La memoria es un animal esquivo 11
25%

11

«De la academia te contaré en otra, solo hoy te digo, ya me tiene jarto [sic] la pintadera de poses y apenas tenga un poco de comodidad la mando al diablo (...) esta es la ciudad donde podemos encontrarnos a nosotros mismos y donde nos enseñan, los antiguos,

a pintar nuestra brillante tierra y nuestros gigantescos cóndores de los Andes; a mirar la naturaleza con el espíritu y a amar más y más lo propio que tenemos», le escribía el artista colombiano Pedro Nel Gómez al ensayista y artista Eladio Vélez, su amigo,

en una carta que mandó desde la ciudad de Florencia en 1926.

Pedro Nel, como casi todos los artistas latinoamericanos de la época, motivado por la curiosidad y la necesidad de aprender del arte, se había obsesionado con la idea de poder ir a Europa.

Aunque una parte interesante de su obra ya existía y la certeza de que además de ingeniero quería ser artista vivía dentro suyo, también lo habitaba la precariedad de sus propias herramientas.

La noción latinoamericana de que lo que hacía necesitaba una validación europea para considerarse arte, para ser catalogado y clasificado como tal, con esa pulsión colonialista que ninguno de nosotros ha podido borrar, que nos indica que, si queremos contarnos,

tenemos que poder contarles a ellos quiénes somos.

Que el único lenguaje universal que existe siempre es el del otro continente, así sea para poder narrarnos y pintar nuestras penas.

Después volvería y no solo inauguraría un movimiento artístico, sino que también formaría parte de una élite intelectual y política que sentaría las bases de una gran época del pensamiento de nuestro país y que luego sería sepultada y olvidada por la violencia, los muertos y la infamia.

Al final del setenta y cuatro yo no sabía ninguna de estas cosas.

Mi vida para ese entonces consistía, como ya lo he dicho, en la réplica de la vida de Memo.

En ser su complemento y su reflejo, su compañero fiel y su guardián.

Pero para diciembre de ese año, cuando yo estaba a punto de terminar la universidad, viajamos juntos con las hermanas Gómez a Medellín.

Éramos, podría decirse, camaradas. Él todavía vinculado a las juventudes comunistas, junto con Cecilia y Clara; yo vinculado a lo que ellos me indicaran.

Recuerdo que le escribí a Pablo contándole que no iría a Cúcuta esa Navidad.

Fue una carta larga en la que exponía mi fascinación por el mundo nuevo que se expandía ante mis ojos.

Mucho de mi epístola eran frases panfletarias que había aprendido sobre «la injusticia, compañero, que azota nuestra tierra».

Sobre «la oligarquía, compañero, que nos pisa la cabeza».

Pablo me respondió extrañado, con el dramatismo que solía explayar en sus respuestas: «No entiendo por qué no puede venir a estar con papá y Luciano, Juan Francisco. A veces no entiendo a dónde está yendo. Mi papá está muy asustado por sus compañías. Dice, con preocupación,

que no quiere que se vuelva un comunista».

En la carta también me contaba que el tío Pacho, o el padre Francisco, como teníamos que decirle, estaba enfermo.

«Papá quiere que le diga que, aunque todavía no saben qué tiene, debe estar atento porque a mamá le habría gustado que todos estuviéramos pendientes de su hermano. Usted sabe cómo lo quiso».

Para esos años, mi discreto resentimiento contra la Iglesia se había transformado en una aversión pública.

Yo les celebraba a mis amigos cada mención a que la religión es el opio del pueblo.

A pesar de nunca confesarle a ninguno mi parentesco con aquel sacerdote famoso que salía en televisión casi todos los días y que era una eminencia de la Iglesia en nuestro país, cada una de sus apariciones o menciones me dejaba una sensación de fragilidad que me duraba un día o dos.

Como si al traerlo de nuevo a mi mente, la indefensión de ser un niño y de esos horribles años en el seminario se materializaran una y otra vez en mi cuerpo de adulto.

No supe si la mención de mamá la había hecho Pablo o verdaderamente la había dictado papá, pero por las dudas me enojé con los dos y no les respondí hasta el año siguiente.

Llegamos a Medellín y fuimos directamente a una serie de reuniones y congresos políticos que se organizaban ahí.

Yo nunca había estado en esa ciudad. De Colombia solo conocía Cúcuta, sus alrededores, Santa Marta y Bogotá.

No entendía que había más mundo que ese, ni siquiera más país.

Recuerdo ese lugar reverdecido, con los árboles en las calles, el acento dulce de los paisas y la sensación de que algo grande estaba por pasar allí.

Como si esa porción de tierra hubiera sido puesta a la fuerza dentro de lo otro que conocíamos como patria, pero como si desde ese momento hubiera estado tratando de escapar a una inercia que la encorsetaba dentro de un mapa.

Memo se movía como pez en el agua entre reuniones y juergas con compañeros de todo el país. También eso estaba a punto de explotar, pero no lo sabíamos entonces. Nada de nuestra juventud me parece ajeno en el recuerdo, aunque nuestra ingenuidad me enternezca desde el presente.

Nos quedábamos en casas de otros compañeros y habrá sido después de un par de días de ese ritmo de encuentros y charlas que teníamos programada la vuelta a Bogotá.

Volveríamos en el carro de las hermanas Gómez, que como eran ricas ya tenían carro propio.

Yo estaba ilusionado con el regreso a mi buhardilla.

No tenía la intención de que nada de la vida cambiara.

Habría querido ser para siempre ese muchacho liviano que escuchaba a otros sin ningún rumbo.

