La memoria es un animal esquivo 12
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Una semana por allá lejos llovió muchos días seguidos en nuestra casa.

Era raro, la lluvia no amainaba el calor, sino que lo asentaba.

Si antes el calor invadía la atmósfera, con la lluvia se pegaba a los objetos y a las cosas.

La tía Chela rezaba para que escampara mientras miraba por la ventana, pero papá parecía complacido por el agua.

Le gustaba poder sacar del clóset su piloto bogotano, que lo hacía sentir elegante pero también le hacía sudar la frente.

Pablo y yo íbamos al colegio caminando, tapándonos de la lluvia entre los tejados que sobresalían en la calle, brincando en los charcos como si todo aquello fuera un fenómeno novedoso y original.

Las ranas cantaban con más fuerza en la noche y las voces ni se oían entre tanta bulla.

Las calles, desacostumbradas a tanta agua, se inundaron muchas veces, causando una pequeña catástrofe entre los carros de la gente del centro.

Por unos días, el cura estuvo convencido de que esto era el diluvio, un diluvio trascendental que significaba algo, y su misa se llenó más que siempre de feligreses que buscaban respuesta, consuelo o un techo para escampar.

Un mediodía, volviendo del colegio con Pablo, nos siguió un perro callejero.

Primero una calle y después dos y después durante las casi catorce cuadras que nos separaban de la casa.

El perrito era hermoso; a pesar del abandono, a pesar de la violencia que delataban sus heridas, su pelaje blanco y negro todavía brillaba por debajo de la lluvia.

Justo antes de llegar a casa le dije a Pablo que nos detuviéramos.

No podíamos ignorar más al perro; él nos había elegido por alguna razón que desconocíamos y a mí me parecía honorable mirarlo a los ojos y entender por qué nos había perseguido.

Cuando fui a arrimarle la mano, Pablo me dijo que tuviera cuidado.

Que los perros de la calle estaban llenos de enfermedades, como decía papá.

Que quién sabe qué nos podía pasar si lo tocábamos.

Pero el perro se sentó frente a nosotros y bajó la cabeza en un gesto de reverencia como si nos entendiera, como diciéndonos que ahí estaba, manso y tranquilo, listo para que lo consintiéramos con nuestras manitas de niños.

Primero lo toqué yo y el perro pasó su trompa por mi pierna; yo pasé mi mano por su lomo y su ternura me conmovió.

En ese momento comprendí que ante tanta crueldad de los adultos el animal había tenido la buena idea de buscar cariño en los niños.

Y nosotros se lo dimos. Una vez yo empecé a consentirlo, Pablo se sumó; primero con cautela y después con confianza.

El perro tenía una cicatriz que le sobresalía en la panza y otro par al lado de los ojos. Aun así, parecía estar sano.

Después de pasar un rato largo con nuestro acompañante, Pablo me advirtió que teníamos que llegar a casa porque si no la tía Chela se iba a preocupar.

La idea de dejar el perro a la intemperie me entristeció, y le dije a mi hermano que no quería separarme de él.

Pablo, que tampoco quería, se llenó de ansiedad.

«No podemos llevárnoslo, Juan Francisco», me dijo.

«Mi papá siempre nos dice que en la casa no quiere perros, que los perros son para la finca».

Y yo le contesté que era cierto, pero que cómo lo íbamos a dejar ahí, con sus costillitas salidas de tanta sed y tanta hambre, con sus cicatrices marcadas de tanto olvido.

No usé esas palabras, pero dije algo parecido porque quería tener a Pablo de mi lado.

Y Pablo me miró ya no con ansiedad sino con esa mirada suya de pánico y excitación que solía salirle ante la sola idea de desafiar a papá.

«No, mi papá se va a poner bravísimo y yo no lo quiero hacer enojar», me dijo murmurando, negando varias veces con la cabeza mientras miraba al suelo con sus gafas pesadas.

«Pablo», le dije, «el tío Pacho siempre dice que hay que querer a todos los seres vivos, y este perro está vivo y nos necesita».

Forcé un poco la voz de urgencia para probar mi argumento, y puse a Pablo en un importante dilema moral que yo ya había resuelto.

«Imagínese lo felices que van a ser jugando los fines de semana al lado de la piscina, ¿se imagina? Usted le tira un palo y el perro va por él. Es más, le podemos enseñar a nadar y puede ser nuestro compañero de buceo. Hasta le podemos enseñar cosas de rescate.

Hay un libro en la casa sobre adiestramiento de animales; podemos aprender, usted y yo, a criarlo y que sea nuestro animal de guardia, como Lassie, pero de los dos».

La idea fue demasiado tentadora; Pablo no pudo resistirse a la imagen de los dos caminando con un animal de custodia que nos cuidaría de todos los males que nos aquejaban por entonces.

Mi hermano me miró entusiasta y me dijo que teníamos que buscarle un nombre.

«Chispita, pongámosle Chispita». Y yo le dije que ese perro no tenía cara de Chispita.

Que teníamos que ponerle un nombre con más personalidad.

«¡Cartwright!», le dije emocionado. Como los de Bonanza, la única serie que veíamos religiosamente en la sala con Luciano y con papá.

