La memoria es un animal esquivo 18
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La oscuridad se cierne sobre esta casa sin piedad. Para habitarla de noche hace falta acostumbrarse a la ceguera. Afinar el oído, agudizar el olfato, forzar las pupilas para que se filtre algo de luz hasta poder moverse como un animal nocturno.

Pablo siempre tuvo terror de la noche. Le sudaban las manos desde que empezaba a caer el sol y cuando el momento de apagar las luces llegaba, se apresuraba a meterse entre su sábana, cubrirse con ella de los fantasmas que lo atormentaban y rezar para que el sueño lo alcanzara pronto.

Pero le costaba, casi siempre, porque antes de dormirse le agarraban ganas de orinar.

Después de que papá lo regañara por mearse en la cama, Pablo supo que eso era más terrorífico que cualquier cosa que pudiera atacarlo en su camino al baño.

Entonces se armaba de valor. Apoyaba sus piecitos descalzos en las baldosas heladas de nuestro cuarto y emprendía la carrera por el pasillo sin levantar la mirada para no encontrarse con el vacío infinito de la cocina, con sus sombras atemorizantes.

Apenas llegaba al baño, prendía la luz. Luciano y yo esperábamos pacientes a que esa urgencia lo despertara y corríamos cautos, sin siquiera susurrar, cada uno seguro de su tarea, hasta la puerta del baño.

Luciano sostenía la puerta desde afuera y yo era el encargado de apagar la luz.

En consecuencia, él quedaba solo en ese cuarto diminuto sin ventanas ni aire.

Aprisionado en el baño de visitas de la casa, acompañado únicamente de su terror.

Al principio nos rogaba con dulzura: «Por favor, ábranme. Se los pido. Yo mañana hago lo que ustedes quieran, soy su esclavo si quieren. Soy su esclavo durante toda la semana, pero déjenme salir».

Luciano y yo no cedíamos y además nos manteníamos en un silencio absoluto hasta que Pablo dudara de si verdaderamente éramos nosotros o si era la llorona, la patasola, o los indios,

que para esa época ya se habían convertido en borrachos y jugadores que usaban jeans y bebían ron como si jamás hubieran sido nómades ágiles en la mitad de la selva.

Pablo volvía a intentarlo: «Luciano, Juan Francisco, yo no le digo a mi papá, pero ábranme la puerta».

Y los dos nos quedábamos afuera, sin movernos, Luciano con placer y yo con obediencia.

Como no le abríamos, el espanto se apoderaba de mi hermano menor.

Empezaba a hiperventilar y a llorar desesperado, a golpear la puerta, a golpearse a sí mismo, a luchar contra lo que no podía ver pero sentía, a gritar de impotencia y angustia.

Yo le decía a Luciano que paráramos, y Luciano no soltaba la puerta.

«Tiene que aprender a no temerle a la noche», me decía, pero Pablo no aprendía.

Y no aprendió nunca a convivir con la falta de luz, con la ceguera, con los fantasmas de nuestra casa y con las leyendas de los muertos que recelaba vinieran a acecharlo.

Segunda parte