La memoria es un animal esquivo 13
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Cuando llegué a Madrid sentí por primera vez que estaba en el lugar correcto.

Que yo pertenecía al lugar donde vivía y que debía estar ahí.

Por supuesto, esa sensación se hizo difusa muchas veces en todos estos años.

Yo he sido un migrante sumiso: adopté los gestos, el lenguaje, imité con éxito ciertos ademanes altaneros y despreocupados, y me deshice de todos los aspectos estéticos que me hacían extranjero.

Sin embargo —y aquí está una trampa— algo en mi interior siempre se sintió artificial.

Un rincón de mi cuerpo siempre se supo de otro lado: extranjero, un poco impostor.

Yo hice todas las cosas de madrileño con naturalidad, pero nunca dejé de notarlas, y en ello, supongo, radicaba su impostura.

Y aunque ese sentimiento lo domé la mayoría de las veces, una naturalidad sutil, casi imperceptible y muy difícil de narrar, me encontró siempre que volví a esta casa.

Cuando llegué era el final de los setenta.

Aterricé en Barajas después de una temporada de frío cruel en Bogotá, en la que pasé magros meses como asistente de un amigo contador de mi papá con el único fin de ahorrar para poder escapar del país.

En mi mente siempre fui un exiliado. Y así lo narré más de una vez a lo largo de mi vida.

Sin temor a ofender a quienes habían tenido que huir por razones políticas de sus tierras, que abrían los ojos cuando yo usaba el término sin haber padecido amenaza alguna.

Pero yo creía en mí persecución y estaba convencido —lo estoy todavía— de que mi asfixia en Bogotá era tan legítima y limitante como una persecución militar, y esa certeza fue lo único que no me distrajo de mi viaje.

Firmar papeles, hacer trámites, ser un asistente competente y servil, un mensajero veloz.

En mi tiempo libre: ir a museos, leer sobre arte, consumir y ver, ver todo hasta que los ojos me sangraran y la mente se me aturdiera en una mancha imprecisa.

No podría decirlo con certeza, pero siempre tuve la sensación de que durante esa época mi papá creyó que yo había enderezado mi camino.

Debió imaginar entonces que yo por fin había cedido a la vida de un hombre corriente: que trabajaba de ocho a cinco sin protestar y que me daba ciertos lujos los domingos.

Debió pensar que, a pesar de haberle comentado mi plan de irme del país, el peso de la rutina terminaría por sacarme esas ideas imposibles de la cabeza, y que yo también acabaría cediendo a la monotonía y a la repetición como la única y mejor forma de seguridad que tenemos los adultos de verdad.

Me mandó más cartas que en todos los años previos de estudio.

«Mijo, ¿cómo está? Me dice Roberto que el trabajo va muy bien y me alegra».

Incluso algunas veces sumó encomiendas con hallacas que llegaban agrias a Bogotá y que yo casi siempre terminaba tirando.

Sin embargo, fuera del trabajo en la oficina contable de Roberto Herreros, yo seguía en mi cuarto de estudiante conservando la única aritmética que me interesaba: cada peso ahorrado para poder irme a Madrid.

Para poder ir a España, el único país de Europa donde hablaban mi lengua y ahí ver.

Soñar con París, tener fantasías con Portugal y clavar el corazón en una Londres que me haría eterno, como a los artistas de verdad.

España sería mi primer destino, pero desde allí el viejo continente sería mío y los deslumbraría a todos con mi talento y, sobre todo, con mi convicción: yo sería un gran artista.

Iría al único lugar donde entonces alguien podía afirmar que lo era de verdad.

Para noviembre logré mi cometido. Las cuentas me daban para comprar un pasaje de avión de ida y vivir algo así como un mes mientras buscaba un trabajo que pudiera sostenerme.

Intentaría inscribirme en alguna academia de artes y de ahí en adelante el camino estaría allanado y sería solo la inercia la que me empujaría a la grandeza.

Renuncié al puesto de Roberto Herreros un lunes, ante su sorpresa y desilusión.

Me dijo que yo había sido un empleado competente y que incluso le había mencionado a mi papá la posibilidad de un ascenso.

Aludió a que con mi padre habían barajado la posibilidad de costear entre los dos un curso de contabilidad para que yo pudiera dedicarme por completo a ello.

La expresión de Roberto, distante pero compungido, me resultó honesta.

Sin embargo, que hubiera hablado con mi papá a mis espaldas para hacer un plan con mi vida me generó una indignación histérica.

Salí de la oficina de Herreros iracundo, pisando con tanta fuerza que sentía que el pavimento se quebraba a mi paso.

Me dirigí con determinación a la cabina de teléfono del centro que quedaba al lado de la pensión y conté las monedas para una llamada a Cúcuta desde Bogotá.

Era mediodía y sabía que papá estaría en casa durmiendo la siesta.

Apenas levantó el teléfono y escuchó mi voz, un tono de preocupación exaltado me recibió: «¿Mijo, está bien?»

. Supuse que había contestado así, no solo porque estaba recién despertado, sino porque escucharme la voz debía significar una emergencia vital.

Percibir su tono de preocupación me hizo sentir visto, importante, casi lo suficiente para desistir de lo que me había motivado a llamarlo, pero antes de arrepentirme aproveché el envión y de mi boca brotaron palabras como espuma.

«¿Por qué mis planes nunca son reales para usted? ¿Qué más tengo que hacer para que se tome en serio mi vida? ¿Por qué todo lo que hago es insuficiente y usted siempre quiere acomodar todo a su antojo?»

, dije resoplando. Pero la ira no cesaba y la posibilidad de hablarle, tan escasa entre nosotros, fue una ventana que no pude cerrar.

«¿No fue suficiente que supiera que yo no soy un inútil y que puedo trabajar en contaduría como usted? ¿No puede entender que no quiero? ¿Que quizá quiero tener una vida que no sea triste y gris como la suya?»

. Entonces, sin que pudiera detenerlo, esgrimí la última oración de esa conversación: «Menos mal que mi mamá se murió antes y no tuvo que soportar el resto de su vida a su lado».

Al terminar de hablar, deseé con todas mis fuerzas devolver el tiempo y no haber dicho lo último.

No porque no fuera cierto, sino porque sentía que me rebajaba al nivel de mi padre y que no iba a lograr con ello su enojo, sino una forma más genuina de su desprecio.

Por el tubo del teléfono se escuchó una última respiración: no un resoplido, ni un suspiro, ni un bramido, sino una calma y pausada exhalación.

Entonces la llamada se cortó, y yo me quedé con una taquicardia que me aturdía y la oreja pegada a un teléfono que solo emitía un pitido estridente del otro lado.