La memoria es un animal esquivo 5
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Antes de recibir su mensaje avisando que Pablo había muerto, yo solo había visto a mi sobrina un par de veces en la vida.

Mientras la espero sentado en el zaguán de la casa, al frente del portón que da a la avenida, trato de recordar su cara.

Cuando nació yo ya no vivía en el país, pero Pablo tuvo el buen gesto de mandarme una carta con una foto kodak de ella bebé.

Era una bola rosada y cachetona. La niña más saludable que había visto hasta entonces, y mi primera sobrina.

Aunque era una foto en la que el flash rebotaba, en una cama oscura, decididamente subexpuesta, recuerdo haber pensado que nunca había visto a un bebé tan lleno de vitalidad como Lisa, un cuerpo tan determinado a nacer como el suyo.

La carta de Pablo me anunciaba con cariño que mi primera sobrina había nacido.

La emoción de ese parto borró entre nosotros una distancia que se había macerado ayudada por mi exilio, aunque no enteramente producto de ello.

Empezaba con «Querido Juan Francisco», pero conforme avanzaban las letras, el tono elegante epistolar se iba perdiendo y terminaba diciéndome algo como: «Su primera sobrina ha nacido. Se llama Lisa y ha llenado de sol todos mis días. Ojalá usted esté bien. No sé en qué va su vida.

¿Sigue con Annette? ¿Siguen viviendo en Madrid o se mudaron? Supongo que si esta carta le llega es que todavía están allí. Bueno, me gustaría saber de usted, porque es mi hermano, así a veces decida olvidarlo. Y porque ahora, con Lisa en este mundo, quisiera que ella lo pudiera conocer. Lo quiero.

Su hermano Pablo».

Si no recuerdo mal, debía ser el año ochenta y nueve.

Cuando la recibí, yo todavía estaba en Madrid y todavía estaba con Annette, mi exmujer.

La leí incontables veces y me perdí en la imagen granulada de esa foto.

La llegada de Lisa, a la distancia, con lo ajena que era para mí, me hizo comprender algo sobre la familia y la sangre: aunque yo no conocía a ese bebé que veía en esa foto, aunque esa criatura podía ser cualquier otra, no lo era porque era hija de mi hermano y también era parte de mí.

Entonces, conmovido, preso de esa sensación de identidad avasallante que nos da saber que somos parte de algo que no elegimos, como una familia, me senté a responderle a mi hermano.

La carta estaba desbordada de una emocionalidad cursi pero genuina.

En ella le decía a Pablo que el nacimiento de mi sobrina también había llenado de sol el oscuro invierno europeo y que viajaría pronto a conocerla.

Lo felicitaba por el nombre hermoso y simple que habían elegido para ella: una poesía breve, como un haiku.

Un nombre alejado del dramatismo barroco de nuestra tierra; sofisticado y libre, como un lienzo en blanco.

Me alegraba porque ella iba a poder forjar su destino sin las ataduras pesadas de llamarse como personas que ya habían muerto.

Sobre todo, me alegraba de que no hubiera elegido llamarla como se llamaba mamá.

Darle esa oportunidad de construir su propia historia, le decía, era librarla del pecado original incluso antes del bautizo.

Cerré la carta y la metí en un sobre, pero cuando iba al correo me arrepentí de todo su contenido.

Solo me armé de valor para enviarla varios meses después, cuando supongo que ya había perdido el sentido.

Así como recuerdo la primera vez que la vi, también recuerdo la última.

Fue hace algo más de diez años, en Bogotá, donde viví un tiempo antes de radicarme en Madrid.

Nada de lo que quiera decir sobre Bogotá vale la pena, porque para mí esa ciudad es una sola promesa sin cumplir: una capital a medias, con un montón de sueños que se lavan día tras día con la lluvia y el frío.

Y nada sirve pero nada cambia, y ser idéntica es su encanto y toda su desgracia.

Desde que me fui, juré que jamás volvería a vivir allí.

Y cumplí. Ya en Madrid, leí una vez una frase de Feiling que me hizo pensarla: «¿Por qué, si no tuvimos apogeo, tenemos decadencia?» .

Me habían invitado para hacerme un reconocimiento en mi universidad.

La Facultad de Artes invirtió en llevarme a inaugurar una discreta sala que tenía mi nombre.

La sala de exposiciones Zadik, en el segundo piso del edificio Carlos Vallejo.

Cuando recibí el correo, ensayé varias respuestas.

Una en la que los insultaba y les decía que no tenía nada que agradecerles porque había sido un alumno más que infeliz, incomprendido, y que no tenían derecho ahora a usufructuar mi nombre para darse prestigio.

Después de unos días de meditación, esa idea fue reemplazada por una vanidad asquerosa que me hizo aceptar.

Ya por ese tiempo varios de mis colegas recibían esos reconocimientos, y a mi página no le vendrían mal las fotos del evento y los recortes de prensa.

Mi mediocridad torció el brazo de mi orgullo, como bien me dijo Annette.

De modo que terminé respondiendo en qué fechas podía viajar, complicando de más los trámites y exigiendo que nunca se pusiera mi nombre de nacimiento, además de un buen hotel.

