La memoria es un animal esquivo 15
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Annette ya se había mudado del todo al cuartucho cuando llegó una carta de Pablo.

«Juan Francisco, ¿cómo está? ¿Por qué siempre es tan difícil tener noticias suyas?»

. Había conseguido la dirección como respuesta a una postal que le envié en su cumpleaños.

Y se había tomado tanto tiempo en responder porque yo la había mandado a nuestra casa y él ya no vivía ahí.

Estaba en Bogotá, a punto de terminar la carrera de Contaduría, trabajando en la famosa oficina de Roberto Herreros y haciendo una vida de verdad.

O eso me decía en la carta: «una vida de verdad».

No reparé en la clara sugerencia que hacía esa frase a que mi vida era una especie de farsa, y no lo hice por lo que siguió después.

Primero me contaba que yo había sido una especie de leyenda en la oficina de Herreros, donde aún se hablaba de la agilidad y celeridad de mis gestiones y donde Herreros todavía se lamentaba de que no hubiera seguido ese camino.

Después, me notificaba de su matrimonio.

Lo hacía con tanta dulzura que no me costaba imaginarlo asustado, como cuando era un niño.

Daba un paso grande hacia una vida que le habían dicho que tenía que elegir y el hecho lo petrificaba, aunque lo asumiera con la dignidad y altura que demandaba mi padre.

«Me caso, Juan Francisco. Llevo como dos años siendo novio de María, una periodista de buena familia que me entiende y me quiere, y yo la quiero a ella. Creo que es la mujer correcta para formar una familia.

Yo sé que es difícil y que usted seguramente está ocupado siendo “un artista” (las comillas las ponía siempre para referirse a mi oficio), pero le escribo con tanta antelación porque me gustaría que viniera. Va a ser en Cúcuta, así aprovecha y nos ve a todos.

La tía Chela me pregunta todo el tiempo por usted y nunca sé qué responderle. Ah, y otra cosa que debía decirle al principio de esta carta: ahora sí parece que el tío Pacho se va a morir, así que quizá su visita cumpla distintas funciones».

El resto de la carta la olvidé porque con lo del cura quedé petrificado.

El cura, Cúcuta y la nula mención sobre mi papá.

El esfuerzo que habría hecho Pablo por no mencionarlo o la manera en la que mi padre ya me había condenado al olvido.

Apoyé la carta en la cama y todavía compungido prendí un cigarrillo.

Annette salió de la ducha y me preguntó por su contenido, y no tuve más opción que decirle la verdad: mi hermano se casaba, estábamos invitados, no podríamos ir, y el hermano de mi mamá moriría quizás al mismo tiempo.

Me iba a tomar algunas horas asimilarlo, le dije.

Y necesitaba ponerme a trabajar. Seguía yendo al restaurante, pero también pintaba a carboncillo sobre cualquier superficie que tuviera cerca.

Pintaba el cuerpo de Annette, infinitas versiones sobre su nariz y también el cuerpo de ella empequeñecido ante el de su padre.

Estaba obsesionado con las figuras humanas que recordaba, con el cuerpo de todos los hombres que me impresionaron alguna vez, de mi padre a mi primo, de mi primo a mis hermanos, de Memo a mis tíos, y mis dibujos fueron convirtiéndose rápidamente en un diario de campo de mis recuerdos oníricos.

Hacía retratos todo el día. Aunque no eran buenos y yo todavía no tenía nada que decir, eran la muestra de una intención, de la acción de un artista.

Al menos daban cuenta de algo imprescindible para mí: una pulsión.

Mis pinturas, todavía vacías y predecibles, eran múltiples; decoraban todas las paredes del cuarto y se desplegaban por el piso de la habitación.

Quería ser un gran retratista entonces. Quería ser también un muralista digno y para eso tenía que saber pintar caras primero y, además de saberlo, después tenía que desaprender la técnica estéril y sumarles corazón.

