8
El calor del mediodía cucuteño le planta a Lisa una gota de sudor que se desliza con delicadeza por su nariz respingada.
Hablamos en un tono cariñoso que resulta extraño para un tema tan impersonal.
Alguien que trata con tanto afecto a otra persona debería saber si tiene hijos, pero yo no lo sé y me avergüenza ignorarlo.
Lisa me dice que no tiene. No me pregunta lo mismo, porque debe saber la respuesta, pero me cuestiona si alguna vez quise tener.
«Con Annette», añade al final de la pregunta, sumándole a nuestro vínculo una familiaridad unilateral que me hace sentir humillado y descubierto.
—No —le digo—. Yo siempre supe que no tendría hijos, nunca estuvo entre mis intenciones extender mi presencia en la tierra. Su papá, en cambio, siempre quiso vivir de más.
Por la mirada nostálgica de Lisa sé que mi última oración fue un exceso.
Ella no esperaba que yo hiciera esa declaración y yo tampoco esperaba hacerla, pero estamos acá, ninguno quiere hablar de nuestro muerto y al mismo tiempo su presencia es una mancha que impregna toda nuestra conversación.
Yo no quiero que me pregunte por mi hermano, no quiero que me recrimine por haberme perdido tantos años y menos quiero que use el lenguaje para expresar el dolor que ambos sentimos por eso.
No quiero que se digan las palabras muerte y Pablo, que haga la pregunta «¿por qué no estuviste?»
y que tengamos que enfrentarnos a lo que sea que venga después, de manera que el diálogo se asemeja a un buscaminas en el que cualquier paso en falso podría detonar la explosión de mi duelo, hasta ahora evitable.
—¿Dónde se está quedando, mija? —me apresuro a preguntar.
—Donde el primo José Antonio, tío. —Me dice tío siempre con un gesto travieso, sabiendo que, incluso si me molestara, ya es demasiado tarde—. ¿Sí se acuerda del primo?
Le cuesta tratarme de usted y finge con casi demasiado esfuerzo el acento golpeado de la región, igual que yo lo hago. Ambos exageramos todo lo que podemos ser de acá, con una vergüenza que compartimos los que ya no somos de ningún lugar.
—Claro que me acuerdo de José Antonio, no lo veo hace como cuarenta años, pero lo recuerdo.
El primo José Antonio tenía la edad de Pablo, pero siempre fue un hombre desprovisto de todo temor.
Lo veíamos mucho porque éramos vecinos. No estoy seguro de nuestro parentesco; como sucede en las ciudades chiquitas, el solo hecho de ser contemporáneos nos hacía automáticamente familiares de algún tipo.
Un primo, como la categoría más genérica de la familiaridad.
No sé si de otra manera hubiéramos sido amigos.
Él era osado, valiente y en su interior germinaba una maldad que asustaba a Pablo y hacía que se llevara mejor conmigo, no porque fuera yo malo, sino solo porque era mayor.
Una noche Pablo y yo fuimos a su casa. Su papá, don Antonio Ballester, no estaba nunca y solíamos jugar durante horas a los indios y policías en el jardín.
Luego de haber corrido por toda la casa y haber hecho toda clase de fortines inventados en nuestro juego colonial de niños, Pablo se quedó dormido mientras José Antonio y yo todavía hablábamos en su cuarto.
Hasta ese momento él era el único niño que yo conocía sin hermanos, y me daba una envidia sinigual que no tuviera que compartir nada de lo que tenía y que toda su ropa fuera para estrenar.
Estando los dos en su cuarto, con Pablo durmiendo en la cama auxiliar de su camarote, mi primo empezó a hablar de un catálogo de medias veladas que le había robado a su mamá.
Según él, si uno miraba con detenimiento, podía ver el pezón respingado de una modelo que hacía de ama de casa.
El lema de las pantimedias era «Ni se estiran ni se van».
Lo recuerdo porque de niño pasé horas pensando a dónde irían las medias y por qué valía la pena destacar su defectuosa habilidad de escape.
José Antonio sacó el catálogo de abajo de su colchón y me lo mostró con tanta cautela que parecía que estuviera hecho de material explosivo en lugar de papel.
Entonces señaló con su dedo sucio el casi pezón de la modelo y, acto seguido, mandó su mano de puberto al pequeño bulto de su verga.
A mí todo me dio un pavor terrible. Por supuesto que me había hecho diez mil pajas para esas alturas, ya tenía catorce años, pero nunca había hablado al respecto con nadie.
Hasta ese día era una actividad más que privada que me traía profunda vergüenza y me hacía sentir una especie de alimaña mugrienta sin capacidad de convivencia con los demás.
No ayudaba que uno de los curas del colegio nos dijera que los granos que nos salían en la cara no se debían a que fuéramos una bomba de hormonas sino a que nos hiciéramos pajas.
Que ese brote de pústulas en la barbilla era el castigo de Dios por cada eyaculación.
Por eso, cuando José Antonio empezó a mover la mano en su pantalón, yo más que detenerlo quise salir corriendo.
Solo me quedé por el pánico que me dio que no tocarme me hiciera parecer un maricón.
De manera que también metí la mano entre mi pantalón y empecé a frotarme, apretando los ojos y rogando que algo me calentara en ese momento para no quedar como poco hombre con mi primo menor.
José Antonio babeaba sobre el catálogo y terminó por bajarse los calzones hasta las rodillas, exponiendo su pubis apenas cubierto por una pelusa café.
