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Siempre he querido que me quieran. He deseado con cada molécula de mi cuerpo que otros sientan cariño por mí, y ese ha sido el motor de mi vida: no solo del arte, sino de cada tonta o brillante decisión que he tomado jamás.
Ya no me da pudor admitirlo porque ya sé que todos somos así.
Tengo muchos años sobre esta tierra; he podido ver que bajo toda esa motivación altruista y poética, tras toda esa retahíla moralmente superior de los artistas, de los escritores, de los que buscan la belleza, todos somos un niñito indefenso en una oscura noche, un niñito sediento de amor.
Pero hubo una época en la que tenía tanta hambre de cariño de los otros que no me importaba quién era yo.
Y fue ahí que hice las mejores cosas, cuando no era nadie todavía.
Cuando era valiente y arriesgado, desafiante de toda autoridad y canon, porque no tenía nada que perder.
No porque alguna vez me haya interesado acumular objetos o propiedades, no.
Es porque si en algún momento estuve en riesgo de dilapidar alguna construcción, esa fabricación fue mi propio nombre.
Preservarlo, cultivarlo, alimentar mi mito y mi figura, más que mi espíritu y lo que verdaderamente tuviera para decir, fue lo que me condenó a esta mediocridad avejentada con la que me he encontrado ahora.
Solo se produce algo que vale la pena cuando uno está dispuesto a desaparecer tras su obra, cuando uno verdaderamente se dejó conmover por ella, por lo que representaba, y ello fue más grande que uno mismo.
Solo se hace algo que vale la pena cuando se puede conmover a otros, y solo se conmueve a otros cuando existe en lo que uno hace una especie de verdad.
Yo solo pude hacer eso una vez, hace mucho tiempo, cuando todavía creía que mis posibilidades eran del tamaño de mis deseos y cuando todavía no tenía tanto miedo de morir.
Creía mucho en mí entonces. Creía que mi futuro era promisorio y enorme y que mi país no podría abarcarme.
Creía en el arte y en la posteridad. Creía que el tiempo pasaría despacio y que yo podría verlo, que la vida era mucho más de lo que terminó siendo y que la carrera, la obra y el éxito eran una certeza que se tenía y no un recuerdo que uno mira con nostalgia en el pasado,
cuando ya no está y cuando todo es un presente opaco y lleno de óxido.
Había llegado a Bogotá a estudiar Historia.
Era el principio de los setenta y yo tenía dos certezas en la vida: no estudiaría Contaduría, porque no haría lo mismo que mi padre, y me iría tan lejos como me fuera posible de la casa de Cúcuta.
Ambas posibilidades me encontraron en la capital del país, y yo las tomé sin dudar.
Me presenté a todas las becas de todas las universidades bogotanas existentes.
Papá me había advertido que solo pagaría Medicina, Derecho o Contaduría, que cualquier otra rama educativa iría por mi cuenta.
Para mí esa sentencia fue solo una oportunidad más para desafiarlo.
No creo que hubiera sido un mal abogado, sin duda habría sido un médico decente y también un pésimo contador —porque odio los números—, pero entonces me matriculé a todas las carreras que hacían parte del pomposo catálogo de las «humanidades» o «ciencias sociales»,
sin tener ninguna justificación más para ser becado que la verdad: «Estoy huyendo de las imposiciones de mi papá y de mi tierra».
La historia me gustaba. Había sido la única beca que había conseguido completa, con manutención, en una universidad del centro de la ciudad.
Luciano ya estaba terminando la carrera en otra universidad, más al norte, y Pablo todavía estaba en Cúcuta siendo la única compañía de papá.
Luciano vivía en una pensión sobre la carrera séptima, muy cerca de donde estudiaba, con cinco compañeros que venían de Cúcuta.
Si antes nos veíamos poco, viviendo en la misma ciudad pasamos a ser prácticamente desconocidos.
Él tenía el hábito de cargar a nuestra tierra consigo.
Era amigo de todos los cucuteños y había dispuesto casi una ciudad artificial en la que llegaba a hacer calor en medio del helaje bogotano.
Comían hallacas, hablaban de usted y traficaban pastelitos de garbanzo.
Su vida me parecía naturalmente una pesadilla, porque para mí nada podría ser peor que llevarse a cuestas el lugar del que uno está huyendo.
En cambio yo vivía en el centro. En un cuartucho maloliente de una pensión de La Candelaria en el que hallé por primera vez algo similar al bienestar.
Fumaba todo el día en mi cama chiquita, entre fotocopias y libros que leía sin parar, con una curiosidad voraz que me sacaba el hambre y la sed, viendo las volutas de humo iluminarse con la luz de la única ventana ínfima de mi buhardilla.
En los primeros meses de universidad habré bajado diez kilos.
