La memoria es un animal esquivo 10
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A principios del setenta y cuatro mi vida adulta dio su primer vuelco irreversible.

Como siempre sucede con las situaciones que te cambian el rumbo, que transforman la personalidad y que marcan hitos en tu biografía, es casi imposible advertirlo mientras sucede.

La vida propia solo se puede narrar para atrás; los hechos relevantes solo se detectan cuando pueden verse en perspectiva.

Entraba en mi último año de universidad y estaba totalmente acoplado a la vida capitalina en mi buhardilla bohemia, con mi popularidad esquiva y disimulando casi por completo mi origen provinciano.

Había borrado de mi acento el golpeteo de las sílabas y podía tratar a las personas de tú sin dificultad.

Hablaba lo mínimo indispensable con papá, a quien le mandaba saludos y postales, y solo me escribía largas correspondencias con Pablo, que estaba a punto de llegar a Bogotá para ser contador, lo único que sabíamos ser en esa familia mía.

Me había hecho amigo de uno de mis profesores de la carrera y gozaba de buena reputación por mis preguntas punzantes y aportes inteligentes, que esgrimía con sobreactuada solemnidad cada tanto.

Aun así, a pesar de que todo iba más o menos bien y de que entablaba una vida más o menos decente para un muchacho de mi edad, todavía no encontraba nada que me emocionara de verdad.

Lo que a mis conocidos les pasaba con sus esposas y a mis colegas con la proyección de su futuro en especializaciones o doctorados a mí no me sucedía con nada.

Me gustaba mirar gente y caminar de arriba abajo por las calles de Bogotá, pero eso no podía constituir en sí mismo una pasión ni un modo de vida.

Y esa pregunta, que se configuraba en el profundo temor de ser un desapasionado —peor pesadilla que ser un contador—, me atormentaba muchas noches en mi insomnio.

Era, en apariencia, muy bueno para todo.

Pero ser muy bueno en todo es, a fin de cuentas, ser un bueno para nada: no tenía ningún deseo propio, poderoso, algo que me hiciera experimentar entusiasmo y dicha.

Nada distinto a contradecir a mi padre me interesaba de verdad.

Sé que eran esos pensamientos los que me turbaban cuando conocí a Guillermito Vives, un muchacho que estudiaba Sociología en mi misma universidad, pero que pasaba más tiempo charlando afuera de los salones que asistiendo a las clases.

Guillermito, o Memo, como le decían, ya se había hecho de una reputación entre los alumnos.

El día en que lo conocí entendí por qué.

Era un muchacho alto, más alto que yo, con un pelo enrulado que le caía sobre los hombros.

Tenía siempre un bigote que lo hacía parecer un revolucionario mexicano y un acento importado de la costa que, en lugar de disimular, exageraba, como diciéndoles a los rolos que si querían hablar con él se tenían que esforzar por entenderlo en su hablado rápido con modismos del río Magdalena y del

mar.

Memo Vives tenía los ojos hundidos, rodeados a la perfección por unas ojeras profundas, y una nariz ganchuda.

Su tez era trigueña y caminaba con una especie de bailadito que lo hacía parecer levitando sobre el suelo.

No se quitaba nunca su mochila arhuaca. Aunque ningún rasgo en él era bello por sí solo, tenía la silueta más hipnótica que jamás he visto.

Era imposible dejar de mirarlo y peor era cuando se ponía a hablar.

Me pidió un cigarrillo afuera de un salón: «Oye, tú, flaco, dame un pucho si es que tienes».

Sonrió con todos los dientes y nos quedamos hablando en esas escaleras hasta que cayó el sol; entonces nos fuimos a caminar juntos por el centro, como si el tiempo no nos fuera a pasar.

Cuando caía la tarde sobre la plaza de Bolívar me quedé hipnotizado con el aleteo de unas palomas que se reñían por un pan.

El sonido de las alas que golpeaban unas contra otras, la belleza vulgar de ese animal.

A Memo le sorprendió mi manera de observar, y me dijo: «Oye, tú más que historiador deberías ser artista, nojoda».

Luego estalló en una carcajada que no tuve más remedio que acompañar.

Yo lo escuchaba con detenimiento y Memo se ponía más histriónico al tener mi atención.