Por esos días había pasado de Pedro Nel a Siqueiros y a Rivera, y también hacía retratos de toda la marginalidad madrileña tratando de captar el espíritu de la promesa europea y su decadencia.

Procurando que en esos bocetos quedara algo de esa queja mía, de esa observación foránea de un mundo que no existe y que ya no existía por entonces.

Annette, que nunca me preguntaba nada porque ya lo sabía todo, intuyó que era importante que fuéramos a Cúcuta y propuso que su padre costeara nuestro viaje a manera de venganza.

Por supuesto que jamás dije esa verdad en mi familia.

Lo que conté cuando volví fue que era un pintor exitoso que había podido pagar el viaje hasta el otro continente.

Y Annette nunca me contradijo. Compartíamos esa mentira.

Nos hacía cómplices en el rechazo de nuestras familias y nuestra secreta necesidad de deslumbrarlos.

Los meses pasaron y el viaje se acercaba.

La tensión se expresaba en las muelas al dormir y en fumar más que nunca.

Cuanto más cerca estábamos de la fecha, más tortuoso se hacía mi sueño.

No tuve pesadillas recurrentes, pero sí tuve una en la que yo sacaba del clóset del cuarto de mamá a una boa gigante.

El animal estaba muerto y el interior del clóset era un estanque de agua pútrida rodeado de oscuridad.

Yo abría el mueble y veía una cola de reptil sobresalir y me acercaba para tocarla.

Estaba helada y yo tiraba de la cola sin saber bien qué me esperaba del otro lado.

Sacarlo me tomaba un enorme esfuerzo, y una vez afuera todo quedaba cubierto del agua espesa y oscura del estanque.

Yo examinaba con cuidado la serpiente. Su cuerpo inerte parecía rígido y en su panza sobresalía un bulto extraño.

En mi mano aparecía un cuchillo y tajaba la culebra por la mitad.

Entonces descubría en su interior un cocodrilo pequeño que se había tragado, todo cubierto por un moco grisáceo.

Muertos los dos, la culebra y el caimán, fuera del clóset de mi mamá, que no albergaba su vestido verde pálido ni su recuerdo, sino animales que se comen unos a otros y que mueren en una brea negra y aceitosa de agua estancada e infecta.

En Bogotá estuvimos un par de días y llevé a Annette a recorrer el centro.

De La Candelaria a la plaza de Bolívar, y de ahí al cerro de Monserrate.

Ella nunca había estado en América Latina, pero no se mostraba en exceso sorprendida por nuestra realidad.

No buscaba en nosotros rasgos exóticos ni trataba a la gente como piezas de un museo o animadores de un circo.

Ese prejuicio de los europeos no era un cuento mío.

Lo único que yo había escuchado desde que estaba en España era un tono de sorpresa y burla cuando se me preguntaba por mi país; una forma que tenían los europeos de hablar de todo lo que no fueran ellos que me hacía sentir como un mono de exhibición y que siempre me resultaba humillante,

así la intención de ellos fuera genuina, porque en su curiosidad exótica no había más que ignorancia y porque ser yo el observado y no el observador me recordaba bien que no era todavía parte.

Annette, en cambio, se conmovía por lo simple y escuchaba mucho más que en Madrid, como si en Europa ya nada la sorprendiera y aquí, en esta tierra ajena, mis palabras cobraran un valor distinto.

Me preguntaba por cada detalle, cada vivencia y cada historia, y caminábamos de la mano bajo el lluvioso cielo bogotano durante horas, abrazados, con las manos en los bolsillos, como la imagen del amor.

Después, cuando llegábamos a la pensión en la que nos quedábamos, nos bañábamos con agua caliente juntos, pegados uno al otro bajo el chorro hirviendo que cubría nuestros cuerpos y ella me besaba cada músculo,

buscando en mí las marcas de un país como se busca en un soldado las cicatrices de una guerra.

Cuando llegamos a Cúcuta, el calor nos quitó el ánimo curioso.

