12 #2
La primera vez que volvió y que jugamos a tirarnos al suelo, me levantó por los aires y me arrojó al piso del patio con una violencia nueva que percibí con rencor pero también con miedo, porque yo le dije que parara cuando estaba por vencerme y él no se detuvo, no titubeó.
Aquello me pareció una forma distinta de tratarnos.
Durante la cena, cuando papá le preguntó que cómo le había ido por la tarde, y que en qué andaba Ricardito Villamizar, Luciano respondió: «Bien, papá, todo bien. Lo piensan mucho por allá y quieren saber cuándo va a pasar a almorzar para que le hagan pasteles».
Ignoró a toda la mesa, a la tía Chela y a nosotros, pero su cuerpo cambió apenas lo interpeló papá: lo volvió manso, y más que manso, sumiso.
Apenas nuestros platos estuvieron vacíos, Pablo y yo corrimos al cuarto de vuelta a ver a Joe.
Nuestro perro no solo nos había esperado silencioso, sino que se había metido bajo una de las camas para mayor precaución.
Nuestro amigo, nuestro animal. Cuando las luces terminaron de apagarse para dormir y papá fue a revisar el portón de la casa de nuevo, cerciorándose de que estuviera cerrado, Pablo y yo volvimos a poner en marcha el plan: él haría la avanzada para asegurarse de que no hubiera nadie despierto,
yo iría con Joe hasta el patio para revisar si quería orinar.
La idea de que fuera a mear fuera de la casa incluía abrir el candado de la puerta principal y, si no hacíamos eso con absoluta maestría, el perro, Pablo y yo nos exponíamos a que papá saliera dormido y desorientado a disparar a mansalva con la Winchester, seguro de que nos estaban robando.
De manera que la opción de que el animal hiciera sus necesidades en el patio nos resultó más razonable.
Como si ya fuera un perro amaestrado, Joe meó y cagó en una esquinita del patio.
Yo leía en su obediencia agradecimiento y me ponía triste el rastro del abandono en él.
Cómo nos quería tan rápidamente y se había entregado sin reparos a dos niños a cambio de que no lo lastimaran, a cambio de un lugar seco para dormir.
Volvimos al cuarto con el corazón palpitando rápido.
Antes de dormir, le dije a Pablo que el día siguiente alguien tendría que quedarse con el animal y faltar al colegio, y mi hermano me explicó cómo diría que le dolía la cabeza, haría un puchero de malestar y convencería a la tía Chela de que estaba enfermo y tenía que quedarse descansando.
Él había considerado todo con precisión; tendría que ser convincente pero no demasiado dramático, porque si se excedía en su interpretación llamarían al doctor o intervendría papá.
Su performance debía ser sutil y elegante.
Mi hermano ya no sentía terror, estaba convencido de que Joe debía quedarse a su lado y estaba dispuesto a vulnerar las normas que hubiera que romper con tal de hacer lo correcto, que era, por supuesto, adoptar al perro.
El plan salió perfecto. Yo me fui al colegio, caminando solo bajo la lluvia y un poco preocupado por la responsabilidad de Pablo, que había entregado una interpretación maravillosa: la tía Chela llegó a decirle que le estaba subiendo la fiebre,
pero que debía ser un catarro por la lluvia y que fuera a acostarse.
Ni papá ni Luciano tuvieron que intervenir en el asunto.
Cuando el timbre del final de clase sonó, salí corriendo a casa.
No tuve tiempo ni de saltar en los charcos ni tampoco de esquivarlos.
La maleta se me balanceaba de un lado a otro en los hombros y las medias empapadas del agua sucia de la calle me pesaban en los tobillos.
Entré a la casa, tiré la maleta en la sala, me devolví para recogerla antes de que papá pudiera verla y se enojara conmigo por desordenado, y entré al cuarto.
Antes de abrir la puerta temí lo peor: que papá se hubiera enterado y que no se hubiera enternecido y que tanto Pablo como Joe estuvieran atados a un palo en la habitación como castigo.
Apenas abrí la puerta, estaba Pablo acostado leyendo los cómics que nos traían de Venezuela, con sus gafas puestas y la luz encendida para darse más seriedad.
Cuando comprobó que era yo y que estaba solo, brincó de la cama con entusiasmo y me mostró, bajo las sábanas, a Joe acurrucado a su lado.
Me contó que habían pasado todo el día juntos, que habían diseñado un sistema en el que apenas Pablo hacía «chhts», el perro se escondía bajo la cama, y que él le había estado contando sobre su vida.
Al principio sentí un poco de envidia porque mi hermano y mi perro hubieran tenido más tiempo juntos para conocerse, entenderse y amigarse.
Quise responderle que si él hubiera tenido que ir al colegio, seguro yo habría hecho lo mismo y más con Joe.
Pero esa emoción se diluyó rápido, ante la genuina felicidad de mi hermano y la entrega de Joe.
Los dos parecían entenderse, no como amo y mascota, sino como pares.
Estuve seguro de que el perro comprendía nuestro idioma y, a juzgar por la precisión de Pablo para entender sus gestos, la comprensión era mutua.
Teníamos una tarde y una noche por delante, pero yo estaba confiado; seguro de Joe, de nosotros con su custodia.
Incluso, ya había pensado todo el diálogo que tendría con la tía Chela justo después de la comida.
Yo la llamaría al cuarto y Pablo y yo le explicaríamos la situación.
Pablo extremaría su carita de huerfanito y diría que gracias a Joe había podido conciliar el sueño.
Entonces, el perro iría a lamerle los pies a mi tía, que no tendría más remedio que unirse a nuestro equipo y charlar con papá.
Al principio papá se enfadaría y bramaría un poco: «Cómo así que hay un perro en mi casa, no no no no no, mijo, a mí los perros me gustan para las fincas, para el campo».
Diría que los animales son para vivir en el pasto.
Repetiría lo que ya le habíamos oído decir alguna vez: «Yo no quiero un perro de ciudad de esos que se vuelven maricones y no sirven para nada».
Pero al final, con la dulzura y argumentación de la tía Chela, que diría que ella también se sentía más segura con un perro guardián y que la ciudad estaba cada vez peor y que los niños necesitaban ese soporte afectivo, papá terminaría cediendo.
Además, yo le diría que se llamaba Joe por Joe Cartwright, y él no podría negarse al poderoso efecto de Bonanza.