Era un narrador de anécdotas sinigual, un juglar, un analista filoso y crítico de la realidad, un contador de chistes impresionante y hablaba de política con la locuacidad de un encantador de serpientes.

Por esa época militaba en la juventud comunista, pero estaba a punto de migrar a un movimiento guerrillero que apenas estaba naciendo en la ciudad: el M19.

Después de esa tarde nuestra amistad creció de manera natural.

Memo me prestó su mundo y yo lo adopté con humildad y agradecimiento.

Me llevó a donde sus amigas y sus amigos, donde sus novias, donde sus conquistas, donde sus compañeros y camaradas y donde la familia que tenía en Bogotá.

Yo asistía a su vida como un espectador perfecto; celebraba sus hazañas con gracia, completaba sus historias con asertividad y guardaba silencio para dejarlo brillar.

Entendía que Memo era la clase de persona cuyo carisma debe sobresalir, y no me sentía en absoluto amenazado por sus encantos.

Me gustaba secundarlo. Me sentía cómodo como el observador participante de su vida, como el actor de reparto de su propio relato.

Esencialmente porque Memo tenía una cosa de la que yo por esos días adolecía: un deseo ferviente.

Memo quería cambiar el país, le interesaba la política por todas las razones adecuadas; en parte porque enriquecía su ego, pero también porque sentía una preocupación honesta por las condiciones materiales de las personas que habitaban este suelo.

A pesar de venir de una buena familia de la costa, tenía la capacidad de sensibilizarse con la precariedad de los otros, casi como si él hubiera atravesado la experiencia intransferible del hambre.

Ese deseo orientaba su mundo como una brújula perfectamente magnetizada.

Y yo iba tras él como un marinero náufrago que encuentra un faro por el cual guiarse.

La vida social de Memo tenía cronogramas tan cargados que casi ni le dejaba tiempo para estudiar; entonces yo leía por él y lo ayudaba, aunque pasaba todas las clases gracias a su desbordada simpatía.

Llegaba a mi pensión sin avisar y me decía: «Oye, tú, Juanfra, vamos pa donde mis primos, que me están esperando».

O me esperaba fuera de clase y me decía: «Oye, tú, Juanfra, vamos a donde la Cecilia, que te quiere presentar a la hermana».

Por perseguirlo a él, también coincidí con muchachos y muchachas que estaban formándose como guerrilla urbana, planificando el robo de una espada y la toma de una alcaldía,

tramando el gran golpe que los lanzara a la sociedad como los justicieros de turno que tratarían de arreglar este país que a ratos parecía haber nacido irreparablemente torcido.

Me dejaban entrar porque estaba con Memo y yo escuchaba también por esa razón, pero no sentía por la causa una emoción particular.

Estaba de acuerdo, por supuesto, pero cuando se hablaba de dejar la vida civil, unos temores me recorrían la columna vertebral y la certeza de que era demasiado cobarde, demasiado cómodo, demasiado egocéntrico para morir por una causa que no fuera la de mi propio nombre me golpeaba el pecho.

Ya para mitad de ese año, Memo y yo parecíamos hermanos.

Yo noviaba con Clara Gómez, la hermana de Cecilia, quien fue novia de Memo hasta que él la dejó para irse tras otra, porque las mujeres tampoco eran inmunes a sus atípicos encantos.

Clara Gómez y yo teníamos un sexo sobrio y recatado en mi buhardilla.

Ella, de familia bogotana, vivía con sus padres, pero era una rebelde con ínfulas de hippie, obsesionada por el Mayo francés y Woodstock, deseando una ciudad más cosmopolita que le quitara el aburrimiento sordo que padecía de niña de familia bien de la capital.

Por eso supongo que salía conmigo. Mi historia le parecía exótica, mi provincia pintoresca y mi rebelión a mi padre envidiable.

Yo salía con ella porque Memo así lo había sugerido.

Nunca le dije ni a Clara Gómez ni a nadie que antes de ella jamás había tenido sexo con otra persona.

Y no era que me fascinara, era una experiencia que me resultaba un tanto estéril.

Había una satisfacción de saber que estaba haciendo lo correcto y que estaba experimentando eso que nadie debía perderse, pero siempre tenía un sabor a poco, una sensación de promesa magnánima que nunca llegaba a cumplirse y que, como todo en mi vida excepto Memo,

me angustiaba porque me hacía sentir un frígido vital.

