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Si antes las calles que rodeaban la casa eran reconocidas como las de opulencia y tradición, ahora solo son un remanente más de la decadencia.
Ya no es signo de riqueza vivir en una casa de cuatro cuartos cerca del centro de la ciudad.
Todas las viviendas residenciales alrededor fueron reemplazadas, primero por comercios de ropa y telas durante los noventa y después por unos de peor calaña: repuestos de carros, autopartes y algunos garajes.
El barrio que antes fue la zona más prestante de este pueblucho ahora parece el escenario mecánico de alguna película postapocalíptica.
Esta ciudad, su frontera, su cualidad limítrofe entre una cosa y otra.
Entre el bien y el mal. Entre la civilización y la barbarie.
Esta ciudad condenada a no ser más que una región de paso, un purgatorio en la tierra donde siempre hace calor.
Si durante décadas nosotros fuimos la barbarie, ahora lo son los del otro país y nosotros parecemos las grandes civilizaciones griegas.
Los otros, los extranjeros, caminan todo el día descalzos por las calles calientes de la ciudad.
Llevan lo puesto. «Se fueron con lo puesto» le dicen a haber escapado apenas con unos retazos encima, cubriendo la desnudez.
La última vez que vine a la ciudad no existían los otros.
Ellos nos parecían ordinarios, cosa menor, pero nosotros éramos los que cargábamos con la humillación.
Ahora, parece que en venganza toda la ciudad los ignora y se queja: vienen los otros y ensucian y ocupan la calle y escupen el andén y dañan la vista.
Y ya nadie sabe bien quiénes son los unos o quiénes los otros, qué nos hace de tal o cual especie, si son los carros, si son las casas, si antes eran solo los apellidos, así ya no hubiera tierras ni fincas, si ahora es ser de aquí y no de allá, pero hay unos de todos los lados.
Es la misma confusión de siempre.
Yo fui gente como nosotros, nunca me sentí de esa manera, pero papá solía recordarlo una y otra vez, así nuestra familia siempre fuera la prima pobre de otras más ricas, y nosotros tuviéramos que soportar las miradas de desprecio y sutil vergüenza.
Yo siempre odié ese nosotros; por eso, apenas pisé Bogotá y después España quise deshacerme de mi nombre y de mi apellido, de lo que significaba la forma que tenía este mundo para nombrarme.
Y lo hice. En cualquier lugar del mundo me conocen como Zadik, excepto aquí.
En esta tierra con el aire seco, donde ya no se ven ni las selvas ni el intenso verde de la ensortijada montaña que se empinaba como una muralla para dar entrada a la ciudad; en esta tierra ahora reducida a la estructura de una autopista que es la muestra del progreso.
Acá soy solamente Juan Francisco, nombre que me puso mi madre para honrar a su hermano cura como premio de consolación ante la desilusión de que yo hubiera nacido apenas otro varón.
Pablo siempre se rehusó a llamarme Zadik, y fue al único al que siempre le respondí por mi nombre de nacimiento.
Supongo que me pareció que lo merecía: fue su convicción lo que me mantuvo en pie cuando éramos unos niños.
Toda la gente con la que creció ese hombre que fui, Juan Francisco, ya no está en esta parte de la ciudad.
Han migrado a las afueras y se han encerrado tras rejas más altas y muros más robustos.
Conjuntos de gente rica con gente rica. Los civilizados, los buenos, los blancos que deben esconderse de los migrantes, negros, morochos y marrones en barrios donde lo que se compra es una simulación de la realidad.
Una ficción en la que la crisis no llega, ni el verano mata los pastizales, ni los alcaldes tumban los frutales centenarios para construir todavía más calles.
No voy allá. Los tíos ricos nunca me quisieron, ahora están muertos y sus hijos no deben recordarme.
Me quitaron el saludo cuando me gané el Reina Amalia por Ellos o nosotros, lo que mis primos consideraron la estocada final.
Nada es más imperdonable que saberse delatado y que la propia realidad solo genere pudor. La peor traición.