La memoria es un animal esquivo 17
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Volví a Madrid siendo un hombre vencido.

Apenas un resto de mí mismo. Volví sin saber que volvía.

Otra vez envuelto en una somnolencia que me pesaba, dejando que pasaran los días en mi buhardilla, sin distinguir el alba del atardecer.

No sé cuántos días estuve durmiendo, pero apenas pude ponerme en pie dediqué todas mis noches a pintar.

Abandoné el trabajo en el restaurante, el deseo de comer, de dormir, de coger, de contemplar cualquier otra cosa que no sucediera entre el lienzo y yo.

Trasladé mis caballetes, mis papeles y mis óleos a la terraza del edificio donde vivíamos, que estaba en estado total de abandono, y pintaba por las noches con la luz de algunas velas, acompañado por las ratas y las cucarachas,

por el silencio nocturno de la ciudad y los bocinazos o algunas risas que podían oírse a lo lejos.

Annette decidió entonces que ella seguiría su vida a mi lado; llevaba comida, agua y se encargaba de pagar la renta de nuestro cuarto mientras continuaba con el teatro.

Nunca supe por qué había decidido quedarse conmigo.

Sé que no se lo pedí; no pude decir nada así hubiera querido, porque las palabras habían vuelto a abandonarme.

No dependía de mí de ninguna forma y estoy seguro de que nadie habría podido amar al fantasma que yo era.

Sin embargo, por una lealtad amistosa, por una apuesta al futuro o por la arbitrariedad del amor, Annette estuvo ahí, haciéndose cargo de los dos, sin pedir absolutamente nada de mí más que mantenerme con vida.

Cuando no estaba pintando o durmiendo, iba caminando al Prado.

Vagaba como un perro callejero, con el pelo más largo y descuidado, con la barba tupida y desprolija; iba al museo a mirar fijamente todos los cuadros.

Y ahí, en esas salas cuidadosamente iluminadas, con el olor estéril de su edificio, una calma me sosegaba.

La belleza del arte fue mi única esperanza.

La ruta era siempre la misma, un recorrido que por más que me supiera de memoria no conseguía aburrirme jamás.

Entrar a la sala de las musas, sentir en el estómago una emoción anticipada.

Subir a la amplia sala principal, que se extiende varios metros hacia el fondo, con esa luz de una cúpula por la que el día entra pero no ciega, ilumina pero no arde.

Y caminar entre los Rubens. Siempre uno distinto, fijar la mirada en un detalle nuevo.

Siempre algo por descubrir, algún trazo por ver, alguna nueva idea de por qué y para qué se habrá pintado toda esa belleza a un mundo que ni la ha merecido ni ha sabido cómo recibirla.

Y de ahí sentir el vuelco del corazón, su palpitar galopante, asomar primero la cabeza y después el resto del cuerpo a la sala de Velázquez y mirar Las meninas hasta desear la ceguera y saber que, si uno deja de ver ahí mismo, podría darse por bien servido.

Alejarme y acercarme, reír, llorar, sentirme agradecido por ver eso un minuto y después miserable por mi falta, por mi mediocridad, porque nunca dejaré nada ni la mitad de asombroso.

Hay muchas razones con las que uno podría argumentar la emoción que produce Las meninas.

No soy en absoluto original en esto, ni lo era cuando iba todos los días a verlo.

Sin embargo, por mi pereza o mi espontaneidad, los motivos que me interesan son menos técnicos que afectivos.

El cuadro me emociona, me entusiasma de manera cursi, no puedo entender cómo se hizo (así lo entienda) y me maravillan tanto sus dimensiones como su profundidad, como la extrañeza de la perspectiva desde la que mira.

Y esa dicha es infantil y por eso la disfruto y por eso hago lo que hago: porque nada desde que era un niño me ha emocionado del modo que el arte tiene para conmoverme.

Frente a El jardín de las delicias habré pasado días enteros.

Contemplando su majestuosidad y su sordidez.

El detalle, la imaginación a disposición del color, de pensar en un mundo que no existía, de tomar todo aquello del universo que se habita y transformarlo en posibilidad.

Duraba en el Bosco largas semanas. Me acercaba al cuadro casi hasta que mi respiración chocaba contra los trazos de óleo.

La perfección de esa imagen, perdida entre miles de otras tan espectaculares.

Cada vez que uno ve una obra de arte es una experiencia distinta.

Cada vez que uno está frente a El jardín de las delicias está frente a un universo nuevo.

La Extracción de la piedra de la locura me hacía pensar en mí y en mi origen.

Primero con impresión y después con la certeza de que a quien le extraían la piedra era yo, que quien hacía el trabajo era mi padre y que todos los demás contemplaban con atención cómo me trepanaban vivo, siendo tan obsceno ser testigo como victimario.

Me convencí de que tanto en el cuadro como en mi casa, los locos, los lisiados, los crueles y malvados eran ellos y yo no.

Y por último, Goya. Ir al Goya del final, no al solemne, no al que pintó la guerra, que dibujó al mundo entero, sino al Goya atormentado.

Esa sala donde están sus cuadros negros, donde reside su última obra, los años de la turbación y la angustia.

