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Desde mi primer exilio de esta casa, a mis nueve años, el retorno siempre me fue una experiencia inorgánica.
Una vez me di por desterrado, cuando todavía era tan niño, el desarraigo se hizo parte de mi forma de habitar el mundo.
Nunca volví a sentir que pertenecía a un lugar, que un espacio existía para mí por derecho y herencia, que mis raíces podían crecer tranquilas en un pedazo de tierra.
Yo siempre me he sabido peregrino, expulsado de donde soy, aceptado con sospecha por el sitio en el que habito, nunca del todo cómodo, hasta que siento una picazón en el cuerpo, una desazón inexplicable, un gusto amargo en la boca que tiñe todo,
que me recuerda que los deambulantes como yo no tenemos tierra donde caernos muertos.
En aquel tiempo me fui un niño y volví un hombre prematuro.
Cuando me sacaron del seminario, a los trece años, yo ya había conocido la maldad y la ira.
Ya había visto de primera mano las mezquindades del hombre y su brutalidad: ya había perdido toda inocencia.
Sacarme de allí no fue decisión de mi padre.
Fue el padre Sebastián, encargado de la biblioteca, mi único refugio seguro durante esos horribles cuatro años, quien le comunicó directamente al padre Francisco, mediante una carta escrita con toda la reverencia, que lo mejor era que yo hiciera mi vida fuera de ese lugar.
El argumento que el padre Sebastián usó en ese momento fue que no podía cumplir con los designios del Señor si no explotaba del todo mis capacidades, que se estaban viendo desperdiciadas por el bajo nivel académico.
Creo que él fue el primero en llamarme joven promesa y también en referirse a una característica que ha sido tantas veces usada a mi favor y en mi contra: una sensibilidad excepcional.
Su argumento habrá sido tan convincente que el padre Francisco no tuvo otra opción más que permitirme volver a esta casa con mi hermano Pablo y mi papá.
A Luciano solo le restaban dos años en el seminario para graduarse, y lo que para mí había sido la experiencia más sádica de mi vida, para él fue un entrenamiento idóneo en autodefensa ante la violencia del mundo.
Luciano nunca le temió a ningún castigo celestial ni creyó en la autoproclamada divinidad.
Por eso, pudo soportar esos años con sofisticada fiereza.
Se convirtió en líder de una especie de guerrilla interna de estudiantes que se defendía de los curas, contrabandeaba objetos y seguía sus propias reglas.
Mi hermano mayor siempre ha sido una persona desprovista de metáforas.
Es un tipo invulnerable ante los vejámenes simbólicos y psicológicos que aquejan el espíritu.
Luciano siempre ha estado enfermo de exceso de empirismo, y nada que no pueda ver ni tocar ha existido en el universo que habita.
Desde niño ha sido un hombre sencillo, menos parecido a mi padre de lo que él habría querido, pero con una ambición exclusiva de una vida lo más mundana posible: levantarse y trabajar en su campo hasta que termine la luz y pueda dormir; criar hijos, ovejas y caballos.
Expandir su propiedad hasta los límites de su posibilidad.
Poseer, mandar, ordenar, criar y dormir.
Y creo que la consiguió. Creo que la vida de mi hermano es tan vulgar como aburrida, y que se ha erguido sobre el mundo sin hacerse una sola pregunta sobre su complejidad, pero la vida es así: la felicidad solo les espera a los hombres más simples y rudimentarios,
que están dispuestos a tomarla pagando toda la ignorancia que representa.
El seminario rompió entre Luciano y yo una tenue membrana de fraternidad.
Yo era demasiado chico y él nunca pudo defenderme cuando llegué; él era demasiado grande y yo no pude llevarlo conmigo cuando me fui.
Una asincronía que selló, no solo nuestros infortunios, sino también nuestra grotesca enemistad.
De cualquier manera, y siguiendo la regla implícita más importante de nuestra casa: nunca hablaríamos de aquellos años en serio.
Jamás confrontaríamos nuestros rencores y angustias sobre el pasado y los contrastaríamos con la versión del otro.
Siempre resentiríamos en silencio, hasta que la duda se hiciera certeza y la certeza desprecio.
El primer fin de semana de mi vuelta a esta casa, fuimos a la finca de papá.
Era un pedazo de tierra en el bajo Catatumbo que papá había heredado de su padre y su padre había heredado de su abuelo, junto a casi todo el departamento.
En un mundo prehistórico al nuestro, la familia de papá había sido una de las más prestantes de la región; con los malos negocios de mi abuelo solo nos quedó ese parche selvático a donde papá le encantaba ir a rendir tributo al hombre que era.
