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Los primeros tiros comenzaron a la madrugada.
Ahuyentaron a los perros que vagaban por las calles y a un búho que reposaba en el palo de mango al frente de la casa; ninguno de los animales se enteró de la alerta que lanzaron al caer la tarde, anunciando que venían, que habían entrado, que la ciudad estaba sitiada, rodeada por los otros.
Desde el radio del taller vecino escuché la primera alerta.
Después fueron narrando las noticias de los hombres de las familias de los conjuntos cerrados que salieron a patrullar en los tejados de sus mansiones.
Imaginé a sus mujeres escondidas con los niños en sus salas kilométricas, tratando de guardar la calma.
Tratando de fingir la serenidad. Pude ver a las niñeras que se preocuparon por sus familias que estaban fuera de los cercos, pero no pudieron abandonar los conjuntos.
Se quedaron ahí, cuidando los niños que no eran suyos, armando rompecabezas mientras en el cielo estallaban chispazos lejanos que azuzaban los nervios.
Los periodistas primero dijeron que los otros eran todos los extranjeros, que se robaban al país, que saqueaban nuestra tierra, que se llevaban nuestras cosas.
Pero con el paso del tiempo las voces de las noticias alteraron la versión.
Los otros ya no eran de otro país. En los otros había propios y ajenos.
Una turba enorme, sin nacionalidad, sin distinción, sin credo.
Una multitud de hombres, mujeres y niños con pasaportes distintos, a quienes unían el hambre y la rabia.
El hambre y el agotamiento. El hambre y la tristeza.
No hay otros sin nosotros. No hay otros sin ellos. No hay otros.
Pasé la noche en vela sentado en el suelo, donde antes estaba la mecedora de papá.
La casa quedó vacía cuando se fueron mi hermano y mi sobrina; las sillas plásticas me dan nostalgia y quiero estar aquí, desde la sala, presenciando el estallido de afuera.
Quiero que mis ojos puedan ver el exterior y que se ensucien y se espanten del odio y el desconsuelo que yo ayudé a construir con mi nombre y con mi apellido, que yo erguí también creciendo aquí, a puerta cerrada, a espaldas del río, de la montaña, de la ciudad y de la gente.
Mis pies descalzos tocan las baldosas sucias.
He dejado, frente a mí, firmada la escritura de la casa con el permiso de compraventa y he adjuntado un documento hecho a mano, de mi puño y letra, que deja toda mi obra a mi sobrina Lisa.
He escrito: «A Lisa, que merece todo lo bueno que alguna vez hice, mucho más que yo», y mi firma elegante y estilizada; he apilado un papel arriba de otro y los he puesto sobre el suelo de esta casa.
Quise agregar a la carta una disculpa, pero no puedo permitirme ser redundante.
Ellos ya saben que lo siento, y yo ya les he rogado que me disculpen, pero no puedo salir de la repetición de aquellas cosas.
Soy lo que recuerdo, así no me guste, porque el recuerdo es una herida que no cicatriza, que supura para siempre en la profundidad.
Porque he olvidado todo lo que no me lastimó y no tengo nada más que mi memoria.
Soy un hombre viejo y solo, y mis testigos se han ido yendo.
Soy únicamente lo que puedo contar. Soy cada una de las palabras que he dicho, soy las veces que he jurado, soy los olores que me despiertan nostalgia y las imágenes que me traen tristeza.
Soy todas las personas a las que amé y que no me amaron, y soy únicamente lo que yo puedo decir de ellas.
Lo demás no importa. Soy esto y aquello, mi padre y mi madre muertos, mi hermano fallecido, mi tía y mi tío, la violencia y la dicha, este cuerpo que no se va y que envejece de manera altiva para quedarse aquí, estancado en mi reminiscencia: una y otra y otra vez.
Y también soy esta casa. En los ladrillos y el hormigón, en las extensas manchas de humedad que se comen sus rincones pudriéndola toda.