Yo, asfixiado por los nervios y el desgano; Annette, mareada por el sol ardiente y el ritmo de la ciudad.

Íbamos a quedarnos en mi casa, la casa de mamá y de papá, la casa de Pablo, la casa de Luciano y la nuestra.

La tía Chela así lo había dispuesto porque todos los cuartos de las demás casas estaban repartidos y habría sido un desplante mayor no acatar esa orden.

Sabía que a Annette le parecía de una confianza extrema a la que no estaba acostumbrada y, aunque traté de usarla como excusa, no hubo caso.

Eso hizo que la vergüenza se anticipara y que yo ya me sintiera apenado con ella por mi casa, por mi familia, por nuestra obligación y por lo que estaba seguro que vendría después.

Apenas atravesé el zaguán de la entrada y abrí la puerta, me encontré con el siempre rígido perfil de mi padre.

Ese al que le da el sol de la tarde y que se reproduce en mi mente todos los días de mi vida.

Estaba hablando con mi tío Luis, con su bastón apoyado en la mecedora, y la luz cálida se colaba por entre las rejas de las ventanas siempre abiertas para que entrara el frescor.

El tío Luis se paró a saludarme con un abrazo afectuoso.

Se burló de mi pelo y de mi barba y le dio a Annette una mano firme acompañada de un «bienvenida a la familia, mija», que ella casi no entendió.

Entonces papá se levantó de su silla con esfuerzo.

Se apoyó en el bastón, pero procuró mantenerse lo más recto que le pudo el cuerpo.

Me impresionaron su piel arrugada y finita y su olor, ya no solo a Royal Gale, la colonia que siempre había usado, sino a un almizcle de sudor añejo.

Le extendió la mano a Annette con una calidez que desconocí.

Le preguntó si su nombre era francés e intentó decir algunas palabras en ese idioma que recordaba de cuando era un niño.

Ambos rieron. La guio hasta el sofá que estaba enfrente suyo y le preguntó qué quería tomar.

Cuando se dio vuelta para volver a su mecedora, me puso el brazo en el hombro y me dijo: «Mijo». Nada más.

Cuando volvió a sentarse la conversación giró en torno a la extranjera.

Mi padre había conocido España (dato que yo ignoraba) cuando era un niño y pertenecía a una familia todavía rica.

Le habló de nuestros antepasados españoles y después le hizo un sinnúmero de preguntas sobre su familia y su origen.

Annette disfrutaba de protagonizar la charla, fumaba con gracia y reía con todos los dientes.

Mi padre parecía contento de conocerla, con un gusto y una hospitalidad que yo jamás había visto.

Primero me pareció que estaba aliviado de que yo tuviera una mujer; después me convencí de que además le parecía elegante que esa mujer fuera europea y que tenía un deseo muy íntimo y genuino de atenderla y agasajarla,

como si de repente él fuera una especie de embajador del país y estuviera encargado de una compleja tarea de diplomacia.

Eso lo confirmé cuando empezó a hablar en plural para referirse a costumbres o hábitos de «nuestra cultura».

Pero finalmente me entró una pequeña rabia de que quizás estuviera coqueteándole de una manera impropia, o peor, que solo fuera así de simpático para molestarme a mí,

para contradecir mis propias descripciones y hacerme quedar como un niñato consentido que se queja demasiado de la buena familia que le tocó.

De cualquier manera, Annette estaba encantada.

Tuve que controlar el impulso de llevármela lejos y convencerla otra vez de que mi familia estaba compuesta por las bestias sin alma que yo había descrito.

Sabía que Annette deseaba con todas sus fuerzas una comunidad que sintiera curiosidad por su persona.

Una familia que estuviera obligada a hacer lo que sus padres y hermanos jamás habían hecho por ella.

Para la hora de la cena llegaron al fin Pablo y María.