Recorríamos los casi doscientos kilómetros entre Cúcuta y Tibú en el jeep willys de papá, donde cada piedra y cada imperfección de una más que imperfecta carretera podíamos sentirlas en las entrañas.
En ese entonces no había aires acondicionados ni sistemas hidráulicos, ni mucho menos calles pavimentadas.
Siempre que viajábamos a la finca, sentíamos que estábamos inaugurando una ruta nueva: metiéndonos por primera vez en tierra virgen, en una carretera casi desdibujada por las lluvias y la misma selva.
Una sensación de expedicionarios nos emocionaba a Pablo y a mí, acompañada siempre de ese temor foráneo a lo que no conocíamos.
Todo era tan verde y tan vasto entonces.
La selva no parecía tener final y los cedros y las ceibas y las majumbas y los abarcos y el agua y la abundancia de aquellos días daban la ilusión de ser infinitos.
Allá, por el tiempo en el que los hombres parecíamos menos y la tierra parecía más grande.
Cuando íbamos llegando, yo le decía a Pablo que Tibú se llamaba así porque antes el río Catatumbo había estado infestado de tiburones de agua dulce, y él me creía; con los ojos miel llenos de pánico me apoyaba su mano en la rodilla y me pedía que no lo fuera a dejar solo nunca en la finca.
En Tibú nos bajábamos del carro con las pestañas y las cejas llenas del polvo de la carretera.
Papá solía parar siempre en la misma tienda y compraba dos panes recién hechos y una Coca-Cola en botella de vidrio que nos tomábamos en silencio, directamente del pico.
Después volvíamos al carro para el último tramo del viaje, que era el más agreste porque de Tibú a la finca el camino era una idea más presente en el recuerdo que en la carretera; el jeep sufría las subidas y las bajadas siempre con tantos ruidos que daba la impresión de que iba a desintegrarse.
Durante ese viaje papá me dejó sentar en el puesto del copiloto, un lugar que había ocupado siempre Luciano y que implicaba una serie de responsabilidades.
Yo tenía que estar atento, mirar la carretera, pasarle lo que necesitara, limpiarle las gafas y a veces manejar la caja de cambios.
Todavía era escuálido y flacucho para ocupar ese asiento de cuero, pero recuerdo la investidura que me significó cuando me senté ahí y miré el perfil de mi padre, con su barba perfecta y su pelo al ras.
Después de las últimas tres horas de camino en las que, como siempre en esa parte del trayecto, papá rompió el silencio para contar la historia de cómo el abuelo había perdido todas las tierras en el casino, llegamos a La Solitaria.
La finca era más bien una choza con techo de palma y dos paredes de cemento.
Todo lo demás estaba hecho de bahareque.
El baño era una letrina que quedaba afuera y las camas eran dos esteras en el suelo, también de tierra, donde teníamos que dormir.
Por supuesto, a pesar de haberme sentado adelante y exceptuando el ritual de la Coca-Cola con pan, yo odiaba profundamente ir a La Solitaria.
Siempre he sido un alma urbana. Me gustan la vida nocturna y las posibilidades de una ciudad.
La manera en la que las ciudades capitalistas han dispuesto en sus espacios acotados alternativas para toda clase de neurosis y fobias, la manera en la que la soledad es más posible y real en un edificio de apartamentos que en un extenso campo.
Me gusta el ritmo vertiginoso de las rutinas, los museos, los horarios, el ruido, y quejarme de la falta de silencio.
Amo tanto el tráfico como evitarlo, el smog como la urgencia por respirar aire más limpio.
Me gusta el estado permanente de lamentación que nos permite la urbe, el odio profuso que nos deja sentir por ella y al mismo tiempo lo adictos que somos a soñar con una forma de felicidad rural que nunca alcanzaremos porque no somos lo suficientemente ricos o valientes.
Y creo que todo aquello me gusta porque es lo opuesto a esa vieja choza del Catatumbo que solía amar mi papá.
A él, en cambio, le parecía que la incomodidad y la precariedad de ese lugar formaban el carácter.
Y ablandarse, sensibilizarse o enternecerse era su peor temor.
Por eso, si el colchón estaba abollado era mejor; si la sopa quemaba era más rica; si la vida dolía era que valía más la pena vivirla.
Su ética era ese producto cristiano masculino de que todo sufrimiento eleva al hombre.
Su virtud favorita era la de poder soportar el dolor.
Después de pasar una noche infame bajo una lluvia torrencial que se filtraba por el techo hechizo de palma y nos salpicaba la cabeza a Pablo y a mí, papá nos levantó temprano para que nos cambiáramos y nos fuéramos de cacería.