Cuando me preguntaron si había algún familiar al que pudieran invitar, respondí que de ninguna manera y que por favor nunca volvieran a hablarme del tema.

Demandé que la habitación del hotel estuviera aislada de cualquier sonido porque era insomne y sufría de misofonía.

(Lo primero era cierto, lo segundo era una exageración).

Y ellos aceptaron, porque poner condiciones enriquecía la ficción en la que tanto la universidad como yo nos habíamos embarcado: que yo era importante, memorable y fundamental para la historia artística del país.

La sala se inauguró con una muestra de mi obra que había enviado previamente desde Madrid, junto con algunos trabajos inéditos y Ellos o nosotros, el cuadro que salió de la bóveda del Banco de la República exclusivamente para la ocasión.

Ya estaba más que harto de él, pero todavía conmovía y atraía personas.

El espacio era un antiguo salón de clase modificado con austeridad.

No tenía luz natural y me pareció que estaba iluminado sin gracia y sin esmero.

Del gran salón de las artes que mi mente había ideado quedaba muy poco en la realidad, pero procuré que la pretenciosa desilusión no me aplastara.

Estuvieron allí todas las autoridades académicas, un par de políticos de entonces y jóvenes aspirantes a artistas que habían sido convocados.

Cuando hice el brindis sentí un pequeño estallido de luz en mi interior, una especie de júbilo y de redondez me abarcó.

Fue un instante apenas, fue un segundo en el que me sentí absolutamente completo, y cuando quise reparar en ello, retomar ese dulce sabor en la boca y en la entraña de tener algo que me había sido esquivo toda la vida, cuando traté de retener a ese colibrí que revoloteaba brillante dentro de mí,

ya se había ido y solo quedaba en su lugar una honda y triste oscuridad.

Hablé hasta que se me secó la boca y abracé con exagerada delicadeza a cada persona que se acercó a felicitarme.

Fingí toda la humildad que pude, bajando los ojos, haciendo reverencia a personas que me agasajaban.

Todos esos gestos que correspondían a la performance de mi artista, a la identidad de Zadik; con sus mañas y su vicio de dar dos besos como en España, así la gente se incomodara.

En un momento, sentí una mano firme que me agarraba del brazo.

Antes de que dijera su nombre, yo sabía quién era.

Me di vuelta distraído y vi los ojos de Pablo: los redondos ojos bovinos de mi hermano, con su mirada melancólica y esperanzadora, pero puestos en la cara llena de vida de su hija.

«Tío», me dijo. Y la sangre se me heló. No supe cómo me zafé de la conversación en la que estaba, porque en mi mente solo sonaba un zumbido agudo que me ensordecía.

Era una joven preciosa, con la misma vitalidad de aquella foto subexpuesta que yo recordaba con nitidez.

Unos crespos cafés brillantes le cubrían la cabeza con gracia y una emoción tan genuina como ingenua hacía que sus ojos brillaran mientras me miraba.

En lo que recuperaba el habla, ella trató de remontar la conversación y felicitarme por la sala.

Me contó que también había estudiado en esa facultad y que le había llegado la invitación como exalumna.

Que cuando vio mi nombre, ay, cuando vio mi nombre casi salta de emoción porque yo iba a estar en Colombia y por fin íbamos a poder encontrarnos como colegas, aunque ella se había dedicado a la investigación.

Me contó a gran velocidad todas esas cosas mientras me agarraba el antebrazo con más fuerza, temiendo, con mucha razón, que yo fuera a escapar.

Aun así, me llamó tío con tanta naturalidad que pareció que nos hubiéramos visto muchísimas veces.

Y yo sentí esa familiaridad en el cuerpo, la sentí tan presente y tan cálida que me dio un miedo paralizante que se fuera.

«Mija, qué felicidad todo lo que me cuenta. Qué grande está. No esperaba verla», le dije.

En ese momento llegó el decano de la facultad y me pidió que fuera a tomarme una foto.

Lisa, con prudencia pero sin soltarme el brazo, me dijo que le gustaría que nos tomáramos un café.

Yo le propuse que al otro día a las diez de la mañana en el bar de la esquina.

Se despidió con un abrazo fuerte y me dijo al oído: «Qué rico verlo, tío. Mi papá me ha hablado tanto de usted. Dice que nos parecemos. Tengo muchísimas ganas de que hablemos».

Vi su pelo brillante irse mientras trataba de retomar el aire, pero una amargura se había asentado en mi garganta.

Solo sentí un gusto metálico en la boca, como si hubiera intentado masticar un puñado de monedas.

No conseguí dormir esa noche, preso de un estado febril, como los que experimentaba en la infancia.

Tenía el cuerpo sudoroso e inquieto; no podía dejar de mover los pies.

Cuando amaneció vi cómo salía el sol desde atrás de la montaña.

Había fumado casi un paquete entero de cigarrillos para paliar el insomnio.

No pude hacer nada más que revolcarme en la cama y caminar por el cuarto como un león enjaulado, un animal arisco obligado a la domesticación.

La ropa me desesperaba; la desnudez me helaba los huesos.

La tercera vez que me metí a la ducha, tratando de calmarme, llené la tina y me sumergí en el agua tibia contando los segundos en los que aguantaba la respiración.