¿Cómo habrá sido esa vida de Goya? ¿Cómo habrá concluido que después de pintar el mundo el único resquicio que le hacía falta retratar era el vacío oscuro y tentador de su mente, de su depresión?

Y Goya no temió. Se sumergió en el fondo de su alma, en la oscuridad de su miedo, de su recuerdo, de su corazón, y sacó de allí las más tristes obras de un hombre.

La única verdad de sus entrañas, por lo que cualquiera que deba ser respetado se embarca en el arte: para saber, sin espanto ni pudor, de qué está hecho por dentro.

La primera vez que vi a Saturno devorando a su hijo estallé en llanto.

No fueron lágrimas sutiles, sino un llanto estrepitoso, ruidoso, lleno de mocos.

Lloré como lloran los locos o los tristes, como si al mirar ese cuadro me acabara de enterar de una tragedia personal.

Lloré tanto que un portero del museo fue a verme y me acercó un pañuelo.

La intensa oscuridad de esa pintura al óleo; su fondo de negro profundo, la proporción de Saturno, su mirada enloquecida y resignada, el pequeño torso de su hijo adulto; sin cabeza y sin brazo.

No como el cuadro de Rubens en que Saturno devora a un bebé.

Lo inevitable del registro: el daño que hacemos a quienes queremos, cómo los devoramos vivos, descuartizados, sangrantes, porque es lo que tienen que pagar por nuestro amor.

Sin otra alternativa, ni Saturno ni mi padre podrían haber hecho algo distinto.

Salir del museo con la mente fresca, el deseo urgente y dirigirme a mi azotea a pintar: un cuadro tras otro.

Óleos que reusaba, papeles donde hacía bocetos.

Mil veces la cara de mi padre. Mil veces la cara del cura fundiéndose en la oscuridad.

Mil veces la expresión compasiva de Pablo, siempre antes de su perpetuo temor.

Mil veces la crueldad burda de Luciano. Mil veces el recuerdo borroso de mamá, su figura deteriorada en mi memoria, su visión siempre juvenil y siempre lúgubre.

Mil veces mi cara con una proporción diminuta, sin ojos, con un torso demasiado grande y unas piernas pequeñas.

Con un corazón demasiado extenso e inútil.

Después de retratar cuantas veces pude a todos los miembros de mi familia, hacerlos desde el impresionismo y también desde el cubismo, pintarlos con precisión y recargados para que parecieran barrocos y después conceptuales, cuando pude sacarme sus caras de encima, necesité también pintar el resto.

Darle un cariz a mi tierra; asignarle un color y un peso.

Una forma, que el lugar del que vengo pudiera ser una figura que cupiera en un rectángulo grande.

Yo, que era un ave herida, denunciaría a todos los participantes de mi grieta sangrante.

Las selvas del Catatumbo, la llanura de la ciudad, La Solitaria y los animales que ayudamos a extinguir de la tierra.

Dibujaría la frontera también; nuestro temor a su vocación barbárica, a ser invadidos, como si nosotros no fuéramos bestias peores, más pobres y más tristes que las del otro país.

Mi mundo se expandió y mi obsesión retratista pasó a una fijación impresionista por ese lugar, más política, más compleja.

En la ficción de mi mente, en el recuerdo decorado con mi imaginación y del tamaño de mi trauma, ahí estaba el paisaje en el que había crecido, ahí estaba lo que tenía que contar, lo que debía decir, el verdadero sello de mi exilio,

mi única mirada valiosa sobre el mundo que pudiera ser tan bella y violenta que dejara a la gente sin aliento y que siempre al observarla alguien se llevara una parte de mi peso.

Trabajé por días enteros sin hablar. Día y noche pintar, fumar, dar vueltas y volver.

No saber dónde se vive, quién se es. Que la necesidad por trabajar sea en sí misma un nombre y una nación.

La verdad es que no sé cuánto tiempo pasó ni recuerdo los detalles.

Tengo la imagen de mis manos en loop, manchadas y sucias, y un recuerdo vívido de una emoción intensa y real.

Recuerdo que un día me detuve de repente y el cuerpo agotado me pidió una tregua.

Casi ni logré llegar a la cama cuando caí desmayado, sin energía alguna.

Sin saber tampoco cuánto tiempo llevaba sin dormir.

Cuando salió el sol tuve la necesidad de ver mi obra a la luz del día, de manera que me puse el sobretodo y una bufanda y subí a la terraza con el sol pleno del invierno.

Miré el cuadro durante un par de horas. Con la compañía de las palomas que no volaban en la noche y en ausencia de las ratas que me habían acompañado durante esos meses, me dispuse a hacerle algunos retoques.

Faltaban un par de detalles mínimos, pero el cuadro estaba listo.

Una certeza me embargó por completo y por primera vez en la vida me sentí satisfecho.

Ni triste, ni vacío, ni angustiado, ni tampoco feliz: algo mucho mejor.

La mente se me serenó y durante unos minutos no deseé nada más que eso.

No quise ser otro hombre, ni estar en otro lugar, ni hacer otra cosa distinta a contemplar ese cuadro que por fin, como yo, estaba completo.

Bajé corriendo a la buhardilla. Annette estaba por salir a ensayar y la tomé del brazo.

No pude explicarle qué había pasado, solo la jalé por las escaleras, con una emoción pura y verdadera.