La memoria es un animal esquivo 14
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Los primeros meses en Madrid fueron largos y fríos.

Nada era como yo había imaginado. El invierno era cruel y yo no estaba bien equipado.

En esa ciudad desempaqué mis dos jeans acampanados; un buzo que me había tejido la tía Chela que era totalmente deforme porque nosotros, de tierra caliente, nunca habíamos entendido la ropa para el frío; un par de camisetas; la foto de mamá,

y una sola chaqueta de color verde militar que había heredado de Luciano cuando llegué a Bogotá.

Era una talla más que la mía y, aunque para Bogotá funcionaba, en Madrid el frío llegaba a colarse por entre las costuras y su gruesa tela símil lona solo era pesada e incómoda.

Durante ese tiempo yo fui apenas esas cosas: mi unidad mínima de persona, porque uno es lo que puede llevarse consigo.

A pesar de haber logrado llegar, todo era demasiado caro para mí, la comida me era esquiva y mi obsesión con pintar era un camino sin rumbo.

No tenía idea de lo que hacía. No sabía qué pintar ni cómo, ni por dónde empezar.

Y aquello que creí que me sería más natural, más que natural inevitable, me resultaba tortuoso e irrealizable.

Me decía un artista, un joven aspirante a artista que no sabía qué pintar.

Para poder sostenerme empecé a trabajar en un restaurante que quedaba por el centro y la soledad de ese invierno con su falta de luz amenazaba con opacarme.

Empecé a sentir mucho sueño. Un sueño que acababa con mis ganas de estar despierto.

Un sueño que hacía que cada minuto que no pasaba limpiando mesas y lavando vasos pudiera solo ser destinado a dejar ceder el peso de mis párpados.

Flaco, somnoliento y sin imaginación. Ni una sola imagen que pudiera ser pintada en papel, en óleo, en acuarela o con lápiz.

Al interior de mi cabeza solo existía un valle gris, sin forma alguna, como una nube que ni siquiera era lo suficientemente nítida como para pasarla al papel.

Lo más sensato habría sido devolverme. Llamar llorando y rogar por perdón, plata y cariño. Volver a Cúcuta y su calor, a vivir con mi papá y la certeza de que era él quien aniquilaba mis sueños; eso era mejor que la idea horrible de que quizá yo no era tan bueno como para triunfar sin su nombre.

Entonces, cuando el sol hacía sus reapariciones en las tardes y las hojas de los árboles salían tímidamente por entre sus ramas, apareció Annette.

Solía ir en las tardes al restaurante; tomaba cerveza con sus compañeros de teatro y tenía una voz gruesa que vibraba en los oídos y en el corazón.

Annette no sabía —y nunca supo— bajar el tono de la voz.

Su tono alto me hacía recordar a las mujeres de mi tierra, pero desprovista de todas las sumisiones aprendidas que las hacían hablar más suave que los hombres y bajar la cabeza ante cualquier otra opinión.

Ella no. Hablaba fuerte, y de su boca salía un acento que nunca había podido ser del todo madrileño.

Hija de un francés y una española, Annette podía sesear pero no lograba desprenderse de arrastrar las erres.

Era alta y huesuda, tenía los pómulos afilados y los labios finos.

Su cuerpo parecía el de un muchacho lánguido, pero a pesar de tener apenas dos años más que yo, su pelo ya era una madeja de hilos de plata.

La observé muchísimas tardes discutir con el cigarrillo entre los dedos, y tomarse una caña tras otra.

Nadie hablaba encima de ella y todos la contemplaban siempre con profana atención.

La asimetría de su cara, la irreverencia con la que se enorgullecía de no tener un solo atisbo de delicadeza, y lo imponente de su voz hacían imposible que pasara desapercibida.

Mirándola tras la barra, yo pasé de sentir rechazo a curiosidad, y de la curiosidad pasé a una fascinación imprudente que me hacía observarla casi estudiándola, haciendo todo lo posible por descubrir algo que ni entonces ni nunca me fue del todo develado.