Entonces una noche, en una fiesta de cumpleaños a la que nos habían invitado, nos dio por meternos una rumba de aquellas.

Tomamos ron hasta que se acabó y fumamos marihuana hasta que los ojos nos quedaron como carbones encendidos.

Cuando la fiesta terminó, Memo Vives apenas estaba empezando, de manera que nos fuimos con él y Cecilia a mi cuartico a seguir bebiendo y fumando.

Por esa época el perico todavía no era tan popular entre nosotros; éramos más de emborracharnos y drogarnos con marihuana y alucinógenos.

Todavía drogarse se trataba de expandirse con otros y no de encerrarse en la fantasía solitaria, egoísta y capitalista de la cocaína y los años que vendrían.

Estábamos muy borrachos. De la forma veloz de hablar de Memo solo quedaba una seguidilla de palabras que se le enredaban en la lengua, y de las entrañas de mi voz había emergido un acento golpeado.

Hasta comencé a tratarlos de usted, como hablan en mi tierra.

En un punto el sueño me venció y me tiré en la alfombra de la buhardilla.

Cuando me levanté del suelo, Memo y Cecilia empezaron a besarse sin timidez.

Todavía borrachos, con el deseo urgente y el calor en la piel.

Se sacaron la ropa como si el cuerpo les picara, y no supe qué hacer.

El corazón se me agitó tanto que temí que pudieran escucharlo y que del tambor de mi interior se dieran cuenta de que los estaba mirando.

Veía la cara de Memo entre las piernas de Cecilia, la boca de Cecilia abrirse y cerrarse, apretar la cabeza de Memo contra su cuerpo, ahogar sus propios gemidos con su mano, y no podía dejar de mirarlos, como si al parpadear incluso fuera a perderme de algo.

Mi verga como una estaca bajo una ruana vieja con la que me tapaba, el sudor, el calor, la noche.

Me pregunté si era un sueño, si me estarían viendo, si yo también podía tocarme en secreto.

Entonces, los ojos de Memo se clavaron en los míos y mientras él penetraba a Cecilia, me miraba, y mientras el cuerpo de ella se movía desnudo ante mis ojos, yo solo podía fijarme en Memo.

Él, siempre el centro de las miradas, consciente de que yo me tocaba para adorarlo, hacía lo propio para entretenerme.

No pensé en ese momento que quisiera besarlo, ni tocarlo, ni menos penetrarlo o tocarle la verga.

No existían para mí esas posibilidades ni siquiera como fantasías; solo me deleitaba con su cuerpo.

Con sus formas masculinas, su pecho plano y peludo, sus hombros huesudos, sus brazos en los que se marcaban los músculos.

Yo lo miraba entrecerrando los párpados, y él me miraba de frente, dejándome claro que sabía que estaba ahí, observándolo con deleite.

Yo me hacía la paja viéndolo, y él debía excitarse pensando en sí mismo, ni con Cecilia ni conmigo.

Al otro día fuimos los tres a desayunar a un café del centro.

La resaca era como una grieta que me partía la cabeza por la mitad, y Cecilia ya sentía la angustia del regaño de sus padres por no haber llegado a su casa.

Comimos un tamal gigante que me entibió el cuerpo.

Cuando ella se fue al baño y Memo y yo nos quedamos solos, no supimos de qué hablar y por primera vez desde que nos conocíamos hicimos silencio.

Una mudez sórdida que no supimos cómo llenar.

De repente sentí una sed que más parecía nostalgia y me bebí el chocolate de un solo trago, pero no llenó el vacío triste que se había asentado en mí esa mañana.

La idea de que Memo y yo ya no éramos del todo espontáneos, sino que teníamos que actuar, me afligió.

Sentirnos artificiales en ese espacio tan honesto que habíamos creado como amigos me llenó de desconsuelo.

Y no supe en ese instante si alguna vez ese lugar de fascinación y confianza entre ambos volvería.

Cuando Cecilia regresó del baño la tensión se diluyó y Memo dijo: «Oye, Juanfra, no me acuerdo de nada de lo que pasó anoche». Me guiñó un ojo con complicidad, y eso me trajo un alivio que me arrojó de nuevo al mundo de los vivos.