Los dos seguimos masturbándonos, él mirando el catálogo, yo mirándolo a él por el rabillo del ojo, concentrado en cómo se formaban gotas de sudor en su frente y cómo ese mismo sudor cubría su labio superior, humedeciendo el intento de bigote que le ensombrecía la boca.
La manera en la que se marcaba el músculo de su brazo mientras lo agitaba mecánicamente de arriba abajo, el delineado de sus costillas con un torso todavía demasiado infantil y después cómo se pronunciaba la curva de sus nalgas.
Yo estaba extraviado en la observación de su cuerpo, cuando irrumpió en el cuarto don Antonio Ballester, sin avisar y sin tocar.
La escena lo enojó, aunque su rabia era puro miedo, físico pánico, de que su hijo fuera homosexual.
Yo me quedé mudo con la mano entre las piernas y José Antonio alcanzó a pararse de la cama. En la otra mano todavía tenía el catálogo de pantimedias y antes de explicar que era a la modelo a quien estaba mirando, el puño de su padre le rompió la nariz de un golpe seco.
Mientras mi primo se limpiaba la cara, tratando de volver a la vida, su padre se quedó mirándome a los ojos fijamente.
Ambos sabíamos que la única norma de convivencia de nuestra distante familia era que el castigo físico solo podía propinarse a los hijos propios, por lo que ni siquiera me habló.
Y yo, con el salvoconducto de esa norma implícita, me quedé contemplándolo más tiempo.
Habrá pensado que mi actitud era desafiante y habría tenido razón, la humillación de su hijo, sumada a la mía, me dio un arrebato de valor que se iría apenas unos minutos después.
Salí con Pablo adormilado a la calle y no quise volver a mi casa, porque yo también estaba confundido y asustado por el golpe de don Antonio y por haberme hecho una paja casi completa mirando a su hijo.
Después de un rato de dar vueltas por la cuadra, con el inocente imaginario de una fuga improvisada con mi hermano en la que huíamos los dos a Venezuela y nos adoptaba una familia amorosa de mamá y papá, terminamos por ir a casa.
Papá estaba sentado en la mesa del comedor leyendo el periódico.
Nos vio entrar a Pablo y a mí, y dijo: «Antonio Ballester estuvo acá».
Nada más que eso. No me recriminó ni me preguntó nada.
Aunque a lo largo de los años he interpretado ese gesto de distintas maneras, muchas veces he fantaseado con una escena en la que Ballester fue a casa y mi padre le propinó un puñetazo fatal mientras vociferaba que nadie mancharía la honra de su hijo.
En mi imaginación, las palabras mi hijo quedan flotando en el aire como un vapor que se desvanece con el tiempo.
Sin embargo, lo único que obtuve de ese momento, como premio o castigo, como defensa o humillación, fue su silencio. Nunca volvimos a mencionar el suceso.
Terminamos de almorzar con Lisa un sancocho hirviendo que nos ha elevado la temperatura del cuerpo.
Cuando llega la cuenta, tengo el impulso automático de pagarla, no sé si porque quiero representar al adulto mayor que se supone que sea en esta conversación, o porque todo nuestro intercambio me ha dibujado como un niñato sensible e incapaz.
De cualquier modo, incluso por algo de galantería de pagar siempre la cuenta ante una mujer joven, apoyo los billetes en la factura y veo a la mesera del restaurante irse inmune al calor asfixiante de la tarde cucuteña.
Le cuento que me estoy quedando en un hotel y quedamos de volver a reunirnos al día siguiente otra vez en la casa.
Aunque desconozco los últimos días de mi hermano, aunque ignoro cómo fueron sus últimas horas y casi todo sobre su muerte, su velación y su entierro, Lisa y yo nos hemos reunido en esta tierra árida porque el único deseo de mi hermano verbalmente expresado a su hija fue que yo la ayudara a resolver
qué hacer con la casa.
Lo más extraño, más tramposo y quizá más ruin de parte de su padre es que nuestro hermano mayor sigue vivo; no solo vivo, sino acá mismo, en este pueblucho tibio que nos vio nacer y que no logro borrarme de la piel.
—Quiero entregarle un paquete que mi papá guardó con toda su correspondencia. Hasta mañana —me dice Lisa cuando nos despedimos.
La garganta empieza a picarme como si estuviera tragando hormigas, pero Lisa ya se ha ido.
No tenía idea de que Pablo había guardado las cartas.
Quiero detener a mi sobrina y preguntarle si las leyó.
Necesito saber si ella las leyó y qué es lo que sabe de nosotros.
Quiero interrogarla sobre cuánta información tiene y por quién ha tomado partido, aunque es obvio y razonable que sea por su papá, por mi papá y por Luciano, pero ella es sensible e inteligente, quizás ha decidido estar también de mi lado.
«Sí», me digo, «si supiera todo eso y yo no tuviera razón, ella ni siquiera se habría tomado el trabajo de venir hasta acá y hablarme con cariño. Si yo no soy su enemigo, es que me eligió y sabe que en toda esta vida la única víctima he sido yo».
Pero después pienso que quizá no ha leído las cartas, que de pronto le dio pereza o dolor o yo qué sé meterse en el duelo y la privacidad de su papá y que quizá no sabe casi nada, y esa idea me alegra porque puedo ser distinto con ella.
Puedo empezar de nuevo y hacer todo bien esta vez con mi familia, demostrarle que he cambiado o mejorado y no la culpo por lo que han hecho su abuelo, su padre y su tío, porque soy un buen hombre y cuidaré esta memoria por lo que nos quede de vida.
Camino a mi hotel mascullando desazón. Todavía no sé cómo lidiar con una familia, con mi familia.