Porque la belleza de Annette era real y, como todo espectáculo estético verdadero, conservaba un misterio.

Un viernes, al final de la tarde, se arrimó a la barra y me dijo: «Oye, tú, el náufrago. Qué tanto miras».

Ya debía llevar más de cinco cervezas, y ahí pude escuchar con precisión su acento bastardo: esa mezcla encantadora y abnegada de quien ha migrado.

La huella del movimiento que conservamos en el lenguaje que usamos.

Parada frente a mí, con la barra en el medio, su figura me intimidó tanto que tuve que bajar la cabeza.

Se recostó sobre el mesón y me quitó el pelo de la cara.

«Ven por una cerveza conmigo que ya todos se van», me dijo.

Terminé el turno y salí a encontrarla. Todavía hacía frío y su cuerpo se acercó al mío para ofrecerme cerveza.

Me preguntó de dónde era, y yo atiné a decir: «Cúcuta».

Entonces me miró con los ojos desorbitados y me dijo: «No sé de qué hablas, pero descríbela».

Nunca quise tanto complacer a alguien con una descripción de mi tierra; quería impresionarla, tenía temor de que se fuera de mi lado en esa noche de finales del invierno.

«Es caliente», le dije. «Hace calor. Hace mucho calor todo el año. El sol quema las copas de los árboles y hace que las personas estén siempre abanicándose, como alejándose una pena que nunca se les va del cuerpo».

«¿Y tú cómo coño sabes que las copas de los árboles se queman?»

, preguntó antes de echarse a reír con fuerza.

Me preguntó qué hacía y le dije que era artista, lo cual la emocionó.

No me preguntó si pintaba o qué clase de artista era.

Para Annette en ese entonces era suficiente con mi voluntad, y para mí era maravilloso que solo eso bastara para entretenerla.

Ella me contó que era actriz, que había ido a estudiar danza, que la danza era lo que tendría que haber hecho porque era muy escuálida, pero que no le interesaba nada que tuviera que hacerse en silencio.

Así que había estudiado teatro y ahora estaba en los ensayos de su primera obra.

Yo tampoco quería interrumpirla y ella siempre se sintió conmovida por mi silencio y mi profusa atención a su manera de hablar con las manos, sus dedos bruscos, sus rasgos hoscos.

Prendimos un cigarrillo tras otro y bebimos una cerveza seguida de la anterior.

Del bar nos fuimos al cuarto en el que yo vivía, cuyo techo era tan bajito que me rozaba la cabeza.

La conversación fue entre nosotros una marea interminable que ni siquiera se interrumpió ante la pregunta de Annette sobre mi obra.

«¿Y dónde están tus pinturas?», me dijo cuando entramos al cuarto, y antes de que yo pudiera responderle, nos respondió a los dos: «Ya van a llegar».

Pasamos todas las noches siguientes en esa ratonera sin aire y sin luz.

Fumando e inhalando el humo de nuestros cigarrillos y nuestra propia respiración como si de eso dependieran nuestras vidas.

La presencia de Annette en ese cuarto se hizo tan común para mí que su desnudez no me sorprendía.

Ni recuerdo la primera vez que la vi sin ropa, porque su cuerpo era como una extensión del mío; un sujeto al que no hacía falta descubrir porque yo siempre la había tenido dentro.

No le preocupaban ni el sexo ni el erotismo.

Queríamos estar juntos todo el tiempo, sin saber más que la presencia del uno al lado del otro.

Annette se convirtió en mi casa, en mi familia y en mi país entero.

Cuando del frío invernal de diciembre no quedaba nada y cuando mi soledad foránea había desaparecido por completo con la presencia permanente de Annette en mis días, una mañana me comunicó que conocería a su familia, sin que yo pudiera o quisiera hacer nada al respecto.

Sentía una enorme curiosidad por saber de dónde venía.

Sabía algunas cosas de su padre y su madre y de sus tres hermanos mayores.

Conocía historias y anécdotas que ella me contaba en la cama o caminando juntos por la calle, casi todas enfocadas en sus hermanos.