Me dejé crecer el pelo y la barba, y empecé a vivir como lo que entendía que era un bohemio de verdad.
Caminaba de la universidad a mi casa y después, en las noches, vagaba por las calles del centro, llenas de cafés que después mutaban a burdeles o burdeles y cafés donde señores avejentados tomaban vasitos de aguardiente con tintos y tenían conversaciones y tertulias sobre el destino del país.
No tenía casi plata para comprar comida y el estómago me crujía de hambre, pero me saciaba por los ojos.
Mi vida se convirtió en devorar el mundo con la urgencia de un famélico.
Caminaba por la calle doce, por las calles once y diez, por las carreras cuarta, quinta y tercera, sintiéndome un ave que sobrevuela y ve.
Mi vida era mirar. Hablaba poco, poquísimo.
Por esa época escribía compulsivamente en los márgenes de mis fotocopias y de mis cuadernos «hogar = mirar», como si antes de eso yo hubiera sido un ciego.
Cumplía con la universidad con un rigor particular.
No me interesaba en especial lo que aprendía, pero se inscribía muy bien en mi necesidad de conocer el mundo.
Era como si mi carrera y yo fuéramos por el mismo camino, a pesar de tener destinos distintos.
No sabía para qué más serviría la historia sino para saciar curiosidades personales y por eso, a los periodos históricos que me parecían pálidos o faltos de detalles curiosos, les pasaba por encima sin ningún remordimiento.
Era bueno porque tengo una excelente memoria y ninguna pregunta se me puede quedar sin respuesta.
Traté de pasar lo más desapercibido que pude por la facultad, pero empecé a destacarme, muy a mi pesar, por mis ensayos y mis parciales, por mis planteamientos, quizá por mi propio desinterés, que llamó la atención de profesores y compañeros.
Como si mi actitud desidiosa y mis resultados positivos fueran un enigma novedoso.
En el segundo año de universidad pasaron dos cosas importantes: me hice de muchos nuevos amigos, me expandí en otros y otras como nunca había experimentado, y al final tuve que volver a Cúcuta para pasar la Navidad.
Cuando bajé del bus me aplastaron el calor y el tedio.
La barba me empezó a picar y el pelo largo sobre mis hombros adquirió el peso de un yunque.
Papá me esperaba en casa, aunque fingía que no lo hacía, leyendo el diario en la poltrona de la sala, erguido, con su espalda inflexible.
Crucé la puerta y vi su perfil iluminado por el sol de media tarde.
Él me miró con expresión áspera; las cejas turbadas y el rictus en los labios.
Me examinó de arriba abajo y se levantó con un bastón que nunca le había visto.
Tenía un problema en la rodilla que diez años después se extendería a la pierna y veinte años más tarde motivaría que le cambiaran la cadera por una de metal.
Verlo apoyándose de un báculo me hizo sentir pena los primeros instantes, conciencia de su vulnerabilidad unos segundos y después un temor que se me quedó para siempre.
Papá debió ser el único hombre al que un bastón lo hacía ver todavía más fuerte e inexpugnable que antes.
«Quihubo, mijo». No me abrazó, pero me puso la mano con sorprendente delicadeza en el hombro.
Tomé como un halago que se hubiera parado a recibirme.
Me revisó la barba y desaprobó con un gesto fulminante el largo de mi pelo, pero solo comentó sobre mi peso: «Está demasiado flaco, mijo. ¿Sí está comiendo?»
. La pregunta retórica terminó cuando se dio vuelta y volvió al sillón.
Me notificó de la ocupada agenda social que teníamos y me dijo que seríamos anfitriones de la cena de Navidad.
La casa estaría tomada por un batallón comandado por tía Chela.
«Usted sabe que no hay nada peor en el mundo que un vago holgazán, mijo», alcanzó a decir cuando me informó que los preparativos empezarían desde temprano.
Fui a mi cuarto sintiéndome mareado. Debían ser el calor y la incomodidad.
La barba, el pelo, la delgadez y los pantalones acampanados se me hicieron ridículos en casa de mi padre, pero su ridiculez me gustó.
Fingiría que sabía quién era hasta el límite de mis posibilidades.
Tendría que estar seguro yo, si no me destrozarían como una lombriz presa de un centenar de hambrientas gallinas.
Cuando entré a mi viejo cuarto estaba Pablo, que se emocionó al verme.
Me dijo que tenía pelo de maricón y los dos nos reímos.
Luego nos abrazamos y nos dimos un tierno beso en la mejilla, un gesto que mantendríamos con mis hermanos y que siempre se vería discordante ante la frialdad y brusquedad con la que nos tratábamos el resto del tiempo.
Papá nunca me preguntó por mis estudios.
Todas las partes de mi vida que no le gustaban las iba clausurando de la conversación como cuartos en desuso.