Mi hermano menor y yo nos fundimos en un abrazo largo y sentí la humedad de sus labios y su barba al besarme la mejilla.

Él me habló de mi flacura y yo le pasé la mano por su panza.

Los dos nos agarramos en simultáneo el pelo para comprobar la firmeza con la que se aferraba a nuestras cabezas, y no pude disimular la honesta alegría que me daba verlo.

Si con mi papá mi acento madrileño neutralizado había empezado a desbaratarse, con la llegada de Pablo ya no quedó rastro.

Después de nuestro saludo procedimos a presentar a nuestras mujeres.

María, la joven periodista prometida de mi hermano, era de Medellín, pero se habían conocido en Bogotá.

Tenía los ojos despiertos y una atención permanente al mundo.

Un pelo rubio que la hacía similar a la Farrah Fawcett de entonces y una curiosidad amable.

Se notaba sagaz, pero no imprudente. Para mí fue claro desde ese entonces que ella no quería pertenecer a nuestro virulento clan, pero que tampoco quería ser displicente.

Parecía amar a Pablo de verdad y ese amor se expresaba en tolerarnos a nosotros con gracia.

Pero María también había viajado. No quería ser solo la mujer de mi hermano ni la madre de sus hijos, quería el mundo y en esa ambición nos encontramos Annette, María y yo.

Pablo nos acompañó como un observador silencioso.

De inmediato fuimos dos parejas que se comprendían, y eso me trajo un alivio que me sacó el sopor.

Los cuatro días que iba a estar ahí no iban a ser solo suplicio; mi hermano, su próxima mujer y la mía serían un refugio.

Papá también quería a María. No me costó verlo mientras charlábamos en la sala esa noche, junto con el tío Luis y la tía Chela.

Estaba cómodo, perfumado, se sentía halagado por la atención que le daban y también dispuesto a escuchar con interés.

Quizás en esas horas pudo sentirse hasta un poco orgulloso de que el futuro de sus hijos se adivinara estable.

Me di cuenta de que papá ya no se reía como antes porque le faltaban dos muelas y eso le daba vergüenza.

También me percaté de que ese pudor lo hacía taparse la boca, no por nosotros, sino por nuestras mujeres.

En medio de la charla sugirió que al otro día fuéramos a visitar al cura, que seguía muy enfermo; dijo que le haría bien vernos.

Papá se aferraba a la presencia del padre Francisco en esta tierra como un vestigio de la memoria de mi madre y sobre ese resto había construido una enorme estructura de demandas que tenía que cumplir con su cuñado, como una forma de retribuir lealtad a su difunta mujer.

Cuando fuimos a dormir, la tía Chela había unido las dos camas gemelas de Pablo y mías en una sola, para Annette y para mí, lo que tomé como un guiño de extrema amabilidad teniendo en cuenta que nosotros no nos habíamos casado.

Las mismas sábanas con olor a naftalina; el techo altísimo de nuestro cuarto donde pasamos la infancia, y que se me hacía tan lejano, ahora parecía más cerca.

El sonido sosegador del ventilador de techo.

Una mancha de humedad que se expandía por el cielo raso.

La ventana desde la que se veía el patio interior de la casa.

Los jazmines rosados florecidos con ese aroma intoxicante.

Pero en lugar de nuestro armario de toda la vida, ahora estaba el viejo escaparate de mamá.

Un mueble de nogal macizo y esmaltado, con ese color café profundo de las maderas nobles.

Annette se quedó dormida en mi lado de la cama y yo miré el mueble con inquietud.

En el silencio de la noche me quité la sábana que me recubría y con cuidado me levanté de la cama.

Di esos tres pasos sobre el suelo frío hasta estar al frente del mueble.

Pude escuchar el latido de mi corazón, las manos me transpiraban, pero finalmente lo abrí.

No había un estanque oscuro con reptiles muertos, pero tampoco estaba el vestido verde de mamá ni el resto de sus cosas.

En su interior no había absolutamente nada.