marcar el número de su casa de la infancia y llega a presionar las teclas de su teléfono como un autómata, antes de percatarse de que allí ya no vive nadie.

Considera seriamente huir y que cualquier fatalidad lo alcance sin que él se dé cuenta, sin que tenga que enfrentarse a este instante al frente del consultorio del neurólogo.

Mira sus pies, como ha hecho toda la vida ante el temor, y una calma lo embarga.

Una sensación de placidez que dura unos instantes lo ilumina, una exhalación profunda y brillante lo sosiega.

Entra al consultorio y le dice al médico que él recibirá la noticia solo.

El doctor le informa con pocos rodeos que tiene un tumor maligno en la cabeza.

Que maligno es poco para describir su daño, que el tumor está sorprendentemente avanzado para los pocos síntomas que ha presentado, que aconsejan cirugía pero que aun así, sus chances son pocas.

El médico apoya su mano sobre el hombro de Pablo, que la toca con delicadeza.

Atina a preguntarle si es hereditario y el médico responde que no.

Antes de que Pablo pregunte, el médico dice que no hay medicina preventiva para estos tumores, que no hay nada que pudiera haber hecho mejor o peor, que son arbitrarios, malignos en su aparición espontánea e impredecible.

Termina la frase diciéndole que es una cuestión de suerte, de mala suerte.

Pablo se queda con esa frase y sale del consultorio repitiéndose: «La mala suerte de morir».

Camina un rato por las calles de Bogotá.

Los colores le parecen más brillantes que nunca, el sol de la montaña le quema las mejillas y él mira hacia el cielo dejándose cegar por su luz.

Tiene la certeza de que puede escuchar a todos los insectos de la ciudad y también a todos los pájaros.

Agudiza el oído y las voces de los transeúntes, el sonido del motor de los carros, el chirrido de sus bocinas se han apagado para dejar paso únicamente al aleteo de las aves, al caminar de los perros callejeros, al maullido de los gatos abandonados, al canto de los grillos,

la lentitud babosa de los caracoles.

Se sienta en el muro de una tienda. No sabe si esa actividad le toma unos minutos o un par de horas porque ya no entiende el tiempo.

Considera pedir un taxi, porque cree que es desaconsejable que maneje en su estado.

«¿Qué es lo peor que podría pasar? ¿Morirme?»

, se pregunta, y la respuesta lo hace reír.

Se ríe solo, da una carcajada pura, limpia, extensa, casi histérica.

Se siente dueño de una libertad exclusiva, a la que nunca había tenido acceso, y decide volver por su carro y manejar.

Abre las ventanas, el viento se arremolina en el interior del auto y le refresca la cara.

Se siente joven, etéreo, extasiado. Sube por la circunvalar y acelera; se detiene en el mirador de La Calera.

Baja del carro y se compra una mazorca que se come apoyado en el capó, como cuando era un muchacho.

Ya no tiene sesenta y siete años. Ya no tiene edad.

Contempla la ciudad encapotada de contaminación, achina los ojos para verla en su majestuosidad y su extensión.

Se pregunta cuántas personas estarán viviendo en ese instante, cuántas de ellas saben que morirán y cuántas estarán a punto de nacer.

Se conmueve con la sola idea de que tanta gente pueda existir al mismo tiempo.

La mujer de las mazorcas le acerca unas servilletas.

Él cree que es para que se limpie la boca, pero la mujer lo mira con preocupación; entonces se percata de que está llorando.

Se limpia las lágrimas sin vergüenza y la mujer le dice que lo que sea que le está pasando no es el fin del mundo.

Pablo se conmueve con la amabilidad de los extraños, con ese gesto tan sutil de ternura.

Saca el teléfono de su saco y le manda un audio a su hija, en el que le dice: «Lisa, el mundo es hermoso. El cielo azul, la belleza y lealtad de los animales y el inexplicable milagro del amor. Te ofrezco todo esto, hija», y el audio se corta.

Pablo vuelve a su casa. Allí lo espera María.

Entra y la besa con intensidad, como si hubiera llegado de un largo viaje.

Ambos se sientan en el sofá. La tarde cae en su apartamento en Bogotá.

Es un atardecer majestuoso: de colores rosados y naranjas.

Pablo lo mira atónito; se siente agradecido con el mundo, se siente en paz con haberlo habitado.

Entonces, le cuenta a María cuál es el diagnóstico.

Pero ella no llora. Le da la mano mientras ambos contemplan la ventana y le dice que esto, como todo, lo afrontarán juntos.

Él se siente sobrecogido por el asombro.

El mundo le tenía un milagro: este momento.

Ese sol que se extingue y que da paso a la noche.

Deciden que llamarán a Lisa al día siguiente.

Ella ha estado muy angustiada con cosas de su trabajo y no vale la pena darle otra preocupación.

Esa noche comen sancocho, su comida favorita.

Es una casualidad que la empleada lo dejara hecho desde la mañana.

El cilantro, la carne, la papa; todos los sabores se destacan en su boca.

El recuerdo de la sazón de su madre, del gesto de aprobación de su padre cuando tragaba la primera cucharada.

Por un minuto está otra vez ahí, en esa mesa, con su mamá y con su papá, al lado de sus hermanos.

Está comiendo sancocho y del mundo no conoce ni la insatisfacción ni la angustia, y menos la tristeza.

María se excusa de la mesa y se va al baño.

Pablo la escucha llorar a lo lejos. Siente el impulso de pararse e ir a abrazarla y convencerla de que todo va a estar bien.

Le aflige el sufrimiento de su esposa. Cuando vuelve, María tiene los ojos hinchados, pero procura una sonrisa y Pablo le pasa el dorso de la mano por la cara con dulzura.

Ella lo agarra entre sus manos. Se aferra a él y cierra los ojos con fuerza, clava su nariz entre sus palmas para olerlas y él puede ver cómo ella intenta que ese aroma se quede para siempre.

Cuando terminan de comer, Pablo abre una botella de whisky que tenía reservada para una ocasión especial.

Piensa en decir que la ocasión es esta, pero no quiere ser dramático de más.

Salen al balcón y comparten un cigarrillo entre los dos.

«Una pequeña indulgencia», le dice Pablo riendo.

Le pide que le cuente su día y, aunque ella al principio se niega, la convence pidiéndole el favor.

Entonces María empieza a narrarle la rutina desde la mañana.

Inunda la conversación de detalles cotidianos, banales, sin importancia, y Pablo se siente fascinado.

Contempla las pequeñas arrugas de sus labios, la extensión preciosa de su boca al hablar, sus ojos verdes brillantes, las marcas permanentes de su risa, las canas elegantes que le caen sobre la cara.

La escucha hablar del plomero, que no fue; de la mezquindad del decano de la facultad donde dicta clase; del problema marital de su colega.

Es una escena normal entre los dos y al mismo tiempo Pablo desea que la normalidad hubiera sido siempre esta: estar consciente de la excepcionalidad de su esposa, del sonido bello de su voz y de lo refrescantes que son el frío y el silencio de la noche.

Cuando apagan sus veladores, Pablo se acerca a María y le besa los párpados.