Y yo la escuchaba con atención porque su voz era el único sonido que siempre elegía en lugar del silencio.

Salimos el viernes con rumbo a Rascafría, un lugar que, como el resto del país, yo desconocía por completo.

Me sorprendió su cualidad medieval, la cantidad de piedra sobre piedra que formaba imponentes construcciones que tenían la edad del tiempo.

Procuré disimular la estupefacción, porque no quería que su familia me viera como lo que era —un pobre migrante sin rumbo, casi en la misma jerarquía que un vagabundo que busca suerte—, sino como lo que quería ser: un artista.

Como artista supuse que no importarían ni mi procedencia ni mis ingresos, que todo eso sería excusado por la extravagancia de crear belleza con las manos.

Así suponía que Annette me percibía y no quería ser de ninguna manera una fuente de desilusión para sus padres.

Llegamos a una casa de piedra a las afueras del pueblo.

Alejada de cualquier movimiento, de cualquier persona, de cualquier vestigio de civilización.

Su madre me recibió y me dio un abrazo frío con dos besos impostados.

Era tan alta como yo, quizás un par de centímetros más que Annette, y su cuerpo era igual de lánguido al de su hija, pero con una postura intacta.

Tenía el pelo perfectamente atado en una coleta que de tan tirante debía resultar dolorosa, y en su semblante se veía una congoja imborrable.

Su columna parecía hecha de hormigón y se distinguían todavía los músculos definidos de alguien que dedicó su vida a la tortura de bailar profesionalmente.

Su padre, en cambio, era un hombre más bajito que los tres y con la imponencia de un caballo.

Tenía la misma nariz que Annette, pero con un respingo de permanente desagrado.

Era un comerciante que había llegado a España huyendo de una guerra y había tenido la mala suerte de encontrarse con otra.

Quizás eso marcó su inconformidad. Odiaba el país, el idioma, las costumbres; repudiaba tanto el español que ni se molestaba en hablarlo medianamente bien y pretendía que todos hiciéramos un esfuerzo por comprender su lengua abnegada.

Pero se había quedado por Olga, porque no sabía bien a dónde volver.

Ya no tenía familia en Francia y una intuición correcta, incluso admirable, le indicaba que era mejor extrañar su país antes que volver.

Apenas cruzamos el portón, la mirada de Annette descendió y el tono de su voz disminuyó casi hasta un susurro.

Su madre le dijo que se arreglara «la gris y salvaje cabellera», y ella se la ató sin protestar, en un moño igual al de ella.

Su padre se limitó a darle un abrazo distante e ignorarla durante toda la velada.

Annette, la mujer desplegada y expandida en el mundo que yo conocía, lo aceptó con tanta resignación que me resultó penoso.

Annette no fumaba en su casa. No fumaba y no hablaba, y levantaba los platos y los vasos con el servilismo de una mucama.

Su madre también se refugiaba en un silencio que hacía que sus gestos se vieran más duros, y su padre conversaba en un idioma inventado con su hijo mayor.

Nunca hubo ni una pregunta sobre qué hacía yo o de dónde era, y la única observación que se hizo sobre la vida de mi acompañante fue para recriminarle que hubiera dejado el baile y se dedicara a la mala vida del teatro.

Sus padres la sostenían, le mandaban plata y pagaban sus estudios, pero Annette buscaba en ellos más que eso.

Casi al terminar la noche, comprendí que yo no había sido invitado ni convocado a esa casa, y que ella tampoco, sino que se había inmiscuido voluntariamente al lugar en el que había crecido y aceptaba ese trato, esa crueldad inusitada, con la esperanza de que algún día la notaran.

Cuando salimos de ahí, Annette volvió a ser la persona que era.

No quiso decir nada y en su pretensión de que lo que habíamos padecido era normal, había una vergüenza íntima que no quise remover.

Sin embargo, en el tren de vuelta apoyó su cabeza sobre mi hombro y yo la besé, no como la pareja que éramos, sino como un padre.

Procuré besarla con la fuerza y contención que te da una familia y quise ser, más que cualquier otra cosa, una forma de hogar.