Muy pocas veces durante esa estadía nos quedamos los dos solos, y en esos escasos momentos un vértigo hacía que me sudaran las manos y que las palabras se me atoraran en la garganta.
No sé si a él le pasaba lo mismo, o si era invulnerable a esa incomodidad de nuestro silencio, pero yo empecé a evitar a toda costa esas situaciones.
Después de algunos días ya estaba agotado de los diálogos familiares, del esfuerzo que tenía que hacer para resistir las burlas a mi pelo, a mi forma de hablar y a ser considerado desde el primo hippie hasta el primo comunista.
Toda la fortaleza que me había impuesto durante las primeras horas de estadía empezó a erosionarse con cada comentario, con cada chiste, con cada burla comunitaria.
Me volví tímido de vuelta, y sentí como si mi robusta estructura de roble hubiera sido limada por mi familia hasta dejarme hecho un débil palillito de balso.
En esos primeros días hirvientes de enero, cuando el viento todavía parecía de vacaciones en nuestra ciudad, nos sentamos a cenar papá, Luciano, Pablo, la tía Chela y yo.
No recuerdo con precisión el menú, pero sí unas papas primero hervidas y después fritas que le fascinaban a mi padre.
Él siempre en la punta de la mesa y nosotros siempre esperando su visto bueno para empezar a devorar.
Nadie podía tocar un alimento hasta que papá pegara el primer mordisco; eso era una ley escrita en piedra en nuestro comedor.
La tía Chela me halagaba con ternura la barba, Luciano y Pablo charlaban y papá nos miraba con su expresión vigilante.
Entonces me pareció que la papa estaba demasiado caliente y la pinché con el tenedor para abanicarla y que el aire la enfriara.
La actividad me habrá parecido divertida en un momento; el equilibrio que hacía la papa en el tenedor habrá roto un poco el profundo aburrimiento de esa y todas las cenas familiares.
Me habré sentido creativo de enfriarla así y no soplándola.
No lo sé. Pero mi pequeña extravagancia detonó unos nervios inusuales en mi padre, que me dijo sin más: «Juan Francisco, deje esa papa en el plato y sóplela si la quiere enfriar».
Si no sé qué me llevó a ponerme creativo con el método de enfriamiento, recuerdo con claridad qué me llevó a insistir con ello: llevarle la contraria a mi padre, mi actividad favorita y motor de no pocas decisiones a lo largo de mi vida.
El goce grandioso de hacerlo enojar, de hacer lo contrario a su instrucción, de vencer su voluntad omnipotente sobre nuestras vidas.
De manera que no me detuve. No solo no paré, sino que balanceé el tenedor con más fuerza.
La mesa se tornó silenciosa. La tía Chela dejó la conversación de lado y miró incómoda a Pablo, que tenía los ojos clavados en su plato, mientras Luciano nos contemplaba con morbo voyerista, como esperando ser el primero en presenciar el desastre.
Yo que no paraba y papá que insistía. Primero con más delicadeza, diciéndome «mijo», después con más violencia, azotando la mano contra la mesa.
Yo enmudecido, consciente de que todo el mensaje que necesitaba estaba en la acción, en la papa y en el tenedor, que cualquier palabra enturbiaría mi pequeña rebelión.
Abanicaba el cubierto con más fuerza. La tía que no sabía dónde esconderse, Pablo que quería refugiarse bajo la mesa y papá que resoplaba.
Cuando estuvo a punto de ponerse de pie para acabar él mismo con el jueguito, la papa voló por los aires con su temperatura aún humeante, hizo una parábola perfecta arriba de la mesa y aterrizó nada más y nada menos que en el vaso de jugo de papá,
que salpicó por toda su camisa de manga corta amarillo pálido y sobre su pantalón de color crudo.
Un jugo de mora, para peor designio. Luciano se tragó la risa, Pablo estuvo a punto del llanto y la tía Chela se quiso tapar los oídos anticipando el grito.
Yo miré a papá, de cuyas cejas escurrían goterones de mora con semillas, y una sonrisa socarrona se me escurrió por la boca.
Gritó «JUEPUTA» tan fuerte que la araucaria del patio hasta se movió.
Antes de que dijera otra cosa, la tía Chela ya estaba limpiándolo con una servilleta.
Pablo y Luciano seguían inmóviles. Papá se apoyó arriba de la mesa, con todo su torso, lo más cerca que pudo estar de mi cuerpo, y cuando pensé que me iba a dar vuelta la cara de un golpe y asumí mi destino con dignidad y honor, sentí cómo el aire se dispersaba y lo vi irse resoplando.
Al otro día me tuve que ir yo de la casa de vuelta a Bogotá, sintiendo un alivio ambiguo. La felicidad de volver a donde podía ser alguien más parecido a mí, pero con ese extraño gusto amargo de haber sido echado antes de poder irme solo.