Entonces, la noche antes del viaje, en la terraza de una casa en Belén, donde nos quedábamos, Memo y yo salimos a fumar con el aire impregnado de las flores que siempre sobrevuela Medellín, porque es verdad que allí siempre es primavera.

El viento suave nos movía las camisas. Lo recuerdo a contraluz de un bombillo de un poste, que hacía que solo viera su silueta expulsar el humo como si fuera un dragón.

Con su mochila arhuaca terciada y sus crespos.

Con todo su encanto, me dijo: «Oye, Juanfra, yo no me voy a volver pa Bogotá», y yo sentí que mi corazón se detenía.

«Me voy a quedar acá, y después lo más probable es que nos vayamos con Cecilia pa’l monte».

Su tono se hizo más grave, pero la luz seguía iluminándolo como si su monólogo fuera parte de una obra de teatro.

«En estos días con los compañeros hemos charlado mucho, y yo creo que es hora de hacer la revolución».

La confusión me ensordeció. «Me gustaría que te sumaras. Yo les he hablado de ti y creo que podrías aportar», me aclaró Memo.

No se sintió rechazado por mi silencio; me dijo que al otro día a la mañana se irían y que lo pensara hasta entonces.

Puso su mano en mi hombro como el día en que lo conocí, y entró de nuevo a la casa en la que nos quedábamos.

Esa noche no pegué el ojo. Me quedé mirando desde mi ventana un cedro blanco de ramas largas que se mecía con suavidad.

Una angustia que sentía como una bola de fuego en el esternón me mantuvo alerta hasta la madrugada.

Cuando salió el sol, habiendo observado durante largas horas esas ramas de las que se extendía la vida con tanta sutileza, tuve la certeza de que no iría.

No solo me dejé vencer por el pánico que me daban los enfrentamientos, el monte y la idea de una vida condenado a las armas.

También estaba convencido de que yo no serviría para la guerra; sería completamente inútil.

No podía ir porque moriría demasiado rápido, porque ya había sufrido demasiada precariedad y había seguido demasiadas órdenes; porque no estaba del todo seguro de poder ser más que un simpatizante y fingir acuerdo con el silencio.

Yo era un militante por omisión, un acompañante pasivo de una revolución, no su protagonista.

Cuando todos se fueron y la casa estuvo vacía, sentí que yo también estaba vacío. Que sin Memo en la ciudad, en el país y en mi vida, una parte de alguien que yo era se estaba yendo. Y por primera vez experimenté una nostalgia trascendental.

Al mediodía me paré del colchón, me vestí y me fui en silencio a recorrer una ciudad que desconocía casi por completo.

Caminé y contemplé en soledad todo lo que pude.

Subí por callecitas empinadas y las bajé rebotando sobre mi cuerpo.

Sin Memo otra vez estaba solo y me sentía como el único poblador de un territorio baldío.

Di vueltas hasta que me salieron ampollas, y cuando caía la tarde entré desprevenido buscando un baño al Palacio Municipal.

Allí me recibió algo que nunca había visto.

Un mural enorme decoraba el ingreso. Una pintura de un tamaño del que no sabía que se podía pintar llenaba de rostros y significados un muro estatal.

Lo imponente de ese dibujo capturó mi atención como jamás había experimentado antes.

La complejidad del mensaje, la multiplicidad de personajes que lo integraban.

Con la boca abierta, tratando de dimensionar y conceptualizar lo que veía, se imponía ante mis ojos La República, el mural de Pedro Nel Gómez.

No solo el primer mural que vi en mi vida, sino la primera obra de arte que vi en vivo jamás.

Fuera de unas reproducciones de Van Gogh que le gustaban a mamá, yo nunca había tenido ninguna aproximación a nada que solo buscara ser bello.

Recuerdo todavía las palpitaciones, una emoción que sentía en los pies y unas ganas de tocar con los ojos los dibujos que veía.

En el mural se narraba la historia de Colombia, se narraba una historia de Colombia, y de él sobresalían Bolívar, el Libertador, los trabajadores, las mujeres, las amenazas de un país que siempre parece estar a punto del saqueo,

la resistencia de quienes resguardan este territorio de su robo perpetuo.

En ese muro se explicaba gran parte de lo que yo también creía, y se desplegaba con una belleza impresionante.

Hasta ese momento yo pensaba que el mundo solo podía explicarse con palabras, y entonces, al final del setenta y cuatro, con la tristeza de haberme despedido de Memo y la extrañeza de no saber bien qué era su cuerpo para el mío, me encontré por primera vez frente a un deseo desbordante, real,

una emoción genuina que podría motorizar el resto de mi vida: haría eso que hacía ese tal Pedro Nel.

La vida podía ser reflexionar sin hablar, mirar para replicar, cavilar para saber cómo plasmar, contemplar el mundo con agudeza y atención, observar con cuidado y delicadeza para después poder hacer con esas imágenes otra cosa.

Una gran cosa. Pintarla. Yo dedicaría mi vida a la belleza y en ese marco y con esa ley tenía pasión, destino y los puños llenos de cosas por decir.

Nunca más volví a ver a Memo Vives, pero cada vez que cuento la historia de cómo llegué al arte vuelve su figura a mi memoria.

Una década después de ese viaje a Medellín supe que Memo había sido asesinado en el asalto al Palacio de Justicia.

Yo llevaba ya años en Madrid. Uno de los primeros cuadros que vendí fue de su cuerpo; ese retrato de carboncillo sobre tela lo llamé Hombre anónimo fuma a contraluz.