Pablo y yo nunca habíamos sido convidados de ese ritual tan suyo y de Luciano.
Por lo general, pasábamos el tiempo en La Solitaria inventando juegos mientras papá se fundía en larguísimas expediciones selváticas.
Por esa época, en esa zona no existían ni las petroleras, ni las guerrillas, ni los cruentos paramilitares que vendrían después y la convertirían en una de las regiones más violentas del país.
Todavía era territorio de disputa de los indígenas motilones, cuya principal amenaza en ese entonces eran los curas bienintencionados que querían llevarlos a la modernidad y la civilización de las ciudades.
Apenas ahí empezaban a plantearse esas tierras como posibles hábitats de ganado y por ende de riña y deforestación, que era un problema menor frente a lo que vendría después: miles y miles de personas asesinadas y desplazadas por empresas extranjeras y privadas que explotarían esa tierra,
exprimiéndola y convirtiendo su petróleo en gasolina y su palma en gas, transformando todo eso en plata, montones de billetes que se llevarían lejos, todo en nombre de un progreso que nadie de esta zona vería jamás.
Nos calzamos botas pantaneras. Papá se cargó al hombro su Winchester M1987, una escopeta tan estilizada y brillante que se veía bella, y que era tratada por él con tanta delicadeza que más parecía hecha de porcelana que de hierro y madera.
A mí me tocó la Remington que usaba Luciano.
Apenas me la colgué en el hombro me volví más pesado, como si yo también hubiera cambiado de material de repente.
Papá salía a cazar con un sombrero de cuero y una chaqueta también de cuero, excesivamente caliente para la zona en la que estábamos, pero fiel a la referencia de las películas gringas y de los expedicionarios norteamericanos y europeos de principios del siglo pasado que habían inspirado casi toda
su forma de ser.
En un momento nos hizo una seña de silencio con la mano y los tres nos tiramos al suelo.
Miró con el ojo guiñado por la ranura de hierro para apuntar con su escopeta y con la cabeza me hizo una seña para que hiciera lo mismo.
Yo cerré el ojo y vi, a un par de metros, a un grupo de tres dantas comiendo.
El aire se enrareció y me pareció que era un almizcle más denso y difícil de respirar.
Condenados al silencio como estábamos, con el cuerpo a tierra y apuntando, papá repitió la seña con la cabeza, esta vez con tanto énfasis que casi pude escucharlo gritarme «dispare, mijo».
Yo traté, de verdad traté de apretar el gatillo de la Remington, pero algo en la imperturbabilidad de los animales me distrajo y paralizó.
La inocencia con la que comían raíces, la delicadeza con la que pisaban la tierra que nosotros aplastábamos con nuestros cuerpos urbanos.
Fui preso de una gran ternura por sus narices alargadas y su pelaje ralo.
Tuve muchas ganas de salir corriendo y espantarlas, o mejor: salir corriendo y correr con ellas.
Papá que me miraba con los ojos brotados de ira y yo que trataba de mirar fijamente a las dantas y entender sus movimientos torpes entre los árboles.
No hizo falta que dijera nada porque yo podía escuchar sus gritos mudos, sus insultos internos, sus maldiciones mentales diciéndose a sí mismo «¡Dios mío, por qué me castigaste con un hijo maricón!»
. ¿Cómo las iba a encontrar la muerte así en mis manos?
¿Sin advertirles siquiera? Cuando entendí que no iba a ser capaz de disparar, poseído por una angustia ante la inminente muerte de los animales, decidí pararme y espantarlas,
pero papá debió intuir que yo iba a hacerlo porque antes de que pudiera abrir la boca un disparo certero salió de su Winchester, y la danta a la que unos instantes antes contemplaba con dulzura cayó muerta ante mis ojos, con un tiro perfectamente propinado en el cráneo.
Los pájaros salieron volando y solo quedó la urgencia de sus aleteos dando vueltas en el aire.
Las otras dantas corrieron aterrorizadas y se perdieron entre el verde, y la selva pareció enmudecer con nosotros.
Al principio sentí una vergüenza que me hizo agachar la mirada, pero la ira del animal muerto me levantó los ojos del piso y los mantuve fijos, a la altura de los de mi padre.
Los dos nos contemplamos en silencio un tiempo eterno.
Fue ese día que decidí que no iba a avergonzarme por mi humanidad.
Y en ese gesto de levantar el mentón y caminar con dignidad hacia la vida que yo no había quitado hubo en mí una declaración transformadora.
Una inauguración trascendental de quien yo era. De quien yo iba a ser.
Papá no me dirigiría la palabra por el resto del viaje y su silencio se volvería mi amuleto más preciado, una forma de venganza.