Pero Pablo tenía problemas para pronunciar el apellido y se frustraba cada vez que lo intentaba.

Le sugerí que lo bautizáramos Joe, como nuestro personaje favorito.

Pablo estalló en júbilo y le dijo al perro «vamos, Joe», y el animal nos siguió hasta la puerta de la casa.

Primero entré yo, para constatar que no hubiera nadie en la sala de estar.

Papá estaba haciendo la siesta en su cuarto y la tía Chela debía estar haciendo los mandados.

«No hay moros en la costa», le dije a Pablo, y él le hizo «shhhht» a Joe, que entró plácido a la casa, se sacudió el agua y trató de subirse a la mecedora de papá.

Antes de que lo lograra, Pablo lo atajó entre sus manos, ya con cara de que quizás había sido mala idea traerlo, pero emocionado todavía por el plan que yo le había propuesto.

Entramos al cuarto los tres, y apenas cerramos la puerta, la fantasía que yo le había pintado a Pablo se desvaneció.

El perro empezó a saltar en nuestras camas, mojando las sábanas y embarrando todo con el rastro inconfundible de un animal callejero.

Pablo quiso gritar; el animal todavía no ladraba y yo apoyé mi mano sobre la boca de Pablo.

Agarré a Joe del lomo y empecé a acariciarlo mientras lo arrullaba, consciente de que este era el único intento que tendríamos los dos de que el plan funcionara.

Para mi sorpresa, y también para la de Pablo, Joe cooperó.

Asumo hoy que de alguna manera entendía lo que estaba en juego.

Vivir en la calle lo había hecho un perro astuto y agradecido y no podía arriesgar la oportunidad de una noche cubierto de la lluvia y el frío.

Se serenó de inmediato. De su excitación no quedaba nada e incluso pareció reconocer el territorio de nuestro cuarto con delicadeza; empezó a moverse con mayor cautela, apoyando sus patitas con cuidado sobre el piso, cómplice de nosotros en este equipo.

Los colores volvieron a las mejillas de Pablo y ahora, además, había una felicidad total.

Se acostó con Joe en el piso y me pareció que había vuelto a ser tan feliz como era antes de que se muriera mamá.

Como si el niño se sintiera a salvo y además lo estuviera al lado de su perro, su animal.

La escena me pareció de lo más normal, de lo más razonable, de lo más justa incluso.

En ese instante me di cuenta de que habría algunos problemas que pertenecían a otro tiempo fuera de esa escena: el perro mearía, cagaría y, tarde o temprano, ladraría.

Sin embargo, me convencí de que, si papá lograba ver a Joe, contemplar el brillo de su pelaje y lo honroso de su figura que aún maltratada se mantenía en pie con nobleza, cedería ante la regla infranqueable de que los perros eran para el campo.

Además, si veía lo felices que éramos sus hijos con él, seguro decidiría quedárselo.

Y si no era suficiente, pondríamos en marcha un plan de contingencia que incluiría, por supuesto, a la tía Chela.

Ella convencería a papá de que recientemente éramos huerfanitos y de que nuestra tristeza disminuiría con la adopción de Joe.

Yo sumaría a eso que, con su correcto entrenamiento, sería un perro guardián de gran eficiencia.

Que la ciudad, que el país estaba más peligroso y que por supuesto necesitábamos un animal de custodia.

Y papá finalmente lo adoptaría. Primero a regañadientes, pero después tendría gestos con Joe, como pasarle un pedazo de pan del desayuno, mirándolo cómplice solo a él y sonriendo con disimulo.

En cualquier caso, tendríamos que garantizar que Joe aprendiera unos básicos de comportamiento antes de que papá o la tía Chela lo vieran.

Pasamos toda la tarde encerrados con Pablo y el perro.

Estoy seguro de que llegamos a enseñarle a sentarse ahí mismo y, si no exagero, quizás a hacer algún juego mientras le dábamos pedacitos de jamón de Pamplona como premio.

Cuando la tía Chela nos llamó a comer, Pablo y yo dejamos la habitación confiados de las aptitudes de nuestra mascota.

Mi hermano se le acercó al oído y le dijo: «Por favor pórtate bien que quiero que te quedes con nosotros», y le tocó la frente con cariño.

Joe aceptó que lo acariciara con aparente comprensión.

La cena fue tensa para los dos. Estábamos inquietos, temiendo que el perro ladrara, que gruñera, que se hiciera notar como el perro que era y nos delatara.

Tan concentrados andábamos en esa tarea, mandando señales por telepatía e incluso pidiendo al espíritu de mamá que ayudara a la serenidad del animal, que ni nos sorprendió cuando Luciano apareció tarde para la cena, porque se había quedado jugando con los vecinos.

Ya por ese tiempo estaba en el seminario, pero papá lo había traído a resolver unos trámites de su registro civil.

Nadie, excepto la tía Chela, le había preguntado con genuino interés sobre su experiencia en el seminario.

Se había ido recientemente, esta era la primera vez que volvía y, aunque Luciano nunca había sido un muchacho tierno ni cariñoso, había regresado transformado en un jovencito arisco y altanero.

Yo estaba aterrado de cuánto más grande se había hecho en aquellos meses y cuánto más bruscas eran sus maneras.