16
Me fue casi imposible conciliar el sueño.
El zumbido permanente de las ranas, las hojas que arrastraba el aire en el patio, algunos carros que deambulaban a lo lejos con música a todo volumen, el calor que volvía la cama pegajosa, el frío que me aquejaba a la madrugada, ese sabor amargo del pasado en la punta de la lengua.
Tenía una picazón en los pies que no podía sacudirme y que me acompañó hasta que clareó.
Entonces una ráfaga de viento entró al cuarto y abrió las puertas del mueble de mamá, que fueron cerradas con violencia por otro ventarrón unos segundos después.
Los músculos se me entumecieron. Annette dormía imperturbable a mi lado, pero me sentía diminuto en mi cama ante la inmensidad de la noche.
Cuando salí del cuarto después de algunos minutos de sueño profundo, ya estaban en la sala la tía Chela, papá y Pablo.
Los tres con el gesto ensombrecido y vestidos como si se hubieran levantado hace mucho tiempo.
«Su tío, el padre Francisco, murió anoche, mijo», me dijo papá, y Pablo me miró en silencio.
«Seguro estaba esperando a que ustedes estuvieran acá», acotó con ingenuidad rezandera la tía Chela.
Yo solo sentí una náusea insoportable. La mala noche, la muerte, el clóset de mamá y esta casa.
Se me bajó un poco la presión y tuve que tomar asiento, pero todas las palabras que tenía para decir desaparecieron y me acomodé como pude en el silencio.
A media mañana estábamos en la basílica con nuestras ropas de luto.
Annette y María nos escoltaban a Pablo y a mí; papá caminaba delante de nosotros.
Entramos al templo y dejamos el sol a nuestras espaldas.
Adentro olía a rincón y palo santo. Unas velas encendidas iluminaban nuestro camino y escasos rayos de luz se filtraban por entre unos vitrales violeta en los que estaba representado el viacrucis.
Jesús sufriendo una y otra vez. Jesús humillado ante el pueblo de Jerusalén.
Jesús convencido de que hay algo más que un cuerpo que duele.
Jesús crucificado y, finalmente, la cripta abierta y vacía tres días después, marcando su huida.
Reconocí a parientes, familiares, primos, tíos, amigos lejanos, amigos de infancia a quienes miré por el rabillo del ojo.
Bajé la cabeza y me concentré en mis zapatos, al lado de los de mi hermano, y en nuestros trajes pesados en medio de ese calor feroz.
Más personas entraban a la basílica y saludaban a papá, como si él fuera un doliente directo del cura, su remanente de familia, su extensión vital.
Cuando llegamos a las bancas que nos habían reservado, justo al frente del ataúd, me encontré desprevenido con los ojos de mi hermano Luciano.
Su cuerpo alto y corpulento, más grande que el de papá, con su cara afeitada al ras y su pelo peinado prolijamente con gel para el costado.
Siempre tuve la sensación de que su figura se había modificado mínimamente a lo largo de su vida.
Un niño que nació viejo y frío, como si por sus venas siempre hubiera corrido combustible en lugar de sangre.
Me abrazó con un gesto seco y me dio tres palmadas fuertísimas en la espalda que retumbaron en el eco del lugar.
No sonrió y la solemnidad del velorio del cura nos defendió de tener que fingir alegría al encontrarnos.
Me presentó a su mujer, de quien había oído, una mujer llamada Manuelita con un rodete estirado, que seguramente había nacido señora como él y por lo cual era imposible deducir su edad.
«Yo confieso ante Dios todopoderoso, y ante vosotros hermanos», repetí con disciplina, «que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión».
Entonces abrí los ojos. No fui capaz de decir «por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa».
No pude repetir esas palabras en un coro adormecido al frente del féretro del tío Pacho.
No me salió, y en su lugar una ira me enrojeció las mejillas.
Luego contemplé el ataúd, no con rabia, sino con lástima. Y no por el cura, sino por mí.
Cuando leyeron el Evangelio de san Juan, cerré los ojos de nuevo, obligado por una fuerza interior. «Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros», repetí.
La recepción del velorio era en casa de papá, a donde nos dirigimos todos en una caravana multitudinaria.
La tía Chela se dispuso a coordinar a tres empleadas y dos meseros que pasaban entre los invitados con canapés y vino barato.
A Annette le sorprendió la velocidad con la que había cambiado el registro: ahora se oían carcajadas y del duelo solo quedaba el vestuario.
Yo le expliqué que reír era una forma que teníamos nosotros de estar tristes, pero su confusión no amainó.
Luciano se acercó a hablar con Pablo y conmigo.
Lo siguió su mujer, a quien nunca le escuché la voz, y después el círculo fue haciéndose más grande.
Las voces de mis tíos y mis primos se orquestaban en una competencia de quién podía hablar más fuerte, quién podía hacer el comentario más mordaz y cruel y quién podía arrancar más carcajadas a los demás.
Un ritual que conocía de memoria y al que mi cuerpo reaccionaba siempre con el mismo rechazo.
