La memoria es un animal esquivo 12 #3
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Estaba más confiado del plan y del resultado, cuando Luciano entró sin tocar por la puerta de nuestro cuarto.

«¡Ja!», dijo. Y sus cachetes se inflaron de aire y dicha.

«Así los quería encontrar». Pablo no había llegado a hacer su seña para que Joe se escondiera, y el animal estaba encima de la cama de mi hermano, mientras los dos hacíamos tareas.

En principio, Luciano pareció solo complacerse por haber tenido razón.

«Yo sabía que tenían un perro acá; lo creen a uno huevón. Lo escuché anoche mear en el patio y le escuché los pasos. ¡Ja!»

, volvió a decir, para dejarnos claro que nos había descubierto.

Pablo se quedó pasmado, pero siguió consintiendo al perro para aplacar su angustia.

Yo le expliqué la situación a Luciano. Le dije que lo habíamos encontrado ayer, que era muy juicioso y bueno, que estaba todo lastimado, que con tiempo podría llegar a ser nuestro perro, que a Pablo le hacía muy bien, que a mí también me ponía contento.

Y al final, añadí que le habíamos puesto Joe.

Luciano me escuchó con atención. Con los brazos cruzados sobre el pecho, asentía con la cabeza ante cada uno de mis argumentos, hasta que llegué al final.

Entonces nos dijo: «Pero cómo le van a poner Joe como ese marica de Cartwright. Tienen que ponerle Adam, que es el único que vale la pena de esos tres».

Yo lo miré sorprendido por el asunto que lo había inquietado.

Debo admitir que debí estar más dispuesto a negociar sobre el nombre, aunque a la luz del presente no estoy seguro de que hacerlo hubiera cambiado el resultado.

«No, Luciano, se llama Joe, que es el menor, porque es de Pablo. Pablo lo encontró y lo bautizó. Hágale, si da lo mismo, más bien venga y le mostramos todo lo que puede hacer».

Entonces tomé de la mano a mi hermano para llevarlo a la cama, pero Luciano se sacudió con violencia.

«Trajeron a la casa a un perro callejero que debe estar lleno de enfermedades, son como maricas ustedes. Ese canchoso debe estar lleno de bichos. Yo no lo quiero ni tocar porque me infecto», y acompañó sus palabras con una mueca de asco.

Yo quise convencerlo de que el perro era un buen animal, de que valía la pena incluso si no era de raza como los que le gustaban a papá: pastores alemanes distantes y rígidos que nunca se nos acercaban.

Traté de convencerlo de que fuera a tocarlo, pero no hubo caso.

No fue que el perro fuera callejero ni que se llamara Joe lo que terminó de desencadenar la tragedia: fue que Luciano se tenía que devolver al seminario al otro día, y para él no había punto en que sus hermanos tuvieran un perro, por fin un perro, el sueño de todos nosotros,

un animal que nos quisiera y nos cuidara y quizá le llevara el periódico a la cama a papá, así papá nunca leyera el periódico en la cama, si él igual no podía disfrutarlo.

Eso no lo dijo explícitamente, pero yo lo supe porque en su gesto no había rabia, ni tristeza, ni tampoco asco: había envidia.

Y la envidia no era solo por el perro y la posible imagen de la familia que no habíamos sido sin él, sino porque él estaba cansado, angustiado y perturbado por su tiempo lejos de casa, y aquello se podía ver, aunque nadie hablara del tema.

De manera que Luciano hizo lo que le correspondía.

Abrió la puerta de nuestro cuarto y gritó con un gesto de evidente placer: «¡Papá, Pablo y Juan Francisco recogieron un perro de la calle y lo tienen acá en la casa!»

. Cuando terminó de decirlo, cerró la boca llena de babas, dio un par de pasos al costado y esperó a que papá entrara, se sorprendiera, alzara a Joe de la piel de la nuca y lo arrojara a la calle.

Pablo lloraba desconsolado y se escondía detrás de mí.

Yo me limpié rápidamente las lágrimas tímidas que me alcanzaron a salir para que el regaño no fuera peor.

Papá nos castigó durante un mes sin ver Bonanza (¡ah, las ironías!)

y nos latigó con su correa de cuero. Para ser justos, fueron dos correazos a cada uno con el pantalón del colegio puesto y con un desgano evidente; lo hizo solo para que no se volviera a cuestionar su autoridad.

Luciano vio todo desde el marco de la puerta.

Quiero decir que con gusto, que nos miró entusiasta de habernos delatado y congraciarse con papá, o que nos vio con dicha mientras recibíamos el látigo y nos escuchaba llorar.

Pero no fue así. Luciano contempló toda la escena con una expresión absolutamente vacía, como si detrás de sus ojos ya no hubiera nada.

Ese recuerdo es lo primero que me viene a la mente cuando Lisa menciona a Luciano por primera vez.

—Tío Zadik, el tío Luciano sabe que usted está acá —dispara mi sobrina a quemarropa. Sin preámbulo ni anestesia. Su gesto se endurece de repente—: Y yo necesito saber qué vamos a hacer con la casa. Para eso van a tener que verse.

Cuando termina de hablar, pone su mano sobre la mía, que está apoyada en la mesa.

Pero no lo hace para que no huya, porque sabe que esta vez no tengo a dónde ir.

Lo hace con un cariño nuevo, que me resulta ajeno, como si mi cuerpo hubiera estado revestido de espinas en esta tierra y como si no pudiera recordar la última vez que alguien me tocó con una especie de ternura en este lugar.

Y en su presencia, aquí, vuelvo a sentirme menos solo.