Soy esta casa en su manera tonta de mantenerse en pie y no rendirse al paso del tiempo.
Soy esta casa en su obsolescencia, en su enormidad que ya no le sirve a nadie, en su vetusta manera de existir.
Los tiros suenan cada vez más fuerte, cada vez más cerca.
Me levanto y me asomo por la puerta, veo los fuegos a lo lejos.
El humo de llantas quemadas, el sonido de vidrios estallados y gritos y tiros que se avecinan, aunque todavía no han llegado.
Quiero salir a romper todo con ellos, pero no merezco la rabia que no me pertenece.
Tengo que quedarme aquí, en esta casa. Mientras brillantes destellos de luz estallan en el cielo, salgo al patio a contemplar la araucaria.
Tanta vida en estas ramas, tanta sombra, tanto alivio y tanto tiempo, la naturaleza es la única verdad, los árboles no saben mentir.
Rocío su tronco macizo con la gasolina que había en el garaje de la casa.
Me cercioro de que las raíces que agrietaron el piso queden cubiertas de líquido.
Si me concentro en el sonido, más allá de las voces y el ruido, escucho un corazón que late en la profundidad de la madera.
Apoyo la oreja en la araucaria y respiramos juntos, y nuestros pechos se hinchan cuando inhalamos y se alivian al exhalar.
Me caen gotitas de gasolina de sus ramas.
Los pájaros ya se han ido dejando atrás sus nidos vacíos; las aves, los gusanos, los capullos de las mariposas, las hormigas, las moscas, los zancudos, todos nos han abandonado.
Los animales han huido a construir una sociedad nueva, pero la araucaria no puede moverse de aquí y yo tampoco, así ambos queramos huir.
Enciendo una llamita que rápidamente se convierte en un fuego majestuoso que envuelve la araucaria y la hace eterna.
Este fuego es toda la honestidad y la valentía que me debo.
La llama se expande por las raíces y las ramas y se alimenta de los marcos de madera y de lo poco que queda, sigue el trazo de gasolina que he dibujado por todo el suelo.
Quema también los papeles firmados. Diluye los rastros, los grafitis, las capas de pintura que se deshacen y burbujean.
El fuego borra de una columna las marcas de los centímetros que crecimos, se lleva nuestras alturas.
Los años se derriten. Y siento cómo, mientras se derrumban los cimientos, yo también me desintegro.
Soy una bestia mansa ante la enormidad de un incendio. Soy un pájaro que vuelve al único nido que conoce, así esté hecho de espinas y lo pinche hasta hacerle sangrar el corazón.
El calor hierve mi cuerpo y de repente soy ese niño de vuelta, y estoy acá, con esas fiebres, y siento a mi lado la respiración tibia de Pablo, que me ruega que me quede, que no me deje llevar por la temperatura ni por el delirio, que vuelva acá donde hay hambre, hay tristeza y hay frío.
Pero no puedo. Me tengo que extraviar en mi propia memoria, porque yo soy quien recuerda.
Alcanzo a escuchar los gritos. «La casa se quema», escucho a lo lejos.
«La casa de los Ospina se incendia», agrega alguien más.
Los tiros, los gritos, los tiros, los gritos.
Los tiros y los gritos. Hombres que piden que alguien entre, otros que dicen que no importa, que fundaremos algo nuevo sobre las ruinas.
Un estallido de luz que se forma entre mis cejas.
«Yo me voy con mi recuerdo», repito en voz alta, pero ya no tengo boca ni casa.
«Yo soy mi memoria», digo de nuevo, pero mi voz no existe más.
Este fuego se lleva la palabra, destruye el lenguaje, deshace las conversaciones, los diálogos, el odio y también el amor.
Este incendio demuele lo hermoso, arrasa con la tristeza, desintegra toda desolación, toda angustia, toda pena.
Al final, este fuego es la derrota de la memoria.