Annette no entendía nada de lo que decían por la velocidad de sus acentos, pero no se sintió ofendida de que no la tuvieran en cuenta.
Al contrario, se refugió en susurros con María sin luchar contra la irrelevancia de sus voces femeninas en el diálogo que rápidamente terminó de expulsarlas por completo.
Todos empezaron a aportar sus anécdotas del cura.
La vez en la que había hecho mover de lugar la casa entera porque no le gustaba cómo estaban dispuestos los muebles; o cuando se encontró con el presidente del país y le sugirió un cambio de gabinete.
Rápidamente la conversación se convirtió en una disputa por narrar la mejor anécdota del muerto, y todas las voces se pisaban entre sí luchando por llegar a algún destino, como una manada de ñus.
No tardó en irrumpir el vozarrón grueso de mi hermano Luciano para imponer su cuento sobre el de los otros.
Contó cuando desechó un regalo que el cura le había traído en Navidad, tirándolo al piso porque era un carrito de madera que se le había hecho feo y pobre.
Entonces, el tío Francisco miró a mamá y, con un solo gesto, mi madre supo que tendría que desprenderse de su hijo para mandarlo al seminario.
Las palabras se amontonaban en la boca babosa de Luciano, que recordaba ese momento con gracia, e incluso recreaba la angustia impotente de nuestra madre ante la orden del cura.
Las risas se hicieron más fuertes, y Luciano aprovechó que tenía la atención de la sala para contar que a mí me había pasado lo mismo, pero no había sido un castigo sino un premio.
Mencionó que durante el tiempo en el seminario él escuchaba que todas las noches los «curitas depravados» —así los llamó— caminaban por los cuartos llevándose niños, entre esos a mí, pero él no podía cuidarme porque había armado un comando de defensa que no abarcaba mi grado.
La anécdota no causó carcajadas, a pesar de que Luciano intentara motivarlas con las suyas, sino incomodidad.
Los asistentes no sabían cómo reaccionar ante la sordidez de la historia.
De manera que Luciano, para no perder la atención, nervioso porque su cuento no había causado aplausos, agregó que cada vez que papá iba a visitarme al seminario yo me abrazaba a su cintura y le rogaba que no me dejara ahí.
Dijo que yo lloraba y le suplicaba que por favor me llevara, y papá tenía que agarrar mi cuerpo escuálido y jalarme con una fuerza inusitada hasta que me desprendía y él podía irse sin mirar atrás.
Cuando terminó de hablar se percató de que la sala estaba en silencio.
Los primos miraban al piso, tío Luis carraspeó y las voces y las risas desaparecieron dejando apenas el sonido de los ventiladores.
Papá miró a Luciano molesto y cambió rápidamente el tema, de manera que la conversación retomó su cauce y pronto volvieron las voces sobre algún otro asunto, haciendo que todos ignoraran con eficacia lo que acababan de escuchar.
Pero yo estuve ahí, y eso que se narró con tanta liviandad para que de mi sufrimiento quedara un chiste fue un fragmento de mi existencia que cavó un hoyo en mi interior.
Me sentí tan humillado que quise romperle la cara, pero no pude moverme.
No pude acreditar que todos supieran lo que había pasado y que pudieran tolerarlo como una broma, como si mi vida fuera eso, como si mi dolor estuviera hecho para divertirles.
Di media vuelta y fui a mi habitación. Me quise esconder bajo la cama como cuando era un niño.
Necesité estar solo pero nadie puede estar solo en la casa de la infancia.
No hay soledad en el lugar que ha abierto una herida.
Prendí un cigarrillo en el cuarto y miré por los barrotes del patio.
Extrañé tanto a mi mamá que quise meterme en el mueble que era suyo y encontrarme allí con ella.
No pensé que pudiera extrañarla después de tantos años, después de haber estado más tiempo viviendo con su ausencia que con ella; que el duelo no fuera a acabar nunca.
Me atormentó la banalidad a la que estaba forzado, la liviandad que me imponían para narrar lo que duele.
Entonces golpeé el mueble de mamá, lo golpeé tan fuerte y tantas veces que logré quebrar la madera maciza y lastimarme las manos con sus astillas.
Seguí con la mesita de noche de mi cama, la arrojé contra una pared y vi cómo se desperdigaba en pequeñas partes.
Rajé las sábanas con su olor a naftalina y rasgué la funda de las almohadas con mis dientes.
Mordisqueé la tela vieja y la escuché desgarrarse y grité ahogando mi alarido con la tela como quien grita en un agujero, y no supe qué era lágrima y qué era baba y qué era yo y qué era tela deshilachada.
Volaron plumas arremolinadas por el aire del ventilador de techo, y en un momento parecieron golondrinas que aleteaban libres por toda la habitación y se posaban sobre mis manos llenas de sangre.
Al otro día volví a Bogotá con Annette. No me despedí. No hizo falta. Tampoco llegamos al matrimonio de Pablo. Solo se puede estar en un evento trascendental a la vez, y el mío siempre ha sido la muerte.