La memoria es un animal esquivo 3
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Las esquirlas de un vidrio roto se me clavan en los pies y el dolor agudo me hace apretar los dientes, pero no me detengo.

No sé qué ventana se ha roto, qué puerta ha explotado dejando esos escombros filosos en el suelo.

Camino a tientas. No me parece que sea de noche aunque la oscuridad no me deja ver con nitidez.

Entonces entro a una capilla discreta, atípicamente modesta, con unas hileras de asientos de madera gastada que al frente tienen una especie de alerón acolchado donde las personas se arrodillan para pedirle a Dios.

Yo me he arrodillado ahí incontables veces.

También he tenido que arrodillarme en el suelo, en el pavimento caliente y en los caminos destapados de este lugar.

En las paredes de la capilla hay imágenes de unos santos que no están revestidas en oro, sino dentro de un marco de madera mal pintado de dorado.

En esta capilla siempre es de noche así haga sol.

El altar, al fondo, inaugurándolo todo. Un pequeño atril donde los curas se paran de espalda a la congregación y rezan, casi para sí, siempre en tono de sermón.

Los curas regañan, los curas señalan el pecado, lo denominan, lo clasifican y también lo juzgan.

Los curas dicen qué sí y qué no; los curas dictaminan qué es bueno y qué es malo, qué es sagrado y qué es profano, qué es ofensa y qué es chiste, qué es refinado y qué es vulgar.

Me adentro entre las bancas largas, por un pasillo que lleva hacia el fondo de la capilla; el lugar al que nunca nadie va.

La espalda de Dios. Los pies me duelen a cada paso y amenazan con desvanecerme, pero resisto.

Resisto porque hay que soportar el dolor para llegar a Cristo, para entender su padecimiento.

El dolor purifica, el sufrimiento es virtuoso, valiente.

Me detengo ante una imagen. He llegado por fin a esa imagen.

En el fondo de esta capilla sombría, en un agujero en una pared, como una cueva, exhibida a través de un vidrio, está la imagen del Jesús al que le rezo.

Mi cuerpo apenas le llega a la altura del pecho.

Es un Cristo a escala, que todavía no carga la cruz o que se ha liberado de ella.

En su cuerpo están las marcas de todas las heridas.

Las rodillas rebanadas, con la carne tajada y sangrienta.

Los pies atravesados por un agujero que ha dejado una huella roja escarlata, el torso dibujado por latigazos profundos que han roto la piel, su sexo cubierto con la escasez de un pañuelo blanco.

Su flacura; sus costillas que sobresalen.

Unas manos huesudas con los nudillos gastados y los dedos con heridas de alguien que ha tratado de romper hormigón con las manos.

Este Cristo se apoya levemente en una de sus rodillas, en un gesto de cansancio.

Los brazos demasiado flacos, huesos forrados de una piel blanda; después su cabeza, coronada por espinas.

La imagen de este Jesús es la imagen del sadismo, de la perversión y la violencia, y él parece saberlo, porque sus ojos miran al suelo.

No tienen fuerza, pero, sobre todo, no tienen ganas de levantar la cara hacia la dignidad y la resistencia.

Este Cristo, más que cansado, está harto, más que asustado está resignado, y este Cristo, con su mirada abatida, solo quiere que esto termine.

No quiere ser un santo. No quiere ser un dios.

Quiere que toda esta exhibición se detenga.

Una vez al frente, aprieto los puños. Mis manos son apenas las de un niño, igual que mis pies descalzos y heridos.

Levanto la mirada y digo «Jesús, por favor, mírame», pero no pasa nada.

Lo intento con más fuerza: «Jesús, yo sé que estás ahí, mírame», pero la estatua permanece inmóvil.

Entonces insisto: «Por favor, levanta tus ojitos y mira a los míos. Por favor, mírame que estoy acá. Por favor, no me dejes solo».

El dolor de los pies se recrudece y me azota por unas oleadas insoportables que amenazan con vencerme, pero no me quiero arrodillar.

No me puedo arrodillar. No puedo estar más de rodillas en este lugar.

«Jesús, si estás ahí tienes que mirarme ahora. Si existes tienes que mirarme ahora y sacarme de aquí».

El cuerpo inerte de cerámica no me responde.

Entonces lo contemplo en silencio, procurando que mis ojos perforen el vidrio y lo acerquen.

Quiero tocarlo, quiero recorrer su piel reseca con mis deditos, quiero besarlo y arreglarlo y sanarlo.

Quiero que nos vayamos los dos de aquí. Necesito acercar mis labios a los suyos, necesito que el vidrio se desvanezca y que este Jesús cobre vida y me bese de vuelta.

A lo lejos escucho unos pasos que se acercan.

Ahora ruego: «Por favor, Jesús, sálvame».

El sonido de los pasos se hace cada vez más presente.

Sé qué zapatos son. Reconozco esa mezcla de cuero con madera y el chasquido que emiten contra el mármol.

Sé qué significan esos pasos en la oscura noche que me espera.

Sé que tendré que ponerme de rodillas y sé que mi cuerpecito aguantará con tristeza las vejaciones.

Aguantaré porque el dolor me hace grande.

Aguantaré porque el sufrimiento me acerca a Dios.

Las pisadas están aquí, han ingresado a esta capilla y esta es mi última oportunidad.

«Jesús, por favor, sácame de aquí. Sálvame contigo. Salvémonos los dos. Llévame a mi casa».

Aprieto tanto los puños que mis uñas me abren la piel de las manos.

Ahora mis manos también sangran, como un nazareno.

Siento una respiración espesa en el cuello y el cuerpo se me afloja tanto que me orino; puedo advertir la orina escurriéndose entre mis piernas.

Pero Jesús todavía no me mira. Jesús nunca me mira.

Abro los ojos y doy un alarido sordo, un grito que nunca sale de mí, pero se condensa en mi interior y me ahoga.

Me toco las manos y los pies. No están cortados.

Estoy en la habitación del hotel en esta ciudad malsana.

Me palpo la entrepierna y constato que no me he orinado.

La cama está empapada de sudor, no sé si por el calor o por el pánico.

Hace mucho tiempo que no tenía esta pesadilla que durante años me ha atormentado.

Hace mucho que no encarnaba este sueño que odio, que es parte de mí y que me asusta como si fuera un presente eterno.

Me quiero quedar en la cama, pero esta no es mi cama.

Me quiero ir a mi casa, pero no sé si ese lugar exista.

Por lo pronto, mientras respiro, mientras vuelvo a esta existencia, mientras constato que no soy un niño, tengo que ir a desayunar para verme en un rato con mi sobrina.

Para encontrarnos en esa casa a la que tantas veces deseé con todas mis fuerzas poder volver.