17 #2
La conduje por la terraza hacia el lienzo y ella miraba confundida los tubos vacíos de óleo, los pinceles, los rastros de una vida nocturna que desconocía.
Entonces, cuando estuvo al frente se quedó en silencio.
Escuché a las palomas ulular mientras ella lo contemplaba.
Se tardó más de quince minutos en decir algo, en moverse siquiera y cuando lo hizo, se dio vuelta y me dijo: «Es perfecto».
Después de su primera impresión me besó profundamente, mientras me decía que me amaba.
«Es todo lo que esperé que fuera». Yo también estaba emocionado, por la obra y por ella.
Con su cabeza cubierta por el pelo blanco que tenía desde los quince años y sus manos finas al frente del trabajo que me había tomado meses, eso tenía algún sentido.
Y ella se lo daba. Al rato se dio vuelta como quien se percata de una urgencia.
«¡Falta algo!», gritó, y yo la miré confundido.
«No lo has firmado. ¡Tienes que firmarlo ahora!»
. Cuando terminó de decirlo, la angustia volvió y el gesto se me entristeció.
No quería firmarlo, no quería que Juan Francisco fuera el nombre de mi obra.
Le dije confundido que no sabía cómo firmar, que Juan era demasiado genérico, que mi apellido no me gustaba; aunque en la enumeración había una secreta pero legítima resistencia.
Yo ya no quería ser yo, o al menos no quien había sido.
Cuando la sola idea comenzaba a deprimirme, Annette se echó a reír con una especie de euforia por el cuadro y por mí.
«Pero quién te dijo a ti que tienes que firmar con tu nombre. Esta es tu obra y aquí puedes llamarte como tú quieras. Aquí tú eres quien tú quieras», y volvió a besarme mientras fumaba.
Tomé un pincel diminuto, lo impregné de óleo negro y pensé durante unos minutos cómo se llamaba el artista que había hecho eso.
Me gustaban la z, última letra, y la k, por fonética.
No quería ser un anagrama de nada, mi persona no iba a ser un homenaje a nadie que no fuera yo y mi propia venganza, así que escribí zadik en la esquina inferior izquierda de ese lienzo y Juan Francisco dejó de existir.
Hace unos años, una periodista joven quiso hacerme una entrevista para una revista española sobre mi historia con el arte.
Conté esta misma historia que relaté, con los mismos detalles y quizá más: sumé algunas referencias a calles que bordean el Prado e incluso detalles de color sobre mis visitas, sobre mi olor, sobre mi estado,
sobre el despertar en mí de una urgencia artística y sobre el encuentro que había tenido con un deseo de decir algo que no fueran mi trauma y mi pasado, algo que pudiera ser más que yo mismo.
En la charla despotriqué contra aquellos colegas que hacían de su vida el único motor de su obra y cuestioné que toda obra de arte fuera interpretada siempre teniendo en cuenta la biografía de su autor, destacando el tamaño de su sufrimiento,
vinculando su tormento de manera inescindible a lo que hacía.
Recuerdo que por esos días esa pregunta me atormentaba mucho, si yo podría alguna vez ser más que lo que me dolía.
En aquella charla yo me sentía seguro, cité de memoria los textos que más me gustaban, salté con gracia de la literatura a la pintura, al cine, y recité sin fisuras una cantidad de versos y fragmentos de cosas que leí hace más de treinta años,
cuando todavía me interesaba leer para algo más que citar después.
En un momento la periodista se mostró agotada de escucharme.
Lo que yo decía no le causaba asombro e incluso había dejado de tomar nota.
Me interrumpió cuando yo estaba trazando un complejo paralelismo entre el arte de los sesenta en Argentina y en España, (que yo hacía parecer espontáneo, pero que ya había contado un centenar de veces antes).
«No quiero ser descortés, señor Zadik, pero esto que usted me cuenta yo lo he leído muchas veces antes; los detalles, los cuadros, las mismas obras que cita usted. Me preguntaba si podría tener para esta entrevista algún dato inédito de su encuentro con el arte,
alguna referencia que parezca menos ensayada; más real, por ponerlo en otros términos».
Por supuesto, al principio me enojé. ¿Cómo se atrevía esa niñata a cuestionar mi propio relato?
«¿Cómo te atreves a sugerir que me repito contándote mi encuentro artístico? ¿Que acaso hay otra manera?»
. Pero rápidamente me sentí un poco halagado por su investigación.
Ella había leído todas mis entrevistas, todas mis declaraciones públicas (que han sido escasas) y en ello había un rigor que merecía ser atendido.
La miré, divertido, y le dije que no me sentía en absoluto insultado por su pregunta (que era un insulto), porque no tenía ninguna importancia si lo que yo le contaba era exactamente cómo habían sucedido los hechos en la realidad.
«Son como yo los recuerdo», añadí, «y ese recuerdo se nutre de su narración repetitiva. Al final, lo único que habita mi mente es lo que conté, y ya no importa si lo viví así o lo inventé».
Unos días después, cuando me sentía menos seguro de mí mismo, llamé por teléfono al diario a pedir encarecidamente que esa respuesta se anulara.
La periodista se mostró inflexible, se publicaría con esa pregunta o no se publicaría.
Ella trató de persuadirme de que era una buena respuesta y yo me enojé más, y le dije que solo quería la primicia para hacerme quedar como un viejo ridículo.
Finalmente, la nota nunca salió. Una lástima.
Hoy puedo ver que esa declaración fue lo más original que hice en la última década.
Lo más artístico, si se quiere, pero por mi cobardía nunca vio la luz.