La memoria es un animal esquivo 2
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Dijeron que había sido un milagro y que el milagro lo había hecho yo.

Yo les quise explicar a papá y al tío Pacho que el milagro lo había hecho Pablo, que había rezado todas esas horas a mi lado, pero no hubo caso.

«Los niños no hablan cuando hablamos los mayores», me dijo papá, sin mirarme siquiera.

Elevando la mano en el aire formó un muro invisible entre su inmensidad y mi pequeñez cuando traté de explicarle que yo no había rezado, que yo en realidad me quería ir de este mundo a cualquier otro.

A cualquiera donde estuviera mamá. Entonces el tío Pacho me abrió los ojos, me revisó la boca y después me miró los dientes, como si yo fuera un perro de la calle.

Por esos días había una epidemia de dengue en la ciudad y la teoría más consistente era que yo había tenido la enfermedad y que el Dios que vivía en mí la había expulsado.

El tío Pacho salió del cuarto con papá y después papá volvió solo.

Se agachó por primera vez en la vida para dirigirse a mí, y me dijo que el tío Pacho había exigido que me fuera al seminario, porque yo tenía a Dios en mi interior y debía seguir su camino desde ahora.

Vi en los ojos de mi padre una duda cruel, una especie de compasión que nunca le había visto: una clase de pena.

Empacamos la maleta mientras yo lloraba y me limpiaba las lágrimas con el dorso de la mano, tratando de que no se notaran.

Papá se dio cuenta, pero no me regañó por llorar.

Pablo, que me ayudó a empacar, disimulaba su tristeza, y para que yo no me acongojara más, me dijo: «Allá va a ver a Luciano. Al menos no va a estar solo».

Tomé su consuelo con un agradecimiento infantil y vi cómo papá cerraba la maleta de cuero empolvada.

Al otro día, apenas amaneciera, me iban a llevar a la terminal de buses para que me fuera a Bogotá.

El viaje iba a durar dos días. Vino la tía Chela a preparar comida para el camino.

La escuché hablando con papá en la cocina.

«Es apenas un niño, Guillermo. Lo va a mandar al seminario con muchachos más grandes y apenas tiene nueve años. Está recién huerfanito de mamá. ¿A usted sí le parece?»

. Recuerdo la resignación de la voz de mi papá al responder que eran los designios de Dios, que no podían contradecirse.

Cuando clareó, papá vino a buscarme para que me bañara.

Pablo seguía dormido y preferí no despertarlo para que pudiera descansar más.

Ya en la calle, al frente de la casa, me escapé del carro y me acosté en el pavimento.

«Papá, te pido por lo que más quieras que no me lleven al seminario. Te lo ruego. Voy a hacer lo que tú me digas por el resto de la vida, pero por favor déjame quedarme acá contigo y con Pablo».

Lo tuteé, nunca lo hacía. Nos tratábamos de usted en esta casa.

Luego me arrodillé en el pavimento caliente y las piedritas tibias se me clavaron en las rodillas.

Cerré los ojos esperando la cachetada de mi papá, que me levantara del piso de un solo golpe y me dijera que no fuera tan ridículo y tan maleducado, pero él volvió a agacharse y me pidió que lo perdonara, antes de alzarme con ternura y devolverme a la parte de atrás del carro.

Esas fueron las últimas palabras que cruzamos antes de que volviera por primera vez a esta casa. A esta herida.

Nunca volvió a pedirme perdón y yo nunca volví a tratarlo de tú.